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Los hombres buenos
llevan dentro
un lagarto
que odia a los hombres buenos
Es la juventud
el único vicio que
sana el tiempo
Maldita sinalefa, que siempre odia los haikus.
Corre Júpiter
en el cielo tras Venus
al atardecer
Que venga el meteorito, el capitán trueno o un rayito de luz. Hay algo prohibido en Dinamarca.
fw ·
10-05-2026
solo hacía falta un lugar con autobuses y aeropuertos. un combo difícil. un lugar dispuesto a pagar la factura por la medalla
UNA HISTORIA FRUSTRADA
Paulina y yo estábamos sentados en el hall del hotel Ángel Adrones, un hotelito, hostel, hostal o acaso mero ¡hostia! como dicen los españoles cuando quieren parecerse a los vascos, (¿o es a los catalanes?, ¿por que no a los gallegos?, ¿o a los andaluces cuando andan los andaluces con las luces encendidas? -es decir con el humor a toda vela- y de velas hablando nos hemos alejando del puerto, que de lo que hablaba era de aquel hotelucho sucio, caro y aburrido, donde estábamos con Paulina mirando el borrascoso mar, pensando yo en que las cinco estrellas del hotel sólo las vería en el momento de “levantar el muerto” como llaman a la paga con frase de mucha pega, dicho todo ello, al uso de James Joyce, con perdón de la palabra, como diría mi amigo Leo, por lo confuso (¡lo narrado no Leopoldo, válgame Dios!), pero de distinta manera, que yo no pretendo pasar por profundo -que para profunda la mar con sus conchas rodando- ni quiero hacer mimetismo oral, o ser -o parecer- minimalista, que ni siquiera sé en que consiste este mal del minimalismo, ni mucho menos echarme a navegar por el fluir de la conciencia, con sus consabidos derrames, o adentrarme en el monólogo interior como si fuera una cañería de esas de desagüe, como hiciera Sábato en “Sobre héroes y tumbas”, si usted lo leyó y si no lo leyó déjelo andar.
Pero volvamos; hablo del domingo otoñal en que encontré a Paulina en aquel hotelucho, un domingo al atardecer luego de estarme encerrado en la suite del hotel durante dos días con una depresión –depresión que ahora llaman nostalgia en vez de mufa y antes stress o tres o cuatro diagnósticos más, acaso exagerados), en que estuve encerrado en la suite, prosigo, encerrado y solo pensando en la muerte, solo en la suite y solo en la ciudad, ¡qué digo yo!, más aún, solo en el mundo dejando de lado las multitudes con las que hubiera podido codearme en cualquier recodo con sólo salir a la calle aunque con riesgo de ser atropellado por un turista argentino o robado por otro argelino y tan fuerte fue la sensación de estar aislado que llegué a pensar que de morirme en ese mismísimo momento, o en otro posterior, a lo sumo causaría un revuelo episódico, un momentáneo bullicio, una ligera confusión, sin perjuicio de estropear la partida de ajedrez que jugaba el gerente con la rubia de la habitación 36, que justamente quedaba, la habitación, frente por frente a mi suite, créanmelo o no.
Y hete que aquí se da, delante mismo de ustedes los casuales lectores de esta brevísima novela, o autobiografía, aquella situación tan mentada -o inventada- por los novelistas en que de pronto, silenciosamente, descolgado/s de quién sabe dónde, en el acto mismo de creación de la obra literaria aparece un ladrón, o una banda de ellos que se roba/n el argumento pensado por el autor por otro traído por ellos y éste espectáculo de mutación de la historia se da, no “al mismo precio” como dicen los vendedores ambulantes de baratijas, sino en forma totalmente gratuita, como si se tratara de un espectáculo de teatro de marionetas ofrecido en la plaza pública para deleite de los niños más un par de grandotes que pasaban por el lugar y se quedaron en él como si fura una obra en construcción, que so, las obras en construcción un atractivo tanto o más grande que la mismísima Madonna moviendo los implantes en un escenario.
