Portada · Noticias · Faq · Contacto · Colabora 03 Diciembre 2021 11:05
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© indah - "Amaneceres"
[Con todo mi respeto para aquellas personas que, por
desgracia, por ser maltratadas física o psíquicamente, al leer este
relato pudieran verse reflejadas en él.
A quienes, directa o indirectamente, hayan vivido una
situación similar, o parecida, y al leerlo considerasen que no he sido
capaz de reflejarla ni tan siquiera mínimamente, les ruego que me
excusen y excusen mis pobres y torpes palabras.
Reconozco que es una osadía escribir sobre un tema del que
no sé más que lo que he conseguido averiguar a través de los medios
de comunicación, aunque para escribir esta historia haya necesitado,
con todo lo que ello conlleva, ‘sentirla’ tan intensamente que, si me
descuido un poco, hubiera acabado por convertirse en una ‘vivencia’
propia.]

__Amaneceres__


No necesitaba sino oír como cerrabas la puerta para saber tu
estado de ánimo, y no era bueno aquella noche ya bien pasadas las
diez. Antes de que entraras al salón me había preparado: no habría
beso en la mejilla, ni un buenas noches, ni tan siquiera un gesto de
saludo.
Y así fue. Como no hubo contestación a mi pregunta: ¿te
apetece cenar? Ni a esa ni a las siguientes que tratando de romper el
silencio dejaba escapar y ni tú ni nadie escuchaba. No me lo
preguntas, pero si lo hubieses hecho no sabría decirte por qué lo hago
si, como siempre, no servían de nada.
Porque siempre era igual, yo me esforzaba aún a sabiendas de
que nada me dirías, al menos durante la primera media hora que
dedicabas a hacer como que leías el periódico. Si lo hubieses leído
tendría sentido todo aquello, pero no lo leías, no. Me daban ganas de
irme y si no me levantaba era por no oírte decir: ¡siéntate!, cómo si
te hiciese falta mi compañía para repasar mentalmente los sucesos del
día o lo que fuese que pensaras, que no lo sé. No te hacía falta,
disfrutabas viéndome allí, sentada, esperando a que me llegara el
turno. Y me llegaba.
La mirada de costumbre, las quejas de costumbre, las
comparaciones de costumbre, los insultos de costumbre y, finalmente,
la paliza de costumbre.
Tú no lo sabes, pero en realidad prefiero las palizas a tus
palabras, me duelen mucho menos y las marcas se quitan mucho antes.
Esas sí se quitan, las que no desaparecen nunca son las del corazón y,
además pienso que con un poco de suerte me darás ese mal golpe, ¡cómo
si los hubiese buenos!, que deseo; un mal golpe que acabe con esta
pesadilla a la que tantas veces he pensado ponerle fin yo.
Será sencillo, lo será; menos a mí, a todo el mundo se lo
parece. Por ejemplo a mi amiga Elena que descubrió en que te divertías
algunas noches y dice que no comprende por qué continúo aquí, a tu
lado. Yo callo, supongo que haré un gesto de impotencia o de: ¡ni yo
misma lo sé!. Elena me insiste en que vea en la tele o escuche en la
radio esos anuncios, y lo he hecho. He escuchado muchas veces: "mujer,
denuncia, no te quedes callada, denuncia", o algo así.
¡Para ellos es tan sencillo ! Pensarán que soy cobarde y no lo
entenderán, pero yo sé que no es tan fácil como dicen y sé que no
puedo hacerlo. Sé que nadie podría imaginar, y menos creer, que un
abogado conocido, especializado en divorcios, famoso y respetado, se
divierta de esta manera; nadie. Y sé que frente a mi palabra estará la
tuya, la de tus amigos y la de tus no amigos que te deban algo, que
jurarán, cuántas veces me lo has advertido, que he abandonado a mis
hijos o que he hecho sabe Dios qué barbaridades. Hasta el párroco te
ha firmado esa carta de la que yo tengo una copia. De eso si te has
ocupado, de que la leyera. De amenazarme a mi, a mis hijos, que son
los tuyos, a mi familia, a mis antiguos amigos, también te has
ocupado. ¿Se te ha quedado alguien?. Tú crees que no, y yo creo que
sí.
Y de madrugada, ¡cuántas madrugadas repetidas!, volverás a tus
excusas, a tus perdóname. A tus malditas caricias que soporto mil
veces peor que los golpes. Lo sé, son parte de tu táctica, ni me estás
