© Jose Puentes - Navidades blancas: Adolf versus Oscar
Publicado por fw el Julio 04 2008 22:07:19
La neblina, las nubes o aquello que fuese que techaba la llanura helada se mantenía flotando a poca altura sin llegar al suelo. Su color no era propiamente gris, pero se asemejaba, o acaso fuese un pálido reflejo de lo que de antaño recordaban sus mentes.

En un rincón del suelo unas huellas que parecían venir de ninguna parte terminaban en un montículo con forma de sillón modernista todo él de hielo seco. Allí sentado estaba alguien solitario vestido a la usanza decimonónica del Londres de fin de siglo. Pelo largo algo revuelto y un rostro displicente de nariz casi femenina, que no paraba de mirarse, ahora los pies, después las manos, más tarde el borde de su gabán, hasta que una aparición interrumpió su ensimismamiento.

Del lado contrario de donde procedían las primeras huellas se acercaba un hombre de mediana estatura, erguido, con andar firme y al principio decidido. Llevaba un traje de chaqueta cruzada, corbata y pantalones de raya perfectamente planchados. Su pelo era corto y dejaba un flequillo que atravesaba en diagonal su frente como si se lo hubiesen pintado con betún negro. Debajo de su nariz un bigote corto y de cepillo precedía a la boca firme y cerrada. A pocos pasos del otro dudó un instante, se paró y dijo con una voz apesadumbrada:

—¿Otra vez usted?

—Ya lo ve, Herr Adolf. Es mi sillón. Casi diría que él es yo y yo soy él, —respondió Oscar Wilde tratando de disimular una sonrisa burlona que pugnaba por aparecer en su rostro.

—Mr. Oscar, ¡ese es mi trono! El único asiento en esta inmensidad lechosa y fría ¡es mío! ¿Es qué no se ha fijado en esas esvásticas curvas que adornan la terminación de los brazos?, ¡son las de mi Reich! —y su respuesta tronó a lo largo y ancho de la llanura sin devolver ningún eco.

—No se ponga así —respondió condescendiente Oscar Wilde—. Esos signos son mucho más antiguos que usted y su Reich. Sin ir más lejos, en mi Irlanda abundaban en piedras de lo más arcaico...

—Siempre olvido que no es usted inglés. ¡Qué desgracia la mía! —Su rostro mostró una decepción infinita y se habría puesto rojo si tuviera sangre en las venas. —Antaño creía que ««si tras mi muerte me hallara, junto a personas como yo, en una especie de olimpo, sentiría que me hallaría en el lugar adecuado. Estaría en compañía de los espíritus más ilustrados de todos los tiempos»». No podrían faltar los ingleses, arios como nosotros. ««Son de una impertinencia sin precedentes, esos ingleses. Pero eso no es obstáculo para que los admire»». Pero irlandeses...

—Yo también le aprecio, Herr Adolf..., pero aunque no inglés sí he sido uno de los espíritus más ilustrados de todos los tiempos, acaso más ahora que antes, dadas las circunstancias. Sin embargo, no puede pedir usted todo. Comprendo que los admire pues yo no he dejado de hacerlo a pesar de su hipocresía y del mal que me hicieron al final de la vida. Si no inglés, siempre me he considerado británico. —Contestó Oscar Wilde con un deje de orgullo. —Pero ni se me pasó por la cabeza que usted pudiera haber creído alguna vez en Dios o en otra vida.



—Si se refiere a esas «nimiedades judías del Antiguo Testamento»» puede estar seguro de que no. Desconozco como otros «puedan haberse visto conducidos a tal situación por la mugre judía y las estupideces de los curas»», pero nunca he negado la existencia de un ser supremo o de una providencia. —Y continuó con el semblante transfigurado. —««¿Qué Dios es ese al que sólo le agrada ver a los hombres humillados ante él? Intente plantearse el sentido del siguiente embuste, que es bastante simple. Dios crea las ocasiones de pecado. A continuación, y con ayuda del demonio, logra que el hombre peque. ¡Y entonces se sirve de una virgen para traer al mundo un hijo que con su muerte redimirá a la humanidad!»»

