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© Dana Lire - La trompeta de Asdrúbal
Asdrúbal se despidió de sus amigos hasta el día siguiente. Se empeñaban en retenerle para ir a tomar la última a un bar de putas, muy cerca de la ermita del Mirón, pero se negó. Estaba agotado. Había llegado esa misma mañana y el día valía por tres. Había bebido tanto que no recordaba casi nada, pero sabía que había sido un día largo. Y al día siguiente estaba la boda de su amigo, motivo de su visita, después de veintidós años, a la pequeña ciudad. Él seguía soltero y libre con cuarenta años.

Se dirigió a su coche, un último modelo de una reputadísima marca. Rio pensando en la vida que se podía permitir gracias a esa soltería recalcitrante. Por eso y, porque, más listo que el hambre, cuando a los dieciocho años se largó del pueblo, todo fue un prosperar sin fin en un comercio catalán. Quién le iba a decir al hijo del porquerizo, Asdrúbal de nombre (lo más pomposo que poseía él y la familia y que lo debían a una tía que había marchado a servir a Gerona) que un día podría volver a su pueblo con ese coche que quitaba el hipo y la cartera bien repleta de tarjetas de crédito. Claro que su amigo no se quedaba atrás. Se casaba con la hija pequeña del cacique local, y la familia contaba las hectáreas de tierra como él la calderilla. Al ir a introducir la llave en la cerradura apareció ante él el dilema de no saber en cual de las dos meterla. Estaba peor de lo que pensaba (la ginebra de garrafón que servían podría matar a un elefante) así que decidió darse un buen paseo para que se le pasara algo la moña.

Era septiembre, mes de las bodas en la pequeña ciudad, cuando ya se ha recolectado el trigo y la familia puede dedicarse a los preparativos con la satisfacción del deber cumplido y la cartilla de la Caja bien repleta de números con ceros a la derecha. No es que a la futura familia del amigo de Asdrúbal eso le importara mucho. Tampoco importaba ya demasiado a los agricultores, toda vez que las máquinas hacían en cuatro días, ellas solas con un hombre arriba, lo que antes ocupaba el mes de agosto a toda la familia. Pero la sociedad conservadora de la pequeña provincia mantenía también esa costumbre.

Se rebulló en su chaqueta, metió las manos en los bolsillos, y esforzándose para caminar lo más recto posible, comenzó a hacerlo sin saber muy bien hacia donde. No conocía apenas la pequeña ciudad. En los dieciocho años que permaneció en la provincia habría venido a ella tres veces, y las tres al médico especialista del Hospital. Evitó lo que suponía el centro y descendió por una ronda ancha y cuesta abajo que rodeaba la iglesia de Santo Domingo. Esa sí la conocía bien, pues la primera vez que estuvo en la capital, su madre, a la que por entonces ya veía él vieja, pequeña y enjuta, le había llevado para que rezara y viera a las monjitas, aunque fuera de lejos. Y la impresión que le hizo ver tres bultos negros de rodillas, con la espalda doblada sobre el suelo y los brazos estirados, igual que se colocan los musulmanes para rezar de cara a la Meca, le hizo soñar varias noches y despertarse empapado en sudor.

Nadie paseaba a pesar de que la noche era todo lo cálida que las noches suelen ser por esa tierra, pero muy agradable. Sólo alguna que otra motocicleta cabalgada por jovenzuelos subían la cuesta con toda la velocidad que permitía el pequeño motor, chocando el ruido con los muros del convento. Les dedicó los pensamientos "cariñosos" que acostumbraba en estos casos y les deseó feliz viaje... Mientras caminaba se iba fijando en el único escaparate de la ruta. Le pareció que estaba en un piso, hasta darse cuenta de que había que subir unas escaleras, pegadas a la acera, para llegar a él. Seguía viendo doble, pero ya comenzaban a juntarse las visiones y hasta era capaz, haciendo un esfuerzo, de enfocar. "Acordes", leyó. Vaya, sí, parecía una guitarra lo que veía desde abajo. Subió las escaleras y se detuvo ante el escaparate. Instrumentos musicales. Teclados, una bandurria, un pequeño tambor, una dulzaina, un contrabajo ocupando buena parte del escaparate, clarinetes y… ¡no podía ser! Instintivamente tocó el bolsillo de atrás del pantalón y notó el pequeño bulto de una boquilla de trompeta que durante más de veinte años llevaba con él. Lo que veía allí, en aquella esquina, era su vieja trompeta. Se frotó los ojos pensando que el alcohol le estaba jugando una mala pasada. Sacó unos lentes y con ellos puestos, acercando mucho la cara al escaparate, se fijó bien. Era su vieja trompeta Amati de latón pulido y repulido una y mil veces. Pero… ¿cómo había ido a parar allí su trompeta?

En unos segundos pasaron un tropel de recuerdos ante él. El terceto que formaban Pepe –el que se casaba al día siguiente- Aurelio y él. Un pequeño grupo que formaron cuando contaban trece años para tocar en las fiestas patronales de los pueblos y sacarse unas pesetillas con las que invitar a las muchachas a vino con gaseosa y almendras recién tostadas por el Avelino, que vendía desde una canasta tapada con un saco para que no se enfriaran. Durante cinco años no pararon, de un pueblo a otro, con sus bicicletas primero y después con una moto-sidecar que lograron adquirir a buen precio al veterinario. Volvió a fijarse. En la parte de debajo de la campana tenía una señal que nunca logró quitarle, un arañazo profundo. Era ella. Algo pasó por su cabeza, un impulso imposible de controlar. Bajó las escaleras, cogió un adoquín medio suelto y lo lanzó contra el cristal que se desmoronó hecho añicos.


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Breves
Amigo, no de mí, sino de lo mío, lléveselo el río.
Mini Charla
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fw
06/02/2021 19:36
gracias por los besos. cuidáos mucho. un abrazo

fw
06/02/2021 19:36
aquí seguimos, Mar. sin armar escándalos :-D

Mar
21/01/2021 17:29
Y que os he dejado un poemilla en el Olvidado Jardín. Besos

Mar
21/01/2021 17:24
Holaaaaaa!!! He vuelto a la casa abandonada ¿Hay alguien? Solo vengo a dejaros abrazos imposibles. y

Mar
10/01/2019 12:34
Otro Año, otras vidas... Os deseo a todos que sea Feliiz y que tengamos Salud y Trabajo. Todo con mayúsculas. Y abrazos a capazos.

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