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© Jose Puentes - Manuscrito hallado en un pedrisco (I)
Todo empezó a la hora de la siesta.

Era un día de Mayo y dormía alegremente tumbado cuando aquel hombre apareció de repente de las profundidades. Nunca le perdonaré el susto que me dio.

Cierto que ya han pasado los tiempos en que se podía escuchar el aleteo de las mariposas o el ronroneo amoroso de dos pulgas en celo. Ahora, si no es una avioneta, un jet o un helicóptero, rompe el silencio una motocicleta, el último modelo de coche enano y turbo nosequé, un tractor, una motosierra o la desbrozadora del tío Felipe. El caso es que ese invento del infierno que llaman motor lo paren en todos los tamaños y se lo añaden a todos los artilugios posibles desde un cepillo de dientes hasta esas máquinas gigantes que despanzurran las entrañas de la Tierra en las grandes minas. Y les aseguro a Vds. que no hay rincón del planeta que se libre...

Pero, aunque uno está acostumbrado, no es agradable que te interrumpan en pleno letargo a la altura de la oreja, con un armatoste elevador con sordina que convierte su estridencia en una especie de ventosidad monotonal e incesante. Y encima el hombre no confió en mí cuando le ofrecí apearse y charlar tranquilamente con el trasto apagado...

Peter Tenreiro se llamaba el intruso y para no dejar de sorprenderme me espetó de entrada que me conocía. A decir verdad sabía muchas cosas y era para creerle, a pesar de la jerga con que hablaba, que su abuelo había nacido en mi aldea. Allá en Triabada cuando aún vivía gente conocí varios Tenreiro, pero como casi todos pertenecían al gremio de sacristanes y campaneros no nos llevábamos demasiado bien. Siempre fui listo y no trabajaba en la misma zona en que vivía, mas algo debían sospechar, o era mi natural rechazo hacia ellos, que nunca hice buenas migas. Y es que la mía no es labor de cristianos, y menos ahora después de lo que hice... Pero todo a su tiempo.

Coronel Peter -porque coronel era- tenía mejores fuentes de información que la simple de su abuelo emigrante. Por saber, el muy cabrito sabía hasta mis aficiones futboleras y mi decisiva intervención en una final de copa a favor de los míos. Pero sabiendo tanto aún no comprendo como me ofreció alistarme en su ejercito después de lo que me costó librar de la mili por enano, que un poco pasaba de la estatura mínima y tuve que deformar mi columna cargando sacos de arena para perder un par de centímetros. Cuando le respondí que no había nada en el mundo que me hiciera vestir de uniforme debería haberme callado.

No fue, no, que considerara importantísima mi ayuda para salvar a la Humanidad, ¡a mí qué con la Humanidad?, ni tampoco el que podría trabajar de paisano, ¡si en este trabajo la mayoría de las veces acabas en cueros, o casi!; ni tampoco fue su oferta de pagarme en oro macizo, fue -ya sé que era una propuesta tonta, y que más tonto fui yo por ilusionarme con algo así- aquello de llevar una vida ordenada, cada día su tarea clara y concisa, cada cinco dos de descanso y otra vez el lunes con la labor que me prescribieran... Como disculpa sólo puedo decir que llevaba tantos años a mi aire y en las nubes -nunca mejor dicho- que me estaba volviendo indolente. Tanto me daba importunar allí, hostigar acá o pasar dos meses tumbado al sol rascando la barriga... Y por ahí me enganchó ese nieto bastardo de gallego y de neoyorquina, sobre todo cuando me aduló con aquello de que nosotros, los de la profesión, éramos "indetectables" al revés que las armas convencionales. ¡Qué jorobada es la adulación!

¿Indetectable? ¡Sí hasta el último perro "palleiro" de mi tierra nos ventea a cinco leguas! Pero claro, suena tan bonito que entonteces, y te lo crees y piensas babeante: ¡Indetectable! Menos mal que la necedad no llegó a tanto como para no hacer un contrato como antaño, en pergamino de cabra y con sangre. ¡Con su sangre, claro! No le gustó mucho, pero le interesaba, y gracias a ello pude luego impugnarlo ante el Alto Tribunal por mala fe de una de las partes.

No había pasado una semana y ya estaba yo en la base secreta de Cabot, en la Antartida. Hay que reconocer que esta gente se lo monta bien. La comida era una bazofia, pero teníamos un pabellón con todas las comodidades para los tres del equipo aunque el suelo era un poco hortera, blandito y algodonoso, según ellos para que no echáramos en falta nuestro hábitat. No me sorprendí nada de encontrarme con alguien de Siero, Manolo Sacristán -vaya apellido-, al fin y al cabo el nuestro es viejo oficio de asturianos y gallegos, pero tampoco de que el tercero fuese Mustafá Al-lladó, descenciente de moriscos valencianos, porque ya nos conocíamos de la final de Copa entre el Deportivo y el Valencia: les hicimos doblar aunque por poco no reventamos el alcantarillado de Madrid.

En los otros pabellones estaban los demás, una gente que según la escuchas deseas alejarte de ellos porque parecen todos sacados de un manicomio. Todos pertenecían a una brigada especial de estudios paranormales o algo así, que tampoco traté mucho con ellos. Nos miraban con ojos brillantes de triunfo, como si fuésemos tres extraterrestres invitados a comer. Claro, que muy terrestres no somos; sólo lo imprescindible.

La instrucción fue breve. Sólo unas semanas para aprender a manejar todos los equipos de comunicaciones que deberíamos usar para mantenernos en contacto con el coronel. Y también, como camuflarlos en los diferentes tipos de terreno si por alguna razón descendíamos a tierra. De uniforme nada. Un ropero inmenso para cada uno con vestimentas adaptadas a los países que íbamos a bombardear. Querían que pasásemos desapercibidos y era empeño vano porque los que son como nosotros nunca pasan del todo desapercibidos, se vistan como se vistan, pero tampoco costaba tanto obedecer y mudarse de ropa. Para terminar nos explicaron que cada uno de nosotros trabajaría de forma independiente. Y de hecho así fue pues a Manolo y a Mustafá no los volví a ver...

© Jose Puentes
es.humanidades.literatura
14 junio 2001
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fw
06/02/2021 19:36
gracias por los besos. cuidáos mucho. un abrazo

fw
06/02/2021 19:36
aquí seguimos, Mar. sin armar escándalos :-D

Mar
21/01/2021 17:29
Y que os he dejado un poemilla en el Olvidado Jardín. Besos

Mar
21/01/2021 17:24
Holaaaaaa!!! He vuelto a la casa abandonada ¿Hay alguien? Solo vengo a dejaros abrazos imposibles. y

Mar
10/01/2019 12:34
Otro Año, otras vidas... Os deseo a todos que sea Feliiz y que tengamos Salud y Trabajo. Todo con mayúsculas. Y abrazos a capazos.

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