Portada · Noticias · Faq · Contacto · Colabora 08 Diciembre 2021 16:52
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© IZNO - PARA MI DULCE DEIA
PARA MI DULCE DEIA

PREFACIO

Fue al despertar, cuando aún están enmarañados sueños y recuerdos, cuando apareció tu nombre: Deia. Hace tiempo me enviaste dos cartas que todavía siguen en la carpeta "pendientes de respuesta". Transcribo unos párrafos para recordártelas. "...Despertar al amanecer, la espalda dolorida tras pasar la noche en el sofá, la tele aún encendida, el silencio como un ser palpable, odioso, que permite escuchar lo que no quiero oír. Esperar con el cuerpo en tensión a que llegue una especie de posesión que se adueñe de mí y que me haga volver a funcionar; una fuerza que me sustituya, que me engulla, que me libere de la responsabilidad de mí. Sentir que no llega y cómo las lágrimas contenidas en doce horas de pesadillas fluyen una vez más como el lento nacimiento del Tajo: suave y eterno. Impotente para contenerlas e incapaz de disfrutarlas, las dejo ir sin oponer resistencia, sintiendo cómo mi esencia es la que surca mis mejillas, cómo son mis lágrimas las que me hacen desaparecer por enésima vez para quedar reducida a un charco de tinta a mis pies. La sensación de vacío, de desgarro, la ruptura de mí: sentir la fragmentación y disfrutar por la seguridad de que sólo es temporal. ¿Puedes imaginar más desesperación? Querer morir y no querer; sentirse morir y no poder hacerlo"



Quedé petrificado y estremecido por el espejo que me enviabas. Seguí leyendo tu papel tatuado de hermosas palabras que imposibilitaron mi respuesta. "Después de leer tus líneas, además del lastre de mi torpeza siento mi juventud como un peso. Vivir más sí que es un privilegio de la edad; vivir con más intensidad, no. Objetivamente he vivido tan poco... pero interiormente, ¡he sufrido tanto y llorado tanto, he deseado tantas veces no ser!. Me enternecen las historias de amor, sobre todo las historias de un amor malogrado. Paseo entre el murmullo de tu voz mientras tus palabras me envuelven, me acarician. Las siento como agua en calma que me rodea; sumergida en el lago que recreas, dejo que me invadas y me abandono para que puedas recorrerme, conocerme, que no haya barreras para ti, como no las hay para el agua"

Y sigues, entrañable, arropándome con el tenue velo invisible que me arropa entre la congoja y la felicidad: "Sueño ser pequeña en tus brazos" ¡Deia, mi dulce Deia!



"Algo se terminó en el momento en que me casé. Supongo que el verdadero problema no fue el matrimonio, sino el género (ya no se dice sexo¿?) de mi pareja: femenino (singular -hubiera podido ser peor)".



El peso de una confidencia únicamente se descarga con otra confidencia. Debo contestarte, debo confesarme. Como bien decía Jung, una forma codificada y dogmatizada de experiencias religiosas primitivas. Debo desollarme, desgarrar los vestidos que me protegen de los demás, realizar una impúdica exhibición de mis demonios y contarte oscuras realidades que en un tiempo estigmatizaron mi vida. Mostrarte lo que me ancla y mutila, lo que me acerca a ti. Nunca quise ser portador de los secretos de nadie, pero tú me hiciste su guardian.



Cuando alguien ha intentado acercarse, amarme, he huido por múltiples recovecos para alejarme. Voy reconociéndome cada vez en lo que llamó Ciorán "condicion de los desheredados". Mi mayor ambición también es la de desaparecer sin dejar huella.

Con los años se han ido apaciguando mis miedos y me he ido conformando en mi transparencia. Pocos somos transparentes, pocos somos los que dejamos que hurguen en nuestras almas. Serlo no es fácil. Mostrarte parte de mi vida significará la muerte del que te empapó con historias tiernas. Pero ya no necesito compensar mi impotencia con una falsa bondad, ni tampoco me seduce ser ladrón para compensar mi pobreza. Prefiero morir para ti a mantenerte engañada.



