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© Gata - No hay monjas en Londres
El vuelo, que prometía ser corto, -“Apenas hora y media”, me habían asegurado en la agencia- se me había hecho eterno, debido en gran parte a los compañeros de viaje que me tocaron en suerte. Ocupaba el asiento de mi derecha, junto a la ventanilla, un hombre joven, moreno, muy guapo, con ese aspecto de elegante desaliño que delata a quien lo tiene todo y aparenta no poseer nada, que me dedicó una seductora sonrisa, dos níveos arcos de exagerada perfección, cuando ocupe mi asiento a su lado; sin embargo, tan prometedor y atractivo compañero de viaje se quedó dormido nada más despegar, comenzando a roncar casi instantáneamente, los ojos entornados que parecían mirarme de soslayo, la boca abierta mostrando sin tapujos su artificiosa arquitectura, un fino hilillo de saliva corriéndole barbilla abajo. De vez en cuando su cabeza, en medio de un más que inquieto sueño, caía hacia un lado, generalmente el izquierdo, amenazando con ir a parar sobre mi hombro, salpicando mi mejor chaqueta con su saliva. El pasajero sentado a mi izquierda era mujer y rondaba la cincuentena; todavía bella, dotada de una coquetería juvenil que le sentaba envidiablemente bien, la piel de su rostro apenas marcado por las arrugas desprendía un suave aroma a polvos perfumados. Una elegante cotorra que no dejo de parlotear durante todo el viaje. Viuda desde hacia un par de años, no era su primer viaje en avión; en realidad, me informó muy a mi pesar, todos los años visitaba, por esas mismas fechas, a su hijo pequeño, profesor de Historia en una famosa Universidad. Además, -me susurró- esta vez su viaje tenia un motivo añadido, el de conocer a su futura nuera, ella era inglesa, una pintora muy conocida. ¿Quizás yo hubiese oído hablar de ella...? Ante mi negativa, me preguntó cual era el motivo de mi viaje a lo que yo, irritada por verme convertida en objeto de su curiosidad, le contesté que era actriz e iba a Londres a perfeccionar el idioma. Me sonrió, dubitativa, pensando seguramente que mi aspecto no era el de una estrella de Hollywood, ni siquiera el de una azafata del telecupón, sino una versión galaica y light de María del Monte. Cuando llamé a la azafata para pedirle algo con lo que combatir el feroz dolor de cabeza que me martirizaba ya desde el despegue, la mujer aprovechó para informarme con todo lujo de detalles sobre las horribles jaquecas que padecía desde la adolescencia, sus síntomas, su duración, los comentarios de su médico al respecto y las bondades de la dieta que seguía a rajatabla desde hacia años, en una lucha sin cuartel, hasta el momento infructuosa, para erradicar de su organismo tan terrible enemigo. Agradecí la llegada de la azafata con el analgésico y un vaso con agua, apuré el contenido del vaso y me recosté en el asiento, cerrando fuertemente los párpados. Sentía la garra helada de los nervios haciendo estragos en mi vientre; al fin y al cabo, era la primera vez que salía del país. La idea había sido de papá. Yo estaba pasando una mala, funesta racha. Mis mejores cuentos, los más trabajados, aquellos que yo había examinado una y otra vez, en una minuciosa labor de despioje, hasta convertirlos en pulidos, brillantes fragmentos de un espejo en el que me halagara mirarme, eran sistemáticamente rechazados por las editoriales, como si padecieran alguna enfermedad infecciosa que yo, inmune a mis propios vicios literarios, fuera incapaz de diagnosticar, pero que bajo la experta mirada de un lector profesional delataran mi modesta condición de escritora aficionada, sin más pedigrí literario que mi pasión, que mi entusiasmo. Mi padre, buscando algo con que rescatarme de la cómoda apatía en la que me mecía tras mis últimos fracasos editoriales, fue el que lo sugirió. “Te vendrá bien aprender inglés”. ¿Qué mejor manera de hacerlo que trabajar durante tres meses en Inglaterra, con gente que me hablara en ese idioma casi desconocido para mí? Como quiera que mi vida amorosa se hallaba varada en un desesperanzado deseo hacia alguien que ni siquiera sabía de mi existencia, nada había que me atase a mi ciudad, al menos durante los tres próximos meses.

