Portada · Noticias 06 Septiembre 2010 18:17
Navegación
FAQ
Chat
Contactar
Donaciones
Colaboraciones

Dameros 2009
Soluciones DM2009
Dameros 2010

Amadís I edición
Amadís II edición
Amadís III edición
Amadís IV edición
Amadís v.2007
Vecind(i)ario, 1ª etapa

Iniciar Sesión
Nombre de Usuario

Contraseña



¿Aún no eres Miembro?
Pulsa aquí para registrarte.

¿Has Olvidado tu Contraseña?
Pulsa aquí para solicitar una nueva contraseña.
Diccionario R.A.E.
Tipo de Consulta


Término a consultar

cortesía de NobNob
Traducir página
Sindicación
Foros Noticias
Textos Enlaces

Comunidad

¡Campeones del Mundo!

visto en zonadvd
© jorfasán - ya sé leer, navytales 2009
ya sé leer
- - - - - - - - -
dedicado a María


No lo sabía entonces pero al final, ahora que ya hay final y mi padre ha desaparecido, el único recuerdo bueno que guardo de mi padre aconteció durante las navidades previas a mi sexto cumpleaños. Tampoco lo sabía entonces pero ese suceso que ahora relataré estuvo siempre presente cuando pensaba en mi padre. Al comienzo como un suelo fijo y sólido desde donde, como todos los niños, levanté el ninot de el padre. Hasta el verano de los diez años. Y luego se quedó enterrado en la memoria, no muy profundamente, ya que accedía a él cuando trataba de entender el comportamiento de mi padre con ojos de niña grande, cuando me procuraba relatar a otros, a pocos, lo que era tener un padre alcohólico, un padre débil y un padre con cáncer incurable en su autoestima. Ni siquiera perdió fuerza como tal. Dejó un día de ser el contrapeso de su carácter y se quedó fosilizado como el único buen recuerdo. Sellado en una pelota de resina mate cada vez menos pegajosa, en medio de un millar de recuerdos amargos.

Estaba yo, en aquellas navidades de los cinco años largos, con un libro de mi hermano mayor titulado "ya sé leer". Un libro que estaba deshecho por el abuso como objeto arrojadizo al que había sido sometido. Su encuadernación de hilo apenas mantenía algunos de sus cuadernillos unidos. Lo abría con cuidado porque sus hojas hacían rápido uso de los vectores de fuerza centrífuga y se deslizaban hacia afuera, lejos del libro. Pero era mi libro. No sabía leer. Reconocía alguna letra pero tenía memorizadas varias páginas que impresionaban a las visitas navideñas. Llevaba el libro a todas partes bajo el brazo. Yo no tocaba el piano como mi madre hacía de niña, ni hacía las monerías simiescas de mi hermano. Así mi madre y yo teníamos ensayado el conocido número de "María, laztana, demuestra estos amigos qué bien sabes leer, fijaos, con sólo cinco añitos". Y yo, ufana, abría por mis páginas y leía pasando el dedo por las líneas como mi madre me había enseñado. Las caras de admiración de los invitados eran atenuadas por la sonrisa de mi madre, que derivaba en una carcajada muda y rotunda. Indicaba por gestos a sus invitados que no sabía leer y que no era una demostración de precocidad lectora sino de mi buena, mi excelente memoria. Los aplausos y vivas cerraban mi pasapáginas que me llenaban mi siempre pequeña tacita de orgullo.

