© Olé Torero
Publicado por fw el Julio 22 2008 17:13:44
Un toque de trompeta y la puerta de los toriles se abre, dando paso en rauda carrera a un animal hermoso, de prestancia y trapío que tras una pequeña recorrida a la arena, se detiene dudoso ante la multitud que aplaude su salida.

Uno de sus ayudantes le muestra el capote y como tocado por una vara eléctrica, Mandingo le embiste.

Miguel Domínguez toma un vaso de agua y con la prestancia y soltura dada por los años de experiencia, toma su capote y sale al ruedo a efectuar el primer lance.

Nuevos aplausos colman el redondel de la monumental.

Le muestra el capote al animal y este como la vez anterior embiste pasando muy cerca de su cuerpo, mientras él con elegancia efectúa el pase. El toro cabecea algo pero seguidamente da la vuelta colocándose en posición de lucha.

Cuatro… Cinco pases más, para demostrarle al animal que él es quien manda en la arena y seguidamente la música anuncia la entrada del picador.

El ruido no parece distraer a Mandingo, quien ansioso busca al hombre que varias veces le ha burlado, pero Miguel ya está dentro del burladero esperando la faena del picador.

Allí embiste el animal colocando su cabeza y pitones en la madera que le separa del torero como retándole a que salga nuevamente.



El rojizo del capote de uno de los ayudantes distrae su atención y engañado por la furia de su linaje, embiste directamente quedando frente al sillín del picador y el caballo protegido para evitar la hiriente punzada de sus cuernos.

La pica llega a su destino y se incrusta en la humanidad de Mandingo, quien ahora enardecido por el dolor causado por la vara se pega al caballo y mueve amenazadoramente la cabeza buscando herir al causante de este.

La sangre va emergiendo por la herida y el picador diestro en su trabajo de toda la vida, punza detenidamente como el doctor que abre en el sitio indicado para efectuar una intervención importante; rápidamente los ayudantes vienen en auxilio del toro más que del picador y este deja su tortura y se encamina nuevamente a la embestida pero se tropieza con el segundo picador que le espera tranquilamente con la vara preparada.

Pero esta vez la lucha no es tan desigual y el empuje del toro que choca con fuerza sobre el costado del caballo hace trastabillar a este.

El jinete sorprendido por la acción se descompone en su montura y olvida por unos segundos su labor de picar para mantener el equilibrio y no caer a la arena a merced del toro enardecido.

Un nuevo embiste y el caballo pierde su compostura y cae de costado a la arena. Su jinete, cual trapecista de circo, se lanza a tierra buscando el amparo del burladero mas próximo.

Ahora los ayudantes vienen en auxilio del picador y no del toro, quien frenético intenta atacar al animal indefenso que desconcertado por la ceguera producto del tapaojo huele el peligro que le acecha.

Mandingo detiene su ferocidad ante el caballo, tal vez intuyendo que es otro instrumento como él dentro del ambiente, y se rebela contra uno de los ayudantes que sorprendido trata de efectuarle un pase, pero la cornamenta arranca el capote de sus manos; el toro con cabeceos arriba y a los lados intenta quitarse la tela que le cubre parcialmente la cara.

Casi frente a él, Miguel puede palpar la bravura del cuadrúpedo y pide con un gesto de su mano que se dé por terminada la suerte.



Tiene enfrente al animal que le reta con mirada amenazadora a una lucha en la que la igualdad de condiciones físicas debe prevalecer.

Puede sacarle mucho partido a Mandingo pero corre también el peligro que le pueda cornear, pero es el riesgo de la profesión y está cansado ya de vencerle sobreponiendo sobre el temor que yace oculto: el coraje.

Una nueva embestida de Mandingo tropieza con la madera y le sobresalta ya que por unos momentos había perdido de vista al animal.

Acepta el reto y toma un par de banderillas para efectuar la próxima suerte.

Mandingo se ha alejado un poco y ahora se encuentra en el centro del ruedo mirando a ambos lados, buscando en la arena a su antagonista que parsimoniosamente, con las banderillas en las manos, da pequeños salticos muy cerca de los burladeros, buscando llamar la atención del toro, que al verlo no embiste de inmediato sino que con sus pezuñas araña la arena como dándole a entender a Miguel que ya le ha visto.

La suerte que efectuará lo sabe él, es quizás la más peligrosa del arte de lidiar.

Allí lo tiene enfrente, sé la verá cuerpo a cuerpo sin capote para burlarlo, su traje de luces será el punto al que atacará el animal.

La banda toca nuevamente, el matador efectuará una suerte que no le corresponde.

Normalmente no se aventura a banderillear aunque lo hace bien, ya que sabe que es un riesgo innecesario, allí en su cuadrilla están Rafael y Antonino que son banderilleros de profesión y lo hacen mejor, pero enfrente tiene un animal especial y este es uno de esos momentos.

Sus salticos cortos finalizan cuando el toro arranca buscando su presa.

Unos pocos pasos apresurados a la izquierda, luego otros a la derecha con la vista fija en su enemigo que tal vez saborea el triunfo antes de tiempo.