Porque es el hecho (no el helecho, planta de las filicales, familia de las polipodeáceas) que estando yo por narrar el encuentro con Paulina, una vieja amante –pero muy bien conservada- dejada de ver durante cincuenta y cinco años, de pronto la mano con que escribo es llevada por fuerzas superiores, contra mi voluntad, a esa rubia platinada, con cierto halo de putilla barata, y a las circunstancias que se siguieron; ¡hola!, saludo al halo que rodea a la putilla, que viste una prenda llena de puntillas rojas que es un color guerrero, toruno y rebelde.
(Antes de continuar advierto a los posibles, casuales y tenaces lectores que no he de entregarme fácilmente a la voluntad de los indignos que pretenden sustituir mi argumento, en un momento ingrato, y llevarme por ignotos parajes, solo o en pareja, sino que el menor descuido de mis captores volveré a la historia del reencuentro con Paulina, siempre que ustedes no se dejen llevar por la propia imaginación y continúen la historia por su cuenta, construyendo en cuento mi novela o biografía.)
Aclaremos; la rubia se llamaba Irina y está equivocado quien piense que el pasado de “llamar” -“llamaba”- debe atribuirse a un error de imprenta o una impronta del autor, sino que la rubia se me presentó como Ildefonsa y que su verdadero nombre se me ofreció después, en muy extrañas circunstancias que les narraré mas tarde en el improbable caso de que me acuerde de cumplir con esta promesa. Al público en general y a los Generales en parte cular les aviso que los raptores de mis musas se han ido de farra, dejándome amarrado e imposibilitado de continuar la historia. En cuanto pueda la sigo.
Decía, o pensé decir, que bajé al hall del hotel, hostal, hostel, hotel o lo que fuera, momento en que vi. a Paulina tras cincuenta y cinco años pasados sin acordarme de ella y entonces el pensamiento, hasta entonces aletargado, volvió hacia atrás fagocitando años...
[Un salón, un cabeceo, una mirada intensa, ella que se incorpora de su silla –corrijo, de “la” silla, porque los muebles pertenecían al dueño del local- y, ya de pié, el contoneo de Paulina para que la pollera de gasa blanca corriera sobre el viso de satén negro y la lengua sonrosada humedeciendo levemente los labios con su propia saliva –le hubiera dado asco hacerlo con la de la señora que estaba a su lado- y alzando su brazo izquierdo dejó la mano del otro (del otro brazo, claro) a la altura de su cintura en el mismo momento en que la orquesta tocaba los primeros acordes de un tango del cuarenta con sus cincuenta músicos y entonces la tomé de la cintura, la aproximé tanto como pude a mi cuerpo –y pude bastante- tomé su mano izquierda con mi derecha y con las mismas partimos derecho hacia el lado opuesto de la pista circular, ella como muerta en mis brazos, para usar la metáfora de Borges en “El hombre de la esquina rosada”, (pese a que Borges no bailó en su puta vida, que es una manera de decir aunque la menos apropiada, y en cuanto al “Hombre de la esquina rosada” aclaremos que la esquina nada tiene que ver con la Casa Rosada, que es la sede del Gobierno ni con un CD con la truculenta historia de tal casa que fue la casa de todos los gobiernos); mas tangos luego y luego un fox-trot, creo que “Botones y moños”, sus moños laxos y mis mañas enhiestas, y los botones desprendidos hasta el esternón y sus senos meneándose acompasadamente frente a mis ojos algo estrábicos, luego mucho bla bla, ella queriéndose hacer la fina, yo atemperando mis recios modales suburbanos, más tarde una invitación a conocer su departamento, promesa de noche lujuriosa e intensa y después el enojoso momento de fijar el monto de la paga y chau Pinela].
