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Los hombres buenos
llevan dentro
un lagarto
que odia a los hombres buenos
Es la juventud
el único vicio que
sana el tiempo
Maldita sinalefa, que siempre odia los haikus.
Corre Júpiter
en el cielo tras Venus
al atardecer
Que venga el meteorito, el capitán trueno o un rayito de luz. Hay algo prohibido en Dinamarca.
fw ·
10-05-2026
solo hacía falta un lugar con autobuses y aeropuertos. un combo difícil. un lugar dispuesto a pagar la factura por la medalla
EL DESCUBRIMIENTO DEL EDREDÓN
La casa en cuestión estaba en Manuel Allende y habitaba E que hizo la carrera conmigo y con mis otros dos amigos-bellacos compañeros de singladura. E era con diferencia el más bocazas, y éramos muy mucho. Su señor padre (estamos hablando de la casa de este señor) tenía y tiene unas relaciones envidiables, arriba-arriba, con ese partido de derechas entonces en ascenso cuyo ámbito de influencia se circunscribe a nuestra comunidad autónoma. Ha sido directivo del glorioso, empresario de éxito aliado a una gran multinacional del sector automóvil y era, como es lógico, un tipo encantador. Tenía, su padre, el defecto de muchos que se quedan con el cuello jodido de mirar hacia abajo con una mezcla de conmiseración (defensa emocional) y tasación (a este diota cuánto le sacaría yo) e identificaba rápido si eras uno de los dos tipos de personas (en el momento de contacto, era análisis de la familia) que le interesaban: un aliado de interés o un enemigo a tener en cuenta.
Pongamos por ejemplo que uno fuera un rojete. El padre de E. sonreía y sabía que tu idealismo no tardaría en chocar con la parte de la realidad que ya estaba vendida y que correspondía a la mayor parte de lo que conocíamos entonces. Pongamos que uno fuera hijo de un afamado médico, uno podía contemplar como su cerebro abría una ficha, escaneaba una cara y ponía en marcha la búsqueda de información, sobre si eras nieto o sobrino de tal o cual M o R (los apellidos de uno). Si la información resultaba de mínimo interés, él buscaría entre sus contactos más datos que enlazar y solía darse el caso que al volver a cenar a la noche a casa, el susodicho ya había contactado vía algún familiar con las personas que manejaban el cotarro en la familia.
La madre de E tenía siempre la puerta cerrada. Sonreía y no te veía o simplemente era una maestra en el arte de utilizar puertas de cristal blindado. No sé si la abriría a instancias de su marido. Supongo que sí, pero no pude comprobarlo. A los hermanos de E pude conocerlos en diferentes niveles. La mayor nada. No sé si ni vive o qué. M era un tipo encantador, más joven que nosotros, era como si a E le quitases todo el detritus y la roña. Claramente ahora sé que tenía menos miedo y también más modestia ya que la osadía de E le impulsaba a demostrar cualidades que nadie le pedía pero que le inquietaban. El más joven A estudió con mi hermana y sé que durante una temporada estuvo metido en el jako y lo pasó muy mal. Sé que le sacaron de ahí, que se recuperó y que hace unas semanas le saludé en un campeonato de ajedrez en la calle. Era el único al que sus padres metieron desde niño en ese partido de derechas a medrar y hacerse un nombre. Supongo que la cosa quedaría en nada.
E gustaba de declararse muy rojete pero lo hacía desde sus greñas universitarias, gozando de un status envidiable y poniendo de su parte poco más que un vocabulario escaso de ideas y de cero acciones. Por otro lado tenía su punto generoso y compartimos un caserío, propiedad de sus padres, en los alrededores de la ciudad. Una vez le robaron el perro, una perra preciosa de mirada negro cobalto y cariñosa conmigo. Y la perdió. Tardaron menos de un año en tener otra. Cosas.
© Jorfasan.
30/11/2008
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