—¡Qué curioso! Por primera vez sus palabras tienen eco... ¿No escucha como se alejan y parecen volver rebotadas? —Respondió Oscar Wilde, mientras abría los ojos de forma exagerada.

Hitler y Wilde permanecieron un momento en silencio hasta que los últimos murmullos desaparecieron en aquella gélida inmensidad.

—A mí —continuó Oscar Wilde —, ««la religión no me servía de consuelo. La fe que otros tenían en lo invisible, la tenía yo puesta en lo visible y en todo aquello que se puede tocar. Mis dioses habitaban templos construidos con las manos y dentro del círculo de mi experiencia, mi credo era perfecto y completo, quizá demasiado completo, porque al igual que otros que han situado su paraíso en la tierra, yo he encontrado en él no sólo la belleza del paraíso, sino el horror del infierno también.»»

—Mr Oscar, ««El dogma cristiano se ha desgastado ante los avances de la ciencia. La religión cada vez tendrá que hacer más concesiones. Los mitos se van desintegrando de modo gradual. Y lo único que queda es probar que en la naturaleza no hay fronteras entre lo orgánico y lo inorgánico. Ahora que la comprensión del universo se ha difundido ampliamente, ahora que la mayoría de los hombres saben que las estrellas no son fuentes de luz, sino mundos, acaso habitados como el nuestro, la doctrina cristiana será tachada de absurda.»» —Añadió Hitler, con la mirada de un visionario.

—No esté usted tan seguro, —le cortó Wilde. —No sé que le llevó a pensar así, pero yo ««consagrado en otro tiempo por entero al placer, procuré huir de todo sufrimiento y amargura. Como odiaba el dolor, resolví ignorarlo mientras me fuera posible, tratarlo como algo imperfecto, lejano a mi ambiente.»»

—¿Y acaso no es así? —Intervino Hitler.



—««No le concedí el menor resquicio en mi filosofía»», —continuo Wilde sin prestarle atención. —««En realidad el dolor es una revelación, ya que se comprenden cosas que antes no habían podido comprenderse. En general, considera uno la Historia desde un punto de vista diferente. Lo que del arte había podido vislumbrarse oscuramente a través del instinto, se entiende intelectual y emocionalmente con una perfecta claridad de visión y una intensidad absoluta de conocimiento. Ahora comprendo cómo el dolor, la emoción suprema de que es capaz el hombre, es, al mismo tiempo, prototipo y piedra de toque del arte más sublime.»»

Hitler paseaba frente a Wilde, erguido, con los andares de un guardia delante de su garita, unos metros hacia un lado, media vuelta y otros tantos hacia el otro. Gesticulaba sólo cuando él tenía la palabra. Mientras las nubes, o lo que fuesen, seguían su curso sobre sus cabezas con un suave balanceo que recordaba el oleaje de un mar puesto del revés.

—Y ahora me hablará usted de amor, del prójimo y de todo ese ««galimatías judío»». Pero le aseguro —dijo Hitler levantando el dedo, —que ««el cristianismo ha alcanzado la culminación de lo absurdo. Y por eso llegará el día en que su estructura se venga abajo. La ciencia ya ha empapado a la humanidad. En consecuencia, cuanto más se aferre a sus dogmas el cristianismo, más rápidamente decaerá.»»