Quince minutos más tarde el avión aterrizó en el aeropuerto de Heathrow. Mi vecina de asiento me propuso que esperara con ella la llegada de su hijo, asegurándome que no le importaría acercarme al centro. Se lo agradecí sinceramente, pero la perspectiva de pasar otra hora más en su compañía era demasiado para mí y me negué, escudándome en un inexistente primo que estaría esperándome a la salida de la terminal. Eran ya las nueve de la noche cuando partí de Heathrow en autobús rumbo al centro de Londres. Acomodé como pude las dos bolsas de viaje en la bandeja superior y me senté, apoyando el rostro sobre el húmedo cristal de la ventanilla. Todo me resultaba extraño, desconocido. Los rostros, las ropas, el habla, el olor de la gente que ocupaba el autobús. ¡Dios, sólo llevaba dos horas fuera y ya echaba de menos mi ciudad, mi país!

Una hora más tarde el autobús entró en la Estación Victoria. Esperé a que bajase todo el mundo para estirarme y hacer lo mismo, y con una bolsa en la mano y la otra al hombro salí por la puerta principal de la estación, para sumarme a la larga cola de viajeros que esperaba un taxi. Cansada, todavía con la sombra de la jaqueca bailándome en los ojos, me senté encima de la más voluminosa de mis bolsas, observando sin disimulo a la pareja de asiáticos que, sin mirarse ni hablarse, dos improbables desconocidos, esperaban delante de mí. Como el panorama no tardo en aburrirme, entretuve la espera en repasar todo lo que Carmela, la directora de la agencia, me había repetido esa misma mañana:

“Desde el aeropuerto deberás tomar un autobús que te lleve hasta la Estación Victoria. Una vez allí, toma un taxi hasta el hotel. Recuerda: Hotel Kinver, Nun Street, número 15. ¿Lo has anotado ya? A ver... Muy bien. Es un pequeño hotelito con apenas una veintena de habitaciones al que suelen acudir jubilados acomodados que normalmente viven en el campo. El trabajo es cómodo, tendrás un día a la semana libre, ya convendrás con el encargado cual. Dispondrás de una pequeña habitación con baño que deberás compartir con otra empleada. ¿Te he comentado ya lo del uniforme? Espero que no te importe. En el fondo es una ventaja, eso te permitirá llevar poca ropa. Por tu nivel de inglés no te preocupes, ya le hemos dicho al encargado que no tienes ni idea. Para eso vas, ¿no?, para aprender. Por cierto, el nombre del encargado es Johns, Harry Johns...”

Al fin llego mi turno. El taxi era negro, grande, redondeado, como salido de una película de la Ealing, pero el espacioso interior parecía un anuncio de Air India, decorado con postales de doradas ruinas medio devoradas por la selva, bulliciosas ciudades sin nombre, quizás Delhi, tal vez Bombay, imágenes plenas de rojizos azafranes y avainillados amarillos. El conductor, un hindú de piel muy oscura y pelo negro y aceitado, se volvió hacia mí, interrogándome con la mirada. Consulté mi pequeña agenda y le di la dirección del Hotel Kinver:

- “15, Nun Street, please”, -dije, intentando pronunciarlo lo mejor posible.
- “¿Ar yu...?” -El taxista me soltó una larguísima parrafada de la que apenas pude entender las dos primeras palabras ¡Dios mío, que acento! Mis conocimientos de inglés se limitaban a lo que había aprendido en el Instituto, o sea, un poco de teoría, lo suficiente para aprobar, y nada de conversación. Asentí con la cabeza, repitiéndole de nuevo la dirección. Esta vez el taxista me dedico una alegre sonrisa, antes de volverse hacia el volante- “¡Nantrit, uki madim!”

