© El éxito
Publicado por fw el Julio 22 2008 17:20:19
Un día Él se me apareció en un sueño y me dijo:

-Tienes dos opciones: esforzarte y llegar hasta arriba, o conformarte con la tibia mediocridad de la mayoría, sin tener que pasar los sufrimientos necesarios para la grandeza (ambos sabemos lo que significa para ti en este momento). Siéntete libre, la opción es tuya y sólo tuya.

-¿Y qué me aconsejas? ¿qué es lo que está bien para vos?

-Lo que tú quieras, la única regla que tengo que seguir es la de no interferir en el libre albedrío... y no puedo desafiarla, así que elige ahora.

-Pero..¿.y si no me decido en este momento? ¿por qué no tengo tiempo para una decisión tan difícil? Y... ¿por qué yo? ¿POR QUÉ YO?

-Espera. Ponte a pensar un momento. ¿qué es lo que dicen todos? "oh, ojalá hubiera podido elegir... pero ya estoy viejo/ ella ya se ha ido para siempre/ nunca volveré a tener la oportunidad de mi vida/ etc... y ahora que tienes la posibilidad... ¿no la usas?

-Bueno, es que... elegir da miedo- le respondí un tanto cohibido (después de todo... ¡estaba hablando con El Señor!).

-Claro que sí, es natural.- dijo, acariciándome la mejilla con delicadeza.

-... Sin embargo, tienes que escoger ahora mismo. Tengo órdenes directas, no estoy autorizado a otorgarte más tiempo. La decisión debe ser YA.

-De acuerdo, elijo el camino difícil. Voy a convertirme en el mejor. Sí, Padre, ayúdame a ser más grande que nadie.

-Eh, espera un momento... - me dijo medio serio - ¡no tanto, eh! Te falta mucho para ser como yo, o como cualquiera de Nosotros.

Esa respuesta escarchó la sangre en mis vasos por unos instantes, en que ni siquiera pude sentir miedo.

Entonces Él comenzó a reír. Fue una risa tan tierna e inocente que me la contagió.

Y allí nos quedamos los dos, Dios y yo, riendo un rato como niños.


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Los sueños, los anhelos más profundos, dan sentido a la existencia. Además pueden ser muy provechosos. Siempre y cuando intentemos trasladarlos a la realidad, claro. De lo contrario, sólo será un recuerdo lleno de melancolía para cuando seamos ancianos.

"Oh, qué hermoso hubiera sido aprender a tocar el violín. Pero jamás podré saberlo con certeza, puesto que no lo intenté."

Seguramente, billones de personas han tenido idéntica sensación de fracaso relativo cuando el final de sus vidas se acercaba.

Sin duda, el camino fácil es el de la pereza. Así pasan los días uno tras otro, con pequeñas alegrías y pequeños sinsabores, hasta que acaban. Otra de tantas otras vidas ignoradas.

Pero escribo esto para demostraros que el fracaso no es inevitable.



A la corta edad de 18 años, tuve ese sueño que cambió mi vida. En realidad ahora tengo la certeza de que no fue sólo un sueño. Ocurrió, en otra realidad o plano dimensional, estoy seguro.

Al pasar el tiempo, cada vez estaba más convencido de que me encantaría ser orfebre. Jamás lo había pensado antes, pero sin ninguna razón aparente ese deseo creció, insuflándome ánimos por primera vez desde que tengo memoria. Bueno, tal vez la razón haya sido Drëas. La hermosa mademoiselle que robó mi aliento, dueña de mis pensamientos día y noche, me dijo en la única ocasión en que tuve el valor de conversar con ella, que lo que más amaba eran las joyas, además de su (taimado) novio.

Mas todo fue distinto cuando decidí contarles de mi deseo a mi familia y amigos.

Sin disimular, todos rieron, diciéndome que aunque había hecho muchas bromas, ésa había sido la mejor en mucho tiempo. Sólo después de asegurarles que ése era realmente mi mayor deseo, se veía en su expresión facial lo que realmente opinaban.