—Verá usted, Herr Adolf, ««recuerdo haber hablado una vez de esto con uno de los seres más hermosos que he conocido en mi vida: una mujer cuya simpatía y bondad hacia mí, lo mismo antes que durante la tragedia de mi encarcelamiento, son inexpresables. Ella me ayudó, sin darse cuenta, a sobrellevar la carga de mis pesares como nadie en el mundo, y por el solo hecho de existir, solo por ser lo que es: en parte un ideal y en parte una influencia: una sugerencia de lo que uno podría llegar a ser tanto como una ayuda efectiva para llegar a serlo; un alma que purificaba el aire y hacía que los valores espirituales pareciesen tan sencillos y naturales como el mar o la luz del sol; alguien para quien la belleza y el dolor iban de la mano y tenían un fin idéntico.»» —E insistió Oscar Wilde, mientras Hitler parecía ponerse más nervioso. —««En la ocasión a que me refiero recuerdo perfectamente haberle dicho que había suficiente sufrimiento en una callejuela de Londres para demostrar lo poco que Dios ama al hombre, y que dondequiera que hubiese aflicción, aun nada más que la del niño que llora en cualquier rinconcillo por una falta que puede o no haber cometido, la Creación entera quedaba desfigurada. Estaba equivocado, y ella me lo dijo; pero entonces no quise creerla. No había llegado todavía a la esfera en que dicha fe puede ser alcanzada.»»

—¡Tonterías!, Mr. Oscar —respondió Hitler con vehemencia—, ««no es posible aferrarse mucho tiempo a principios que el progreso del conocimiento ha demostrado que son falsos. Me equivocaría si acusara de mentiroso a un hombre que creyera firmemente en el mundo aristotélico o tolemaico, pues su elección no tenía otra alternativa. Pero un hombre que aún crea actualmente en esa antigua concepción del mundo ciertamente es un mentiroso. La ciencia no se mantiene inmóvil. En mi opinión, una de las virtudes de la humanidad es su capacidad para rechazar una falsedad probada.»»



—No sé si me llama usted mentiroso o si delira. ¡La ciencia, la ciencia!, Herr Adolf, la ciencia no prueba la nada y jamás lo hará —le dijo Wilde desdeñosamente—. Hay cosas que sólo el corazón puede probar. ««Ahora me parece que el amor, cualquiera que sea su categoría, es la única explicación posible de la enorme cantidad de sufrimiento que existe en el mundo. Por mi parte, no concibo otra explicación. No creo que haya otra, y si el mundo ha sido, en efecto, construido con amargura, también lo ha sido por manos amorosas, porque solo de esta manera puede el alma humana, para quien el mundo ha sido creado, alcanzar la plenitud de su perfección.»»

—««Si pasados mil o dos mil años la ciencia llega a la necesidad de renovar sus puntos de vista, ello no significará que la ciencia sea mentirosa»», Mr. Oscar —contestó Hitler—. ««La ciencia no puede mentir, pues siempre está pugnando por deducir según el estado de los conocimientos del momento, cuál es la verdad. Cuando se equivoca lo hace de buena fe. Es el cristianismo quien miente. Está en perpetuo conflicto consigo mismo.»»

—Yo, Herr Adolf, ««advierto una relación mucho más íntima e inmediata entre la verdadera vida de Cristo y la verdadera vida del artista, y es para mí una gran alegría pensar que, mucho antes que el dolor se hubiese apoderado de mis días y me atase a su carro, había yo escrito, en "El alma del hombre", que quien pretenda vivir una vida igual a la de Cristo, ha de ser completa y absolutamente Él mismo»». —Afirmó Wilde. —No ha sido siempre así ni lo es, pero no dudo de lo que dije y menos ahora, aunque parezca oscuro o misterioso.

—Usted no sabe de lo que habla, —intervino Hitler. —««Debería leer lo que dijo al respecto Juliano el Apóstata –aunque sería mejor hablar de Constantino el Traidor y de Juliano el Leal–. Originariamente el cristianismo no era sino una encarnación del bolchevismo destructor. De todos modos el galileo a quien más tarde llamarían Cristo pretendía algo muy distinto. Hay que considerarlo un dirigente popular que aprovechó su posición entre los judíos. Galilea era una colonia en la que probablemente los romanos habían instalado a legionarios galos, y es seguro que Jesús no era judío. La falsificación decisiva de la doctrina de Jesús fue obra de san Pablo. Se entregó a esta labor con sutileza y planteándoselo como una proeza personal. Pues el objetivo del galileo era liberar a su país de la opresión judía. Se opuso al capitalismo judío, y por eso los judíos lo liquidaron.»»