El taxi, pese a su anticuado aspecto, tenia un motor ágil, que el taxista conducía con pericia por el todavía denso tráfico de Londres. Nun St. estaba bastante mas lejos de lo que yo pensaba. Carmela lo había descrito como un céntrico hotel de paso para jubilados de clase media, pero cada vez nos íbamos alejando más de las luminosas calles del centro de Londres. Media hora más tarde, cuando por fin el taxi se detuvo y el taxista se volvió hacia mi, señalándome un bloque de viviendas adosadas, se me cayó el alma a los pies. No, no era en absoluto lo que yo había imaginado. La calle tan oscura, la caja de cartón vagabunda que, movida por el viento, cruzaba de una acera a la otra la estrecha callejuela, el puñado de jóvenes de mal aspecto que, al pie de un portal escasamente iluminado, parecían disputar por algo. Y el 15, el número 15, era una de las casas más mugrientas y desvencijadas de aquel sórdido escenario. El taxista llamó mi atención con un apremiante “Plis, plis” para, en cuanto volví mi mirada hacia él, indicarme con un gesto el taxímetro. Pagué el importe estricto de la carrera, haciendo caso omiso de su mirada amenazadora y abrí la puerta del coche, dudando unos instantes antes de bajar y dirigirme al número 15. Sentía entre las paletillas ese incomodo cosquilleo que produce el saberse descaradamente observada por varios pares de ojos -una res expuesta al concienzudo examen de los posibles compradores-, mientras subía las escaleras hasta la puerta principal y apretaba el timbre, que resonó escandaloso en el silencioso edificio. Mientras esperaba me volví para observar como el taxi daba la vuelta en uno de los extremos de la callejuela y desaparecía por la negra bocacalle, abandonándome a mi suerte en esta ciudad extraña, en esta calle más extraña todavía. Como quiera que nadie acudía a abrirme volví a llamar y, esta vez sí, apenas pasaron unos segundos hasta que se encendió una luz en el primer piso y un joven, el pelo largo y rubio cayéndole sobre los ojos, se asomo a la ventana gritando, al parecer muy enfadado. Aún no había terminado de chapurrear trabajosamente mi presentación cuando el muchacho me lanzó un sonoro escupitajo que a duras penas conseguí esquivar -mi inanimada bolsa no tuvo tanta suerte- y cerró la ventana, dejándome con la palabra en la boca. Puse de nuevo el dedo sobre el timbre, sin atreverme a pulsarlo, temiendo enfrentarme otra vez al energúmeno del primero. ¡Quién sabe que nuevo “regalo” podía llegarme desde las alturas si osaba molestarle de nuevo! Mire a mi alrededor, desconcertada, y entonces mi mirada tropezó, por primera vez, con el rótulo luminoso, dos o tres casas más allá, que anunciaba “ROO S”, la cuarta letra, aunque apagada, indudablemente una M. Recogí mis bolsas, que cada vez sentía más pesadas, sintiéndome furiosa y aliviada a la vez. ¡Ni siquiera me habían dado bien la dirección!

Subí la escalinata del Hotel perseguida por los silbidos y las ininteligibles obscenidades que de seguro me estaban dedicando aquella pandilla de vándalos. Nada más pulsar el timbre, que se hizo oír con sonido de raquítica bocina, me abrió la puerta una mujer de fachosa apariencia, el vestido, rosas rojas sobre verde agua, ciñéndosele impúdicamente en la cintura mantecosa, en los brazos hinchados por la grasa, la cabeza poblada de gordos rizos de un rubio sucio, los labios, una húmeda cuchillada de bordes manchados por un carmín sanguíneo, fruncidos en una mueca de desagrado que parecía llevar tiempo instalada en su rostro porcino, a juzgar por los surcos que inclinaban hacia abajo el lado izquierdo de su boca.