Por supuesto, nadie daba un céntimo por mi futuro. Excepto Méiríni, mi vecina, la única mujer que me veía como alguien agradable. De hecho, vivía intentando conquistarme. Su permanente dulzura para conmigo ya me había empalagado, me había aburrido hacía largo tiempo, pero ella perseveraba, seguía buscándome una y otra vez. Ella sí me apoyó, pero honestamente, no influyó en mi ánimo.

A pesar del poco apoyo, el desaliento no frenó totalmente mi anhelo. Compré un trozo de bronce, un estilete, una tenaza, un martillo y un buril... ya estaba listo para comenzar.

Para qué aclararlo. Un fracaso absoluto, bajo todo punto de vista. La idea original era simple: un anillo (¡sólo eso, un vulgar anillo!).

¿Qué podía hacer? Yo, un fracaso absoluto en todo, había fracasado una vez más. Ninguna novedad. Mi proverbial torpeza, mi sempiterno mal humor, mi falta de voluntad, jamás me habían dado una sola posibilidad de éxito, ¿por qué iba a ser diferente en esta ocasión?.

Ya que no había estropeado todo el bronce, una aburrida tarde de lluvia intenté otra vez revivir esa artificial pasión que había nacido muerta, como un ternero clonado fallidamente.

No parecía tan difícil. Tomando el bronce con la tenaza, procuré aplanarlo delicadamente con el martillo, pero al no obtener resultados, me desesperé y comencé a propinarle recios golpes, uno tras otro, como un Monje Inquisidor poseso suministrándole el "castigo divino" a un pobre poeta.

El resultado final: un puñado de virutas amorfas e inservibles. Muy bien, me dije; esto no es lo mío, renuncio. Nunca podría obsequiarle a Drëas una joya para ganarme su amor, así que ni siquiera valía la pena hablarle. Tendría que quedarme con Méiríni, casarme con ella, sería minero como todos mis antepasados desde que Gales es Gales, y moriría resignado.

Ya nada parecía valer la pena verdaderamente. Fue entonces que tuve ese sueño.



"EL SUEÑO".

Cuando el primer rayo de sol se filtró por la ventana, me levanté de un salto, sonriendo, con esa sensación en el estómago (sé que me entenderéis, todos la tuvimos alguna vez).

Compré con todos mis ahorros treinta trozos de bronce, y comencé mis intentos.

Intento número 1: desastroso.

Intento número 2: aún peor, francamente una calamidad. (Pero... la semilla había sido plantada).

Intento número 3: al menos no desmenucé el bronce. Oh, sí. Acabo de recordar que lo hice.

Intento número 4: fue milagroso. El estilete tallaba, bailoteaba de un lado a otro como si tuviera voluntad propia, formando un equipo perfecto con el buril.

El resultado fue una aceptable gargantilla lisa, nada mal, excepto que mi intención era un anillo.

Seguí intentando, practicando, mejorando de a poco encerrado en el granero, sin salir ni siquiera para comer. Hubiera enfermado de no ser por Méiríni, que me traía agua y guiso hecho con sus propias manos.

De a poco, mi falta total de habilidad manual iba dejando de ser total.

Luego de decenas de pulseras, diademas, aros, brazaletes y colgantes, logré hacer el anillo que tenía en mente. Mi seguridad acerca de mis límites -mejor dicho, de la ausencia de éstos- en ese punto era tal que me permití grabar las palabras "Para Ti" en la cara interna (me hubiese gustado algo un poco más elaborado, pero... era un anillo, no un libro).

Salí del granero el 16 de octubre, después de una semana de trabajo ininterrumpido. Era la conmemoración del Día del Reino, por lo que todos en el pueblo estaban reunidos en la Plaza de la Iglesia, obviamente incluida Drëas.

Se me antojó el contexto ideal para regalarle el objeto que simbolizaba mi nueva vida.