Voy a contarte verdades entremezcladas. Te escribiré sobre la muerte sobrevivida y la huella de lo fugaz, del azar a través del cual siempre acaban imponiéndose destinos no deseados. Desde mi memoria obsesiva, único cobijo que me queda mientras siga sin encontrarme. Espero hilvanar algunas frases inteligentes en este pseudorelato. Sólo sé que me urge escribirte lo que hasta ahora tan sólo conocía mi mente, la confidente clandestina de mi soledad y mis delirios. No esperes un buen comienzo como suele suceder en los relatos policíacos, ni mucho menos un estupendo final, lógico en las fábulas escritas, porque no hay ni lo uno ni lo otro, tan sólo un poco de carnaza al precio insólito que por experiencia sé que hay que pagar, el de mi propia soledad que me brinda el único espacio vital en el que puedo eximirme del mundo y sus normas.







I.- EL ESCENARIO

El viento del norte ha limpiado el aire de telarañas y la Serra de Tramuntana se yergue como un trazo verde sobre el cielo azul. Me he ido al Delta, puedo ir todo el año si hace buen tiempo, como hoy, en este extraño enero en el que el sol ha aparecido como una tenue caricia. Allí he ido a contestarte.

El Delta es un escenario afable y seductor, una ensenada de grandes rocas y arena fina a unos kilómetros de la ciudad. En este lugar me siento parte de las rocas, de la arena, del agua, del cielo; en él me arrullo con el trino de los pájaros o con el monocorde canto de la cigarra. No puedo escoger mejor compañía para derramar lágrimas con la mente en blanco.

Para llegar al mar que hoy destella infinitos colores hay que descender por una escarpada ladera. A medida que me voy acercando, mis pasos se apresuran, hasta que oigo su susurro sobre las rocas que apaciguan mi marcha. Me detengo unos momentos frente al fondo alfombrado de posidonias y arena y me descalzo para sentir entre los dedos de mis pies la pajiza arena que me servirá de lecho. Al fin he llego a la fortaleza de grandes rocas, de innumerables formas, que me rodean. Busco mi territorio en un rincón solitario resguardado de la brisa, húmeda y fría, del invierno. Allí he ido a escribirte, en esta cueva en la que resuena mi vida, en este remanso donde se amansan las palabras.

Una bandada de torcaces moviendo airadamente sus alas traza caminos invisibles en el cielo. Percibo infinitos verdes. Los peces se ríen de un pato solitario.

Me gusta sentir el aire, inhalo aromas siempre desconocidos. El olfato me recuerda que también tiene memoria y rebobino instantes de olores antiguos, como los de aquel día deambulando por los milenarios empedrados del laberinto de las callejuelas de Fez. Aquí, misteriosamente, acuden de nuevo aquellos olores a excrementos y frutas, tintes y cueros.



Ajeno al hercúleo adonis que me acompaña en este sitio solitario, estiro la toalla sobre la arena y me desprendo de la ropa. No me avergüenzo como antaño de mi desnudez, hace tiempo que me reconozco tal cual soy. Lío un canuto que me ayude a volar pausado sobre mis recuerdos como las gaviotas lo hacen sobre el mar y siento cómo el humo traspasa mis bronquios; cómo viaja a través de la sangre hasta mis más escondidos rincones. El adonis me mira protegido por unas gafas de sol mientras se masajea impúdicamente los genitales. Sonrío. Las perversiones sin el consentimiento del otro son patéticas. Dejo que mi pena acompañe a la repugnancia que siento por el machito del pene enhiesto.

Voy a contarte, más allá de la vergüenza, del rencor y la nostalgia, que el tiempo ha apaciguado un retazo de mi vida. Tengo tantos que no preciso salir fuera de mí para buscarlos.



II.- AMOR MALOGRADO



Entre tus dos cartas recibí una llamada telefónica de Celia. Hacia más de diez años que no sabía nada de ella. Me alegré oír su voz a través del auricular. Está en Castellón. Vive sola con un mastín. Trabaja en un bar sirviendo desayunos.

Noté el desencanto y la amargura en su voz cuando le dije que estaba casado y que tenía un hijo adorable. Tan solo repuso:

–Tengo el SIDA. Mi médico se parece a ti, es muy humano.

Continué oyéndola sin escucharla, entre mi pena por ella y una profunda vergüenza al no poder responderle. Hay demandas que precisan respuestas que fui incapaz de articular. Ninguna mentira es eterna, la verdad siempre acecha y yo no soy más humano que el menos humano de los humanos.



