© El sueño de Arrowed
Publicado por fw el Julio 22 2008 17:18:19
Y Arrowed le contó que aquél día la puerta no cerró bien y esto le fastidiaba. Hubiera preferido no tener que volver a cerrarla; volvió sobre sus pasos y dio un portazo. Siempre saliendo, su vida se había tornado en un continuo salir, en una huida inacabable. Cada vez más deprisa, cada vez sintiendo más cerca, a su espalda, la prisión, el hedor húmedo y blando del calabozo. Nunca quiso huir pero era necesario. Había que abandonar el nido caliente y mortecino, la estabulación definitiva. Más la vida se preveía dura y agreste. Se sintió un conejo, como un pequeño conejo de granja, acostumbrado a tener el calor y la comida seguros. Ahora todo había cambiado y no había seguridad ni calor, solo miedo a una muerte prematura en un lado y, en el otro, terror a lo desconocido, a la soledad, a tener que valerse por sí mismo. Siempre en compañía, no conseguía hacerse a la idea de estar solo, irremediablemente solo como todos... como se nace se muere – pensó -, y eso no lo puede cambiar nadie. Arrowed necesitaba vivir.

Sintió que debía ser valiente y respiró profundamente. De un impulso, y solo por él, salió a la calle y se dirigió a su librería favorita. Pensó comprar un libro, tener por poco dinero un amigo grato, que le contara historias desconocidas y amables. Poco a poco, con parsimonia, fue revisando todas las estanterías, historia, filosofía, antropología, poesía... novela histórica; al final se decidió por una novela de Marguerit Yourcenar, una escritura que narraba los hechos históricos noveladamente pero con exactitud y tras una profunda investigación. "Memorias de Adriano", ¿resultaría el personaje tan plano como algunos que conocía de otras novelas históricas? Al fin y al cabo era normal, la Yourcenar no tendría la culpa, con una base tan rígida como el hecho histórico, crear un personaje redondo, con contrastes, era casi imposible; incluso su admirado Umberto Eco no lo había conseguido en "El Péndulo". Ojeó la novela y le pareció muy extensa... ¿seré capaz de leerla completamente? - se preguntó - pues últimamente había abandonado sin decoro la lectura de algunas de ellas, como los caramelos que se prueban y se desechan sin consumirlos porque su sabor no gusta o resulta extraño al paladar, o quizás porque el estómago o la lengua están estragados del excesivo sabor de la vida.

No lo pensó demasiado y con un ansia tranquila compró la novela. Ya sabía cual iba a ser su plan para el sábado. Volvería a casa, se podría cómodo y leería unas cuantas horas.

Notó su propio perfume y se recreó en olerse... Juncusfield, ¡qué placer!, qué aroma más agradable producía al evaporarse desde la piel, un olor suave y sofisticado, permanente, que le hacía sentir seguro... sonrió tristemente, ¡qué ridículo! sentirse seguro simplemente por un perfume... tuvo la sensación de que solo lo apreciaba porque era caro.

El día se preveía tranquilo, sin altibajos, una tarde de amable lectura, luego cenar y a dormir. Pero su destino no había previsto una jornada así y las cosas comenzaron a complicarse. Al llegar a su casa descubrió con sobresalto que había perdido la cartera. Seguramente me la he dejado en la librería - pensó angustiándose por momentos -, pues en ella llevaba todo el dinero del que disponía para sus gastos corrientes. Si no la encontraba no podría salir el resto del mes y solo era día quince... ¡Dios mío! - exclamó -, me voy a preguntar a la librería. Y volvió corriendo sobre sus pasos.

Afortunadamente la cartera estaba allí, en el cajón de la vendedora. Muy amable, se la entregó sin pedirle demostración de que era el propietario. No preguntó, solo le extendió una encantadora sonrisa y al entregársela rozó su mano con los dedos. El se impresionó, hacía tiempo que nadie le demostraba tan abiertamente su interés... ¿acaso eran imaginaciones suyas?, posiblemente sí. Sin esperar a comprobarlo, salió lo más rápido que pudo de allí.



Al llegar a su casa lanzó el libro sobre el sofá, se desnudó y se enfundó en un pijama; hacía tiempo que los utilizaba de seda para estar por casa... eran tan cómodos y tan suaves. Cogió un trozo de chocolate y se sentó en el sofá. Comenzó a leer y a las pocas páginas se durmió.

No fue tan difícil como pensaba y sin embargo no comprendió por qué sentía aquella angustia lejana, irreconocible... como una vieja amiga a la que se ve todos los días pero se tiene la sensación de no conocer nunca.

Fue después, mucho después, cuando el infierno se desató. Una base de angustia que sirvió de sustento a aquel sufrimiento enorme. Los redondos tejados de la estación, una estación sin trenes, le saludaron mientras atravesaba lentamente las viejas vías sin objeto, sembradas todas ellas de cenizos.

Más abajo, cerca del pretil del puente, un grupo de muchachos saltó la valla y se dirigió hacia el campo de fútbol. Seguramente un campo de fútbol no debe tener margaritas, pero aquel las tenía. Unas margaritas altas y vitales que se cimbreaban con el suave vientecillo de la mañana. Su blanca corola se mecía y remecía siguiendo un extraño vaivén. Sus tallos se alargaban y se encogían rítmicamente y sus pétalos desprendían un aroma especial, como a vainilla.

Arrowed se vio sumergido en aquella danza. Bailaba con las margaritas, sudaba y bailaba compulsivamente con los muchachos formando corro a su alrededor. Girando y girando sin cesar. Todos portaban coronas de cardo corredor que lastimaban sus sienes. Poco a poco el sudor que bañaba sus cuerpos desnudos se fue transformando en sangre. El líquido caliente recorría sus miembros y brotaba continuamente de su frente. La sangre, unas veces roja y otras verde, cambiaba de color lentamente y había momentos en los que formaba un arco iris cuyos colores fluían y se ondulaban sin orden. Los colores olían a azul. Eran azules.

Los pretiles del puente se arquearon y formaron una bóveda de piedra que transcurridos unos instantes se fue haciendo transparente, de cristal. El sol ya no lo era y sobre la bóveda cristalina refulgía una enorme luna de rostro cuarteado.

La enloquecida danza continuó y el círculo de muchachos, ahora pintados de azul, fue estrechándose. Arrowed comenzó a sentirse dulcemente asfixiado. El azul se desprendía de sus cuerpos y penetraba por su nariz. La sangre del arco iris envolvía su cuerpo y se mezclaba con la suya propia. Miles de margaritas blancas envolvían su cabeza y desde la cúpula de cristal era iluminado por una luz pálida y espectral.

Todos juntos estaban dentro de un remolino que ahora se desplazaba rápidamente a lo largo del cauce del río. Por su lecho, seco hacía años, corrían rápidas corrientes de piedra, cantos rodados de diversos tamaños y colores, que se arremolinaban y formaban pequeñas olas pétreas que no rompían.

En el llano estéril seguían floreciendo margaritas, cada vez más abundantes, cada vez más altas y blancas; tanto que reflejaban la luz como millones de espejos. Todos arremolinados, en un torbellino de color, del arco iris, y la atmósfera penetrada por mil rayos de luz.

Arrowed se sintió bañado por esa luz, que poco a poco comenzó a quemarlo, con un calor cada vez más intenso, más insoportable... y despertó.