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© La Vida de Hinkle Twinkle Burns

Pasaron noches y más noches, aullidos y más aullidos y no hubo lobotomización posible que frenara aquello, pues no quedaba más que lobotomizar. El doctor Mistic Burns no solo aprobó, si no que, como buen humanista, aplaudió entusiasta la lobotomización inferior, esto es: la castración. Fue bajar los pantalones para proceder a la trepanación cuando el flácido miembro de Hinkle Twinkle Burns, dormido como un ceporro pero siempre dispuesto a dar rienda suelta a sus lujuriosos efluvios, se convirtió en una estaca arrogante y explotó como un volcán polinesio, un geiser que torció el gesto de los presentes, intuido bajo unas mascarillas que protegieron a aquellos carniceros de una fecundación indeseada. Fue la última respuesta de la esencia de Hinkle Twinkle Burns: se procedió sin piedad, se arrojó a un cubo que acabó, como acababan todos los despojos clínicos de aquella metódica y a la par surrealista clínica en el cuenco de Thor, el can que vigilaba las puertas de aquel paraíso de tranquilizantes y somníferos. El pobre perro acabaría enterrando aquel correoso pedazo de carne, rendido ante la evidencia de la debilidad de sus afilados colmillos frente a aquel poderoso engendro. Así que podemos decir que allí, en el jardín del Sanatorio Mental Homeopático y Naturista Las Malvas yace Hinkle Twinkle Burns, pues lo que quedaba de él, un saco enorme de carne y huesos no quedó convertido más que en una caja blanda de sonidos ininteligibles, agudos y molestos en extremo que, tumbado en la cama, inmóvil y nostálgico, no apartaba la vista con añoranza de aquella bombilla y palpaba, en búsqueda desesperada, la cavidad donde antes se encontraba la razón de su existencia.

El doctor Mistic Burns recibió la noticia con la misma afectación que el segundo alumbramiento de Hinkle Twinkle Burns, tomó unas notas en el abultado expediente de nuestro protagonista, como un experimento más y continuó cociendo los tubérculos de unas exóticas hierbas que seguro estaba -incansable, indestructible- que prolongarían la vida hasta los cuatrocientos años sin enfermedades ni padecimientos.

Hinkle Twinkle Burns tenía 19 años, apenas sobrevivió un año a su muerte cerebral particular. Su madre, que entonces había progresado mucho en la vida y regentaba un club de alta alcurnia a las afueras de la ciudad, llevando el neón por primera vez a aquella ciudad, puritana de día, viciosa impertinente al ponerse el sol, sintió una punzada en el corazón, pero la achacó sin duda a la ingesta exagerada de whisky y no a la muerte de su vástago, que fue encontrado otra fría mañana de noviembre, entre dos ladrillos que eran sus manos y rodeado de humedades que bien podían recordar a La Escandalera; y es que Hinkle Twinkle Burns había llorado un mar de lágrimas, por primera y última vez en su vida, rozando una niebla imaginaria que ocupaba el lugar de su difunto pene.

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fw
06/02/2021 19:36
gracias por los besos. cuidáos mucho. un abrazo

fw
06/02/2021 19:36
aquí seguimos, Mar. sin armar escándalos :-D

Mar
21/01/2021 17:29
Y que os he dejado un poemilla en el Olvidado Jardín. Besos

Mar
21/01/2021 17:24
Holaaaaaa!!! He vuelto a la casa abandonada ¿Hay alguien? Solo vengo a dejaros abrazos imposibles. y

Mar
10/01/2019 12:34
Otro Año, otras vidas... Os deseo a todos que sea Feliiz y que tengamos Salud y Trabajo. Todo con mayúsculas. Y abrazos a capazos.

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