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© Dana Lire - El campanillo de la ermita
Liberto le había pedido a su mujer que no le preparara comida. Pero su mujer era tan tozuda como la Lucera y le había metido en las alforjas un buen pedazo de tocino, un tallo de chorizo y un trozo de cecina. No se le había olvidado la bota de vino recio de Aragón, de ese que vendía el Tiburcio por los pueblos y del que su mujer, la Atanasia, hacía acopio, demasiado, según los cálculos de Liberto.

Después de ver la comida en las alforjas le daba apuro entrar a comer al figón, gastarse los dos duros que le costaría el plato de bacalao amarillento y espeso con la frasca de vino. Pero deseaba con fuerza comérselo, así que un día era un día. Total, ya no pensaba acudir a la otra feria, la de diciembre. Entraría cuanto antes, pues a partir de la una se llenaría el local de trajinantes y no encontraría ni un sitio donde dejar caer su cansado cuerpo.

El figón olía a picante y ajo. Ya estaba más que mediado de gente. Se colocó en una mesa pequeña, detrás de la puerta. Sacó el pañuelo limpio que la Atanasia le había metido en el bolsillo, hecho de lino de su propia cosecha y rematado con unas puntadas largas y desiguales. A la mujer se le daba bien hacer las matanzas y escardar y tejer, pero coser bien sabía Dios que no. Esos remates de su santa madre, esas puntadas que apenas se notaban no las había aprendido la Atanasia, no. Se colocó el pañuelo en el cuello y casi a la vez había aparecido la Engracia con una escudilla llena de tajadas gruesas de bacalao bailando en una salsa grasienta y espesa, donde aparecían buenos trozos de ajo y guindilla sobre el pescado. Colocó una frasca llena de vino y media hogaza de pan blanco y apretado. Liberto sacó su navaja, partió un buen trozo y lo untó en la salsa. ¡Vive Dios que estaba en su punto de picor!

En la taberna se oían exclamaciones sobre el frío que hacía apenas mediado el otoño. Estaba el astro de nevar, se oía. No, si tenía que haberle hecho caso a la mujer y no haber venido a la feria, pero tenía unos corderos que sacarse y el gallinero necesitaba reparación y para eso era preciso comprar tela metálica. Por lo demás no necesitaba de nada, si acaso unas garrafas de aceite porque el estómago se le estontoraba con tanta manteca que la mujer ponía en los guisos y él notaba que cuando usaba aceite se sentía mejor. El caso es que para llegar a casa antes del anochecido debía darse prisa en hacer todos los encargos, incluido una lista de la Atanasia para el buhonero. Andaba la mujer haciéndole el ajuar a la hija mayor que se casaba en agosto, pasada la cosecha, y tenía revueltas a todas las vecinas, bordando y cosiendo sábanas y fundas para los colchones.

La Engracia le trajo una manzana y un vaso con café humeante perfumado de coñac. Acabó de comer, dio a la tabernera diez pesetas, pero le dijo que este año habían subido a doce. Pensó en la comida de las alforjas y se le revolvió un poco el bacalao en el estómago.

Cuando salió a la calle se dio cuenta que, efectivamente, y a pesar de estar sólo a uno de noviembre, esa tarde nevaría. Le entregó la lista al buhonero y le apremió mientras él se acercaba al Santos que andaba en tratos con otros feriantes. Llegaron a un acuerdo con los corderos. Ya empezaba a nevar. Las mujeres recogieron las mantas del suelo con la verdura de la zona dentro, haciendo un gran hato y colocándose bajo los soportales. La tierra de las patatas había manchado las hojas de los grumos y se mojaban las manos con saliva para quitarla, embarrándola más. A una de ellas se le ocurrió que era mejor solución frotarlas con el delantal.

Liberto se dirigió al puesto del buhonero, el cual le entregó un paquete bien atado. Ochenta y dos pesetas. De pronto notó un alivio en el estómago y fue ese el momento en que comenzó a saborear sin remordimientos la escudilla de bacalao que había comido dos horas antes.

Aún se entretuvo en tomar una copa de anís con el Santos para rematar cómo transportar los corderos. Al Santos le gustaba pegar la hebra, así que le ofreció la petaca para que se liara un cigarro, pero Liberto le recordó que aún le quedaban veinte kilómetros para llegar a su casa y comenzaba a nevar.

Eran ya las tres de la tarde. En tres horas se haría de noche. Si el tiempo estuviera bueno, en esas horas estaría ya rozando la finca del Salogral, pero como la nieve arreciara pasaría apuros. Menos mal que había traido el carro, gracias a la Atanasia, porque él se empeñaba en que iría más ligero sólo con la caballería. Colocó el paquete del buhonero en las angarillas, se subió el cuello de la pelliza y se echó encima una manta tapándole la cabeza, ya cubierta con la boína.

A los seis kilómetros, cuando pasaba por delante de la ermita del Humilladero, la nevada arreciaba con tal fuerza que se hacía casi imposible subir la cuesta. La Lucera resbalaba sobre las piedras del camino y el carro daba unos saltos que parecía que se descuartizaría de un momento a otro. Le tiró de las bridas y se bajó. Serían casi las cinco. En menos de dos horas la nieve había llegado a alcanzar quince centímetros. Giró la vista y no vió nada más que un manto blanco cubriendo los montes y las tierras sin frutos. Tranquilizó a la yegua. Volvió a subir al carro, se quitó las botas y se envolvió los pies con el periódico que había comprado en el pueblo. Menos mal que se había puesto las botas que le regaló el señor Manuel y además eran grandes. Si lograban subir la cuesta, el resto del camino era llano. Lo consiguieron, aunque el carro se metió en una zanja y a punto estuvo de romperse el aimón.

Cuando llegó arriba, una gran recta, la que conducía a su pueblo, se extendía completamente cubierta de nieve. Ninguna señal indicaba cuál era el camino. Le quedaba poca luz, mientras no fuera noche cerrada los árboles le irían marcando la ruta, pero después la cosa se presentaba fea.


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fw
06/02/2021 19:36
gracias por los besos. cuidáos mucho. un abrazo

fw
06/02/2021 19:36
aquí seguimos, Mar. sin armar escándalos :-D

Mar
21/01/2021 17:29
Y que os he dejado un poemilla en el Olvidado Jardín. Besos

Mar
21/01/2021 17:24
Holaaaaaa!!! He vuelto a la casa abandonada ¿Hay alguien? Solo vengo a dejaros abrazos imposibles. y

Mar
10/01/2019 12:34
Otro Año, otras vidas... Os deseo a todos que sea Feliiz y que tengamos Salud y Trabajo. Todo con mayúsculas. Y abrazos a capazos.

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