—Acaso no sé de lo que hablo, —contestó Wilde mirando fijamente a Hitler a los ojos, —pero usted delira o me cuenta un batiburrillo de ideas ajenas, sin sentido. ¿Dirigente, Jesús? Está claro que desconoce que el cristianismo es la única de las grandes religiones que no fue creación de un príncipe. De un humilde artesano, o acaso campesino galileo, sí. Y no tendría importancia si era judío o no, si usted pensase algo más antes de hablar o si hablase por sí y no por bocas ajenas. En el fondo no me extraña que le cueste creerlo, porque ««es para mí todavía algo increíble que un joven campesino galileo se imagine que pueda llevar sobre sus hombros todo el peso del mundo: el peso de cuanto hasta entonces se había hecho y sufrido, y de cuanto se tendría que hacer y sufrir: los pecados de Nerón, de Cesar Borgia, de Alejandro VI, del que fue emperador de Roma y sacerdote del Sol...;»»



—««No creo para nada en la autenticidad de ciertas imágenes en curso acerca de los emperadores romanos. Estoy seguro de que Nerón nunca incendió Roma. Fueron los cristiano-bolcheviques quienes lo hicieron, del mismo modo que la Comuna incendió París en 1871 y los comunistas pegaron fuego al Reichstag en 1932.»» —Soltó Hitler en medio del discurso.

—Y siguió Wilde, sin inmutarse ante la interrupción, —««...el peso de los sufrimientos de aquellos que forman legión y que tienen su morada entre los sepulcros, las naciones oprimidas, los niños que trabajan en las fábricas, los ladrones, los reclusos, los proscritos, aquellos que enmudecen bajo la opresión y cuyo silencio solo Dios comprende. Y no solo imaginó, sino que lo realizó de tal suerte que, en el momento actual, todos aquellos que se ponen en contacto con Él, aunque no se inclinen ante sus altares ni se prosternen ante sus sacerdotes, comprenden que les será borrada la fealdad de sus pecados y revelada la belleza de su sufrimiento.»» Y usted no fue una excepción, Herr Adolf. Quiso salvar su imagen de Cristo haciéndolo ario y antijudío. Quizá haya olvidado cuando fue, pero es incapaz de hablar mal de Él, sólo lo tergiversa.

Hacía un buen rato que Hitler había dejado de caminar como un centinela, delante de Oscar Wilde, para hacerlo en un círculo perfecto alrededor del sillón, con las manos a la espalda y el rostro cada vez más alterado. Pero las últimas palabras le hicieron acelerar el paso y subir el volumen de su voz.

—««El cristianismo puro, el de las catacumbas, se preocupa por llevar al campo de los hechos la doctrina cristiana; lo que conduce, sencillamente, a la aniquilación de la humanidad. No es más que bolchevismo puro bajo oropeles de metafísica.»» —Y continuó Hitler. —««Si los judíos lograron destruir el imperio romano, fue porque san Pablo transformó un movimiento local ario de oposición a la judería en una religión supratemporal que postula la igualdad de todos los hombres entre sí y su obediencia a un solo dios. Sus ideas igualitarias tenían lo necesario para ganarse a una masa compuesta por innumerables personas desarraigadas. Mientras la sociedad romana mostraba su hostilidad a la nueva doctrina, el cristianismo en su estado más puro llevó a la población a la revuelta. Roma fue bolchevizada, y en Roma el bolchevismo produjo exactamente los mismos resultados que posteriormente en Rusia.»»

