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© Olé Torero

Da una pequeña vuelta por los lados de la banda y seguidamente embiste a Miguel, que con la muleta le espera dándole un pase de pecho con la mano derecha para rematar de vuelta con otro con la mano izquierda.

Ovación ante la introducción de lo que puede ser un gran espectáculo.

Miguel sabe que ya no es un joven, pero su condición física es excelente, es algo delgado, pero sus muñecas poseen la fuerza adquirida en la dura brega con los toros.

Lleva a Mandingo al centro del ruedo y da unos pases más que remata con un molinete alejándose del campo de acción del astado.

La sangre le hierve ahora.

Están solo ellos dos, el público solo es parte de la lidia.

Sus nervios se han ido templando a cada pase dado, sabe que debe llevar el mando aunque Mandingo con la nobleza del buen ejemplar criado para estas artes le pelea este favor.

Rodilla en tierra espera pero el toro distraído mira hacia los toriles.

Miguel mueve su muleta, cual alas de pájaro, buscando llamar la atención del toro que al parecer luce cansado por el trabajo realizado.

Nuevo embiste que Miguel adorna con una media verónica y la música invade el redondel.

Las gargantas van afinando su grito de guerra y a cada nuevo pase el “olé torero” se cuela entre las notas musicales.

Por dentro del lente de la cámara de televisión que va tomando la faena, imagina ver el rostro preocupado de su esposa pegada a la pantalla, con una presión heroica dentro del pecho a cada embestida del animal.

Ahora se sabe dueño del espectáculo.

Mandingo ha bajado su ritmo de ataque, producto de la pérdida de sangre progresiva de su herida y le mira con cierto aire de perdón, buscando que finalice lo más pronto su acto.

Pero el show se encuentra en la cumbre.

Miguel tiene muchos recursos para extraer de la bestia ese extra necesario que puede separar su actuación de una buena faena a una excelente.

Lo deja descansar un momento mientras hace cambio de espadas, que es seguido de un murmullo de desaprobación del público.

El toro indolente les mira de un lado a otro preguntándose hasta cuando serán saciados los ánimos.



Un segundo aire y Miguel se encuentra sorpresivamente con el ataque directo, fuerte y salvaje de Mandingo quien no se encuentra aún vencido.

Pasa muy cercano a sus costillas con vuelta de casi trescientos sesenta grados apoyado en el lomo del toro, que es seguido de aplausos y olé.

Miguel está un poco fatigado por el esfuerzo constante del enfrentamiento a una bestia que pesa más de seis veces los kilos que él tiene distribuidos en su anatomía.

Está fatigado de estar en la lidia, de ver cuernos amenazadores acechándole hasta cuatro tardes a la semana.

De encontrarse encerrado en el callejón oscuro de su obligación y pasión.

Últimamente ha estado desganado en otras presentaciones, porque los animales han sido un poco mansos y broncos, pero hoy se siente rejuvenecido nuevamente.

Mandingo le ha sacado desde el fondo, el resplandor oculto que le ha llenado durante años.

Ha sido el mejor oponente en muchos años, el enemigo necesario para vislumbrar las realidades de la existencia que va cambiando al paso de los años y va moldeándose agrupando dentro de sí los inolvidables ratos, como el de ahora.

Un pase mirando las tribunas y el grito asombrado de los concurrentes ante la osadía de su acción.

Allí están inyectados del líquido alucinógeno de la pasión, saboreando en sus estómagos y embotando sus mentes de cada pase, de cada suerte, de cada osadía suya y tomando al animal como instrumento de desahogo a pasiones escondidas.

Su temple está por encima de esas pasiones, no está allí para satisfacerlas sino para satisfacerse.

En el fondo sabe que es un acto hasta cierto punto brutal, el de lidiar toros, pero en su sangre hierve esa fiebre, está atrapado en ese mundo de luces. No es tan brutal como ir a la guerra aunque se luche por lo mismo: la vida.

Está embriagado del placer de triunfar, de salir a hombros, del grito histérico de la multitud que le aclama.

De tomar la bota de sus compañeros y absorber, cual esponja, el jugo etílico del alcohol como parte de la celebración, de aspirar el humo de los tabacos en las fiestas posteriores y de caminar por las calles de la ciudad sintiéndose orgulloso que algún chico le detenga preguntándole:

-¿Es usted Miguel Domínguez?

-Sí hijo.

-Cuando sea grande seré un gran matador como usted.

-Sí.

Esa ha sido su vida y aunque no espera sea su muerte, en ella está sumergido sin ansias de salir.


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El que con niños se acuesta, mojado se levanta.
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fw
06/02/2021 19:36
gracias por los besos. cuidáos mucho. un abrazo

fw
06/02/2021 19:36
aquí seguimos, Mar. sin armar escándalos :-D

Mar
21/01/2021 17:29
Y que os he dejado un poemilla en el Olvidado Jardín. Besos

Mar
21/01/2021 17:24
Holaaaaaa!!! He vuelto a la casa abandonada ¿Hay alguien? Solo vengo a dejaros abrazos imposibles. y

Mar
10/01/2019 12:34
Otro Año, otras vidas... Os deseo a todos que sea Feliiz y que tengamos Salud y Trabajo. Todo con mayúsculas. Y abrazos a capazos.

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