Era guapa, tenía unos ojos achinados color café, una graciosa nariz respingona y abundante pelo, siempre corto o media melena. Poseía una especial seriedad, callada y misteriosa. La conocí cuando militaba en el comité de solidaridad con el pueblo salvadoreño.

Ocurrió en una noche, cuando realizábamos la actividad más repetida de nuestra alardeada solidaridad con el pueblo centroamericano: ir a cenar y terminar bailoteando en una discoteca con el fondo de la música de los sesenta. Aquel día una chica se acercó por detrás, al tiempo que intentaba taparme los ojos. Al decirme ¿quién soy?, mis gafas cayeron al suelo. Cuando fui a cogerlas ya habían sido pisadas y mi universo se transformó en figuras rodeadas de niebla que acompañaron mi embriaguez.

En este estado estaba cuando divisé una figura solitaria sentada en un sofá rojo, al fondo de la sala. Me acerqué a ella creyendo que era mi mujer, me incliné, y a tan sólo quince centímetros, me di cuenta de que era Celia. Nos besamos. ¿Vienes a casa? Fui hasta la pista en donde estaba bailando, acaramelada, mi mujer y le dije que me iba a casa con Celia. Llegamos unos minutos antes que mi mujer con su pareja. Unos instantes en los que nos abrazamos siguiendo el deseo de nuestros brazos por acortar el espacio que nos separaba. Follamos los cuatro sobre la moqueta.



Las casualidades apenas existen, son nuestro conformismo y nuestra ceguera por lo ajeno los que impiden ver los innumerables caminos que podemos escoger.



A los quince días llené una pequeña bolsa de viaje y me fui a vivir con Celia. Iniciamos una convivencia que duró cuatro años. Vivíamos en una planta baja, en la calle principal de un pequeño pueblo, a las afueras de Palma. Desde primera hora de la mañana, el estrépito de los camiones cargados de material de obra nos despertaban mientras subían por la empinada calle soltando humo negro. No podíamos abrir las persianas sin soportar la mirada curiosa de los peatones que pasaban por la estrecha acera.



A pesar de vivir en una cueva, tuvimos unos meses buenos. Celia se encontraba feliz trabajando con niños incluseros. Iba a verla muchas veces tan sólo para oír sus risas mientras jugaba con ellos, o ver cómo los reñía dulcemente. No le importaba el número de horas que les dedicaba. De buena mañana se iba hacia el piso de acogida y regresaba a casa con trozos de vida y esquirlas de tragedias de los acogidos que me contaba sin parar.



La despidieron, la historia es larga. Intento resumírtela. Su jefa, María, era una arribista pseudo progre, separada de su marido no hacia mucho y muy amiga de mi ex-mujer. Tanto María como mi ex-mujer eran poco favorecidas, de culo bajo y piernas cortas. Ambas tenían un ardor uterino desmedido que las hacía morbosamente atractivas. Compartían amantes y también una parecida visión del mundo, como si éste fuera un espacio repleto de enemigos a los que engañar para sobrevivir. Consideraban -y razón tenían- que los hombres eran unos seres fatuos y necesarios, que perdían la cabeza por el sexo. Nunca, tampoco les interesó, intentaron trascender la frivolidad.



A veces pienso en lo absurdo, en la mentira, en la irracionalidad que representa el hecho de que un trabajo pueda significar tanto en una persona. Diez mil años de cultura han servido para convertir al trabajo en el factor central de nuestra realización personal. Celia fue despedida. Me lo notificó previamente mi ex-mujer. Nunca entendí esa necesidad de mostrar la maldad.



Celia se quedó vacía, sin saber qué hacer. A las vìctimas de la injusticia no les quedan muchos caminos, y como otros muchos, escogió regodearse en trágicos recuerdos de su infancia, en el cinturón de cuero que su padre restallaba sobre su espalda, o en los impúdicos y secretos tocamientos a los que la sometía su hermano mayor. Largas y melancólicas depresiones, renacidas cada mañana, la postraban en la cama acompañada de un paquete de Ducados sobre la mesilla de noche y un cigarrillo siempre humeando.

Por la mañana la dejaba en la cama; al volver, por la tarde, seguía allí, ahogada con las sábanas y el cenicero rebosando cenizas encima de la mesilla de noche. Y sus ojos tristes.

-¿Te levantas?.

-Ya lo hice. No tengo ganas. Me duele la cabeza. Te he comprado algo para que cenes.