—Lo cuenta como si lo hubiera vivido —dijo Wilde, con una mueca burlona en los labios. —Tiene tan asumida esa historieta que es incapaz de escapar de ella. Herr Adolf, a usted que tanto admira a griegos y romanos, sus "arios" de un pasado glorioso, le aseguro que al menos ««Cristo cuenta entre los poetas. Shelley y Sófocles son hermanos suyos... Pero su misma vida es el más maravilloso de los poemas, y nada hay, en todo el ciclo de la tragedia griega que pueda igualar "el temor y la piedad" de esta vida. La absoluta pureza del protagonista le eleva a una altura tal del arte romántico, en la que quedan excluidos, por su mismo horror, los sufrimientos de Tebas y de la raza de Pelop. Y esa pureza muestra asimismo lo erróneo del axioma expuesto por Aristóteles en su "Tratado del drama", y que sentaba que no era posible soportar la vista del castigo de un inocente. Ni en Esquilo ni en Dante, austeros maestros de la ternura; ni en Shakespeare, el más puramente humano de todos los grandes artistas; ni en todos los mitos y leyendas célticas, en los cuales la gracia del mundo brilla a través de una niebla de lágrimas, y la vida de un hombre no vale más que la de una flor,...»»



—¿Por qué tendría que valer más? ««¡Qué más da que sea el hombre el que mata al tigre, o que sea el tigre el que mata al hombre!»» —Intervino Hitler. —««El más fuerte se impone: es la ley de la naturaleza. El mundo no cambia, sus leyes son eternas.»»

—««...no hay nada que, por su conmovedora sencillez, unida a la sublimidad del efecto trágico de que nace, no hay nada que pueda igualarse, ni siquiera aproximarse, al último acto de la Pasión de Cristo.»» —Siguió Wilde sin hacer caso a su interlocutor. —««La cena con sus discípulos, uno de los cuales le había ya vendido por el precio de unas monedas; la angustiosa espera en el jardín silencioso, bañado por la luz de la luna; el amigo perjuro que le traiciona con un beso; aquel otro, todavía fiel y sobre el cual podría edificar, como sobre una roca, un lugar de refugio para el hombre, y que le niega en el momento en que empieza el gallo a cantar, al amanecer; su entera soledad, su sumisión que todo lo acepta, aquella escena en que el gran sacerdote de la ortodoxia desgarra con furor sus vestiduras y el magistrado de la justicia civil –su "ario" Pilatos– lava sus manos con la vana esperanza de que desaparezca de ellas la mancha de la sangre inocente que hará de él una siniestra figura de la Historia; la penosa ceremonia de la coronación, la más maravillosa en la crónica de los acontecimientos; la crucifixión del Inocente ante los ojos de su Madre y del discípulo amado; la soldadesca jugando a los dados sus vestiduras; la muerte pavorosa que ha legado al mundo un símbolo eterno; su enterramiento en el sepulcro del rico, su cuerpo envuelto en un lienzo ungido de especias y de aromas costosos, como lo hubiera sido el del hijo de un rey.»»

—Acaso fuese el hijo de un rey galo establecido allí por los romanos, —interrumpió Hitler.

—No diga tonterías, Herr Adolf. Aunque usted no crea, tendría que admitir que ««si contemplamos todo esto desde el punto de vista del arte exclusivamente, debemos agradecer que el supremo ministerio de la Iglesia sea el de representar la tragedia sin efusión de sangre, por medio de la representación mística de la Pasión, del diálogo, de las vestiduras y hasta del gesto. Para mí, es siempre una fuente de dicha y de temor el recordar que la última supervivencia del coro griego, perdido de cualquier otro modo, para el arte, radique en la presencia del acólito que ayuda al sacerdote en la misa.»» —Contestó Wilde con cierta vehemencia.

La nubosidad que estaba justo sobre sus cabezas se iluminó levemente, poco a poco mientras ellos hablaban. Se hizo un círculo más tenue como si aquella se estuviese volviendo traslúcida, pero el fenómeno no les alteró lo más mínimo y ninguno de los dos miró hacia arriba.



