Portada · Noticias · Faq · Contacto · Colabora 03 Diciembre 2021 10:26
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© Gata - SIEMPRE SUCIA
SIEMPRE SUCIA

Siempre sucia. La cocina estaba siempre sucia. Por mucho que frotase la grasa se pegaba a las paredes alicatadas, a los fuegos de la cocina, a la mesa de formica. Pasó el paño por ella con rabia. La mesa se tambaleó ruidosamente y Pepiño se volvió a mirarla desde su lugar detrás de la barra. La mirada que ella le devolvió le hizo encogerse de hombros con resignación. ¿Para qué discutir?, parecía decir su mirada, ya sé te pasará. Sí, se le pasaría, claro que se le pasaría. Siempre se le pasaba. No era un drama, no, el limpiar una y otra vez la misma mesa, la misma cocina, los mismos baños, qué puerca puede ser la gente, dios mío, en casa ajena, no es un drama barrer el mismo suelo, una y otra vez, pensó ella, mientras volvía a pasar el paño húmedo por esa mesa que, hiciese lo que hiciese, nunca quedaría lo suficientemente limpia.

Dobló cuidadosamente el paño y lo dejó en el escurridor. Todo estaba listo, la cocina recogida, las tapas de media mañana preparadas. Llevó las primeras fuentes a la pequeña vitrina del mostrador. Estaba retirando una de las fuentes vacías cuando le vio, sentado al fondo de la barra, leyendo el periódico. La mujer apretó la fuente entre sus manos, intentando controlar la marea de dolor y de deseo que recorrió todo su cuerpo, anidando gélidamente en su nuca. ¿Cuánto tiempo hacía? ¿Cinco, seis meses? La última vez fue en verano, le recordaba perfectamente, la piel muy morena, muy rubio el vello de los brazos. Ahora estaba más pálido, tenía el pelo más largo y más cano, en dos o tres años lo tendría completamente gris.

No estaba tomando nada. Pepiño, demasiado ocupado en darle cháchara a uno de los habituales del bar, aun no se había dado cuenta de su presencia. Siguió mirándole, los pies clavados en el entarimado del mostrador, como una estatua. Sólo un segundo más, sólo uno, y él levantaría la cabeza. ¿Se acordaría de ella? La última vez él le había sonreído mientras le decía "Gracias", su voz la había acariciado descuidadamente, él seguramente no sabía, no conocía el poder de su voz, una voz como una mano que pasara sus dedos lentamente sobre su espalda.

Todos los días lo veía pasar frente al bar para entrar en la moderna cafetería del otro lado de la calle, casi siempre acompañado por el mismo hombre, menudo y calvo. Al calvo lo conocía, venía por el bar a menudo, tomaba siempre una coca-cola que bebía con empalago, como un crío. A ella le gustaba mirarle, era un poco como si le viera a él. Le trataba con deferencia, buscando los vasos menos rallados, eligiendo las croquetas con mejor aspecto, pequeños presentes, insignificantes, seguro, para alguien que tenía el placer de tenerle a él como amigo. Y siempre, subterránea, la esperanza. Quizás al volver al colegio él le comentaría a su amigo, que amable la mujer del "Asturias", tiene algo, ¿verdad?, y él le respondería, sí, ya me había fijado en ella. Qué pena que esté casada, ¿no? Una verdadera pena. Y es que ella, mientras cocinaba en el bar, mientras fregaba los suelos de los baños, mientras barría su casa, mientras recogía, doblaba y tendía la ropa, recitaba su nombre, un nombre cogido al vuelo de una conversación con el calvo, Nacho, Nacho, estás equivocado. No, el calvo no tenía razón, ¿Cómo podía alguien tan bello estar equivocado?

Nacho, Nacho, Nacho. Ahora mismo, frente a él, mientras le miraba con las nauseas retorciendo su estomago, el nombre se formó silenciosamente en sus labios; él, como si lo hubiese oído, levantó la cabeza y la miró. Ella giró inmediatamente la cabeza, como una niña pillada en falta, fingiendo que miraba a su marido, todavía enfrascado en la conversación con el fulano de siempre, un fulano igual a todos los fulanos de todos los días, con los que parecía mantener una complicidad extraña. Quizás no tan extraña, pensó, todos ellos tienen algo en común, su vulgaridad. Y mientras escapaba de su mirada, se mordió los labios, estúpida, quién sabe cuando le volverás a ver así, tan de cerca, ¿dentro de un año, quizá? Respiró hondo y se volvió de nuevo hacia él, con las entrañas envenenadas por el deseo. Estaba leyendo el periódico, tamborileando con los dedos de la mano derecha sobre la barra -la sencilla alianza en el anular-, ofreciéndole su coronilla, una mata entrecana de pelo fuerte, el perfil puntiagudo de sus orejas, la nariz recta hundida casi en el periódico, con una ligera rojez en el puente. Usa gafas, pensó. A ella también le pasaba, el puente metálico le dejaba una marca rojiza en la nariz. Nunca le había visto con ellas, seguramente las usaría para leer en clase, en su casa. Por un momento se lo imaginó con su mujer y sus hijos, en lo que, sin dudarlo, debía ser una vida perfecta. Ella les había visto juntos, algunas tardes iban a recogerle a la puerta del instituto, justo delante del bar. Su mujer era morena, muy atractiva. Y los niños, dos niños preciosos, tan parecidos a su madre. Como envidiaba a la mujer que compartía su vida, como comparaba a esos niños con el recuerdo doloroso de su único hijo, tan distante. Quizás con un padre como él las cosas hubieran sido diferentes.

