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© mac - Peces
PECES

Lo de los peces fue después de lo del rugby. Sí. Primero me echaron y después lo del rugby. Y en lo del rugby conocí a Susi. Porque era difícil ser un tío en lo del rugby y no conocer a Susi, ya sabéis.

A mi no me echaron por mangante. Digan lo que digan. Yo tengo buena mano con los masajes y eso hacía en el gimnasio. Pero soy un negado para vaciar bolsas y carteras en los vestuarios. Pero sucede que en el gimnasio mandaba el Curilla. Que yo soy un chulo y un borrico y no me rajo. Y al Curilla me lo tropecé afanando . Me pasé de listo por no denunciarlo. Me la jugó. Yo era el nuevo y me cargó el mochuelo, me comí el marrón entero, me echaron. Allí quedó el Curilla, otra vez el amo.

Y luego fue cuando me metí en lo del rugby. No pagaban maravillas, pero hay que joderse cuando no da para más la cosa. Y era fácil el trabajo. Hielo en la cara, hielo en las rodillas, hielo, hielo, hielo y cardenales. Pero lo mejor con diferencia era Susi. Por todas partes, a todas horas, con todo el mundo. Allí estaba Susi con su voz de bragas rojas moviéndose nerviosa como un pececillo de cresta dorada. Pero lo mejor no eran sus tetas ni su culo, ni su pelo rubio y fino, ni la promesa de un chochito prieto y noches de cine. Susi tenía algo más, algo antiguo, tenía aquello que llega del cielo o no sé dónde y multiplica las amebas. ¿Edad? Diecinueve, veintinueve, a saber... poco importa, Susi estaba antes y estará siempre. Era una maldición, un regalo, una zorrita llegada del mismísimo infierno.

Yo era su mascota. Volaba de uno a otro y siempre volvía a mí. Yo me dejaba, ella se dejaba. Nos volvimos imprescindibles y al poco la tenía en casa. Cuestiones de alquiler. Ni yo era celoso ni ella tampoco. No limpiaba nadie, cocinábamos fatal, pero me entendía y la entendía yo. Nada de amor, en realidad. Difícil lo del amor en semejante cuchitril. Porque en cincuenta metros caben dos apenas, y al amor te lo tropiezas con legañas y le hueles el aliento y los pedos por la mañana; entorpece en la cocina, en la colada y en el water. En cambio, el amor verdadero fluye por las depuradoras, tuberías y cisternas y llena bañeras lujosas en casas con seis baños, llena piscinas, riega jardines, se demora al alba perlando los rosales bajo tu ventana. El amor verdadero tiene termostato, suda uno salud con él en una sauna. Pero en cuarenta metros no cabe más amor que el de gotera y palangana, manchas de moho en la pared, sudor en verano, cristales empañados, grifos que gotean y se secan a destiempo.

Por entonces -gran noticia- andaba yo sin blanca. Mi sueldo era una miseria, el subsidio una miseria. En cualquier mano cercana veía yo la salvación. Y no llegaba. Sólo manos con cartas marcadas. Manos con anillos. Con cadenas. Dispuestas a joderme, exprimirme, convertirme en sudor y piezas de plástico, convertirme en botellas o en muñecas. Sólo manos de jefes de sección o directores de banco. Y no quiero dejarme. No quiero que me doblen músculo a músculo y vértebra a vértebra... sin embargo me he pasado días enteros metido en un tubo, o descargando camiones, cosechando naranjas, cosechando dinero, cosechando artrosis... Por eso esperaba como agua de mayo a que Susi saliera de pesca. Siempre caía algo de sus salidas a la zona mercedes. Traía de cabeza a los pijos. Y se cobraba el viaje. Carteras, relojes, anillos, teléfonos, gemelos, cadenas, vino, whisky, dinero. Y siempre fue generosa conmigo.

Pero daba igual, yo estaba jodido, mis trapicheos no andaban, me faltaba hasta para costo. De noche, yo solo y ella fuera, parecía que ni rodando y sudando, ni soñando con ella llegaría el alba. Sin embargo fueron días hermosos, jodidos, de tortura y chispazo, en que uno quería quedarse aunque fuera solo por saber qué más, por saber si ya... ilusiones con brillo sombrío como el basalto.

