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© azx - PLACER ETERNO
PLACER ETERNO


Navegar, volar, quizá una mezcla de ambas cosas. Acompañantes, la cantidad exacta, de todas clases y modelos. Herramientas de trabajo bastante descuidados, transportes de cargas, vehículo de fin de semana; pocos recientes, lujosos y potentes apenas alguno. De todos los colores. Las prisas justas. Temperatura de veintitrés grados. El sol a la espalda, ya bajando. Sin viento. Suelo seco. El estado ideal trasladado al asfalto que provocaría el que un surfista rezumara serotonina. Y el destino me había puesto ahí en ese justo momento. No tenía más que aprovechar la ocasión y disfrutar.

Pulsé el botón que activaba el lector y empezó a sonar Fleetwood Mac: Gypsy, Live in Boston, Seven wonders, Tusk, Sara, Littelies, Every where. El volumen alto hasta que empezaron a vibrar los cristales. Velocidad límite, ciento veinte kilómetros a la hora. Giros suaves de volante para cambiar de carril. Pude elegir uno automático pero quise el de cambio manual para poder tener dominio absoluto sobre los ciento ochenta caballos del motor. Prohibido bajar de velocidad, todo un reto. Segundo carril… tercer carril… segundo de nuevo… tercero… cuarto… tercero. La dificultad no debía atascar mis capacidades mentales armonizadas con las sensoriales y para ello nada mejor que sentir alegría, esa alegría de eficacia probada cada vez que contemplaba a la bailarina digital bailando girando a derecha e izquierda, derecha e izquierda, para comprobar que mi cerebro seguía funcionando envidiablemente bien y que ante cualquier atisbo de preocupación se convertía en un baile continuo en el mismo sentido. Este recuerdo hizo que volviera a relajarme, despreocuparme, y la claridad apareció dentro de mí. Tetris vivo. Juego de adulto sereno y centrado. La pieza que cae es la pieza que navega por entre las otras también en movimiento. La pieza que navega la conduzco yo. No tener que frenar. Eludir la encerrona. Tampoco perjudicar a los desesperados del cuarto carril. Cálculo constante. Sin rozar a nadie. Sin molestar a nadie. Derecha… izquierda… izquierda… derecha… disfrute… derecha… placer… música… placer… música… placer.

Todavía no han prohibido los coches dejando como única opción el trasporte colectivo. Placer de emular navegar sobre el agua o el aire. El nivel del suelo oscilante, imperfecto, me balancea agradablemente sobre el asfalto. Sensación de éxtasis. Somnolencia de pasajero con los ojos cerrados. Sensación de flotar. Cosquilleo en el vientre al descender bruscamente a gran velocidad. Sueño ligero. Sonrisa casi imperceptible. Petardeo acelerado, monótono, con bajada de temperatura. Cuerpo aprisionado al asiento por cintas de cuero. Presión en el cuello, debajo de la barbilla, de una correa que me sujeta el casco. Olor que revive. Olor a queroseno. Las manos se sienten débiles, flojas, como si la dirección asistida hubiera dejado de funcionar, como si quisiera girar el volante y estuviera parado y con el motor apagado ¡en medio de la autopista! Sobresalto y ojos como platos. Los sentidos alerta. Acabó la ensoñación.

Un cielo inmenso me rodea. Por todas partes. Debajo también. Bastante lejos, cual manchas de algodón coloreado de gris ceniza, dispersas nubes flotan como yo, aunque ellas más seguras, es la seguridad que da el estar en casa. Vecinas nubes colmo de la hospitalidad cuando se deshacen en amabilidad permitiéndome pasar a través de ellas sin molestarse, sin rencor después de verse traspasadas en su intimidad vaporosa.

La brújula indica que vuelo hacia el oeste, regreso a casa, pero solo, no alcanzo a ver a ninguno de mis compañeros. Queda poco combustible y todavía no veo tierra segura más allá del fin del horizonte azul del mar, voy a llegar justo o quizás tenga que aterrizar en un prado.

Mi Spitfire parece transportado por una de las manos del viento. Es lo que siento cuando está todo hecho y ya solo queda esperar. Porque volar en este mar de paz es como acostarse un día sin sueño y desear que llegue pronto el amanecer. No se puede achuchar al tiempo que tiene por costumbre andar al paso que le apetece en cada momento. Los años trasforman la tensión y preocupación en conducta inconsciente, automática, autónoma que parece no existir por espontánea. Es como no estar haciendo nada en un lugar en el que estás esperando a alguien.