pidiendo perdón ni estás arrepentido, sabes que me humillas, y ¡cuánto
me humillas! Tan seguro estás de ser el dueño de mi cuerpo, de que
te pertenece - al fin y al cabo, como tu dices: "por él pagas, por él
y por su uso, y que hasta tus secretarias te salen más baratas" - que
de madrugada pretendes robarme el alma.
Una vez tuve valor y te lo dije: nunca lo vas a conseguir. Tan
ególatra eres que no me crees, imaginas que continuo aquí porque no
sabría vivir de otra manera y mucho menos sin ti, imaginas que ya me
la has robado. Te equivocas, sí, te equivocas, aún me pertenece y sigo
aquí, pero no por lo que tú crees. Sigo aquí e incluso podría perdonar
tus golpes y tus palabras, pero nunca perdonaré tus caricias ni que,
con tus celos, me hayas conducido a lo que me has conducido,
precisamente a aquello de lo que tantas veces, sin razón, me has
acusado: hace muchos meses que ya no te soy fiel, que te engaño. Eso
ni te lo puedo perdonar ni me lo puedo perdonar.
Un día reuniré el valor suficiente para decírtelo y no lo
soportarás. Lo sé porque yo podría tolerar, como tolero, que me
engañes con cada una que te apetezca y quiera, pero jamás con ella. No
imagino mayor traición que esa.
Y hoy, como tantas otras veces, te he visto ‘mirar’ el
periódico, te he visto doblarlo, descruzar tu pierna que se viste
caro, que se calza caro, como te corresponde. Te he visto mirarme. Y
mirándote, porque así me lo exiges, he escuchado tus desprecios, tus
burlas, tus bravuconadas, tus burdas comparaciones, tus insultos, tus
amenazas.
He visto tu mano que me agarra por el brazo y me pone en pie,
me empuja y zarandea y otra vez me agarra por el brazo, y yo, estúpida
de mí, no pienso en otra cosa sino en que he perdido los zapatos. Y he
visto tu otra mano que se eleva en el aire. He oído tu pregunta, la
eterna pregunta: ¿con quien me engañas, con quién? Y he oído mi
silencio que provoca tu risa y tu desprecio: ¡engañarme!, ¿con quién
podrías, tú --un tú que parece que escupes-- engañarme?, ¿quién
querría tener una aventura contigo --un contigo que parece que te
quema--? ¿Quién, que no fuese yo, iba a cargar contigo que hasta por
no saber, no sabes ser --un ser que más parece de un animal que mío--,
ni sabes respetarte, ni sabes expresarte con algo de coherencia, ni
haces nada al derecho ? --un derecho que en tu voz, de tan arrastrado
que suena, parece un torcido--
Y he visto tu mano caer, y se acerca ya a mi cara; la veo y la
siento. Antes de que llegue soy consciente del dolor que me va a
producir, no porque ahora me vaya a golpear, que eso lo aguanto bien,
sino porque de madrugada iniciará una caricia, y eso no lo puedo
soportar. Sigues gritando y repitiendo como quien grita y repite un
diabólico mantra: ¿con quién ?, ¿con quién ? Y el suelo se acerca a mi
cuerpo hasta que doy con la cabeza en él. No siento el dolor, ni
siquiera siento la pena que ésto me produce, en realidad no siento
nada que venga de ti porque otra vez te estoy engañando. ¿Quizá
merezco los golpes? ¡No!, me contestó, nadie, nadie merece ésto. Y he
hecho acopio de valor, de ese del que cada día me he guardado un poco.
No se si es el valor o el ¡no! que me he gritado lo que me
obliga a ser yo quien ahora te mire sin que me lo pidas, quizá busco
el último golpe que me libre y te libre de los que aún me guardas para
antes de que amanezca. Por eso, sin desearlo, porque no lo deseo, me
escucho, escucho mi voz, y no puedo callarla, que se dirige a ti sin
pedirte permiso: te lo diré, si, te lo diré. ¿Quieres saberlo?, pues
lo vas a saber. Sabrás con quién te engaño, quién tiene una aventura
conmigo que ni sé ser, ni sé hablar, ni hago nada al derecho. No
quiero decirte que no se respetarme, porque si sé hacerlo, bastante
más de lo que me respetas tú.
Es mi boca, que yo quiero guardarlo para mí, la que, despacio
y claramente, pronuncia el nombre. El nombre de tu peor enemigo que no
ama por encima de todo la posición social, el dinero, el
reconocimiento, la consideración, y a si mismo. Ése, precisamente ése
-tu peor enemigo-, es quien me mantiene a tu lado. Es él quien te
