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Los hombres buenos
llevan dentro
un lagarto
que odia a los hombres buenos
Es la juventud
el único vicio que
sana el tiempo
Maldita sinalefa, que siempre odia los haikus.
Corre Júpiter
en el cielo tras Venus
al atardecer
Que venga el meteorito, el capitán trueno o un rayito de luz. Hay algo prohibido en Dinamarca.
fw ·
10-05-2026
solo hacía falta un lugar con autobuses y aeropuertos. un combo difícil. un lugar dispuesto a pagar la factura por la medalla
Estaba en la mili, en el Aaiún. Allí había un chaval con cara de guapo, parecía inteligente, y debía prepararme para transferirme todo el peso de las labores oficinescas de la compañía. Al sujeto lo conocí con motivo de unos objetores de conciencia, que se negaban a hacer la mili, y coincidieron conmigo en la prisión militar de Mahón. Yo estuve coqueteando con ellos, por motivo de la religión. Pero, solo me movía la curiosidad. ¿Qué carajo creía aquella gente? ¿Cómo carajo aceptaban estar en la cárcel por no hacer el servicio militar? Yo les traté con cortesía, y probablemente era el único en aquella prisión que charlaba con ellos.
Ahora, este tipo guapo era testigo de Jehová y estaba haciendo la mili.
- ¿Cómo es eso? Le pregunté.
- Observa que este uniforme no tiene insignias.
- Es cierto. No las tiene.
- Luego, técnicamente no es un uniforme militar.
- Vale. Tienes razón.
- En esta unidad perdida, no saludamos a la bandera. Verás que aquí no tenemos bandera.
- Es cierto, pero tampoco la echaba de menos.
- Y al teniente no hace falta saludarlo militarmente. Nadie lo saluda.
- Es verdad. ¿Pero como llegaste hasta aquí?
- Primero me mandaron a "la playa". Al sitio ese donde estabas tú.
Como tenía amigos de religión allí, pues me metieron en la cocina y allí cada uno se vestía como quería. De modo que estaba con la misma ropa de paisano que cuando salí de la prisión.
- Pues, eso está muy bien.
- Pero, un día llegó una orden de no sé donde, para enviarme a otra parte. De modo que tenía que ponerme el uniforme. Los amigos de la cocina, cogieron un uniforme militar y le quitaron todas las insignias. Luego me dijeron, échate en el suelo". Y yo me eché en el suelo. Entonces, ellos me pusieron el uniforme, y de ese modo, cogí el camión que iba al Aaiún y me presenté en la unidad que me habían dicho.
- ¿Y después?
- Después me trajeron en un jeep a este sitio.
- A mí me ocurrió algo parecido. Andaba en la playa cargando y descargando las barcazas. Cuando no había trabajo me lo pasaba decorando las paredes de las casas de los oficiales y suboficiales. Les pintaba en las paredes cualquier cosa que se encapricharan. Dibujos en color del Serengueti con jirafas, elefantes, y leones. Paisajes alpinos con su nieve y su casita de madera echando humo. Uno se encaprichó en que le pintara en la pared una foto que tenía de unos futbolistas jugando. Uno se empeño en que le pintará una foto que tenía suya y de su mujer. Pero, la foto era en blanco y negro y ellos querían que lo pintara en color. En toda la pared del salón.
- ¿Y te salió bien?
- Sí. Se me da bien el dibujo y los retratos.
- Y donde aprendiste, ¿en la escuela?
- Lo de la escuela fue cosa de niños. Realmente aprendí navegando en un barco danés. Había en ese barco un yugoslavo y tenía un bolígrafo y un bloc de notas. Le dije que si me lo daba para dibujar. Él me lo dio.
- ¿En un barco danés? Y ¿cómo aprendiste?
- Cogí el bloc y me puse a dibujar todo, todo, lo que se veía por el barco. Y acabé dibujando hasta los mismos tíos que jugaban a las cartas por la noche. Cuando parábamos en un puerto de esos del mundo pobre, yo bajaba a tierra y dibujaba a las gallinas y las cabras que andaban pastando por allí cerca del muelle.
- Qué interesante.
- Cuando estuve en Sumatra me ganaba la vida haciendo retratos. Yo estuve recluido en una prisión allí, y mucha gente de la calle entraba en la prisión para que le hiciera un retrato. Eso me permitía pagarme comidas extra y comprar algún refresco. Todo el mundo estaba admirado de ver a un europeo preso, que además sabía hacer retratos tan bien.
- Pues, vas a tener que hacerme un retrato a mí.
- No hay problema. Cuando quieras nos ponemos a ello.
- ¿Sabes por qué estás aquí?
- No. Porque ordenaron que me viniera a este lugar, supongo.
- Fue por recomendación mía.
- ¿Cómo dices?
- Yo sabía de ti, por las cartas de mis compañeros que están en Mahón. Ellos me pidieron que hiciera todo lo posible por ayudarte. Me quedé callado escuchando.
