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© EL MATADOR DE GONZALO FISCHER

—No se confunda, señorita Fouchard. Los verdaderos amigos tienen la virtud de desmistificar los insultos. Lo que usted toma como agravio, es simplemente la pura realidad. Él era un vanidoso, un soberbio con todas las letras.

—Eso no es cierto —lo reprendió ella.

—¡Ah, la magia del amor, que tiene la habilidad de borrar los errores! Pero no se engañe. Usted no lo habría aceptado si él antes no corregía su vida. Él sabía que, indefectiblemente, debía renunciar a alguna de las dos.

—Y terminó renunciando a las dos —susurró ella.

—No completamente —dijo el hombre.

—¿A qué se refiere?

—Déjeme contarle.

El mozo se aproximó a la mesa. El hombre hizo un pedido y luego prosiguió.

—Conozco todos los secretos de Gonzalo Fischer, los de su vida y los de su muerte. Nunca hubo alguien que ejerciera la vanidad con tanta eficacia y, por qué negarlo, con tanta justificación como él. Rompía las relaciones con las personas cuya admiración hacia él se hacía insuficiente, y no le era difícil reclutar a otras para que continuaran esa tarea. Amaba y rechazaba mujeres cada noche, desafiaba y humillaba a los hombres. Agarraba la navaja de la vida por el filo, no por el mango. Corría siempre, sin detenerse jamás para auxiliar a los que dejaba en el camino. Tarde o temprano, alguien aparecería para poner fin a esa vida. E inevitablemente, esa persona llegó.

El hombre hizo una pausa. El mozo regresó, dejó el pedido sobre la mesa y se retiró. Sandra Fouchard permanecía en silencio, poniéndose en guardia contra el golpe de la verdad.

—Esa persona es usted —concluyó el hombre.

Ella lo miró con su semblante transmutado y rió como si hubiera escuchado una broma.

—Usted está loco —titubeó con su risa desconcertada.

—No, señorita Fouchard. Él la amaba también. Pero usted lo acorraló al pedirle que abandonara sus hábitos si quería tenerla, que renunciara a la única vida que sabía vivir, que dejara de ser él mismo.

—Era un pedido justo —alegó ella.

—Él así lo entendió, y trató de complacerla. Pero sus costumbres lo tenían encarcelado. Cien veces intentó cambiar, y cien veces fracasó. Se sabía incapaz de ser otro. Y esa impotencia emocional le produjo un odio incontenible hacia sí mismo, un odio que le hizo desear su propia destrucción.

—¿Acaso está diciendo que él deseaba morir?

—Así es. De todas las personas que lo odiaron, él fue la más cruel. Ser él mismo significaba no poder tenerla a usted. Y escogió, para olvidar, la peor forma de trascendencia que un hombre puede elegir: intensificó sus vicios, les abrió la jaula a todas sus pasiones, pretendió saciar sus caprichos con otros caprichos insaciables, se entregó al ruido y a la lujuria hasta hartarse. Pero al quedarse solo, al encontrarse a sí mismo en su habitación vacía, el único pensamiento que él tenía era usted. Y entonces me llamaba, me pedía que lo ayudara, que lo rescatara. Pero yo no podía hacer nada desde la prisión en donde estaba encerrado.


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fw
06/02/2021 19:36
gracias por los besos. cuidáos mucho. un abrazo

fw
06/02/2021 19:36
aquí seguimos, Mar. sin armar escándalos :-D

Mar
21/01/2021 17:29
Y que os he dejado un poemilla en el Olvidado Jardín. Besos

Mar
21/01/2021 17:24
Holaaaaaa!!! He vuelto a la casa abandonada ¿Hay alguien? Solo vengo a dejaros abrazos imposibles. y

Mar
10/01/2019 12:34
Otro Año, otras vidas... Os deseo a todos que sea Feliiz y que tengamos Salud y Trabajo. Todo con mayúsculas. Y abrazos a capazos.

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