Ya no sentía miedo, ni nervios. Una resplandeciente confianza brotaba de mi ser, como un aura casi palpable por los que se encontraban cerca de mí; mi intuición y mi fe coinciden en que fue un remanente de mi encuentro personal con el Supremo.

Recuerdo todo perfectamente. Esa noche Drëas estaba más bella que nunca, con un delicado vestido gris, que combinaba con sus ojos; los cabellos, del color de las brasas encendidas, recogidos con sutileza por una hebilla de una calidad que yo ya superaba con creces.



Cuando ya estaba cerca de ella, quedó mirándome con un semblante singular, mixtión de perplejidad, fascinación y algo de agrado.

-¿Por qué me ves así?- le pregunté en un tono que inconscientemente reflejaba mi "nuevo yo".

-Pues no... es que...- respondió dubitativa, al parecer bastante intimidada.

- No pensé que vendrías ahora. Bueno, en realidad, te noto distinto, más... atractivo.

Eso me sonó extraño, mas cuando comprobé que me miraba de arriba abajo, lo entendí: luego de tomar un baño, salí habiendo olvidado ponerme la camisa, dejando al descubierto mi nada despreciable musculatura. Quizá eso tuvo relación con el hecho de que el resto de los vecinos me prestara tanta atención, pienso ahora.

Comprendí en un instante lo que estaba pasando, y elaboré al punto un plan.

-Oh, ¿así que crees que sólo soy un objeto sexual? Para que lo sepas, ¡también tengo sentimientos!- le dije simulando estar ofendido.

En ese momento distinguí a pocos pasos de mí a esa muchacha rubia cuyos ojos verdes parecían intentar derretirme con su mirada embelesada. Comencé en ese momento la mejor jugada que jamás podría haber hecho.

Ignorando completamente a la extrañada Drëas, me acerqué a Méiríni, la miré a los ojos sonriendo y le entregué el anillo, besándola suavemente. Después de todo, se lo merecía; y estaba muy bonita, debo reconocerlo.

Mientras, Drëas se consumía de celos, sintiéndose más y más atraída hacia mí, al punto que ni siquiera se había enterado de que su (futuro ex-) novio le estaba hablando.

Cuando no pudo soportar más, se acercó al lugar donde Méiríni y yo estábamos abrazados e intentó llevarme, asiendo mi antebrazo derecho. Asimismo, el otro estaba siendo aferrado con una tenacidad descomunal por mi blonda amiga.

Terminemos esto, me dije.

-Creen que voy a elegir, ¿no?- pregunté. Ninguna sabía qué contestar.-Bueno, todo parece indicar que entre las dos opciones... elijo la número tres.

-¿Cuál? ¿Cuál es? preguntaron al unísono, visiblemente ansiosas.

-Voy a quedarme con ambas- dije sonriendo, sintiéndome más feliz que nunca.

El resto es historia. Mi habilidad con los materiales preciosos creció al ritmo de mi prestigio. A la corta edad de 20 años, compré un duomo en la ciudad de mis sueños, Roma, despidiéndome para siempre de Swansea; además, cambié mi nombre a uno más artístico, puesto que Lew Branninhs ya no era acorde a mi actual persona.

Así me convertí en Sotirio Bulgari, el orfebre más joven, rico, talentoso, exitoso (y modesto) del mundo. Pero sobre todo, me hizo muy feliz el tener dos esposas maravillosas.

Como veis, mi vida cambió totalmente, gracias al esfuerzo y la dedicación. No deseo dejar definida una moraleja, más bien considero mi historia un testimonio non-aethereum del cual pueden sacarse las conclusiones que cada uno desee.

¿Cómo? ¿Queréis ser más felices y exitosos que yo? Pues inténtenlo.

Adopten el sueño que yo tuve como propio, ya que la elección que Dios me dio en ese momento, en realidad la había tenido siempre conmigo.

Pues, ¿estáis listos para un pequeño secreto? VOSOTROS TAMBIÉN LA TENÉIS.

El Señor, y Nosotros, confiamos en ti. Si lo deseas de verdad, lo lograrás...