El crecimiento, la superación, han ido aparejadas a las de él. Ir creciendo el pie a la misma velocidad que va creciendo el zapato. De los Rolls Royce Merlin de novecientos noventa caballos y hélice de tres palas a este Rolls Royce Griffon de doce cilindros en V, dos mil trescientos setenta y cinco caballos y cinco palas, volando a siete mil novecientos metros y a setecientos veintiún kilómetros por hora. Una de las máquinas más bellas que se hayan construido y que más ha hecho por conservar el estilo de vida que llevamos en esta sociedad del siglo XX.

Estas islas que estoy a punto de avistar han sufrido, en destrozo material y en pérdida de vidas, ofrecidas por imperiosa necesidad de conservar la libertad de elección y ayudar a sus vecinos a que también lo consigan, y la resistencia ha dado sus frutos. Una parte del éxito se le debe a él, increíble máquina de movimientos precisos y veloces cambios, dispuesto siempre a esquivar saliendo del campo visual, a realizar increíbles trepadas o a enfilar al aparato enemigo hasta colocarlo delante de la diana dibujada en el vidrio transparente y abatirlo de una certera ráfaga.

A pesar de todo, guerra entre caballeros. Cuando veías abrir un paracaídas te alegrabas. No importaba el bando. Te alegrabas que pudiera salvarse. Porque disparas a un avión, no a una persona. Muy pocos podrán decir que han presenciado el ametrallamiento de pilotos descendiendo en paracaídas, la excepción que no falta en este mundo donde no existe lo absoluto.

Mi comienzo algunos años antes de empezar la guerra me convirtió en un privilegiado. Pude aprender a pilotar y sumar horas de vuelo de reconocimiento, y otras tantas de entrenamiento jugando al gato y al ratón para adquirir soltura en las diferentes tácticas de combate. A partir de la Batalla de Francia el entrenamiento se fue reduciendo a un año de curso los nuevos pilotos y ya en la Batalla de Inglaterra se entraba en liza sabiendo pilotar aviones pero con solo veinte horas de vuelo en Spitfire o en los primeros cazas monoplano de la RAF los Hurricane, los cazas que formaban los escuadrones de combate. Pilotos sin experiencia con los primeros enfrentamientos contra bombarderos y el aprendizaje directamente contra cazas alemanes. En esos días teníamos muchas bajas, diez aviones por día y a pesar de ello el verdadero problema era encontrar pilotos, no fabricar aviones. Poco a poco acabamos luchando junto a franceses, australianos, neozelandeses, canadienses, surafricanos, irlandeses, americanos, polacos, checos, belgas e israelitas.

En contra teníamos la mayor experiencia de los pilotos de la Luftwaffe y sus dos mil quinientos cazas y bombarderos, a los que teníamos que hacer frente en agosto de mil novecientos cuarenta en oleadas de trescientos aviones cuando nosotros contábamos con un total de cuatrocientos. Los Hurricane, más lentos, se encargaban de los bombarderos Heinkel mientras los Spitfire abatían a los Messerschmitt de escolta. Cazas a doscientos cuarenta kilómetros por hora en direcciones opuestas revoloteando cual insectos sobre un campo de increíble variedad de tonalidades verdes, marrones y grises, o entre los azules del cielo y el mar. No volar en línea recta y al mismo nivel más de treinta segundos. El más mínimo error significaba el fracaso. Pero lo peor no era el fragor de la lucha, ni los despegues y aterrizajes, era mucho más angustioso el tiempo de espera en campos de césped con casetas de madera convertidos en Bases esperando a que sonara el teléfono para despegar.

Transcurrían los primeros meses durante la preparación de esta previsible guerra cuando la única referencia que teníamos al combate eran las batallas de la anterior y de entre todos los ases, el mito, el ídolo de la aviación por su valor y nobleza, el Barón Rojo, personaje sobre el que se dirigían las preguntas de los novatos. Pilotó el caza biplano Albatros y el triplano Fokker con los que consiguió el record de la guerra: ochenta derribos, y llegó a ello después de un curioso periplo pues la empezó en caballería, luego estuvo en infantería, donde todo le parecía monótono y aburrido, y por último se alistó en la aviación, acción trepidante y máxima sensación de libertad, volar. Ya con un reconocido prestigio y notoria fama pintó los aviones de su escuadrón de varios colores, reservándose él el color rojo, por lo que eran conocidos como: el Circo Volante.