Algo la impedía vivir. Sin haber cometido falta alguna, era excesivamente dura con ella misma, siempre dispuesta a reprocharse los más nímios descuidos. Presentía a la fiera vencida y enjaulada parasitar su cuerpo. Me sentaba al borde de la cama, le mesaba el cabello y le secaba sus lágrimas con mis mejillas. Ella acunaba mi mano entre las suyas.

No sirvió de nada. Ni siquiera el sexo. Era una mujer ardiente y apasionada con una vagina húmeda y agradecida que, a pesar de su estado anímico, respondía a las caricias. Pero la sexualidad no pasó de ser una cortina de humo que, por unos momentos, disimulaba la nitidez de su tristeza.



Cuando me dijo que se iba, suspiré aliviado. Puedo revivir el día que se marchó. Dos grandes maletas estaban preparadas en el recibidor. Seguí el movimiento lento de su mano mientras dejaba las llaves encima de la mesa del recibidor Que te vaya bien -me dijo.

Se fue a vivir con un toxicómano, un paciente mío, un ilustrado heroinómano que fabricaba chupas de piel. Tuve que pedir un crédito al banco para poder ayudarla. Supongo que vivieron juntos hasta que terminaron las quinientas mil pesetas.

Después, vinieron los agoreros a contarme eufóricos, pacientes míos que me decían: he visto a tu mujer, nos hemos picado juntos. Un compañero de trabajo compuso una escena de sorpresa para explicarme que la había visto en una casa de citas, solo seis mil pesetas. Una gitana, una faraona artrósica que trapicheaba en el barrio chino con heroína me contó que tenía novio, un rubio al que le había comprado un coche, que se iba al Brasil... Nunca lo comprobé, tenía miedo de cerciorarme de la verdad.

Me refugié en el trabajo, horas y horas ganándome una falsa e inmerecida fama de altruista.



Años después he meditado mucho sobre su huida a través de la heroína: sólo se explica por el dolor, el sufrimiento insoportable que le ocasionaba nuestra separación; o, siendo sincero, ya puedo reconocerme que, sin darme cuenta, nuestra convivencia la condujo a un espacio en el que la única salida hallada fue la de mecerse en el letargo de la amapóla, caer en los brazos de la heroína como única solución frente a lo insoportable.



Nos vimos por última vez dos semanas después de dejarme. Fue un patético final para un ser "tan humano" como yo. Me senté en el otro sofá frente a su mirada de anhelo. Me incorporé y , sin decir nada, me baje la bragueta y dejé mi pene colgando. Ella se arrodilló a mis pies y se lo metió en la boca desesperada. Me vine.

Muchas veces recordé el verso de Dylan Thomas, "un suicida es como un hombre que quiere llegar al portal y se mata antes de alcanzarlo". Él se detuvo en un bar, se tomó dieciocho whiskies de alcohol puro y esperó a que sus vísceras, enfermas de cirrosis, estallaran.









2.- HUIDAS NECESARIAS



Sumido en la soledad devastadora que provoca la ausencia y la nada, acudí a unas jornadas sobre enfermedad mental que se celebraban en Gerona. Me interesaba escuchar a Hoffman, el químico de la Sandoz que había descubierto por casualidad el LSD en los años treinta. Por aquel entonces yo estaba trabajando en una comunidad con alcohólicos y con resultados terapéuticos deplorables. Hacía unos meses que la coordinadora de la comunidad, una psiquiatra decepcionada con los efectos de los psicotrópicos, me había pedido que hiciera de "chaman" con cinco de sus clientes de su consulta particular. Fue una experiencia interesante. No contaba con ácidos legales y tuve que ir a comprar seis al barrio chino, uno para mí. Aunque no eran muy potentes comprobé una vez más los increíbles efectos caleidoscopios del ácido y me introduje dentro de la música de Leonard Cohen. Los cinco pacientes también tuvieron un viaje sosegado lleno de plácidos recuerdos y sensaciones fascinantes. Estudios de Stanislaw Grow en Checoslovaquia y otros en Canadá sobre su capacidad terapéutica frente a las adicciones nos hacían concebir ilusiones. Hoffman a lo mejor nos explicaba lo que se pretendia proporcionando LSD a los alcohólicos y nos daba la llave para poder conseguir más.