—««El cristianismo es un invento de mentes enfermas. La actual Iglesia no es más que una sociedad anónima hereditaria para la explotación de la necedad humana.»» —Respondió Hitler. —««No cabe imaginar algo más carente de sentido ni un modo más indecente de convertir la noción de divinidad en una burla. Empecé a perder cualquier respeto a la humanidad cuando me percaté de que había personas de nuestro bando, ministros o generales, dispuestas a creer que sin las bendiciones de la Iglesia no podíamos triunfar. Semejante idea sólo es excusable en niños pequeños a los que no se ha enseñado otra cosa.»»

—¡Niño! ¡No queda más remedio que ser niño, Herr Adolf. Durante mi encarcelamiento ««había perdido mi nombre, mi posición, mi felicidad, mi libertad, mi fortuna. Era un recluso, y era un pobre, pero me quedaba mi bien más preciado: mis hijos. Y de pronto la ley me los arrebata.»» —Wilde calló unos segundos y se encogió, como si el dolor lo atravesase de nuevo. —««El golpe fue tan terrible, que me quedé como aturdido. Me puse de rodillas, incliné la cabeza, lloré y dije: "El cuerpo de un niño es como el cuerpo del Señor; ya no soy digno de ninguno de ellos". Y ese momento fue sin duda el que me salvó. En ese momento comprendí que sólo me restaba aceptarlo todo. Y desde entonces, por extraño que esto parezca, fui feliz, pues había llegado hasta lo más hondo de mi alma. Había mostrado ser su enemigo en muchos respectos, y la encontré esperándome como un amigo. Al entrar en contacto con el alma, uno se vuelve otra vez niño, y esto es lo que uno ha de ser, según las palabras de Cristo. Él vio en los niños el modelo que debemos intentar copiar. Él los dio como ejemplo a los hombres.»»

—Mr. Oscar, usted se humilló en la cárcel y yo, en parecidas circunstancias, en Landsberg, fortalecí mi voluntad y mi orgullo. ««Nunca llegué a estar en tratos personalmente con la mentira cristiana. Para mí fue una gran satisfacción sentirme completamente ajeno a ese mundo.»» —Respondió Hitler. —««Creo que la naturaleza otorga la victoria al que sabe servirse del cerebro que le dio la naturaleza. Es posible que usted encuentre horrible esa ley natural que exige que todos los seres vivientes se devoren entre sí. La mosca es engullida por una libélula, a ella misma se la traga un pájaro, que a su vez es víctima de uno más grande. Y éste, envejeciendo, se convierte en presa de microbios que acaban con él. Los microbios encuentran también el fin que para ellos está previsto. La vida individual no debe ser estimada a un precio demasiado elevado. Si el individuo tuviera importancia a ojos de la naturaleza, ella se encargaría de preservarlo. Del mismo modo que el cuerpo vuelve a ella, el alma y la mente migran. Entre los millones de huevos que pone una mosca, pocos llegan a buen término, y sin embargo la raza de las moscas está floreciente.»» ¡Es la supervivencia de la raza lo que importa!