Lo enterramos nosotros los ingleses, sí, a nuestro peor enemigo, con los honores que merecía un soldado admirado en la batalla, llevado a hombros, con el ataúd cubierto de flores y tres salvas de honor. En su lápida, en el lugar donde fue derribado, se escribió: Aquí yace un valiente, un noble adversario y un verdadero hombre de honor. Que descanse en paz.

Ahora, veintiséis años después, los aviones han cambiado, tanto, que pronto este estimulante sonido mezcla de motor y hélice será solo un recuerdo, cuando todas estas maravillas sean sustituidas por los cazas a reacción. Ya surcan los aires, nuestro Gloster Meteor, su Messerschmitt doscientos sesenta y dos, pero son tan pocos y el final de la guerra parece tan cercano, que hemos visto el desarrollo de las máquinas pero las tácticas siguen siendo las mismas y durante esta contienda ya no se van a cambiar.

Tengo que frenar urgentemente y compruebo que el tráfico se ha colapsado llenando los espacios hasta ahora puertas por las que pasaba en mi baile preciso y mágico. Observo a lo lejos las obras y a los dos lados señales de fin de autopista y por ende la vuelta a la carretera del siglo pasado con dos carriles y llena de larguísimas e infranqueables rayas continuas. Futuro y pasado unidos en un punto. Punto, testigo de la diferencia y del cambio. Escasos minutos hace que decidí iniciar este viaje de sensaciones rodadas sobre el asfalto, causa de la introducción inesperada al sueño del recuerdo de una vida anterior sepultada en lo más profundo de los recuerdos actuales. Y el cambio se muestra inaplazable, después de tantas dilaciones de jugador temerario la realidad está a punto de poner fin a otra vida. Seguridad, amistad, amor, idioma, trabajo, conocimiento, tranquilidad; engaño fingido de autocomplacencia para disfrutar del momento, de una existencia obligada.

Sin familia, mi familia era todo aquél que me apreciaba y me quería. Personas que nunca debían dedicar su tiempo a buscarme esperando un reencuentro. Amistad y afecto que tenía que terminar y convertirse en indiferencia, en abandono deseado, despreocupación por un desagradable desagradecido, incluso en odio. Distanciamiento y posterior desprecio hasta conseguir ser ignorado para más tarde desaparecer sin dejar rastro, con la misma actitud agria y desconfiada con la que tenía que llegar a mi nueva vida en algún otro lugar distante para evitar preguntas sobre mi pasado. Y vuelta a empezar ya con un comportamiento agradable en otro lugar cercano en el que tendría referencias conocidas a las que referirme para establecer relaciones que solo perdurarían unos cuantos años, cantidad que alcanzaría el límite marcado por la curiosidad de mis conocidos por querer saber cuál era el secreto de mi forma física y apariencia, con la clásica afirmación: parece como si por ti no pasaran los años. Hermoso piropo para todo el mundo, para mí triste advertencia.

Hasta hoy he vivido creyendo que entre todo lo malo que hay en el mundo a mí no me había tocado en suerte lo peor, he visto tanto y tan horrible, pero esa sensación ha llegado a su fin. Los cambios de lugar y el recurso a la imaginación para crear historias en las que basar mi pasado y presente dejarán de ser convincentes cuando todos los países intercambien sus bases de datos de huellas y ADN. Ese día comenzaré a tener fecha de nacimiento y dejaré de poder responder a todos los por qué. Qué diferencia habrá si miento o si digo la verdad. Desconozco si acabaré en una jaula porque tengan miedo a que escape o porque quieran protegerme de las supersticiones que buscan el secreto de la eterna juventud. Quizá ese día maldiga el haber nacido y suplique con todas mis fuerzas a mis curiosos espectadores que lo maten a él para que pueda morir yo. Y si no es así y nada malo me espera, no alcanzo a comprender cómo será todo para que pueda ser libre e ignorado. La verdad es que realmente sufro porque imagino, y lo sé, me lo dijo, pero es que no entiendo el orden o la clase de acontecimientos que deben sucederse para escapar a mis visiones de destino cierto. A la lucha por olvidar el pasado se une ahora otra por no pensar en el futuro.