No sé muy bien como surgió. Sé que fue casi de repente, como todo en la vida. Aunque le conoció días antes. Sé que le conoció en un bar para pijos. Que como siempre lanzó ella el anzuelo y el macho picó. No recuerdo muy bien como era aquél tipo. Le vi bien poco, en realidad. Sí recuerdo aquella marca roja en la frente, que tomé por un beso y no era. Y su deportivo plateado, y aquél luminoso salón de cristal y mentiras.

Recuerdo que llegó Susi a casa y me habló de un conocido y de un furgón, de millón y medio en una noche; fácil, recuerdo que dijo, fácil y seguro, fácil como un caramelo... y fácil convencerme. No tenía ya un no para nada. Me dejé llevar. Y acordamos que sería aquel viernes. Que por la noche. Que saldría ella con él, y le llevaría a casa ya tarde. Que mientras esperaría yo en la calle con el furgón. Que saldríamos zumbando. Que tendríamos luego que separarnos. Por un tiempo al menos. Aunque como él a mí no me conocía podía yo quedarme. Pero ella no. Y prometió volver. Pero no la creí. Fue lo único de ella que no creí aquella noche.

Las semanas de espera son como un domingo nublado. Como la gripe. Todo es provisional, fútil, un engorro indecoroso. Y los días pasan mientras los miras con asco. Y los preparativos se suceden parsimoniosamente. Todo siempre por culpa de otros. Porque nunca los plazos son nuestros, nunca soy yo el que los marca. Es potestad de los jefes disponer de tus horas, tasarlas como si alguien supiera de veras lo que vale una hora. Yo no lo sé. Nunca fui jefe ni intimé con ninguno.

Susi salió pronto aquél viernes. Mi furgón esperaba aparcado aquí cerca. Las horas pasaron y yo monté. Debía esperarla a la una junto a la verja. El tipo estaría borracho y dormido, la puerta del garaje se abriría, vaciaríamos pronto. Tomar y correr. Entregar y correr.

Allí estaba ya. Como toda mi vida sentado afuera, frente a la valla y los perros, sin nada y tan cerca. Tan cerca de aquellas casitas del barrio alto, que solo conocía de noche por aquellas excursiones fugaces de adolescente borracho, cuando pasábamos en una moto robada insultando a las niñas que tomaban su primera copa junto a la piscina. De tantas otras noches buscando entre la basura muebles caros pasados de moda para vender en el rastro... Allí yo sentado, en el furgón, fumando, un ladrón de tumbas, un sacrílego, una venganza furtiva. Cuando la puerta se abrió según lo acordado, y entré, y aparqué junto a su deportivo plateado.

No había mucho tiempo, pero ella había hecho ya buena parte del trabajo. El tipo dormía en su cama, desnudo y ajeno. Una marca roja en la frente, otra en el pecho. Un beso cierto y un beso falso.

En poco tiempo estuvo todo cargado. Susi volvió adentro, a buscar su regalo, un acuario con seis pececillos dorados que le prometió el desgraciado. Empujó el acuario y los peces quedaron saltando en el suelo, golpeando torpemente la moqueta, entre agua y cristales. "Escoge dos" -me dijo- "y llévatelos". "Escoge dos y llévatelos. Cuando todo pase vendré por ellos".

Salimos a escape. Yo en el furgón y ella en el deportivo plateado. Entregamos la carga y cobramos. Me besó en la frente y en los labios... un beso cierto y un beso falso... me llevé a casa los peces. Conmigo los tengo. Vivaces y dorados.

Hace seis meses, y todavía me hace falta mirarlos. Cuando está todo demasiado callado me consuela saber que los peces no están tristes porque ella vendrá a buscarlos.


© mac
2 nov 1998
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fw
06/02/2021 19:36
gracias por los besos. cuidáos mucho. un abrazo

fw
06/02/2021 19:36
aquí seguimos, Mar. sin armar escándalos :-D

Mar
21/01/2021 17:29
Y que os he dejado un poemilla en el Olvidado Jardín. Besos

Mar
21/01/2021 17:24
Holaaaaaa!!! He vuelto a la casa abandonada ¿Hay alguien? Solo vengo a dejaros abrazos imposibles. y

Mar
10/01/2019 12:34
Otro Año, otras vidas... Os deseo a todos que sea Feliiz y que tengamos Salud y Trabajo. Todo con mayúsculas. Y abrazos a capazos.

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