- Tratamos siempre de ayudarnos los unos a los otros, ¿sabes?
- ¿Y cómo lo hiciste?
- Le dije al capitán que eras un chico muy inteligente. Que como pronto yo me tenía que licenciar, era bueno tener un oficinista competente para sustituirme.
-¿En serio?
- En serio. El capitán habló con alguien, y al poco ya estabas aquí.
- Pues que bien.
- Ves que aquí nadie usa ropa militar. Cada uno va como quiere, etc.
- Es cierto.
Bueno, el tipo este me fue enseñando todos los trucos de la oficina. Buscar un expediente era como buscar una aguja en un pajar.
- Si el expediente que buscas no está aquí, puedes buscarlo en esta parte.
- Ya.
- Y si no esta en esta parte, pues lo buscas en aquel cajón. ¿Y si no está en aquel cajón... pues te pasas el día buscando por aquí y por allá, en este estante y en el otro, hasta que lo encuentras.
- Ya entiendo. ¿Y no te parece que esto está un poco desordenado?
- Bueno. Es mejor así. Nadie te puede sustituir en el trabajo. Siempre te ven como una hormiguita siempre haciendo algo.
- Ya entiendo.
Como no tenía pinturas, mi amigo el mormón se tuvo que conformar con un busto de barro. Fue hasta el río a buscar barro, e hice una pelota bien grande para hacer un busto de tamaño natural. Me pasaba las tardes modelando el busto. No era nada fácil de hacer, pues el tío era muy guapo, y yo quería que esa belleza del tío se reflejara en el trabajo. Creo que ya le tenía cogido el punto. Pero, no. Realmente, ala obra le faltaba el canto de un duro, y reflejaba bien la guapura del tío. Él debía ser consciente de su belleza, pues nunca estaba satisfecho con el busto. Hice laboriosos intentos para tratar de reflejar la belleza de aquella cara. En algún momento pensé que me estaba saliendo algo viejo. Tenía que esforzarme y darle un toque que reflejara una juventud que estaba en un tris de esfumarse de su rostro. Según fuera el día, agradable o desagradable, aquella cara parecía cambiar. Unas veces me parecía más joven y otras más viejo. No conseguía dar con el punto exacto en que pudiera decir, "ya está. Solo le falta ponerse a hablar." Pero, yo me daba cuenta que era novicio realmente con esto del barro. Pues parte de algunas figurillas de Belén que hice cuando era niño, jamás me había enfrentado a una tarea de estas dimensiones. Hacer un busco de alguien feo y contrahecho, puede ser relativamente sencillo; pero plasmar una belleza masculina sutil, que se va y que se viene según el capricho de las mareas y las posiciones de las estrellas, pues eso es una tarea que sobrepasaba con mucho mi inteligencia.
Mi amigo el mormón nunca estaba satisfecho con la obra. Reconozco que no soy Michelangelo, ni tampoco Boticceli, ni Caravaggio. Realmente, solo era un entrometido en esto. La musa de la escultura me estaba jodiendo por advenedizo. Pero yo siempre fui optimista. Una tarea difícil no debería acojonarme. Si me acojono ya estoy totalmente perdido, y seguro que me patean los huevos y luego me tiran al río con una piedra atada al cuello. Lo último que iba a hacer en la vida era acojonarme, aunque estuviera muerto de miedo.
Mientras hacía el busto, mi amigo el mormón... siento no recordar su nombre, carajo. Le voy a llamar Guillermo. Yo presumía de mi inglés y vacilaba llamándolo William. Le decía William le conqueror, y creo que a él agradaba que le llamara así. Si uno se sabe guapo, le encanta que de cuando en cuando se lo reconozcan. Imagino que estaría hasta los cojones de que no se dieran cuenta de su belleza. Especialmente las tías, supongo. Uno siempre tiene déficit de tías, creo yo.
En fin, mientras modelaba el busto con paciencia casi eterna... él me contaba cosas de su vida y de su familia en Mallorca. Creo que ya puse algo de un muchacho mormón que vivía en Mallorca. Esta inspirado en este Williams.
En fin, mi amigo tenía una sutil malicia. Y me contaba que su hermana tocaba el piano, y que recibían huéspedes ingleses para pagar la hipoteca de la casa. Una casa en una zona elegante, en un barrio de Mallorca cuyo nombre no recuerdo. Me contaba la anécdota de su risa, cuando su madre le decía a su hermana, "Alicia, querida, tócale los preludios a Mr. Johnson."
- ¿Los preludios?
- Sí. Yo tenía que esforzarme mucho para no estallar en carcajadas.
- Te entiendo.
- Mr Johnson estaba hipnotizado con los preludios de mi hermana, quiero decir de Chopín.
- Eso pasa mucho.
- Si no fuera que Mr Johnson ya era un poco viejo... en fin, no creo que mi madre pensara nada. No podía ocurrir nada entre ellos. Los preludios son los preludios, y si hay que tocarlos, pues se tocan. Me sonreía maliciosamente.
