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| © Pacoz - SOBRE LAS NAVIDADES, navytales 2009 |
Me llamó la atención de movida...y “de movida” tengo el primer tropiezo por dármelas de narrador sin serlo ya que, queriendo ser entendido por lectores españoles, me topo con que “movida” es en la península un lance de toreros, o una mera actividad en tanto que, entre nosotros los argentinos, al menos entre los porteños y sus alrededores, hacer una cosa “de movida” es empezar haciéndola, es decir no hacerla en una serie de actos sino hacer o decir algo como inicio de una alternativa.
Pues bien, “de movida” lo vi., es decir no bien me asomé a la puerta de casa yendo a regar los canteros de la calle. Digo esto siendo 21 días de diciembre del 2009, con 25° de temperatura, en un día fresco y húmedo y en la localidad de Beccar siendo las 18 hs. 34 minutos, esto es 45después de que lo viera. Acaso sea tediosamente preciso en narrar circunstancias banales pero estoy en una edad, 81 años, en que la cercanía de la muerte torna circunstancial todo el devenir, en que los días pasan lentamente pero sin dejar huellas cualquiera sea su intensidad pues lo único que uno espera, como un turista atento a la hora de embarcarse a un continente desconocido, es la hora definitiva, el momento antes temido y ahora deseado. Hablo del momento preciso en que uno habrá de enterarse de la razón de su paso por la vida, entrando a una región celestial o infernal o se enterará de las incógnitas por omisión, pasivamente, es decir por no enterarse de nada, como un actor que ve la película ya terminada encontrándose que el film no tiene desenlace, ni música con acordes finales, ni la nómina de los actores y del personal interviniente.
Pero volvamos a la historia; “de movida” lo vi. venir. Medía un metro setenta y pico; caminaba con el saco doblado sobre el antebrazo; su pelo y la sombra del pelo dibujaba un golfo en la testa. La piel perlada por gotas de transpiración; el pañuelo, seguramente húmedo, en la mano; el paso largo pero lento, como queriendo acortar distancias sin esfuerzo; la mirada ambigua; un cansancio saturado, cansancio de una jornada que el calor hizo larga y cansancio de una rutina inevitable, sin sobresaltos pero sin excitaciones.
Acaso deba aclararles que al hombre lo conozco. Lo recuerdo aún niño correteando por los alrededores, luego muchacho disipado y mas tarde hombre con vida familiar, seguramente padre de familia instalado, por fuerza de las circunstancias en los fondos de la casa paterna. Y digamos que él pasó frente a sin verme, como tantas veces habré pasado yo ante otros vecinos en el transcurso de mi vida útil. Llevaba en la mano un paquete envuelto en papel decorado “para regalo”, sin bolsa que lo contuviera, acaso porque pensara que un paquete embolsado es una forma de hipocresía, una manera de privar al prójimo de inferir el contenido del paquete, una muestra del recelo que provoca el prójimo, un rechazo del “otro”, una manera de separarse de la manada ignorando que las gaviotas que se retrasan del vuelo de la bandada son las que no llegan a su destino.
Pero volvamos; como queriendo contrariar al hombre me propuse deducir el contenido del paquete, tarea sencilla si se atiende que un bulto plano en su base y abovedado en la cúpula, portado en el mes de diciembre es, sin duda, lo quiera o no lo quiera el portador, un pan dulce, el pan dulce que comerán mañana, en la medianoche de la Navidad. Y he aquí que ha llegado de despegarme del vecino que trajo a mi memoria el recuerdo del tiempo en que era yo el que regresaba cansado del trabajo, con la sensación de que se me estaba yendo la vida en quehaceres trillados que no me interesaban y también trajo la asociación del pan dulce y la nochebuena.