- “¡Good Morning, madam! -mierda, era Good night, seguro - I'm Laura, the Spanish girl, I...”

La mujer me miró de abajo arriba, interrumpiéndome con una retahíla incomprensible de la que apenas pude pillar la palabra bed. Asentí esperanzada, eso era lo que yo deseaba, una cama donde poder descansar mis huesos, un lugar tranquilo donde aclarar mis ideas. Me invitó a entrar con un gesto impaciente de su mano, y ya en el vacío vestíbulo, de una desnudez tan solo velada por el descolorido papel floreado que cubría las paredes, me hizo señas para que la acompañara escaleras arriba. La obedecí en silencio, un tanto desconcertada por tan indiferente recibimiento, siguiéndola hasta una habitación en el primer piso, al fondo del pasillo, cuya puerta abrió de par en par, haciendo un gesto que yo traduje, muy libremente como un “Aquí la tienes”, como si fuese una magnifica suite de la que se sintiese especialmente orgullosa. ¿Orgullosa de qué?, me pregunté, horrorizada, cuando quedé a solas en la habitación. ¿Del sucio empapelado de las paredes, el mismo del vestíbulo, en el que la humedad florecía aquí y allí en negros racimos? ¿De las mugrientas cortinas de encaje plastificado que colgaban a un par de palmos del suelo? ¿O quizás del “lujoso” mobiliario, una increíble cama metálica de hospital, el gris cabecero moteado de negro allí donde la pintura estaba saltada, con su pequeña mesita, también metálica, procedente seguramente del mismo saldo? ¿Este era el maravilloso Hotel Kinver? ¿Esta, la habitación con baño? ¿Y los ancianitos? Dudaba que ningún pensionista acomodado pasase una sola noche en este cuchitril. Ni yo, si podía evitarlo. Cogí de nuevo las bolsas y me dirigí hacia la puerta, pero ya con la mano en el pomo me di cuenta de lo difícil de mi situación. Consulté mi reloj, ya eran más de las once. ¿A donde ir a estas horas en una ciudad desconocida, sin dominar, sin conocer, en realidad, el idioma? No, era demasiado tarde, no me quedaba más remedio que pasar la noche allí. Pero al día siguiente, en cuanto me levantase, llamaría a la agencia para exigirles una explicación. Y una solución, porqué si algo tenía claro era que no iba a quedarme a trabajar en este antro. Pero eso sería al día siguiente. Demasiado cansada siquiera para desnudarme, me tumbé sobre la cama, y así, con la luz encendida, me quede dormida casi de inmediato.

Apenas media hora más tarde me despertó un sonido monótono, reiterativo, que no tardé en identificar como el de un gastado somier gruñendo bajo el peso de una pareja en la habitación contigua. A ello ayudó el repertorio de gemidos y grititos de la mujer, y los susurros masculinos, que se hacían cada vez más apremiantes, hasta que estalló en ruidosos lamentos de placer. Sorprendida y ya totalmente despejada, entreabrí la puerta de la habitación de manera que me permitiera ver sin ser vista. Me bastaron cinco minutos para hacerme una idea bastante aproximada del tipo de clientela que frecuentaba el Hotel Kinver. Cerré la puerta y me apoyé en ella, desconcertada, sintiéndome víctima de un curioso efecto Mr. Hyde. La respetable Agencia European Jobs, Carmela, su directora, de aspecto tan severo, tan formal, ¿En serio aquella mujer, paradigma de la dignidad profesional, me había enviado a trabajar a este hotelucho para putas? En ese momento alguien golpeo la puerta a mis espaldas, interrumpiendo mis pensamientos. Abrí la puerta con cautela, para encontrarme frente a la rubia gorda de antes, esta vez acompañada de un cuarentón de aspecto pulcro, traje oscuro y discreta pajarita, que imaginé sería el encargado, el dichoso Harry Johns.

- ¿Mr. Johns? -pregunté, para asegurarme. La mujer asintió, abriendo en su rostro una herida que dejaba entrever amarillas esquirlas de hueso, e invitó a pasar al desconocido, dejándonos solos en la habitación.

