Portada · Noticias · Faq · Contacto · Colabora 08 Diciembre 2021 14:53
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© la maga - Historia de Bova, cap. 1 a 3.
1. LA LLEGADA


Cuando se bajó del avión sintió una especie de ahogo que le impedía respirar con normalidad originado por el contraste entre el aire acondicionado del aparato y la temperatura que había en el aeropuerto. En Phoenix el calor es de esos húmedos, agobiantes que casi te impiden pensar con claridad y que te quitan las ganas de todo. Había hecho el viaje con otras dos compañeras que como ella iban a compartir el siguiente año con una familia extraña con miras a mejorar su inglés, y, por supuesto, áquel había sido el único tema de conversación durante el viaje de cuatro horas que les llevó desde Nueva York hasta Arizona.

Cogieron sus maletas, dos cada una, y se dirigieron a la salida. Bova siempre andaba como flotando sin fijarse en lo que había alrededor, por eso fue la última en darse cuenta de la familia que tenía justo delante y que sujetaba un cartel con su nombre. La mujer era tremenda, probablemente superaba los cien quilos; sus facciones parecían hispanas, sus ojos, pequeños y terriblemente oscuros le daban un aspecto de bruja mala. Llevaba puesto una especie de vestido-túnica de color negro con pequeños motivos florales gris claro. Junto a ella se agitaba nervioso un hombrecillo que fumaba sin parar; su pelo era blanco y escaso y su delgadez, cubierta por una camiseta de manga corta beige y unos vaqueros, contrastaba de una forma increible con la gordura de su mujer. Parecían una viñeta de Forges sobre Concha y Mariano.

Dicen que no hay dos sin tres y ésta no era una excepción. A su lado había una chica que aparentaba más o menos la edad de Bova. Era bajita, muy bajita, con el pelo corto y negro como el carbón dulce que suelen traer los reyes magos a los niños que no se han portado del todo bien; sus ojos de un marrón intenso buscaban entre la multitud a quien iba a compartir con ella todo aquel año, y su nariz recordaba las narices de los indios sudamericanos. Tenía los dedos metidos en la boca pero cualquier buen observador se hubiera dado cuenta de que no se estaba mordiendo las uñas porque éstas eran largas, rojas e impecables.

Una de las compañeras de Bova le dió un codazo mientras le decía ' Un cartel con tu nombre'. Entonces fué cuando los vió. Se despidió de las chicas con un abrazo y se acercó a ellos. 'Bienvenida a Arizona', le dijeron.

2. LA NEVERA


Es muy difícil ver en Phoenix gente andando por la calle. El calor lo impide junto con el peligro de que algún desaprensivo te secuestre para venderte en algún mercado de un país lejano o para entregarte en adopción. Pero a Bova nada de eso le importaba. Los paseos diarios desde el colegio hasta el autobus suponían para ella el único momento de libertad, y a pesar de que recorrer tres kilometros a las tres y media de la tarde bajo un sol de cuarenta grados no es nada apetecible, sobre todo teniendo en cuenta que tu final puede ser la aparición en un cartón de leche junto a las palabras desaparecido, Bova esperaba con anhelo aquellos paseos.

Aquel día salió del colegio a la hora de costumbre y con su mochila al hombro comenzó a andar. El calor era sofocante por lo que andaba despacito, dando pequeños pasos y parándose de vez en cuando para recuperar las fuerzas. Le solían divertir las caras de extrañeza que ponía la gente que por algún motivo disfrutaba de la tarde en el jardín de sus casas, al verla pasar. Chica sola y andando, nada más lejos de la realidad de Phoenix. Bova acostumbraba a parar en un pequeño seven-eleven para comprar algún regalito para Concha y Mariano, y de paso, para beber algo. La parada en la tienda se había convertido en una costumbre desde que se dió cuenta de que los regalos servían para evitar que la riñesen y la pegasen. Aquel día Bova no llevaba mucho dinero encima por lo que tuvo que decidir entre Concha y Mariano o su sed. A él le compro unas cuantas chocolatinas, le encantaban las chocolatinas de alguna marca en concreto; a ella le compró una planta, a este paso su casa iba a parecer un jardín botánico.

Después de pagar siguió su camino. Acostumbrada como estaba a beber algo de agua en la mitad del trayecto, el resto del paseo se le hizo un poco más duro. Lo cierto es que tenía mucha sed.

Por fin llegó. La casa era de una planta con un jardín delantero poco cuidado y uno en la parte trasera con una piscina en forma de ocho. El cesped del jardín estaba seco y amarillento y no había ningún tipo de flores. Bova abrió la puerta, entró y se dirigió a la cocina.

Allí estaban sentados Concha y Mariano y su hija que no había ido al colegio porque decía que se encontraba mal. Puro cuento.

'¡Hola!', saludó Bova.

'Bova, por favor, traeme un cuchillo', le respondió Paula, la hija.

'Ahora te lo llevo, pero primero déjame beber un vaso de agua. Estoy muerta de sed'.

Diciendo ésto Bova dejó la mochila en el suelo, cogió un vaso y se acercó a la nevera. Abrió la puerta del congelador y se disponía a coger hielo para enfríar el vaso cuando sintió un golpe seco en su cabeza. Y tras el primer golpe vino un segundo y un tercero. Mariano se había levantado y le estaba asestando golpes con la puerta del congelador. Bova no decía nada, se limitaba a agarrar el vaso con fuerza. Sabía que los golpes podían aumentar si en algún momento se le escapaba el vaso de la mano y caía roto en el suelo.

Cuando Mariano decidió ya era suficiente o quizás cuando se le cansó el brazo de tanto abrir y cerrar el congelador con la cabeza de Bova en medio, soltó la puerta y gritó 'Nunca vuelvas a repetirlo. Lo que te mande mi hija es lo primero, lo tuyo viene después'.

