Portada · Noticias · Faq · Contacto · Colabora 08 Diciembre 2021 14:51
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© Lluis Villar (Nomar) - SI NO SE HUBIERA ESTROPEADO LA MOTO
SI NO SE HUBIERA ESTROPEADO LA MOTO

Aun no se había detenido del todo el tren y el chico de delante suyo ya
estaba manipulando el mecanismo de apertura de la puerta. Se le ocurrió lo
estúpido e inútil que resulta la prisa. Las puertas no se abrirían hasta que
el convoy estuviera totalmente parado, por mucho que aquel muchacho se
empeñara con aquel movimiento repetitivo y casi enfermizo en querer
precipitar los acontecimientos. No encontró sentido en aquella actitud. Los
pocos segundos que tardaron en abrirse por fin las puertas fueron
suficientes para sentenciar que aquel pobre diablo era un desgraciado, un
estúpido. Era evidente que sus esfuerzos por abandonar el vagón antes de lo
establecido habían sido totalmente en vano.

Ya en el andén, anduvo tranquilamente por el pasillo que lo llevaría hacia
la estación donde esperaría el siguiente metro. "Si no se hubiera estropeado
la moto", le vino a la cabeza al pensar en los veinticinco minutos de
túneles y estaciones, de empujones y sudores, de caras inexpresivas y
conversaciones insustanciales que habría de soportar hasta llegar a su
estación de destino. "En cualquier sitio, lo mismo", se dijo. "Tanto da aquí
que en Londres o en Nueva York. Las mismas caras, las mismas angustias, las
mismas desilusiones."

Le llegó de repente el recuerdo del año y medio vivido en la capital
inglesa. Por su memoria empezaron a discurrir, como si estuvieran desfilando
en fila india, una colección de imágenes de lugares, de personas, de
momentos vividos. Cada una de esas imágenes arrastraba a su paso una
sucesión de nuevos recuerdos. Le ocurría siempre igual. Recordaba aquella
etapa de su vida de una forma recurrente, llegando a su memoria hacia atrás
de recuerdo en recuerdo. Y siempre terminaba por detenerse en la misma cara,
la de Svieta, rememorando las mismas vivencias, las que ambos compartieron.
¡Que felices habían sido! Y cuan cobarde fue él yéndose sin ni tan solo
despedirse. Ahora la echaba de menos. Su vida le resultaba estéril, vacía,
sin sentido. De nada sirvió intentar localizarla. El par de veces que,
arrepentido de haberla abandonado, se puso en contacto con los pocos
conocidos que aun tenía en Londres, resultaron infructuosos. Era como si
ella también hubiera desaparecido. Hacía mas de diez meses que había
regresado de Inglaterra y la añoranza de Svieta iba en aumento. "Mierda -
volvió a pensar - si no se hubiera estropeado la moto"

No tuvo que esperar demasiado tiempo al segundo tren. Venía inusualmente
vacío, por lo que supuso que debería haber pasado otro pocos minutos antes.
Ya dentro, se acomodó en un lugar donde podía apoyar la espalda, aun y
estando de pie, contra la barra que lo separaba de los asientos. No
conseguía quitarse a Svieta de la cabeza. La tenía tan presente que era como
si estuviera allí mismo, dentro del vagón, junto a él. Procuró distracción
observando a la gente de su alrededor. Exceptuando a una chica con botas
militares y un enorme collar de perro con el signo de la paz colgando que se
estaba destrozando los tímpanos con una especie de rock duro a tal volumen
que incluso él podía distinguir la melodía, el resto de las personas le
resultaron totalmente inocuas. Jugando a imaginar una hipotética vida al
lado de Svieta, maldijo por tercera vez su suerte y su moto.

Al girar la cabeza para averiguar cual sería la próxima estación en el mapa
situado sobre sus hombros, observó el escrito a medio terminar que unas
desconocidas manos sentadas a su espalda estaban escribiendo. Se situó de
lado, aun un poco más, para poder mejor ojear la hoja de papel. Comprobó al
momento que se trataba de una carta, escrita en inglés. Ni siquiera se
preocupó de intentar mirar lo poco que hubiera podido ver del anónimo rostro
escribano. Poseído por una curiosidad que le pareció inmoral, abandonó
cualquier otra idea que no fuera intentar descifrar aquella misiva. Con más
intención de disimular que lográndolo, empezó a leer.

Era evidente que la carta iba dirigida a un amigo o amiga, imposible poder
discernirlo en lo poco que había leído; además convino que autor y
destinatario llevaban mucho tiempo sin ningún contacto. Algo le resultó
familiar en aquella letra de grafía tan redondeada y tan inclinada hacia la
derecha. Fue entonces cuando se percató que la joven era zurda, y poseedora
de unas manos muy agradables, de finos dedos y uñas cuidadas, femeninas.