- ¡Gracias a Dios que puedo hablar con usted! Señor Johns, aquí tiene que haber algún error, este lugar no tiene nada que ver con lo que me contaron en la agencia... -Le expliqué, sentándome en la cama, mientras él, todavía de pie junto a la puerta, me miraba expectante, como si no me entendiese, un pensamiento que deseché al instante -en la Agencia me habían asegurado que Mr. Johns hablaba castellano perfectamente-. Le di la espalda para buscar en mi bolsa de mano la carta de presentación que me había dado Carmela Sánchez para él, y que, estaba segura, había guardado en uno de los bolsillos frontales. Tras sólo un minuto de nerviosa búsqueda la encontré en el fondo de la bolsa, precisamente donde no debía estar. Con ella en la mano me giré de nuevo hacia él- Oiga, la señorita Sánchez me garantizó que... -la frase se me heló en los labios al mirar a Mr. Johns, mejor dicho, la patética y huesuda semidesnudez de Mr. Johns, que, con los pantalones caídos sobre los tobillos y una placida sonrisa en el rostro, sujetaba con las dos manos su pene, sacudiéndolo a uno y otro lado, arriba y abajo, trazando cruces en el aire con su fláccido miembro, de una rosada palidez que se amorataba aquí y allá en pequeñas manchas, como atacado por un repentino sarampión, mientras canturreaba algo así como “Helou, beibi, Jonny is hie”, su delgado cuerpo ocupando el espacio que me separaba de la puerta. Momentáneamente muda pese a tener la boca abierta de par en par, los pensamientos parecían haber quedado suspendidos en mi cerebro, en una suerte de parálisis neuronal inducida por el virus de la sorpresa, hasta que conseguí despegar la mirada del miembro viril de Mr. Johns, que ya empezaba a mostrar tímidos signos de vida y, sin pensármelo dos veces, agarré la bolsa que estaba sobre la cama para, así armada, golpear con todas mis fuerzas la incipiente erección de Mr. Johns que, con los pies trabados por los pantalones, perdió el equilibrio y cayó hacia atrás como una tabla, lanzando pequeños grititos histéricos mientras agitaba frenéticamente las piernas intentando liberarse de la trampa que ceñía sus tobillos. Aproveché su momentánea indefensión para recoger del suelo la otra bolsa y, sin perder perder tiempo en buscar mis zapatillas, que recordaba vagamente haber dejado a los pies de la cama, salí descalza de la habitación y bajé corriendo las escaleras, atropellando a mi paso a la gorda de los rizos, alertada, supuse, por los alaridos gde Mr. Johns, hasta llegar a la puerta de entrada. Pero con los nervios de la huida me olvidé por completo de la empinada escalinata exterior y en cuanto pisé el primer e inesperado escalón perdí pie y mis bolsas y yo rodamos hasta la acera.

Sentía el dolor quemar todos los músculos de mi cuerpo, pero las voces, las apresuradas carreras que oía a mis espaldas, me aconsejaban no malgastar un solo segundo en lamentaciones, así que me levanté como pude, recogí mis bolsas y, todavía descalza, corrí, a trompicones, hacia la bocacalle, bajo la burlona mirada de los muchachos de la otra acera, alejándome de las luces, de las cabezas que se asomaban a gritarme por las ventanas del Hotel, no sé si animándome o insultándome. Doblé la esquina de la calle y continué corriendo, ya sin aliento, arrastrando las bolsas por el suelo, volviendo la cabeza continuamente hasta que estuve segura de que nadie me seguía. Sólo entonces me detuve bajo una farola, aprovechando su mezquina luz para revolver en mis bolsa en busca de un par de zapatos en los que hundir las doloridas, ardientes plantas de mis pies.