Debo decirlo; en todos esos años no sólo no la había recordado sino, peor aún, lo recordaba más a “Cachafaz”, el perro que ella tenía en aquel tiempo, un animal hermoso y tan bien adiestrado que sólo ladraba los lunes miércoles y viernes de cinco y cinco a cinco y siete minutos, con permiso del portero y al margen de los estatutos para la propiedad horizontal normas legales que permitieran aligerar el precio de las propiedades y de paso que Paulina pudiera, en adelante, de frente o por detrás, ponerse vertical sin pincharse ni rasparse el trasero contra los cercos de la vecindad.
[¿No lo dije?. En aquella época teníamos veinticinco años. “¡Alguna vez tuve veinticinco años!”, pensé al verla y lo pensé con cierta tristeza, no por verla sino por el tiempo trascurrido en el ínterin, sin que advirtiera que cada vez que dije “mañana” (“mañana te veo”, “mañana cobro el sueldo”, “mañana saldré de joda”, “mañana me caso”, “pasado me divorcio”) se está más cerca del momento en que se advierte que la vida se fue como se fue el último tranvía, aunque con menos ruido y traqueteo.]
Digamos que la encontré apetecible acaso merced a las diestras manos de un siniestro cirujano plástico, de buena madera él, como se dice habitualmente, o acaso debido a que los años lo vuelven a uno menos exigente para elegir mujeres. Ella también me vio gracias a que, ahora lo se, actualmente usa de esos adminículos gelatinosos de llevar puestos, que reemplazaron a los otrora imprescindibles anteojos y dejaron en el aire a las patillas que sin los vidrios sirven para muy poco y además obligan a sus portadores a tener que resignar su orgullo y a andar tanteando por el piso hasta encontrar la gelatinosa pieza caída desde los ojos como un suicida desde la ventana del piso 42 del Waldorf Astoria.
Nos saludamos sin grandes aspavientos; ella porque es experta en guardar las formas, yo porque con los años aprendí a guardar mi dinero que siempre entra en riesgo cuando una falda se entromete. Tras saludarnos nos sentamos. Mientras ella hablaba revisté el pasado; éramos jóvenes, estábamos llenos de teorías y de molestos prejuicios, cada situación era liminar (o liminal, que viene a ser lo mismo porque la parla suele ser confusa,, como la música sin fusa, o la luz difusa en la que todas parecen bellas), un acontecimiento inesperado y fabuloso, una posibilidad nueva…era la época en que uno a cada momento decía ¡macanudo!, ¡bárbaro!, ¡no te imaginas, me pasó algo estupendo!, ¡me siento fuerte como un toro!, ¡que grande!, ¡nos vemos! y otras expresiones admirativas, ampulosas, olvidados de las guerras, del hambre ajeno, de la sacralidad del paisaje, de las alzas de la bolsa, de los que bajan bolsas para cubrir las fallas de los financistas porque un Presidente y unos senadores no se animan a hacer lo que hizo el gran Franklin Delano Roosvelt allá por el treinta, cuando cuarenta o cincuenta mil desgraciados se descerrajaron un tiro para disimular sus deudas y mantener firme la industria armamentista yanqui cuando las demás se venían abajo..
Volvamos: Nos miramos, le ofrecí bailar, a ambos nos sonó la Marcha Triunfal y se nos prendió el cartel de ¡cuidado, pibe!, ¡atenti pebeta!, ¿y los profilácticos?, pero habíamos tomado demasiado para recordar prevenciones de manera que bailamos un tango, la apreté progresivamente temiendo que se encabritara, pero no. Como diría Borges, de poder hablar, y dijera cuando aún hablaba, palabra más, palabra menos, “la llevaba muerta, entregada, sumisa, como debe ir la mujer que baila un tango, sumisa y como en misa, en misa y en los tiempos de la mantilla y las polleras largas, de la misa en latín y la tina de agua bendita. Después le ofrecí llevarla a su departamento, aceptó; al llegar, sin abrir la puerta del auto, me dijo que no tenía sueño y que el departamento estaba completamente desarreglado, “si querés subimos y te ayudo a poner un poco de orden”, le ofrecí. Todavía me da vergüenza pero “a golpes se hacen los hombres”… y los moretones también.
