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Los hombres buenos
llevan dentro
un lagarto
que odia a los hombres buenos
Es la juventud
el único vicio que
sana el tiempo
Maldita sinalefa, que siempre odia los haikus.
Corre Júpiter
en el cielo tras Venus
al atardecer
Que venga el meteorito, el capitán trueno o un rayito de luz. Hay algo prohibido en Dinamarca.
fw ·
10-05-2026
solo hacía falta un lugar con autobuses y aeropuertos. un combo difícil. un lugar dispuesto a pagar la factura por la medalla
UN HOMBRE TRANQUILO
Cuando ella se subió al tren yo ya había ocupado mi sitio, al lado de la ventanilla. -¡oh, diostodopoderoso!- verla por primera vez fue como una alucinación, como un ¡al fin! Si no hubiese sido porque soy un cobarde en aquel mismo instante me hubiese lanzado a sus brazos y la hubiese preguntado entre besos y más besos por qué había tardado tanto, sintiéndome, seguramente, como en casa. Qué puede hacer un hombre como yo cuando tienen la certeza de que la mujer de su vida está delante suyo, aunque no la conozca de nada, certeza que me asaltó al instante mismo de verla enfrentarse al largo pasillo enmoquetado buscando su asiento e hizo que se me contrajeran todas las vísceras del cuerpo en una suerte de descolocamiento que me produjo un profundo malestar físico, casi una nausea. Con impaciencia crucé los dedos y rogué para que ocupase un asiendo delante del mío, en algún lugar que me permitiera observarla con detenimiento mientras meditaba como proceder, que se sentara a mi lado fue un golpe de suerte inesperado.
¿Saben? Se estarán pensando que estoy loco pero yo soy un hombre tranquilo y llevo una vida sencillísima, estoy casado, no quiero ocultarlo y hoy he viajado solo, cosa que jamás suelo hacer, por una cuestión de trabajo; tampoco viajo nunca en primera ni me subo a este tipo de trenes, demasiado caros para mi economía familiar, pero esta vez excepcional se hace cargo de todos lo gastos la empresa, así que si uno empieza a hacer cómputos de posibilidades y casualidades de pronto se da cuenta de que es viable que el destino exista, mi destino placidamente acurrucado en aquellas blancas manos que ahora subían y colocaban su equipaje de mano, mi destino enredado en le botón del vaquero que entre cadera y cadera parpadeaba como parpadea la señal de destino en el GPS casi, ahora, a la altura de mis ojos. Llámenlo un golpe de efecto, si quieren, yo allí vi la razón de mi existencia, no tuve dudas, ambos habíamos nacido para encontrarnos en aquel preciso momento, dejarlo escapar hubiese sido como suicidarse.
-Le cedo, si le parece bien, el sitio al lado de la ventanilla, así podré contemplarla sin ofenderle, ya que el paisaje es, en esta época del año, una excusa perfecta.
Por supuesto que no tuve valor para pronunciar esas palabras aunque el argumento me pareció de primerísima y en su conjunto un gran piropo, solo me levanté torpemente e insistí tanto, necio y sin argumento ninguno, que ella encogiendo los hombros no le quedó más remedio que aceptar. Dentro de mí hay otro hombre, ese que dice esas cosas sin que le tartamudee la voz ni se le empañe la frente de gotitas de sudor, hay otro al que las circunstancias nunca le han acompañado y dormita aburrido como un perro. ¿Saben? Tengo cuarenta y tres años, una casa hipotecada, dos hijos, una esposa y un coche que he acabado de pagar justo en el momento preciso que se ha hecho viejo, no sé en qué momento de mi vida dejé de hacerme preguntas supongo que cuando su espacio físico, en mi cabeza, lo ocuparon las facturas.
Así que la miro detenidamente preguntándome si ella no ha caído en la cuenta, tambien. Ha sacado un libro y está leyendo, lleva las piernas cruzadas, tiene las manos huesudas y alargadas, no lleva joyas, ni siquiera reloj y los botones del puño de la blusa sin abotonar. El pelo largo y alborotado recogido parcialmente encima de la nuca, por las arruguitas sutiles que rodean sus ojos pienso que no es una mujer demasiado joven, los labios carnosos y sin carmín pero hidratados y jugosos, embebido en su paisaje no me doy cuenta de que ha dejado de leer y me mira y así descubro que tiene los ojos marrón claro, un poco verdes, un poco naranjas y con el iris circundado por una finísima línea negra. Cuando caigo en la cuenta de que me está mirando ya es demasiado tarde para retirar la mirada como un cobarde así que me agarro a su expresión divertida y sonrío:
- ¿ me concede este baile?- le digo sorprendiéndome a mi mismo de semejante audacia
- aceptaría encantada pero soy coja
Los dos nos reímos, ella me da unos segundos pero me he quedado en blanco y mis ojos buscan la excusa, tan real, del paisaje que a ciento veinte pasa por detrás del cristal de la ventanilla y me aferro a él en una cuerda renuncia. Ella vuelve a su lectura y yo ya no la miro porque ni siquiera me atrevo. No tengo dudas cada vez que pienso en aquel día en que aquella mujer era la mujer de mi vida y que mi vida transcurre, señores, por una farsa que ni siquiera es mía.
© flantains
es.humanidades.literatura
07/02/2009