Después, vagué de una calle sucia y oscura a otra igualmente sucia, igualmente oscura, intentando salir de aquel desolado laberinto de destartaladas viviendas adosadas, buscando un taxi, o al menos un local abierto desde donde poder llamar uno, pero todo me había salido mal desde que había llegado a Londres, y eso no iba a ser una excepción. Envuelta en el círculo vicioso del miedo y el cansancio, cuando pensaba que no era capaz de dar un solo paso más me bastaba con mirar las sombras, las calles vacías, escuchar los sonidos de la noche para ponerme en marcha de nuevo. Desesperada, empezaba a pensar que sólo la llegada del día me liberaría, cuando llegué a un cruce de calles y por la ancha e iluminada avenida en la que desembocaba la callejuela de donde yo salía vi como se acercaba, muy lentamente, un coche de la policía. Me senté, agotada, sobre las bolsas, al borde de la calzada, esperando que se colocase a mi altura para hacerles un gesto que les hiciera detenerse. No fue necesario. Antes de que yo pudiese siquiera alzar una ceja los dos policías estaban en la acera, a mi lado, interrogándome en un críptico inglés. Uno de ellos se inclino hacia mí y extendió su mano hacia mi mejilla; al sentir su doloroso contacto me di cuenta, por primera vez, de que tenia la cara magullada, seguramente me había golpeado al caer escaleras abajo, lo que intente explicarles en mi idioma, un idioma que ellos no parecían entender. Uno de los policías, el más joven, me agarró por el codo, obligándome a levantarme, y me metió sin miramientos en la parte de atrás del coche patrulla, mientras su compañero recogía mis bolsas del suelo.

- ¡Suéltenme! ¡Quiero hacer una denuncia! ¡Quiero denunciar al Hotel Kinver y a su encargado, el asqueroso Mr. Johns, a la agencia, oh, sí, sobre todo a esos puercos de la agencia! -El policía de mayor edad, girado en su asiento, puso un dedo sobre sus labios, exigiéndome silencio.- ¿Adonde me llevan? ¡Eh, no se de la vuelta! Sólo quiero saber...

Una hora más tarde estaba sentada en una bulliciosa comisaría londinense, el último lugar que yo hubiera elegido para una visita turística, con un vaso de café en la mano, contándole mi historia a la sonrosada oficial de policía Sally McArthur, quien, afortunadamente, tenia el mal gusto de veranear en Torremolinos.

- ¿Y el taxista te dejó allí? Bien, por lo que tú cuentas, has ido a parar a los suburbios. No es un lugar muy agradable donde perderse. Pero bueno, que voy contarte, tu lo sabes ya. ¿Me dejas ver la nota? A ver... -Las carcajadas sonaron tan robustas, escandalosas como su dueña. Se levantó de su silla, todavía con mi pequeña agenda en la mano- Espera aquí un segundo, no te muevas.

Sally regresó cinco minutos más tarde muy sonriente, acompañada de un policía uniformado al que parecía estar contándole una divertida historia sobre mí. Escocida por ser la protagonista de una historia que empezaba a adivinar ridícula, me levanté e hice ademan de irme hacia la puerta, pero ella me detuvo.

- ¡Eh, eh! ¿Donde vas tú sin mí? No, no, tú tienes que venir conmigo. ¿Vamos ya?