Estábamos sentados, dije anteriormente y nos preguntamos por nuestras familias. Todos muertos. -Es notable como se distrae la gente dejándose pillar por la muerte- dije. Me pareció una frase ingeniosa. Paulina sonrió. -Vos no vas a cambiar nunca- dijo, y comprendí que había dicho que yo seguía tan imbécil como cuando me conoció o que, pasara lo que pasara, siempre seguiría siendo un niño. Me mantuve callado. Entre largos paréntesis silenciosos en los que sin proponérnoslo nos olvidábamos el uno del otro, abordamos distintos temas, ninguno trascendente. Abruptamente me preguntó; -Vos recordás a Daniel Gelín?. Me acordaba. -Si, trabajó con Micheline Presle en “El diablo y la Dama”, sobre la novela de Raymond Radiguet. Fue nombrarle a la Presle para que a Paulina le saliera la mujer.
-¿Una gordita, blancuzca, a su manera bonitilla.
-En su tiempo era hermosa- dije, pretendiendo defender a Micheline que, durante muchos años, fuera para mí la mujer soñada. Luego desperté optando por otras menos bellas pero más cercanas. Como dice un yerno mío; el que elige no coge.
Ella hizo un gesto ligeramente despreciativo mediante el económico corrimiento de la comisura izquierda de la boca rumbo a la oreja del mismo lado y al alzamiento de las cejas, con el consabido arrugamiento de la frente. Decidí defender el prestigio de Michelin Presle.
-Era algo rellenita pero en aquel tiempo los homosexuales todavía hablaban con voz enronquecida para disimular sus carencias, por lo tanto aún no dominaban el mundo de la moda femenina ni habían impuesto a estos esqueletos anoréxicos que sólo le gustan a los tontos- dije.
-Una mujer del Renacimiento- insistió ella.
-El renacimiento de la mujer ocurrió en la última mitad del siglo pasado- sostuve, y no contento con mi frase, como para hacerla pegar un respingo, agregué:
-Eva Perón apareció allá por 1946.
-¿Fue Eva o aquella a la que llamaban Isabel, la esposa del Teniente Coronel Perón, la que llegó primero a la Presidencia de la República?- preguntó ella con fingida inocencia procurando poner a ambas a la misma altura lo que, manifiestamente era una ofensa.
-Una, Eva, quiso serlo (Presidente)- y no pudo dije porque los militares creyeron que era una ofensa que una mina que provenía del espectáculo llegara a la magistratura, habiendo tantas mujeres de milicos con buenos, o regulares antecedentes familiares.
-Y la otra pudo serlo y tampoco pudo- agregó Paulina. Agriamente quise corregirla.
-Perón llegó a General, no a Teniente Coronel, como acabas de decir- agregué con inquina ante las artes ofensivas de mi amiga.
-Cierto- dijo; -pero llegó por una ley dictada por diputados adventicios, no por méritos castrenses.
Venía perdiendo por goleada de manera que opté por darme un respiro. Entonces ella volvió con lo de Daniel Gelin.
-Pobre, tan buen mozo. Cuando entendió la vida ya era tarde; es que te dicen que la vida es un caramelo y de pronto advertís que debajo de la primera capa de dulce hay un objeto duro e insípido que sólo sirve para roerte los dientes.
Y no la sigo porque todos me dicen que este texto es una pelotudez y no quiero pensar la revancha que se tomará Leo si lee esta porquería, así que....
Y de broma ni corrijo esta porquería y Leo que diga lo que quiera, al fin y al cabo es de buen cristiano dar la revancha...
© Paco Z
09/12/2008
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