recrimina, no soy yo, que hace mucho tiempo que callo, que me callo.
Es él quien te recuerda lo que fuiste, te recuerda lo que eres y en
que te has convertido; no soy yo, que hace mucho tiempo que callo, que
me callo. Es él quien te llama canalla y cobarde, no soy yo, no, no lo
soy, yo hace mucho tiempo que callo, que me callo. Es él, no tú, quien
me ama en cada caricia tuya, quien pone su cara y su cuerpo para
recibir cada uno de tus golpes, por eso no me duelen, por eso nunca
hay una queja. Él sí me ama. Con él te engaño.
Y es mi boca, no yo, que yo quiero guardarlo para mi, quien
pronuncia el nombre que más daño podría hacerte, porque tú no soportas
que me ame, porque tú no soportas que le ame. Ese nombre, ¡ése que
nunca esperaste oír!
No es que se hiele tu sonrisa, se congela, asustada,
sorprendida, al no saber por qué lleva tanto tiempo ahí, colgando de
tus labios; y no porque veas en mi cara las marcas que ha dejado tu
mano y el reguerillo de sangre que ha dejado tu puño, sino la verdad
-mi verdad-, la que te oculto desde hace tanto tiempo. Tus ojos se
desorbitan. La rabia pone espuma blanca en tu boca, espuma que, aunque
aumenta, no impide que digas lo que hubieses deseado que nunca oyera
yo: ¡no te atrevas a repetir ese nombre, no te atrevas! Jamás, si
aprecias tu vida en algo, vuelvas a pronunciarlo. No te lo consiento.
Y mientras veo tus ojos, que ya no pueden mirarme con más
sorpresa porque te has dado cuenta de que no me importa que no me lo
consientas, -quizá porque aún me quede un poco de valor o de dignidad
o porque esté harta de tus amenazas o, lo que es más probable, porque
ya no aprecio mi vida en nada-, una y otra vez, y otra, pronuncio,
casi grito, ese nombre que no quieres oír: tu nombre. Y mezclada con
mi voz, la tuya: ¡No, eso no. Eso no, antes lo mato!
No tenia idea de que te odiaras tanto, de que me odiaras
tanto, y así era. Me equivoqué.
Por eso, porque me equivoqué, tu amigo Ignacio ahora está
junto a mí, yo le he llamado cuando escuché el disparo. Es él quien ha
llamado a la policía, y quien, atónito aún, sin comprender qué es lo
que está viendo frente a sí, me ha preguntado: ¿qué es lo que ha
pasado?
No podía mentirle, le he dicho la verdad: que has entrado en
el despacho y allí te has encerrado con llave sin mediar palabra
mientras yo repetía tu nombre. Sólo eso. No puedo decirle otra cosa,
esa es la verdad, lo único que yo hacía era repetir tu nombre.
Trata de consolarme sin atreverse a tocarme, sin atreverse a
descubrir, a entender, a comprender. Y yo trato de ocultarle a él, a
ellos, la vergüenza de tu palabras, de tus comparaciones, de tus
insultos, de tu comportamiento. Trato de ocultarles las marcas de tus
golpes, por eso les oculto mi alma.
Antes de que llegara Ignacio, de que llegaran, lo he
intentado. Rápidamente, tengo tanta práctica, me he maquillado a
conciencia, me he puesto un suéter de manga larga, pero me temo que
esta vez no ha servido de mucho. Me temo que no puedo, que no podría
aunque quisiera, honrar tu memoria ocultando mi cara.
Y ahora, aquí, sentada en el salón, vuelvo a pensar que me
equivoqué: todos aquellos que me rodeaban estaban amenazados, todos,
incluso tú.
Miro el periódico que hace unas horas doblaste. No hay
preguntas en el aire, únicamente espero. Espero tranquila a que
amanezca, que amanezca. Que por fin amanezca mi vida sin tu vida.

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[© Indah agosto de 2000]
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fw
06/02/2021 19:36
gracias por los besos. cuidáos mucho. un abrazo

fw
06/02/2021 19:36
aquí seguimos, Mar. sin armar escándalos :-D

Mar
21/01/2021 17:29
Y que os he dejado un poemilla en el Olvidado Jardín. Besos

Mar
21/01/2021 17:24
Holaaaaaa!!! He vuelto a la casa abandonada ¿Hay alguien? Solo vengo a dejaros abrazos imposibles. y

Mar
10/01/2019 12:34
Otro Año, otras vidas... Os deseo a todos que sea Feliiz y que tengamos Salud y Trabajo. Todo con mayúsculas. Y abrazos a capazos.

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