Imaginé a William fantaseando con los preludios de su hermana.
- Donde estén unos buenos preludios... - dije pensando en voz alta.
- De Chopín.
- Ya, claro. Los preludios son los de Chopín.
Me contaba cosas de su casa. De los grandes ventanales que tenía. Era una casa muy moderna, con una cocina moderna, toda de gas butano. Tenía unas cortinas de terciopelo rojo. Su madre apreciaba mucho aquella cortina.
Traté de imaginarme los méritos de una cortina así, de terciopelo rojo. No se me ocurren muchas cosas que realcen el valor de unas cortinas de terciopelo. Siempre se me va la imaginación a las escenas lúbricas, y me imaginé la cortina tirada en el suelo y la hermana de Williams retozando allí provocadora, incitándome a reconocer sus preludios. Se me puso turgente el coso ese.
Sacudí la cabeza con energía a izquierda u derecha, para espantar los malos pensamientos.
- A ti también te ocurre.
- ¿El qué?
- Veo que has girado la cabeza a izquierda y derecha.
- ¿He girado la cabeza? No me he dado cuenta.
- Es algo automático. A mí me ocurre lo mismo. Tratas de espantar los malos pensamientos.
- Los malos... oh, sí. ¿Qué has dicho?
- Los malos pensamientos.
- Sí, claro. Son los malos pensamientos.
Mientras tanto, yo me sentía un poco cansado de tanto acariciarle la cara a William, en sentido metafórico, al frotar una y otra vez mis dedos, por su rostro de barro. Empezaba sentir un poco de pánico al ver que no conseguía reflejar aquella belleza sobre el barro.
Un día, llevado por la desesperación, me acerqué a su cara... con mis dedos manchados de barro y los acerqué a su rostro.
- ¿Qué haces?
- Quiero ver como es al tacto esa cara. Tengo tantos problemas para reflejarla de un modo fiel...
- ¿Qué vas a tocar mi cara?
- Sí, por favor. Me imagino que debo ser algo ciego, y que preciso tocarte la cara, para divinar mejor sus relieves.
- Pero, no vas tocar mi cara con esos dedos llenos de barro. Lávate las manos primero.
Yo estaba asombrado. No me podía creer que me fuera a dejar tocar su cara con mis dedos.
Me lavé los dedos con agua de una cantimplora, y me sequé con una camisa vieja.
Me fui hacia William dispuesto a acariciarle la cara. Estaba desesperado y no conseguía dar con la clave de su figura. Y él se dejó acariciar el rostro mansamente. Yo no me lo podía creer. Siempre había soñado con tocarle la cara con los dedos a una mujer y nunca lo había conseguido. Y ahora, de un modo disparatado, me veía tocándole la cara a un tío. Vale, acepto que era un tío guapo, pero nunca se me había pasado por la cabeza tal estupidez.
Retiré la mano un tanto confuso, y azorado. ¿Qué carajo estaba haciendo? ¿No me estaré volviendo un poco maricón? Empecé a darme cuenta de los problemas que te puede acarrear esto del arte. Te pones a dibujar a un hombre desnudo, y de pronto te encuentras con que te gusta verlo, y eso te excita.
Estos hechos me provocaron muchas dudas y cada día estaba mas harto de verle la cara a mi amigio Williams. Empezaba a tener reservas sobre los peligros del arte, para mi psiquis. El mormón sería desconforme con la calidad de la obra. Me decía que su cara no reflejaba su personalidad, y esas cosas.
- Mira, Williams. A este busto solo le falta que le apliques un poco de electricidad y habla.
- No está bien. Yo creía que eras un artista.
- ¿Y no soy un artista?
- Siento decepcionarte, pero no lo eres.
De pronto me entró un ataque de cólera irracional y cogí el busto con ambas manos y lo estampé contra el suelo. William debió quedar algo impresionado, pues puede ver en su cara un rictus de amargura y tristeza. Era como si hubiera tirado toda su personalidad y la hubiera estampado contra el suelo.
El jodido mormón fue a donde estaba el busto, y lo cogió con cuidado. Tenía parte de la nariz y una mejilla aplastadas. Creo que miró el busto con algo de cariño. No me miraba a mí, sino al busto. Lo tenía cogido con ambas manos.
- ¿Puedo quedarme con el busto? - Me preguntó con un deje humilde.
- Sí, claro. Quédate con el jodido busto de una puta vez.
No replicó una palabra y colocó el busto sobre unos expedientes. Se quedó mirando su rostro en barro durante un buen rato sin decir una palabra.
Williams pasó varios días in hablarme. Pero poco a poco, de un modo casi inapreciable, volvimos a hablarnos otra vez. Pero, entre nosotros ahora existía una barrera invisible. Las conexiones psíquicas entre los dos había quedado un tanto averiadas. Había estampado toda su personalidad y su carisma contra el puto suelo.