El día de Reyes mientras yo me paseaba por entre los juguetes que habían llegado a casa desde Oriente, una muñeca Cleo captó mi atención. Esbelta, sonriente, con pecas, morena. Con mucho cuidado dejé el libro al borde de la mesa de café y me acerqué a Cleo. No sé el tiempo que pasé sentada, mirando, escrutando, inquiriendo en silencio, escaneando como si de una larga digestión se tratara, hasta que levanté la muñeca en el aire y vi que sólo mi padre me estaba mirando. Mi hermano y mi madre se habían ido a la cocina. Pensé en ir hacia allá ya que mi padre no mostraba nunca interés por mis cosas. Al girar para incorporarme rocé con mi hombro y tiré al suelo el libro "ya sé leer". Cayó de canto, rebotó, se retorció un poco y se desparramó, escupiendo páginas en dos golpes a cierta distancia, uno en el canto y otro al rebote. Dejé a Cleo en la mesa y acudí al auxilio del libro. Recogí las páginas del libro, todas dispersas, y las agrupé todas seguidas. Algunas se me cayeron en la maniobra y volví a incorporarlas, giradas, boca abajo, como podía. Al abrirlo para comprobar su estado, su funcionamiento, el libro era otro y no podía reconocerlo, nada estaba en su lugar. Mis amadas tres primeras lecciones no estaban. Miré el suelo y verifiqué que no faltaba ninguna díscola hoja. El grosor era el de siempre y supuse que estaba todo. Estupor. Era un libro extraño. Un libro imposible de leer. Mi padre había visto todo el incidente, se me acercó y viéndome al borde de las lágrimas me quitó ese libro raro y remoto, me consoló con un "no te preocupes, vamos a ponerlo bien". Le miré pero no le veía, hundida como estaba en el disgusto. Abrió el libro y con un gesto lo deshizo casi todo, contempló con interés ese desconocido volumen, colocó los cuadernillos en el sentido correcto. Y ante mis ojos inició la restauración mágicamente. Aparecían de entre el bosque perdido de hojas, justo las que seguían a lo que tuviera en la mano. Musitaba "y ahora van éstas" y lo repetía con naturalidad. Dulzura. Yo conocía bien todo el contenido en su orden original y resultaba asombroso como lo recomponía. El cuadernillo de la tercera lección lo restauró lentamente ya que se habían dispersado todas sus páginas, ya sin hilo alguno. La precisión me pasmó al instante. A cada acierto sentía un alivio que me calmó primero y —sin pasar por el regocijo— me dejó en las nubes de la admiración total. Las lágrimas cayeron ociosas cuando mis ojos se abrían más y más al ver cómo mi padre, que nunca había abierto mi libro, recomponía su contenido. "Mira ahora van éstas" me decía. En menos de dos minutos todo el desastre había desaparecido. Mi padre me entregó el volumen y también la muñeca Cleo. Contemplé a mi padre con un pasmo nuevo, verdadero. Con los años se engrandeció más porque él no pareció darle importancia alguna. Mi agradecimiento duró años. Precisos conocimientos numerológicos y la revelación de las las penas familiares vaciaron, nunca completamente, de admiración aquel recuerdo. Una anécdota que por ser única resultaba, cada vez, más dura de contar cuando intentaba explicar a otros cómo era y cómo había sido mi familia. De cuando mi padre, una sola vez, fue como un rey mago.

--
© jorfasan
---------
Comentarios
No se han Publicado Comentarios.
Publicar Comentario
Inicia Sesión para Publicar un Comentario.
Valoraciones
La Valoración está disponible Sólo para Miembros.

Inicia Sesión o Regístrate para votar.

No se han publicado Valoraciones.
En imágenes
Mar y montaña
Mar y montaña
Fotografías
Breves
De la mar, el salmón; de la tierra, el jamón.
Mini Charla
Debes Iniciar Sesión para publicar un mensaje.

Pacoz
04/09/2010 22:14
La sala está vacía aunque se huele el lustre puesto para el regreso de los socios. Sólo se sabe que Sap anduvo por la pradera. Se extraña el barullo de otros tiempos. No se oye el vozzarrón del Jefe,

Pacoz
04/09/2010 04:46
¡Dios, que tiempos tan ajetreados, andar trajeado de aquí para allá, olvidándose de los amigos, algunos de regreso de las vaca ciones. Nada que ver con Sap y su vacas.

fw
02/09/2010 22:27
uy.. dudo q nadie me gane a peor damerista de la década. saludos a todos. cómo va el tema del material escolar para el nuevo curso? smiley

Anaís
01/09/2010 22:00
Besos de alisios para tod@s. Aquí ando dándole vueltas al damero y esta vez, por lo menos, me salen algunas soluciones más, pero con D. Lope no hay quién pueda :-D

Sap
27/08/2010 08:20
Saludos de entraysale y metisaca. Esperemos que pronto llegue la normalidad a este irreductible enclave. smiley

Archivo de Charlas