—Escuchándole casi desearía uno que hubiese tenido razón, Herr Adolf, y se hubiese usted reencarnado en huevo de mosca una y otra vez hasta la desaparición absoluta de la especie de ese insecto. Pero la desgracia de su vida fue sin duda el orgullo, ««y me atrevería a afirmar que, en la vida como en el arte, la rebelión obstruye los caminos del alma y no deja penetrar en ella el aire de los cielos.»» —Le contestó Wilde. —««Durante mi estadía en la cárcel de Wandsworth, llegué incluso a desear la muerte. Morir era mi único deseo. Y cuando, tras permanecer dos meses en la enfermería, me cambiaron de sitio y mi salud física fue poco a poco mejorando, bramaba de rabia. Hice el propósito de suicidarme el mismo día de mi liberación.»» Pero después cambié, como le dije. Usted renegó de su dolor. Se quitó la vida y perdió la oportunidad de conocer lo que yo aprendí en mi último año de cárcel. ¡La raza, la especie..., todo eso son necedades sin importancia!. Lo importante es la persona. ««La humildad, como eceptación artística de todas las experiencias, es, sencillamente, un modo de expresión. Lo que busca siempre Cristo es el alma del hombre. Le llama "el Reino de Dios" y la encuentra en cada uno de nosotros. La compara con cosas nimias, con una semilla minúscula, con un puñado de levadura, con una perla. Para comprender la realidad del alma, hay que desprenderse de todas las pasiones extrañas, de toda la cultura adquirida, de todos los bienes exteriores, ya sean buenos o malos. Ha habido gentes que han intentado hacer de Él un filántropo corriente o que le han clasificado como un altruista, entre los ignorantes y los sentimentales. Pero no fue realmente ni lo uno ni lo otro. Es cierto que su piedad fue inmensa para los pobres, para los recluidos en cárceles, para los humildes y desgraciados; pero siente mucha más piedad por los ricos, por los hedonistas empedernidos, por los que sacrifican su libertad y se convierten en esclavos de las cosas, por los que visten finas ropas y viven en regios palacios. Sus riquezas y el placer le parecen realmente más trágicos que la pobreza o el dolor. Cuando dice: "Perdonad a vuestros enemigos", no lo dice sólo por amor al enemigo, sino por amor hacia uno mismo y porque el amor es más bello que el odio. En el ruego que formula al joven rico: "Vende todo lo que posees y dáselo a los pobres", no piensa en la situación de estos, sino en el alma del joven, en el alma que está a punto de ser corrompida por la riqueza. No dijo nunca a los hombres: "Vivid para los demás", les indicó que no había diferencia alguna entre las vidas de los otros y nuestra propia vida. De este modo dio al hombre una extensa y titánica personalidad. Desde su venida, la historia de cada individuo por separado es, o puede llegar a ser, la historia del mundo.»» Ya supongo que es esto lo que le molesta, Herr Adolf, pero no puede cambiarlo culpando a san Pablo de lo que no tiene culpa.

En el círculo sobre sus cabezas ya había desaparecido casi por completo la nubosidad y ahora se veía un cielo negro y cubierto de infinidad de estrellas. Permanecieron ajenos al fenómeno y siguieron su conversación. Hitler se paró y dio un fuerte pisotón en el suelo que retumbó a lo lejos.

—Cada vez se parece más su discurso, Mr. Oscar, al de un clérigo, y no lo soporto. ««Cuando un cura nos presenta como concepción de la divinidad su versión mediocre del hombre, apenas añade nada a nuestro conocimiento del creador. La gran ambición de la clerigalla es y ha sido siempre socavar el poder del Estado. Es un reptil inmundo que asoma la cabeza allí donde hay un signo de debilidad del Estado, y por ello debería ser pisoteado al instante.»» —Respondió Hitler, cada vez con un tono de voz más alto. Mientras, a través del suelo helado que le rodeaba fueron apareciendo multitud de manchas que poco a poco se convirtieron en rostros que le miraban. —««Cuando uno considera de cerca la religión católica, no puede dejar de percatarse de que se trata de una combinación de hipocresía y agudeza en los negocios increíblemente taimada, que manipula con habilidad consumada la arraigada afición de la humanidad a las creencias y supersticiones que sostiene. Es de lo más evidente que si la Iglesia solamente siguiera las leyes del amor y sólo predicase el amor como medio de inculcar sus preceptos morales, no hubiera sobrevivido mucho tiempo.»» Nunca pretendí que se debieran resucitar viejas religiones, pero ««el mundo antiguo tenía sus dioses, a los que servía. Y los sacerdotes, interpuestos entre los dioses y los hombres, eran servidores del Estado, pues los dioses protegían a la ciudad.»» ¡Esas eran unas verdaderas religiones emanadas del pueblo!

