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© Nomar - Improvisando
Después de muchos días, que digo días, muchos meses, sin enfrentarme al teclado, que es de algún modo lo mismo que enfrentarme a mi mismo, descubro que escribir ya no es tan fácil. Recuerdo unos dedos, los míos, lentos, lentísimos al dictado de la mente. Recuerdo la dimensión de la tortura, amordazar las ideas y retenerlas incapaz de lograr el mismo tempo para mis manos. Hoy el camino se invierte. Podría decir que siento la urgencia de mis manos, la tensión de unos dedos esperando la orden, subiendo desde el teclado por uñas y metacarpianos; muñecas, cúbitos, codos; tendones, músculos, vértebras; parte de mi cuerpo convertido en coro, en orquesta, suplicando a mi córtex: ¡Danos algo que escribir!

Y el cerebro, instantáneo, intenta obedecer. Pasa revista. Pero ningún suceso inmediato en la memoria activa las dendritas, ninguna idea almacenada en hexágonos neuronales se empeña en emerger. Desesperado lanza un S.O.S de urgencia en la única dirección donde cabe la esperanza de hallar respuesta. Pero el mensaje es claro. Tranquilidad de espíritu, calma. Acaso un corazón satisfecho. Y podría parecerme que mi propio cerebro me mira y me pregunta ¿y que hago ahora? Y hasta puedo creer que lo entiendo. Toda una vida enseñándole a concretar o dilatar una carencia, un dolor, un desengaño. Largo tiempo insistiendo en la dirección del deseo. Alimentando páginas inquietas o rebeldes, ansiosas o frustradas, solitarias. La escritura como valium emocional.

Unos versos, por fin, acuden al teclado.

Si pudiera el anhelo,
en jaula encerrado,
alcanzar la rama que concreta el deseo,
mi tiempo
constante y eterno,
yo,
idiota feliz sin ansias.

¡Pero no! ¡Eso es trampa!, se solivianta ese rincón que alberga la conciencia. ¡Eso lo escribiste hace ya muchos años!

Sí, es cierto. Ahora comprendo. El anhelo. Concretar el deseo. Partir antes que sentirse satisfecho. Ese lastre que me impedía la inmovilidad. Mi corazón carecía de vejiga natatoria convertido en escualo. Obligado al movimiento para no naufragar en esas mareas de dolores y miedos. No tentar la suerte. Abandonar playas. Otro poema lucha ahora por aparecer y de antemano ya sé que es trampa, que está escrito en mi memoria que ya no es mi memoria, pues descubro que sí, que he aprendido a flotar. ¿Cómo iba? Recuerdo que hablaba de una playa, y de la dificultad del tránsito. Algo así

Difícil tarea izar velas
cuando vientos de silencio
me recuerdan,
en la arena de la dicha,
mi condena:

Hallar una nueva playa,
partir con la marea de la ausencia,
mantener el rumbo del olvido,
a solas transitando
tiempos de desamor.

El miedo. Desde otro lugar lo entiendo. Era miedo. Miedo que se disfrazaba de dolor. Miedo convertido en soledad. Miedo vestido de desdicha. Era miedo de lograr lo que deseaba y darme cuenta que no era eso lo que quería. Por eso las palabras ágiles, veloces, inmediatas. Ideas huyendo de la concreción, mi alma escapando de otros corazones antes que ver de nuevo los ojos del fracaso. Esos ojos absolutos y densos. Ese rostro inmenso devorando, devorando, devorando.

Las manos dan media vuelta. Los dedos, ojos tentaculares, me miran. Desde su tranquilidad señalan un abismo lejano, mucho más allá de mis pies, lejos de las esquinas casi desnudas de espejos (y este espejo va por ti, Ana, mi niña). Diría que quieren hacerse entender. Diría que insisten que no tienen que escribir. He de aprender a explicarles que ya no temo al fracaso.

Lluís
24 Enero 2002
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