Un ligero quiebre de cintura buscando burlar los pitones de Mandingo y un salto corto a la izquierda con las banderillas adelante.

El animal cae en el engaño y solo pocos segundos le son suficientes a Miguel para clavárselas en el sitio indicado.

Siente rozar su cuerno izquierdo muy cerca del estómago.

Él ha seguido la carrera en dirección contraria a la del animal por lo que esto le gana tiempo para cubrirse en el burladero pero no lo hace, desafiante contempla a Mandingo darse la vuelta y levanta los brazos al publico que le ovaciona largamente.

El ataque de la bestia llega tardío y ya Miguel se seca el sudor con un pequeño pañuelo blanco lejos del acoso de este.

Los ayudantes siguen efectuando su tarea y las siguientes banderillas se las da a Antonino, quien cansado de efectuar la misma suerte durante años las coloca con la facilidad de la experiencia.

Cambio de suerte nuevamente.



Miguel toma la muleta y tras dedicarle la faena al público sale al ruedo.

Mandingo no se ha desesperado esperándole, está allí con una pequeña baba resbalándole por la boca, producto del cansancio, pero está entero, fuerte, bravo…

Sabe que la batalla decisiva la librará en los minutos que siguen.



Da una pequeña vuelta por los lados de la banda y seguidamente embiste a Miguel, que con la muleta le espera dándole un pase de pecho con la mano derecha para rematar de vuelta con otro con la mano izquierda.

Ovación ante la introducción de lo que puede ser un gran espectáculo.

Miguel sabe que ya no es un joven, pero su condición física es excelente, es algo delgado, pero sus muñecas poseen la fuerza adquirida en la dura brega con los toros.

Lleva a Mandingo al centro del ruedo y da unos pases más que remata con un molinete alejándose del campo de acción del astado.

La sangre le hierve ahora.

Están solo ellos dos, el público solo es parte de la lidia.

Sus nervios se han ido templando a cada pase dado, sabe que debe llevar el mando aunque Mandingo con la nobleza del buen ejemplar criado para estas artes le pelea este favor.

Rodilla en tierra espera pero el toro distraído mira hacia los toriles.

Miguel mueve su muleta, cual alas de pájaro, buscando llamar la atención del toro que al parecer luce cansado por el trabajo realizado.

Nuevo embiste que Miguel adorna con una media verónica y la música invade el redondel.

Las gargantas van afinando su grito de guerra y a cada nuevo pase el “olé torero” se cuela entre las notas musicales.

Por dentro del lente de la cámara de televisión que va tomando la faena, imagina ver el rostro preocupado de su esposa pegada a la pantalla, con una presión heroica dentro del pecho a cada embestida del animal.

Ahora se sabe dueño del espectáculo.

Mandingo ha bajado su ritmo de ataque, producto de la pérdida de sangre progresiva de su herida y le mira con cierto aire de perdón, buscando que finalice lo más pronto su acto.

Pero el show se encuentra en la cumbre.

Miguel tiene muchos recursos para extraer de la bestia ese extra necesario que puede separar su actuación de una buena faena a una excelente.

Lo deja descansar un momento mientras hace cambio de espadas, que es seguido de un murmullo de desaprobación del público.

El toro indolente les mira de un lado a otro preguntándose hasta cuando serán saciados los ánimos.



Un segundo aire y Miguel se encuentra sorpresivamente con el ataque directo, fuerte y salvaje de Mandingo quien no se encuentra aún vencido.

Pasa muy cercano a sus costillas con vuelta de casi trescientos sesenta grados apoyado en el lomo del toro, que es seguido de aplausos y olé.

Miguel está un poco fatigado por el esfuerzo constante del enfrentamiento a una bestia que pesa más de seis veces los kilos que él tiene distribuidos en su anatomía.

Está fatigado de estar en la lidia, de ver cuernos amenazadores acechándole hasta cuatro tardes a la semana.

De encontrarse encerrado en el callejón oscuro de su obligación y pasión.

Últimamente ha estado desganado en otras presentaciones, porque los animales han sido un poco mansos y broncos, pero hoy se siente rejuvenecido nuevamente.

Mandingo le ha sacado desde el fondo, el resplandor oculto que le ha llenado durante años.

Ha sido el mejor oponente en muchos años, el enemigo necesario para vislumbrar las realidades de la existencia que va cambiando al paso de los años y va moldeándose agrupando dentro de sí los inolvidables ratos, como el de ahora.

Un pase mirando las tribunas y el grito asombrado de los concurrentes ante la osadía de su acción.

Allí están inyectados del líquido alucinógeno de la pasión, saboreando en sus estómagos y embotando sus mentes de cada pase, de cada suerte, de cada osadía suya y tomando al animal como instrumento de desahogo a pasiones escondidas.

Su temple está por encima de esas pasiones, no está allí para satisfacerlas sino para satisfacerse.

En el fondo sabe que es un acto hasta cierto punto brutal, el de lidiar toros, pero en su sangre hierve esa fiebre, está atrapado en ese mundo de luces. No es tan brutal como ir a la guerra aunque se luche por lo mismo: la vida.