El azar del que ya te he hablado reapareció en mi vida. En el aeropuerto me encontré con una pareja de amigos psiquiatras a los que acompañaba una chica a la que me presentaron como doctora Jiménez. Los tres iban a las mismas jornadas, ellos acudían a escuchar a Basaglia. Una antipsiquiatra italiano del que conocía su existencia, pero del que no había leído nada. Cierto que me gustaban los textos de Laing y Cooper, incluso algún articulo del italiano Jervis me había proporcionado conceptos con los que defender lo que intuía, pero tengo que reconocer mi ignorancia frente a Basaglia. Estaban interesados por conocer cómo los italianos habían desmantelado los psiquiátricos. ¿Dónde habían reubicado a los enfermos?.

El avión salió con retraso y tuvimos que dormir en Barcelona. La modernidad jugó a mi favor cuando pidieron dos habitaciones. La casualidad hizo que en la pensión de la Rambla Cataluña sólo dispusieran habitaciones con una cama de matrimonio. Obvio los siempre ridículos diálogos que preceden al acto. Breves roces de mi rodilla contra su espalda, espalda contra espalda, pie con pie... nos dejamos llevar, sincronizamos nuestros hombros primero, nuestro pecho después, órganos en busca de su viceversa y acabamos follando sustituyendo el amor con besos tiernos.

En Gerona alquilamos una sola habitación. Utilizamos nuestros cuerpos como rampas de huida de nuestras realidades. Sólo acudí a ver a Hoffman, que resultó ser un erguido octogenario, con un traje de Armani. Durante hora y media deploró que su descubrimiento, el medicamento más potente del mundo, fuera ilegal, y nos contó su experiencia como un viejo cuenta los cuentos a los niños: su intoxicación casual, su viajar hacia si mismo, el universo de realidades que descubrió... Sus ojos chisporreteaban al hablar del nacimiento de una nueva persona que se produce tras la toma de cada ácido..



Durante dos días jugamos con nuestros deseos hasta el paroxismo y seguimos acariciando nuestros cuerpos como posesos. Una vez terminado el acto, antes de iniciar de nuevo nuestro decatlón amoroso, sentía repugnancia por ver el suelo de terrazo sembrado de tampax sucios, como ratones decapitados, que se me mostraban desparramados en la habitación y me impresionaba ver las sábanas que momentos antes habían sido escenario de batallas amorosas, convertidas en lienzos pintarrejeadas de sudor y sangre. Una desagradable sensación me producia ir pisando los tampax en mi camino hacia el baño en busca de las necesarias abluciones que evitaran que mi pene se convirtiera en una costra.

Estuvimos los dos días huyéndonos, no recuerdo ninguna conversación más allá de un gemido. Quizás la fuerza del placer sea en el alivio que provoca.

Un día antes de que terminaran las jornadas decidí abandonar aquel cruento espectáculo poniendo la mala excusa de una añoranza irresistible por Barcelona. Quería volver a sentir la magia de las ramblas en mi cuerpo, contemplar de nuevo el trasiego de gente extraña paseando entre libros, flores y pájaros.

En el camino de vuelta, mi vista se perdía en la lejanía, intentando ocupar mi mente, engañarla con realidades foráneas.



III.- ENCUENTRO FORTUITO

Bajo el cielo que cubre la miseria paseé despacio por las ramblas, las manos cogidas detrás de la espalda, mirando pasar la gente, intentando sustraerme a mí mismo, identificarme con aquella masa de carne que deambulaba arriba y abajo. Me busqué detrás del parsimonioso mendigo y la sonrisa de los niños, pero pronto me sentí un exiliado entre esa multitud, como aquel poeta, del que no quiero darte el nombre, en mi caminar, que sólo buscaba encontrar "mujeres desnudas bajo impermeables mojados"



En mi pacífico deambular ya la había observado un par de veces hojeando alguno de los libros expuestos en los kioskos. No tenía más de veinte años, aspecto de estudiante, pelo negro rizado, vaqueros y jersey azul. Parecía tan perdida y aburrida como yo.

-Hola. Tienes unos momentos?. Estoy solo. Es duro sentirse así entre tanta gente.

