Portada · Noticias · Faq · Contacto · Colabora 19 Mayo 2022 09:16
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© Jesús Duque - El calor del sur
El aire frío de la mañana encogía a Gonzalo. Su capacidad para adaptarse a los climas destemplados era muy limitada. Estaba acostumbrado a la fértil transpiración constante, allá en el sur.

Transitar las calles de Villamagna en pleno invierno resultaba para él un paseo extraordinario. Aún era un joven recién llegado a una tierra extraña. Todo era diferente: las calles empedradas del burgo antiguo, las innumerables iglesias barrocas y renacentistas, los restos de los conventos que susurraban un pasado de mayor lustre. Y también las avenidas de nueva planta, las enormes vías y plazas diseñadas para el tráfico, envolviendo el conjunto de edificios en los que el tiempo quiso petrificarse. En este invierno, la larga tarde de luz que siempre había conocido se acortaba sin remedio.

La Universidad Real de Villamagna era parte del burgo. Las distintas disciplinas se agrupaban en varios edificios de época, según pudieran catalogarse como Humanidades o Ciencias y Técnicas. La Facultad de Historia estaba situada en un antiguo seminario, construido a finales del siglo XVIII. Estaba sobradamente documentado que el seminario se erigió gracias a la generosidad de Carlos III, y a partir de planos de Sabatini, el mismo arquitecto que diseñó parte de los jardines del Palacio de Oriente. En aquellos días, Villamagna agotaba su mejor brillo en una España que durante algunas décadas pareció escapar de su ocaso.

Gonzalo entró en la facultad y atravesó el patio. Allí se había instalado la enorme biblioteca, goce de eruditos. Los bancos de madera junto a las grandes mesas, y la propia piedra del edificio, acentuaban la sensación de frío. En los momentos de distracción se podía dejar vagar la vista por una colección de taxidermia de inexplicado origen. Las piezas coronaban las estanterías en las que se apilaban los volúmenes. Pero no entró en la biblioteca, sino que subió a la primera planta, donde se encontraban las clases de amplios ventanales. En su aula, las ventanas se asomaban a la calle del Cementerio, por la que se llegaba a Cerro Dulce. Allí la vista abarcaba el conglomerado del burgo y la urbe de Villamagna.

Buscó entre la veintena de alumnos que ya esperaban el comienzo de las clases del día. Todavía no ha venido, le dijo alguien.

Aquella mañana fría transcurrió sin interés alguno para Gonzalo. Las clases se desarrollaron lentas, plomizas, a pesar de los escasos tres cuartos de hora que debía durar cada una de ellas. Las voces de los profesores no eran más que un murmullo de fondo, que le ayudaba a concentrarse en sus propios pensamientos. Mecánicamente levantaba la vista hacia la pizarra fingiendo atención, y enseguida volvía a bajar la cabeza, dibujando figuras geométricas en su cuaderno, o grabándolas sobre la mesa.

En los descansos, de quince minutos, salía al pasillo sin querer hablar con nadie. Encendía un cigarro nerviosamente y dirigía su mirada a la bocana de las escaleras. Escudriñaba las siluetas que transitaban por los contraluces; siempre creía que era ella. Pero no apareció en toda la mañana. A veces ella no asistía a clase durante varios días, emprendía un corto viaje o se ocupaba de algún tema que tuviera que resolver con su madre. Procedían de un país sudamericano, allá en el sur, aunque conservaban su DNI español.

A Gonzalo no le apetecía volver a casa, y tampoco quería ver a nadie. Ni siquiera tenía ánimo para distraerse leyendo un periódico, o para continuar la novela que tenía sobre la mesita de noche. Lo que menos deseaba era comer. Sólo el tabaco parecía satisfacerle. Rebajaba su angustia; mirar el humo le hipnotizaba con una rutina en la que era innecesario pensar. Bastaba con chupar y expulsar, sacudir la ceniza y mirar el reloj. Seis minutos. Cada cigarro le duraba seis minutos. Le divertía comprobarlo una y otra vez.

Salió de la facultad sin rumbo fijo, buscando siempre la acera en la que daba el sol. Aquella era la hora de mayor intensidad solar. Seguía fumando, pero no se quitó los guantes. Estuvo unos minutos vagando, hasta que el propio aburrimiento lo llevó a la boca del metro, ya en la parte nueva de Villamagna. Iría a casa. Allí por lo menos no se preocuparía de que la gente notara su cara de funeral. Cuando bajó las escaleras y se detuvo en las taquillas le sofocó el ambiente asfixiante del aire acondicionado. Ahora sí se quitó los guantes, y la cazadora, que puso sobre el brazo. Introdujo su recién adquirido bono-metro ("¡Bonito nombre!", pensó) en el torno de la entrada. Transitó pasillos en penumbra, alicatados con enormes azulejos, y sorteó pequeños charcos de agua filtrada. La suela de sus zapatos se pegaba al suelo, oscurecido por la acumulación de toneladas de comprimida suciedad. Bajó enormes tramos de escaleras mecánicas. Comenzó a imaginar que la presión del aire aumentaba a causa de la profundidad, y que ese era el motivo de su dolor de cabeza.

Llegó al andén. Varias personas aguardaban la llegada del tren, de pie, junto a la línea de seguridad amarilla que no se debía traspasar. "No tenéis espera", les reprochó mentalmente. Gonzalo se sentó en uno de los bancos de piedra que surgían inesperadamente de la pared semicilíndrica del andén. Unos instantes después percibió el murmullo lejano de la máquina y el roce sobre la vía, que el túnel de acceso se encargaba de amplificar. Se levantó y asomó ligeramente el cuerpo sobre el carril. Una luz redonda y amarillenta atravesaba la oscuridad a escasos cincuenta metros de él.

Una hora después abrió la puerta de su casa. Era un piso alquilado para el curso, en una tercera planta, a la que había que subir andando. No había ascensor. El pisito disponía de una cocina minúscula que daba a un ojopatio, un saloncito insuficiente, dos habitaciones pequeñas y un cuarto de baño difícilmente permisible. Pero era muy barato, como correspondía a la economía de un estudiante, sustentada por sus padres y la corta y tardía beca del Estado. Se tumbó en el sofá-cama del salón y cogió el paquete de tabaco.


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fw
06/02/2021 19:36
gracias por los besos. cuidáos mucho. un abrazo

fw
06/02/2021 19:36
aquí seguimos, Mar. sin armar escándalos :-D

Mar
21/01/2021 17:29
Y que os he dejado un poemilla en el Olvidado Jardín. Besos

Mar
21/01/2021 17:24
Holaaaaaa!!! He vuelto a la casa abandonada ¿Hay alguien? Solo vengo a dejaros abrazos imposibles. y

Mar
10/01/2019 12:34
Otro Año, otras vidas... Os deseo a todos que sea Feliiz y que tengamos Salud y Trabajo. Todo con mayúsculas. Y abrazos a capazos.

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