Bova le miró pero no dijo ni una palabra. No sabía que le dolía más si la cabeza o el orgullo, pero ni siquiera se atrevió a llorar. Fue al cajón de los cubiertos, cogió un cuchillo y se lo dió a Paula que estaba pintándose las uñas de rojo.

3. LAS GALLETAS


Cuando Bova llegó a Arizona pesaba 45 quilos que para sus 170 centimetros de altura resultaban insuficientes. Bova siempre había sido extremadamente delgada. Al principio aquello le molestaba e incluso pasaba de ir a la playa para evitar oir los comentarios que los amigos de su hermano mayor hacían sobre su figura, tan recta y lisa como una tabla de madera. Pero con el paso del tiempo se fue acostumbrando y lo que al principio suponía un problema dejó de serlo. Al fin y al cabo, Bova sabía que tarde o temprano iba a engordar, y así fué, pero éso ya es otra historia.

Aunque Bova no comía mucho- no necesitaba demasiado para sentirse llena- lo que le daban Concha y Mariano era tan escaso que se pasaba el día entero con hambre.

Por las mañanas en la casa no había nada para desayunar, por lo que Bova y Paula solían parar en una tienda de Donuts que había de camino al colegio, para meterse algo en el estómago. En el colegio se comía a las doce en una pequeña cafetería en la que te daban para elegir entre una ensalada, una hamburguesa, un trozo de pizza o un burrito mejicano. Bova solía comer una cosa diferente según el día de la semana y con el hambre que tenía, el donuts de las siete de la mañana ya debía de estar camino de los dedos de los pies, todo aquello que vendían en la cafeteria le sabía a gloria.

En casa de Concha y Mariano casi nunca había cena; Concha siempre estaba demasiado cansada para ponerse a cocinar y a Bova no le dejaban, quizás mejor que fuese así. Alrededor de las seis de la tarde toda la familia se acercaba a la nevera y se hacía un sandwich con pan de molde y algo parecido a la mortadela. La variedad no era mucha; la nevera, cuya función parecia ser la de arma contundente que sirve para asestar golpes en las cabezas de las muchachas extranjeras, solo contenía mortadela.

Al principio y ante la falta de confianza, Bova se conformaba con aquel sandwich, pero al pasar el tiempo, y ante el peligro de caer desmayada por el hambre, se atrevió, tan sólo una vez, a comerse dos.

Maldita la hora en la que se le ocurrió duplicar su cena-sandwich. 'Eres una cerda, comes demasiado' '¿Crees que has venido aquí para comer?' 'Que sea la última vez que coges tanto, castigada un mes sin salir y, además tienes que limpiar la casa de cabo a rabo'.

'Vaya novedad,' pensó Bova, 'como si no fuese yo quien la limpia siempre' Bova, por supuesto, no volvió a comer dos sandwiches. Limpiar la casa no le importaba y no salir le traía sin cuidado, al fin y al cabo no le dejaban salir casi nunca, pero el hecho de que todo el día le estuviesen insultando, riñendo y gritando era algo que podía con ella, que la hundía, por eso decidió obedecer; en realidad, por eso decidía siempre obedecer. Pero el hambre es el hambre y no hay vuelta de hoja. La tripa de Bova le hablaba y se sentía realmente mal. No se puede vencer a la necesidad. Un día cualquiera, Bova encontró la solución. 'Si compro yo algo de comer con mi dinero y lo llevo a casa no me pueden decir nada'. En su vuelta del colegio, paró como de costumbre en el seven-eleven y, aparte de los regalos y el agua, compró un paquete de galletas rellenas de chocolate. Cuando llegó la hora de la cena, Bova comió su sandwich y sacó el paquete de galletas. '¿Quereís?'. Era prudente ofrecerles una. En aquel momento solo estaban Concha y Paula, y, la verdad era que a ellas no les solía importar demasiado lo que comiese. El verdadero enemigo de la comida era Mariano, quien siempre llegaba a casa con tantas Budweisers en el cuerpo que buscaba cualquier excusa para demostrar su poder. Y Mariano en esos momentos estaba en el baño. Pero, claro, lo que se hace en el baño no es eterno y Mariano salió.

'¿Galletas? ¿Son para mi?'

'No...', 'verás... las he comprado para mi, como últimamente tengo hambre... ahora, si te apetece alguna, toma... luego las dejaré en mi habitación pero puedes comer cuantas quieras.'

'Eres una cerda, una pendeja y una puta', sus tres insultos favoritos. 'Te he dicho que comes demasiado o ¿estás insinuando que no te damos bien de comer?'

'Anda Mariano, las he comprado con mi dinero y con mi dinero puedo hacer lo que quiera, ¿no?'

'En esta casa no, en esta casa siempre harás lo que te mandemos nosotros. Dame las galletas. Y en toda la semana no te quiero ver cenar.' Esta vez no utilizó la puerta del congelador.

Bova le dió las galletas y fue a su habitación a escuchar el ruido de su tripa.

© la maga, 1998
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fw
06/02/2021 19:36
gracias por los besos. cuidáos mucho. un abrazo

fw
06/02/2021 19:36
aquí seguimos, Mar. sin armar escándalos :-D

Mar
21/01/2021 17:29
Y que os he dejado un poemilla en el Olvidado Jardín. Besos

Mar
21/01/2021 17:24
Holaaaaaa!!! He vuelto a la casa abandonada ¿Hay alguien? Solo vengo a dejaros abrazos imposibles. y

Mar
10/01/2019 12:34
Otro Año, otras vidas... Os deseo a todos que sea Feliiz y que tengamos Salud y Trabajo. Todo con mayúsculas. Y abrazos a capazos.

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