Con Sally tomándome del brazo y su uniformado compañero como escolta, nos subímos a uno de los coches patrulla. De nuevo en el asiento trasero, y ya sin la tensión de creerme detenida por algún involuntario delito cometido durante mi errático vagar por la noche londinense, me deje vencer por el sueño y me quede dormida casi al instante, despertándome bruscamente a cada sacudida, a cada pequeño bache que hacía caer mi cabeza hacia un lado, para volver a hundirme en el sueño, una y otra vez, hasta que el automóvil se detuvo y el silencio del motor, el golpe seco de una portezuela al cerrarse, me despertaron definitivamente. Me desperecé, bostezando, justo a tiempo para ver a Sally llamar al timbre de un pequeño edificio de líneas clásicas y fachada rojiza, con una placa dorada en la gran puerta blanca, demasiado lejos para que, aún con la ayuda de la luz que colgaba sobre la puerta, pudiera leer lo que ponía. Le abrió un hombre alto, extremadamente delgado, los cabellos, escasos y largos, peinados de través, que vestía un oscuro batín, y que no pareció sorprenderse demasiado por la visita de la policía a tan altas horas de la madrugada. Él y mi amable carcelera intercambiaron unas cuantas frases y el hombre se hizo a un lado para dejarla pasar, lo que Sally rechazó con un expresivo gesto, volviéndose hacia el coche con el brazo extendido señalando directamente hacia mí. El hombre dijo algo y desapareció en el iluminado vestíbulo para reaparecer un par de segundos después con un abrigo sobre el batín. Sally y él bajaron las escaleras en dirección al coche, mientras el policía uniformado abría la puerta trasera. El desconocido del abrigo se inclinó hacia mí, extendiendo una mano sorprendentemente pequeña, de dedos cortos y delgados, para ayudarme a salir del coche.

- ¿Laura? ¿Laura Muinyos? ¡Al fin! Nos tenías preocupados, llevamos toda la noche esperándote. Bueno, bienvenida al Hotel Kinver, muchacha -me dijo, en un perfecto castellano casi desprovisto de acento, señalando con un gesto el bonito edificio, tan distinto a aquel otro Hotel Kinver del que yo había salido corriendo unas horas antes.

Horas más tarde, cuando desperté de un sueño profundo y reparador, el amable y risueño Mr. Johns desplegó sobre una de las grandes mesas del vacío comedor un inmenso mapa de Londres y me señaló, en un suburbio situado al Noroeste de la ciudad, una callejuela llamada None St.

- Pero... ¡Si ni siquiera se llaman igual! ¿Cómo pudo el taxista...?
- No, la culpa no fue del taxista. Bueno, al menos no toda -Me sonrió burlón. Se había reído con ganas con el relato de mi aventura en el Otro Hotel Kinver -. Simplemente, tuviste mala suerte ¡Mucha, mucha mala suerte! Un taxista hindú, una extranjera que casi no conoce el idioma, dos calles con nombres distintos, pero que se pronuncian igual... Nun Street, None Street, “Nan Strit” ¿Comprendes?

Sí, empezaba a comprenderlo todo, y a medida que la comprensión iba llegando a mi mente la sangre se agolpaba en mi rostro en cálidas oleadas. Lo comprendía muy bien. Una imbécil, solo una imbécil, el tipo de persona que yo presumía no ser, podía haber caído en algo así. La rabia, la impotencia, la sensación de ser una miserable hormiga en un mundo de elefantes hizo que se me saltaran las lágrimas de amor propio herido. Me sentía tan estúpida, tan avergonzada... Mister Johns, sorprendido por esas inesperadas lágrimas cuyo motivo no parecía entender, se quedo inmóvil, confiando, me imagino, en que se debiesen a una pasajera irritación ocular, pero al ver que el caudal aumentaba y viéndome incapaz de reprimir los sollozos, apoyó su mano en mi espalda, dándome unos secos, arrítmicos golpecitos con los que, terriblemente violento, intentaba con torpeza consolarme .

- ¡Eh, eh...! Vamos, Laura, vamos, no hay que tomárselo así. No ha pasado nada irremediable, ¿no? -El que el buen hombre pensara que lloraba de miedo, de angustia por lo sucedido en el Otro Hotel Kinver me hizo llorar todavía con más ganas- Al fin y al cabo, has tenido una experiencia cuando menos... peculiar. Instructiva. Y seguro que ahora aprenderás inglés. No creo que tengas ganas de meterte en otro lío por el estilo, ¿verdad? Además, ¿Tú no eres escritora? -La pregunta me hizo levantar la cabeza para contestarle afirmativamente entre hipidos- ¡Fíjate que historia! ¡Y real, además! -Al ver que dejaba de sollozar, sujetó mi barbilla en su mano y retiro las húmedas guedejas que me caían sobre el rostro para mirarme a los ojos- Venga, Laura, regálame una sonrisa. -Ensayé una vergonzante sonrisa llena de mocos- ¿Ves? Si puedes sonreír, podrás verle el lado bueno a todo esto. Y ahora -dijo, levantándose de la silla para recoger el mapa, todavía extendido sobre la mesa- debes acostarte. Mañana es tu primer día de trabajo. Y le aseguro, señorita Muinyos -frunció el ceño, amenazador, mientras me empujaba fuera del comedor- que soy un jefe de lo más exigente.

