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Los hombres buenos
llevan dentro
un lagarto
que odia a los hombres buenos
Es la juventud
el único vicio que
sana el tiempo
Maldita sinalefa, que siempre odia los haikus.
Corre Júpiter
en el cielo tras Venus
al atardecer
Que venga el meteorito, el capitán trueno o un rayito de luz. Hay algo prohibido en Dinamarca.
fw ·
10-05-2026
solo hacía falta un lugar con autobuses y aeropuertos. un combo difícil. un lugar dispuesto a pagar la factura por la medalla
Tiene la mirada musical y onda y un aire de dureza en la comisura de los labios que, sobre todo, se le nota cuando sonríe en un vaivén de maléfica seducción. Conozco a Lules desde hace trece años o, más bien, presiento a Lules desde hace trece años. Cuando quedo con ella procuro elegir bares entretenidos y cómodos porque siempre me hace esperar una eternidad, aprovecho para leer el periódico y conversar con el desconocido que me caiga más a mano. Cuando entró ella, larguirucha y con cara de frío, estaba hablando con el camarero, un maestro tabernero que entre el trapo blanco y el vaso que pule, urde la vida ajena con ofensivo acierto.
Entra sonriente aunque yo sé que no es feliz porque en mi querida Lules acampa la vida sin recato ninguno, pide una cerocero y se sienta a mi lado después de haberme abrazado tan tiernamente.
- En septiembre me caso.
Me suelta a bocajarro mientras vierte en el vaso el liquido espumosos de la botella. Yo estoy encendiendo un cigarro, la miro y sonrío. No le recordé, porque no hace falta, que hace un mes, cuando nos vimos por última vez, no tenía novio y que agarradas del brazo navegando de lado a lado de la acera, a las cinco de la mañana, después de habernos corrido una divertidísima juerga, se juró a si misma, y me puso por testigo, que nunca más se iba a volver a colgar de ningún tío. Me hizo reír aquel juramento despechado, nos hizo reír a mandíbula batiente en la calle desierta y fría, silenciosa, silenciosa. Y ahora después de pronunciar r0;en septiembre me casor1; nos miramos y nos volvemos a reír, la misma risa de aquella noche con su final incierto pero feliz. Mientras se acomoda en la banqueta y se acerca el vaso a la boca, me mira y me dice
r11; Sin ellos no se puede vivir r11; Marditos roedores- le contesto
Y tras un breve silencio comienza el relato de esta conquista, de este asalto. Me abandono a sus palabras con autentico interés, no la interrumpo, si acaso le pido que me matice algún detalle o le ayudo a seguir el hilo si se perdiera en el transcurso de su magnifico relato. A ratos me malgasto un poco pensando en cuánto le ha costado recomponerse de su último fiasco; en su complicado día a día; en todos sus misterios, que los tiene a montones; a veces me pierdo en esa ilusión desesperada que es la suya, en esta manera que tiene de darle dentelladas a la vida, en la que se va dejando los dientes.
La historia que me cuenta es bonita, seguramente, por lo difícil.
Comemos, hacemos compras de navidad y pateamos las calles nevadas y grises amarradas del brazo mientras la historia transcurre y ya no queda nada más que contar.
Mi querída amiga Lules y yo montamos a caballo juntas, de vez en cuando, y cuando llenamos el camino, al galope, de polvo y ruido, hay algo dentro de nosotras que se nos niega, que cierra los ojos y vuelve la cara, algo que ninguna de las dos entendemos pero que nos duele y nos grita. Eso es lo que nos une y nos hace querernos tanto. Ha habido un momento de la tarde, perdidas entre la gente en esta navidad infame, a pie de calle con el frío en la cara y montones de coches castigando el aire y ensuciando la nieve, en el que la he oído gritar desesperadamente, como cuando montamos por ese camino al galope tendido.