Me miró, hizo que repitiera dos veces la frase aprendida y me contestó no recuerdo qué. Construí mi mirada más tierna delante de sus ojos, apacigüé mis manos, realicé ligeros gestos de asentamiento. Acordamos al cabo de unos minutos ir a la verbena de Sants, pero no llegamos. Compré unas barritas de sándalo que se quemaron aquella tarde, en la mugrienta habitación, con la ventana entornada y sumergidos en los sonidos de la farandula de la rambla. Hicimos el amor en una vetusta pensión de La Rambla Canaletas llena de polvo y moho. Una relación corta e intensa, una mano en busca de su sexo húmedo, una lengua dibujando círculos en su oreja, unos labios en un vaivén contínuo por su cuello intocado. Tan sólo para colmar mi macilenta vanidad machista.

Había tenido una sola relación sexual en su vida, me dijo. Tenía miedo. Sus caricias eran burdas. La acaricié tiernamente como si tuviera una niña pequeña entre mis brazos mientras ella se acunaba en mi pecho. Ni siquiera la penetré, era tan sólo una niña con hirientes axilas pobladas de pelos. Como ves, aquella tarde seguí esculpiendo una falsa imagen de mí mismo, un rasgado retrato y odiado. A las diez la acompañe a la estación en su vuelta a Terrassa. Nos dimos las direcciones. Una vez me llamó. Quería saber cómo estaba.





IV.- INSOSPECHADO FINAL

Me sentía inmerso, arrastrado, impelido a buscar a otro cuerpo que mitigara la soledad. No podía desembarazarme de un conocido estado que me condenaba a actuar, a moverme, a buscar la salida al laberinto de mí mismo. Comparto la idea aristotélica de que con la prudencia bien puede evitarse el sufrimiento, pero nunca se consigue la felicidad.

Cuando necesitamos convertir la desesperación en esperanza tan sólo nos queda arrojarnos a los brazos del delirio, dilatar hasta el infinito nuestras subversiones nacidas de nuestra imaginación y frente al enfermizo aplazamiento del placer, oponer su realización inmediata, frente al "logos", el caos.

A las cuatro de la mañana seguía con mi itinerante búsqueda de cuerpos. Una atractiva mujer, de enormes mamas que se dejaban ver por un generoso escote, de infinitas piernas vestidas con medias de rejilla que nacían de unos tacones altos de punta fina, contoneaba su culo rambla arriba, rambla abajo.

No fue preciso el dialogo:- ¿Cuánto?. Me sorprendí con la voz grave que tanto odian de sí mismos los travestís. -Cinco mil-. Me miraba dulce, con sus ojos envueltos en maquillaje, movia incesante sus párpados, postizas ventanas como toda ella. -Voy a pagarte el triple si consigues hacerme disfrutar.

Tenía curiosidad. Quizás con ella descubriría nuevas cosas de mi, quizás ella me desvelara verdades desconocidas. Sus labios dibujaban una eterna sonrisa. .

Fuimos a un pequeño estudio cerca de la Torre de Colón. Me estiré en la cama y dejé que succionara mi pene. Toqué su pene fláccido, lo acaricie como tantas veces había acariciado el mío, y me lo introduci en la boca. Sentí una asfixia desconocida cuando creció. El tacto fue decepcionante, las tetas - tanto le habían costado que rehusaba que se las tocara- parecían dos pelotas duras de plástico. Olían a gel, carecían de sabor. No sentí ninguna especial emoción. Tampoco me otorgó ninguna satisfacción haberme liberado de mi repugnancia por cualquier pene que no fuera el mío. Al día siguiente me descubrí ante mí como homosexual. De regreso, sobre la cubierta de babor, al amanecer, cuando el sol despuntaba por el alba y vestía de colores la bahia de Palma, apoyado en la baranda frente al épico mar, me confesé ante mí . Bueno, ahora también soy homosexual.




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Autorretrato 1984
Autorretrato 1984
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La mala mujer y el buen vino, se encuentran en el camino.
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fw
06/02/2021 19:36
gracias por los besos. cuidáos mucho. un abrazo

fw
06/02/2021 19:36
aquí seguimos, Mar. sin armar escándalos :-D

Mar
21/01/2021 17:29
Y que os he dejado un poemilla en el Olvidado Jardín. Besos

Mar
21/01/2021 17:24
Holaaaaaa!!! He vuelto a la casa abandonada ¿Hay alguien? Solo vengo a dejaros abrazos imposibles. y

Mar
10/01/2019 12:34
Otro Año, otras vidas... Os deseo a todos que sea Feliiz y que tengamos Salud y Trabajo. Todo con mayúsculas. Y abrazos a capazos.

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