Sonreí. Quizás no fuese tan mala idea. Mientras subía las escaleras hasta mi pequeña pero acogedora habitación del cuarto piso iba pensando en el relato que ya había decido escribir. La historia, el argumento, no ofrecía ninguna dificultad pero, ¿y el título? “¡Ah, el título! Vamos a ver... ¿Qué tal “el Otro Hotel Kinver”? Hummm. Demasiado revelador. ¿”Un pene entre la niebla”? Aaagg... ¿De verdad no se te ocurre algo mejor? Algo más sutil, algo más... ¡Ya, ya lo tengo! ¡Perfecto! ¿Qué mejor título que el de mi primera e indeleble lección de inglés en Londres? (3)"


© Gata 1996
Comentarios
Pacoz el noviembre 20 2010 02:34:18
Tengo idea, de que hace nueve o diez años, empecé a leer este relato. En aquel entonces no lo terminé porque yo tená la misma enfermedad de algún miembro notable del grupo;intransigencia, falta de paciendia...en fin, esas cosas, esos defectos. Por eso comienzo por disculparme con "Gala" por los juicios pasados. En aquel tiempo yo creía que sólo valían los cuentos armados sobre la normatva de E.A. Poe.

Hay un puente entre aquella lectura y ésta pero no ha cambiado mi impaciencia ante los relatos extensos -en este caso casi siete páginas- porque soy un lector impaciente y sobre todo no me importan los argumentos de los relatos; sino su estructura, el estilo, la brevedad, el final sorpresivo.
Este relato sin embargo tiene un detalle que me atrae cual es ese pasar de la última págna a la primera por la remisión a aquella primer lección escolar del idioma inglés.
Hay algo que me incomoda en el relato; lo encuentro, no digo que lo sea, contado desde una óptica masculina. La descripción del acompañate que se duerme no me suena a femenina, ni la escena del "cliente" frustrado sacudiendo la herramienta. Además el equívoco del chofer se presume desde el inicio del relato.
Quisiera opinar distinto, poder decir que el texto me apasiona pero soy de mentir poco... y soy falto de bndad. De verdad, quisiera pooder ponderar la historia. Espero que la autora ignore mi opinión, que tiene mucho prejuicios literario.
Por fin; ¿cual es el blog actural de la autora?.

Mis saludos afectuosos para la estimada Gala.

Pacoz.
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Mar
10/01/2019 12:34
Otro Año, otras vidas... Os deseo a todos que sea Feliiz y que tengamos Salud y Trabajo. Todo con mayúsculas. Y abrazos a capazos.

Mar
08/10/2018 15:42
Es una alegría encontrar, de vez en cuando, átomos tan afectuosos. Aquí andamos, volátiles y enamorados de las letras. Abrazos.

fw
27/08/2018 22:49
Los átomos también son invisibles, querida, y están por todas partes. Como el amor. Un abrazo.

Mar
18/07/2018 11:33
Bueno, queridos e invisibles amigos, os he dejado en el "Olvidado Jardín" algunas cosillas. Por si no puedo, os deseo unas vacaciones felices. Un abrazo interminable.

Mar
03/07/2018 16:04
Más de un año sin decir nada no tiene perdón. Pero os lo pido a los que aún, y a pesar de todo, segís cuidando este Vecindiario. Os echo de menos. Besos y abarzos a capazos.

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