De nuevo centró su atención en la lectura cada vez más cautivado por una
extraña sensación de complicidad con la desconocida. Por su manera de
escribir el inglés, determinó que no era ésta su lengua materna. Aun y
usando un extenso vocabulario, las estructuras gramaticales empleadas no
eran del todo habituales en una persona anglófona. En la cabecera no había
ningún nombre que ayudara a averiguar la nacionalidad del destinatario;
empezaba directamente disculpándose por el largo tiempo transcurrido sin
haber escrito, y se excusaba en un exceso de trabajo y de ocupaciones. Para
redundar esta carencia de tiempo, comentaba que escribía mientras viajaba en
metro. "Afortunadamente para mi", pensó sintiéndose observador furtivo de lo
que no estaba destinado para él, con media sonrisa maliciosa dibujada en su
cara. Seguía la carta con una descripción bastante inexacta del carácter de
la gente local, y comentaba los problemas que suponía para ella desconocer
la lengua del país. "Por suerte la gente - continuaba - es muy amable, y el
tiempo fantástico, nada que ver con el que tenemos en la city. Imagínate que
estamos en pleno mes de Abril y ya se puede ir en manga corta."

Al leer las últimas palabras se le aceleró el pulso, notó su corazón
latiendo más aprisa, como si también anduviera empeñado en la tarea de
correr entre las líneas de aquella misiva. Estaba totalmente convencido que
el amigo o amiga en cuestión vivía en Londres. Tenía esa intuición. A partir
de ese momento, olvidando por primera vez a Svieta desde que acudiera a su
pensamiento, no tuvo otra idea que continuar leyendo. La curiosidad inicial
se había transformado en una obsesión, en un indefinible deseo de averiguar
algo, no sabía exactamente qué. Olvidando también las consideraciones
morales del inicio de su entrometida lectura, prosiguió en ella como si
aquellas palabras hubieran sido escritas para él.

"Tengo dos noticias que darte - seguía la carta - y sé que ambas te
complacerán, pues siempre tuve muy presente que él jamás fue persona de tu
agrado. Como ya te imaginarás, no he conseguido localizarlo. Es increíble
como se puede llegar a vivir con alguien durante tanto tiempo y con tanta
intensidad y ni siquiera lleguemos a saber exactamente el lugar de dónde es.
Encontrarlo en esta ciudad, Barcelona es enorme, jamás lo hubiera imaginado,
sería como hallar una aguja en un pajar. Me he pasado tardes enteras sentada
delante de las facultades de Bellas Artes, hay más de una en esta ciudad, ya
que por no saber, no sé ni su apellido. Preguntar aquí por un chico moreno,
de metro ochenta y que se llama Jordi es como buscar el anillo del capitán
del Titánic en medio del océano. La otra noticia es que cuando leas esta
carta, yo ya estaré en casa. Mañana regreso a San Petesburgo."

Cuando él aun no había digerido todo lo que acaba de leer, una voz lo sacó
de su ensimismamiento.

-¿Que baja?

Miró por la puerta ya abierta y comprobó que aquella era su estación.
Mecánicamente respondió afirmativamente con un leve gruñido y salió al
andén. De repente, una luz explotó dentro de su cabeza. El se llamaba Jordi,
él era moreno, él estaba acabando Bellas Artes, la autora de la misiva
volvía a San Petesburgo. ¿Cómo no se había dado cuenta hasta entonces?
¡Demasiadas coincidencias para ser casualidad! Svieta era de aquella ciudad,
Svieta era zurda, ¡aquella era la letra de Svieta, las manos de Svieta!
¡Svieta había venido hasta su ciudad para encontrarlo!

Inmediatamente, recorrió los cuatro pasos que le separaban de la ventana y
se quedó completamente paralizado al comprobar que ella estaba allí sentada,
con la cabeza inclinada hacia abajo, terminando de escribir aquella carta.
Reaccionó al oír el pitido previo al cierre de las puertas. Corrió a
trompicones empujando a la gente que aun se movía por el andén, y llegó
justo a tiempo para que la puerta se cerrara en sus narices. Totalmente
fuera de si, empezó a agitar la palanca que abría las puertas con un
movimiento rápido, seco, alocado. Insistió incluso mientras el tren iniciaba
la marcha hacia la siguiente estación. Anduvo de lado, batiendo el brazo
derecho como si le fuera la vida en ello. Cada vez le costaba más mantener
la velocidad del convoy. Llegó un momento en que, incapaz de coordinar sus
pasos mientras se empeñaba inútilmente en acceder al interior del vagón,
tropezó con sus propios pies. Mientras caía al suelo, pudo escuchar como un
señor decía a su esposa:

-¿Te has fijado que prisas? Cualquiera diría que no ha de pasar ningún otro
tren.

-Ya tienes razón, ya. Además, ¿tan difícil es darse cuenta que una vez en
marcha las puertas no se abren?

FIN

01-12-1998 - es.humanidades.literatura
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fw
06/02/2021 19:36
gracias por los besos. cuidáos mucho. un abrazo

fw
06/02/2021 19:36
aquí seguimos, Mar. sin armar escándalos :-D

Mar
21/01/2021 17:29
Y que os he dejado un poemilla en el Olvidado Jardín. Besos

Mar
21/01/2021 17:24
Holaaaaaa!!! He vuelto a la casa abandonada ¿Hay alguien? Solo vengo a dejaros abrazos imposibles. y

Mar
10/01/2019 12:34
Otro Año, otras vidas... Os deseo a todos que sea Feliiz y que tengamos Salud y Trabajo. Todo con mayúsculas. Y abrazos a capazos.

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