Como verán me estoy poniendo reflexivo, me enrolla en el pasado reviviéndolo en sentido inverso. Eso me ocurrió viendo volver a aquel hombre a su trabajo llevado con unos días de anticipación las golosinas que se consideran imprescindibles para festejar el nacimiento del niño Dios y sepan también ustedes que la sola mención de la nochebuena remueve en mi memoria las nochebuenas vividas a lo largo de mi vida de soltero, especialmente durante mi niñez, edad en que los hechos, los actos, las voces, las caras de nuestros familiares, de nuestro entorno son como escoplos de cantería que van marcándonos de tal modo que siempre reaparecen ante circunstancias semejantes a aquellas que nos impresionaron.
Mi padres escaparon de España en el 27 porque entre avatar y avatar advirtieron que los odios que habían sembrado las ideologías apuntaban a puertos no deseados de modo que mucho antes de que en el 36 la violencia explotara como una mina oculta ellos ya estaban establecidos en la argentina, cada uno, madre y padre con su partidismo no coincidente. Luego, antes de la fecha fatídica llegaron los tíos, primos amigas y amigos de unos y otros.
Debo decir que la casa no era silenciosa; padre y madre funcionaban en aspectos fundamentales para el éxito de un matrimonio pero cada uno con su mochila de ideas, labradas en distintos yunques de modos que muchas eran las ocasiones en que las voces volaban y se estrellaban contra los vidrios de las ventanas haciéndolas trepidar.
Cuando comenzó la guerra civil la cosa empeoró porque cada cual con su idea, con su miedo por los parientes que no habían atinado a escapar a tiempo, con sus utopías y sus rencores, lo que fue intoxicando el ambiente. Súmese a ello que en las fiestas, reunidos familiares y amigos, todos iban con su batería ideológica a querer imponer su doctrina lo que terminaba en agrias discusiones y, a veces, sonoras trompadas y las mas ripiosas puteadas e imprecaciones contra Franco y contra la República lo que resultaba entre gracioso e inexplicable para los vecinos hijos del país. Y en ese sentido recuerdo las Navidades, con sus nochebuenas de platos desbordados de carnes y sazones variados, de frutos y cremas, de vinos y también recuerdo que yo temblaba sabiendo que en algún momento alguno, tímida o insidiosamente, haría su mención al motivo de la reunión, pidiendo una oración por el niño Dios recién nacido, momento en que comenzaba el tole-tole contra Dios, la Virgen, el Vaticano y sus sucursales, contra éste y aquel, contra Primo de Rivera, contra Miaja o contra quién fuera, todos con los ojos desencajados, las cuerdas vocales en llaga viva, blandiendo una pata de pavo, o unas botella y yo en el medio tratando de sacar conclusiones sobre si la Iglesia era esto o aquello, si el General era santo o demonio y si la República era una cosa unida armada para bien de los ciudadanos o un conjunto de unidades don idéntico envoltorio pero con distintos venenos.
Y entonces, y desde entonces, me resulta imposible pensar a la Navidad como una noche de alborozo de un pueblo que se dice cristiano porque lo que encuentro en la memoria son los ruidos y la voces desencajadas, un pequeño caos que no tiene explicación dentro de los márgenes de la lógica.
Por lo que mi vecino, sin saberlo, me adelantó el desagrado que me causan estas fiestas.
Misa ludos.
© Paxoz
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| Comentarios |
el marzo 24 2010 03:16:43
Corno, no tenía guardado este cuentuzco, qué amargo me salió. Las circunstancias ocurrieron realmente; pasó el vecino cansado con el paquete de pan dulce (que tanto me gusta como me hace mal) y el ambiente familiar de mi niñez está no realmente descripto pero sí alegóricamente. |
el marzo 25 2010 09:42:50
pero la navidad también es así para muchos de nosotros, paco, agridulce o amarga o como en el corolario de tu cuentuzco... "Y entonces ... no tiene explicación dentro de los márgenes de la lógica". |
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Lo que se han de comer los gusanos, que lo disfruten los cristianos.
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