Sabía que sería entonces o nunca. ¿Por qué, entonces, su cuerpo se resistía a obedecerle? Volvió a mirar a su marido. Debía de haber algo extraño en su mirada porque el fulano con el que estaba hablando se quedó mirándola un instante, y luego dijo algo, señalándola con el dedo. Pepiño se volvió hacia ella, y siguiendo su mirada se fijó en el recién llegado. Con un gesto de hastío, Pepiño se subió el cinturón de los medio caídos pantalones, e hizo amago de ir hacia el hombre. En ese momento, de algún lugar del cuerpo de la mujer surgió una voz con un punto de tan aguda desesperación en su tono que se extrañó de que todos los clientes no se volviesen a mirarla.

- Deja, ya voy yo.

Pepiño volvió a encogerse de hombros, su gesto favorito, y continuó su conversación con el paisano, mientras ella caminaba por la tarima, consciente de cada paso, de cada latido, de cada gesto de su cuerpo, hasta llegar al final de la barra, frente a él.

- Buenos días. -era imposible que él no se diera cuenta de cómo le temblaba la voz, dios mío, parecía imposible, pero era cierto, porque él levantó la cabeza y le sonrió vagamente.

- Buenos días -respondió él, su voz acariciándole la espalda. Esta vez, el deseo reprimido durante tanto tiempo se deslizo entre sus piernas, clavando un agudo estilete entre sus muslos. -Un café sólo, por favor. Muy caliente.

- ¿Algo más? ¿Una tapa? -imploró ella. Por favor, dime qué quieres, qué necesitas, qué deseas de mí.

- No, gracias. Es muy temprano todavía -sonrió, sembrando una miríada de pequeñas arrugas alrededor de sus ojos.

Le costó despegarse de su imagen, volverse de nuevo hacia la barra, hacia la cafetera. Buscó nerviosamente entre las tazas, hasta encontrar una menos deteriorada que las demás. Cuando se quiso dar cuenta, ya tenía el pocillo humeante en la mano.

Él la miró sonriente, y la mujer sintió latir el corazón con tanta violencia que tuvo que detenerse a medio camino, fingiendo buscar algo bajo el mostrador, intentando ganar tiempo antes de enfrentarse de nuevo a él, a su sonrisa. Tardó sólo unos segundos en darse cuenta de que la sonrisa no iba dirigida a ella, sino a una jovencita menuda y rubia que acababa de entrar en el bar. Ambos intercambiaron un hola discreto, sin besos de bienvenida, y la muchacha se sentó junto a él, los dos muy tiesos sobre sus taburetes. Después de unos instantes en silencio el hombre dejó el periódico sobre la barra y la joven se apresuró a cogerlo, en un movimiento tan rápido que su mano alcanzó a rozar el dorso de la de él. El hombre se pusó repentinamente en tensión, mirando a un lado y a otro como un ladrón, y la muchacha sonrió, satisfecha. Imposible no reconocer el juego, el deseo burlón en su mirada.

La mujer, desde el otro lado de la barra, les miraba. Sólo podía mirar, sólo eso. Mirar a la muchacha, joven y hermosa, con su cintura inverosímil y su sonrisa de mujer que se sabe vencedora. Mirarle a él, un hermoso cobarde, intentando disimular lo que era tan evidente. Por primera vez la mujer fue dolorosamente consciente de sus pechos caídos, de sus cabellos mal teñidos, de sus labios emborronados con un carmín barato, de que nunca sería la otra, de que jamás tendría esa oportunidad con la que había soñado todas las noches durante los tres últimos años. Se sintió vacía, desnuda. Muerta.

Caminó hacia ellos muy despacio, sujetando con las dos manos la taza, con cuidado de no derramar ni una gota, y cuando llegó frente a él le tiró el café encima, deliberadamente, sobre la mano derecha, con su sencilla alianza. Él retiró la mano, aullando de dolor, pero ella ya se había vuelto hacia la cocina apretando la taza entre sus manos, ajena a las entrecortadas, sorprendidas disculpas de Pepiño a sus espaldas. La taza, tenía que lavar la taza. Y limpiar la mesa. Siempre tan sucia.

© Gata 1998
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Casamiento por amores, no darán fruto esas flores.
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fw
06/02/2021 19:36
gracias por los besos. cuidáos mucho. un abrazo

fw
06/02/2021 19:36
aquí seguimos, Mar. sin armar escándalos :-D

Mar
21/01/2021 17:29
Y que os he dejado un poemilla en el Olvidado Jardín. Besos

Mar
21/01/2021 17:24
Holaaaaaa!!! He vuelto a la casa abandonada ¿Hay alguien? Solo vengo a dejaros abrazos imposibles. y

Mar
10/01/2019 12:34
Otro Año, otras vidas... Os deseo a todos que sea Feliiz y que tengamos Salud y Trabajo. Todo con mayúsculas. Y abrazos a capazos.

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