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Los hombres buenos
llevan dentro
un lagarto
que odia a los hombres buenos
Es la juventud
el único vicio que
sana el tiempo
Maldita sinalefa, que siempre odia los haikus.
Corre Júpiter
en el cielo tras Venus
al atardecer
Que venga el meteorito, el capitán trueno o un rayito de luz. Hay algo prohibido en Dinamarca.
fw ·
10-05-2026
solo hacía falta un lugar con autobuses y aeropuertos. un combo difícil. un lugar dispuesto a pagar la factura por la medalla
TORMENTAS
En casa de mi güeluca se montaba todo un zafarrancho de combate contra los dioses del rayo y el viento. Porque yo creo que mi güela, tan religiosa ella, creía en dioses menores que se rebelaban contra el todopoderoso, y ella le prestaba una pequeña ayudita con sus rezos, aunque estuviera convencida de que al final sólo él ganaría la batalla.
r0;Venid pronto a casa que está de tormentar1;. Cuando anunciaba la catástrofe era porque había oteado el aire desde la puerta de la cocina y notaba una humedad distinta dentro de la intensa humedad reinante, y percibía una carga de electricidad en sus huesos o en su músculo de vieja meteoróloga. Y el color del cielo, eso era definitivo: se nos va a caer el cielo encima. La confirmación le llegaba de boca de la panadera, casada con un marinero que le contaba el estado de la mar cada día.
Una vez desatada la predicción, teníamos que desenchufar cualquier aparato eléctrico que hubiera en la casa, incluso la nevera. No se perdía gran cosa porque ella compraba en función del tiempo y no hacía acopio de productos perecederos. La vieja pensaba, sin ningún tipo de ciencia infusa ni información privilegiada, que el dios del rayo podía colarse en la casa por cualquiera de aquellos cables. Cerrábamos puertas y ventanas a cal y canto y se apagaban las luces, a ver si con suerte nos ignoraba el turbón y pasaba de largo.
Había velas en cualquier cajón de la casa, y no faltaba una palmatoria en cada mesilla. Siempre había un plan B. Si se estropeaba el calentador, se calentaba agua en calderos. Si se acababa el butano, se rescataban las viejas estufas de cobre y se encendía la gloria de la vieja cocina. En realidad, lo que para nosotros era el plan B, para ella era el plan A. Todo los demás inventos sólo servían para atraer la furia de esos belicosos dioses.
Hace años que comentamos que cada vez había menos tormentas, o que su furia era cada vez menor. Siempre lo hemos achacado al cambio climático. Es como si el bienestar trajera aparejado el buen tiempo, como si a la vez que se desmorona el capitalismo salvaje, las tormentas de la niñez volvieran a ocupar su lugar.
A veces veo en la tele a los viejos de los pueblos abordados por alguna reportera y siempre se sonríen como legendarios supervivientes y siempre contestan lo mismo: Esto no es nada. Si viera las nevadas que caían en el año de la polcar30; Y me acuerdo de la güeluca rezando con el rosario entre sus dedines en la penumbra.
© Zinnia.
es.humanidades.literatura
30/01/2009