—Herr Adolf, veo que a pesar de los años no ha perdido del todo su poder de convocatoria.. —Dijo Wilde, con un tono condescendiente y casi burlón, mientras observaba los centenares de rostros que estaban a los pies de Hitler, rodeándolo con expresión de curiosidad —Pero ««los dioses griegos, pese al tono blanco y rosado y a la agilidad de sus armoniosos y flexibles miembros, en realidad no eran lo que parecían ser. El arco de la frente de Apolo parecía el disco solar cuando en el crepúsculo domina una colina, y sus pies las alas de la mañana; pero el mismo había sido cruel con Marsias, y había robado los hijos de Niobe. En los ojos acerados de Atenea no apareció ningún destello de piedad para con Aracné; la pompa y los pavos reales de Hera constituían cuanto esta diosa poseía de verdaderamente noble, y el mismo padre de los dioses había amado en demasía a las hijas de los hombres. Del taller del carpintero de Nazaret surgió una personalidad infinitamente más grande que cualquiera de las creadas por el mito o la leyenda, una personalidad que estaba destinada –aunque parezca extraño– a revelar al mundo el sentido místico del zumo de la vid y las bellezas reales de los lirios de los valles como nadie la había hecho nunca ni en el Citerión ni en Enna.»» ¡Sus diosecillos "arios" no merecen la pena!

Cuando Hitler, alterado por la ira, iba a contestar, un fuerte resplandor surgió sobre sus cabezas. Al mirar hacia arriba vieron una brillante estrella justo en el centro del agujero entre las nubes. Todas las demás parecían haber desaparecido y comenzó a escucharse una música lejana, una melodía que a los dos se les hizo conocida, pero que a uno alegró y al otro sólo consiguió enfadar más.



—¡Maldita sea! —dijo Hitler. —Siempre que he visto ese resplandor esperaba una esvástica flamígera en los cielos como anuncio del porvenir, pero esa me trae el recuerdo de lo que más abomino. ¡Y esa música...!

—¡Usted y su esvástica! Mira que tiene mala memoria, Herr Adolf. —Le dijo compasivamente Oscar Wilde. —Todos los años tenemos esta reunión en la misma fecha, en la Navidad, y siempre aparece la estrella un instante sobre nosotros recordándonos el nacimiento de Jesús, y usted no ceja en esperar lo mismo. ¡Nunca cambiará!

—Nunca he conseguido llegar al trono antes que usted. —Contestó Hitler secamente y con pesadumbre, mientras daba la vuelta y volvía sobre las huellas de sus propios pasos. —Ya es hora de marchar y de seguir el peregrinaje por esta eterna llanura. ««Siempre odié la nieve. Ahora ya sé por qué. Era un presentimiento»».

—Ya le dije que este sillón era yo mismo. —En cuanto Oscar Wilde se levantó el butacón de hielo se esfumó en el aire—. Sepa, aunque no le sirva de consuelo, que a donde yo vuelvo tampoco tengo ningún asiento. Usted soñó antaño con un olimpo de los espíritus más ilustres de todos los tiempos, pero yo le aseguro que conozco a alguno de esos allí y no se ha perdido usted nada por no estar en su compañía. Al fin y al cabo usted es, al menos en parte, una terrible consecuencia de lo que algunos de nosotros fuimos, o quisimos ser, en los dos siglos que le precedieron...

Hitler no se molestó en contestar y siguió su marcha erguido sin volver la vista, mientras, toda aquella cohorte de rostros en el suelo parecía seguirle cual sombra gigante. Arriba, el resplandor creció y las nubes siguieron abriéndose según ellos se alejaban. La melodía continuó con intensidad a la vez que la parte del yermo que quedaba justo debajo del cielo estrellado comenzó a reverdecer y a llenarse de flores.

© Jose Puentes. Nadal de 2006.
NavyTales, v.2006


P.D.: El texto que va entre «« »» procede, respectivamente según el personaje, de "Las conversaciones privadas de Hitler", y de "De Profundis" de Oscar Wilde.