Siglo XXI de la era cristiana… cuento los siglos como otros cuentan años, ya no recuerdo cuando fue la última vez que me abatí pensando en el pasado. Es una actividad tan desagradable que la evito recurriendo a todo lo bueno que hay en la vida. Fue una noche tranquila, de agradecida tranquilidad, después de varios días de viento helado y estruendosas tormentas que convertían la tierra en una masa cenagosa de desagradable tránsito. Estaba durmiendo en una pequeña casa de adobe en lo que ahora se conoce como la orilla sur del mar Negro. Entonces hablaba y pensaba en un idioma que ahora ya ni recuerdo. Todo lo nuevo va cubriendo los recuerdos anteriores en gruesas capas, cual estratos geológicos, haciéndolos inaccesibles. Solo lo más reciente, recordado frecuentemente, visto, o traído a conversación por otros lo mantiene fresco en la memoria. Nunca he vuelto por esas tierras, ni siquiera en vacaciones como turista, y es que lo mejor es el tiempo intermedio cuando me olvido de mi realidad y si aparece algún recuerdo es como la rememoración de un sueño, ficción, fantasía; eso sí, la noche en que recibí la visita del desconocido nunca la voy a olvidar. No desperté por saciedad de sueño, lo hice al escuchar mi nombre pronunciado de forma seca, autoritaria.

- ¡ kaltu?!

Aquel ser humanoide de casi dos metros de estatura me observaba a los pies de la cama en el amanecer de una mañana de primavera. Los dos, inmóviles, yo paralizado sin poder hablar pero relajado, sujeto a un extraño estado de éxtasis, creyendo seguir soñando, preguntándome cuanto tiempo llevaría el visitante de dormitorio dentro de mi sueño. En ese instante sin que mis tímpanos percibieran la más mínima onda necesaria para hacerlos vibrar escuché nítidamente su comunicación inexplicable.

- Soy xyz, miembro de una especie lejana para tu concepto de existencia, entorno y dimensiones terrestres y espaciales. Necesito un espécimen humano para mi enciclopedia y el azar ha hecho que seas tú el elegido. Antes de iniciar el viaje a través de los más remotos confines del espacio-tiempo cuya única razón de existir es el conocimiento, dime qué quieres saber.

Mi inmovilidad física sofocaba también la libertad de movimientos de las ideas y el pensamiento dentro de mi mente. La curiosidad por saber o la pregunta irónica como único recurso al pataleo ante la impotencia de lo inevitable. Acaso el insulto. La creencia de sentirme en un sueño dio paso a la duda por una realidad certera y surgió un temor que me enlentecía y atoraba. No había opción de elección, ni lucha, ni posibilidad de autodestrucción. Lo que fuera iba a ser y yo no sabía cómo ni por qué pero algo estaba claro, no podía cambiarlo.

- ¿Voy a sufrir?

Pensé, sintiendo vergüenza al mismo tiempo al darme cuenta que no solamente habría escuchado mi pregunta sino todo lo que había estado pensando y razonando. Pero no tuve más tiempo para seguir con mis disquisiciones aleatorias. Enseguida volví a escucharle.

- Sufres ahora porque imaginas. En un instante partiremos y sabrás, y ya nunca más sufrirás. En mi tiempo permanecerás siempre como fiel reflejo de esta tu vida para poder ser contemplada por nosotros solo con acercarnos a ti y leer tus emisiones mentales, percepciones de los sentidos y razonamientos que se encontrarán por igual en tus dos ubicaciones. Desde este momento tu tiempo relativo será el mío, lo que te obligará a viajar eternamente por todas las partes de la tierra para que nadie advierta tu aspecto atemporal, invariable, indestructible. En tu tiempo no dispones de medida lo suficientemente pequeña como para definir la duración de nuestro encuentro y aunque te hubiera encontrado manteniendo conversación con otra criatura humana, ésta no se hubiera percatado de este paréntesis. Nos vamos, ya desde ahora: azx.


Fin


© azx 2011

Comentarios
maoke el junio 29 2011 18:52:22
curioso y en algún momento... demoledor ;-)
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Mar
10/01/2019 12:34
Otro Año, otras vidas... Os deseo a todos que sea Feliiz y que tengamos Salud y Trabajo. Todo con mayúsculas. Y abrazos a capazos.

Mar
08/10/2018 15:42
Es una alegría encontrar, de vez en cuando, átomos tan afectuosos. Aquí andamos, volátiles y enamorados de las letras. Abrazos.

fw
27/08/2018 22:49
Los átomos también son invisibles, querida, y están por todas partes. Como el amor. Un abrazo.

Mar
18/07/2018 11:33
Bueno, queridos e invisibles amigos, os he dejado en el "Olvidado Jardín" algunas cosillas. Por si no puedo, os deseo unas vacaciones felices. Un abrazo interminable.

Mar
03/07/2018 16:04
Más de un año sin decir nada no tiene perdón. Pero os lo pido a los que aún, y a pesar de todo, segís cuidando este Vecindiario. Os echo de menos. Besos y abarzos a capazos.

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