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© El pozo
Ojalá se te acabe la mirada constante
(Silvio Rodríguez)

Yo tenía la costumbre cuando era chico de salir todas las dos de la tarde a caminar por el pueblo, casi siempre por los mismos caminos, pasando por el bulevar hasta las vías del tren, que era como un fantasma porque ya no pasaba hacía tiempo, pasando después para atrás de la vía, perdón, casi digo de la vida, o si no salía para el otro lado, para atrás de la ruta, llegando de a poco a donde ya no había casi nada y finalmente adonde ya no había literalmente nada. Me gustaba pasar los alambrados flojos, caminar por caminos sin ruedas e incluso por la ausencia de caminos, meterme en los campos perdidos cada vez más grandes y vacíos, incultos, entrar progresivamente en un mundo sin ruidos, sin pájaros incluso, sin árboles, sin animales, sin nadie, sin nada; un mundo perdido como quién dice. Llegaba a ese vacío, a esa ausencia, y poco a poco me iba olvidando las últimas caras, los últimos cuerpos, los últimos caballos o carros; me internaba allí, en esa soledad, y me iba gradualmente olvidando de todo; todo eso se iba perdiendo, como quién dice.

Por lo general cuando salía a caminar yo sabía adonde iba; vagamente quiero decir, sabía adonde quería llegar. Lo que a veces me permitía era encontrar el mejor camino durante el trayecto, aunque casi siempre terminaba yendo por los mismos lados, quizá para recuperar como quién dice un pasado perdido. Quiero decir, como para reencontrarme con las cosas (las casitas, los árboles, las calles, los perros incluso) que conocía y que ya eran como una parte de mí. En todo caso mis caminatas eran variaciones sobre lo mismo. Saliera yo para atrás de la vía, para atrás de la ruta, o para donde saliera, el itinerario en definitiva siempre hacía el mismo dibujo, el mismo esquema, digamos. Iba del pueblo a las afueras, de la gente a la soledad de los campos, de las cosas a la nada como quién dice, por exagerar, a la ausencia de cosas quiero decir, eso era así, casi siempre, de lo mucho a lo poco, de lo que hay a lo que no hay, a lo que falta quiero decir, así era siempre, aunque yo no lo dispusiera, eso se daba.

Un día, allá por el año 86, el famoso año de “la seca del 86”, encontré algo que aún hoy recuerdo no sin un vago dejo de misterio.

Me gustaba caminar para el Este, para el lado opuesto del sol, digamos, para el lado de los Chavero, de don Herminio y el fantasma siempre vivo de su difunta madre Doña María. Me gustaba caminar para ese lado, al principio porque me gustaba andar por ese paisaje desértico, perdido en las afueras del pueblo, entre los pastos amarillos y secos, la tierra dura e inútil, en esa ausencia de casi todo, excepto de la casa del “Solo” Chavero, como le decían allá en el pueblo. Al principio andaba por ahí porque me gustaba todo eso, pero después me fui encariñando con el viejo, que me silbaba desde lejos cuando me veía, sin levantarse del tronco en el que estaba sentado, y me invitaba con un amargo. Pobre Solo, estaba ya medio medio el hombre. Con el tiempo me fui acostumbrando a su silencio. Me fui dando cuenta con el pasar de las tardes de que no me silbaba para que yo le hiciera compañía, aunque sea por un rato, para que le contara novedades del pueblo, no, nada de eso. Él no parecía querer romper, como quién dice, su soledad; más vale lo que quería era compartirla. Y yo la compartía. Para él la única compañía, según largó como a la pasada un día, había sido su madre, pero ella ya estaba muerta y era en vano tratar de suplantarla. “Por eso no voy para el pueblo”, me dijo. “Para qué”. Herminio casi no hablaba, como ya dije, y permanecía sentado casi inmóvil, con la mirada perdida en alguno de los pocos objetos que había alrededor (las dos cruces dibujadas en el suelo con ladrillos que marcaban sin duda el lugar del entierro de sus padres, su símbolo, digamos, la representación sensible de la ausencia; o el árbol, el único; o el horizonte) o en el aire vacío. Yo fui comprendiendo de a poco su gusto por el silencio, por la ausencia de todo ruido, y entonces yo también me callé. Al comienzo ese vacío me resultaba incómodo y trataba de llenarlo o de al menos atenuarlo con algún sonido periódico que podía ser una tos, un carraspeo, o un desinteresado y estúpido “así es”. Herminio lo ignoraba. Después me sentí ridículo y me terminé callando del todo. Poco a poco me fui adaptando a esa ausencia de casi todo y ya hasta terminó molestándome cada vez que a él se le ocurría decir algo (no para mí, sin duda) o respirar incluso hondo y con ruido.


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El que tiene los pies torcidos no llega a donde quiere.
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fw
06/02/2021 19:36
gracias por los besos. cuidáos mucho. un abrazo

fw
06/02/2021 19:36
aquí seguimos, Mar. sin armar escándalos :-D

Mar
21/01/2021 17:29
Y que os he dejado un poemilla en el Olvidado Jardín. Besos

Mar
21/01/2021 17:24
Holaaaaaa!!! He vuelto a la casa abandonada ¿Hay alguien? Solo vengo a dejaros abrazos imposibles. y

Mar
10/01/2019 12:34
Otro Año, otras vidas... Os deseo a todos que sea Feliiz y que tengamos Salud y Trabajo. Todo con mayúsculas. Y abrazos a capazos.

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