Está embriagado del placer de triunfar, de salir a hombros, del grito histérico de la multitud que le aclama.

De tomar la bota de sus compañeros y absorber, cual esponja, el jugo etílico del alcohol como parte de la celebración, de aspirar el humo de los tabacos en las fiestas posteriores y de caminar por las calles de la ciudad sintiéndose orgulloso que algún chico le detenga preguntándole:

-¿Es usted Miguel Domínguez?

-Sí hijo.

-Cuando sea grande seré un gran matador como usted.

-Sí.

Esa ha sido su vida y aunque no espera sea su muerte, en ella está sumergido sin ansias de salir.



Su mente recuerda muchas plazas: Madrid, Alcalá, Sevilla, México, Algeciras, Zaragoza, Nimes, Maracay… En todas ellas ha sido protagonista de grandes faenas.

Su figura ha paseado a lo largo de varios continentes, enfrentándose a un gran número de bestias y al acoso expectante de las multitudes enardecidas que siempre quieren más que lo que la humanidad puede darles.

El pitón salvaje de la res le ha marcado en varios sitios pero como desafiando a la existencia, a cada nueva cornada, regresa con el espíritu máximo de los dioses en procura de la venganza en otro toro.

Mandingo no representa para él eso.

Es el animal noble que lo ha hecho elevarse a la columna mas alta de su pasión, que le ha subliminado y reinflado haciéndole ver que el cansancio solo es necesario a la hora de la muerte, cuando ya exhausto de vagar, en él ultimo suspiro descansa para siempre el cuerpo.



Lo llama de perfil con la muleta en su diestra y el animal obedece pasando por su lado y rematando corriendo la muleta en el lomo, mientras que con la izquierda le palmea como recordándole que todavía falta mucho.

Una banderilla le ha rozado el costado pero no le ha hecho daño, su traje está un poco manchado de la sangre del noble bruto.

Mandingo impulsado más por las ansias que por las condiciones físicas, no quiere darle un segundo de descanso.

Una y otra vez le ataca y es burlado por el arte depurado de este.

La canción de guerra ha sido elevada de volumen, ahora es un eco flotante en las fronteras de la plaza.

Miguel toma de frente su muleta e intenta efectuar una Manoletina pero el engaño no es suficiente y Mandingo en un arranque instintivo de animal herido logra alcanzar con su cabeza el cuerpo del torero.

Él siente el frío del pitón que le recorre una pierna y le hace trizas el traje de luces a la altura del muslo.

Se siente catapultado por el empuje de la embestida y arrastrado por el suelo del redondel mientras que el olé se transforma en un grito de angustia en las gargantas.

El animal cabecea intentando tomar revancha a su cansancio, buscando que su pitón entre en el camino correcto para que su enemigo con la vida sesgada quede recompensado por su acto de temeridad.

Tres y hasta cuatro ayudantes se le abalanzan al toro buscando quitarle la presa, que aunque no parece tener nada de peligro, puede encontrar la muerte en otra embestida.

Mandingo con el olor a sangre en su pitón se le encima a Rafael buscando una nueva víctima, pero este logra efectuarle buenos pases que le distraen el suficiente tiempo para que Miguel se levante del suelo y contrariado camine hacia el burladero a buscar una nueva muleta, picado por la furia de haber sido revolcado y levemente herido.

La angustia pasa entonces y el aplauso al torero se siente nuevamente.



La música ha acallado sus notas y Miguel en el centro del ruedo, con el pantalón rasgado desafía nuevamente a Mandingo.

Este le contempla sin misericordia y con la pezuña rasga la arena para recordarle que ahora quien manda en el ruedo es él.

Pero un revolcón no es suficiente para vencer su tesón y Miguel quiere borrar la impresión de este, por lo que con la muleta en la misma posición intenta nuevamente la suerte que le costó el susto.

Esta vez el engaño si es suficiente y Mandingo no logra atraparlo.

Un pase de pecho, dos de rodillas y uno sentado en los palos son suficientes para que se anime nuevamente la tarde.

Está cansado pero tiene ese extra de los iluminados, el que le bastó al toro para revolcarlo.

Nueva faena con la muleta rematada con giraldillas y pases bajos.

Girondinas y Manoletinas repetidas y el sabor a sangre que la arena chupa.

Toma su espada y la descubre de la muleta con ansias de terminar la faena.

Silencio absoluto mientras se acomoda para dar la estocada definitiva.

Mandingo sin embargo no se aquieta, embiste nuevamente y en un pase apresurado con la muleta Miguel le esquiva.

Puede darle unos pases más antes de acabarle.

Coloca nuevamente su espada tras la muleta y le da una nueva oportunidad al toro de demostrar su bravura.

Un nuevo pase de pecho.

La música nuevamente va a deleitar los postreros momentos de la faena.

Ya los pañuelos se agitan alrededor de la plaza pidiendo desde ya unas orejas a la presidencia de esta.

Un pase intentando una media vuelta pero Mandingo con el instinto asesino característico de los animales de su raza levanta la cabeza y logra alcanzar nuevamente la humanidad del torero.

Ahora el pitón si reposa en un sitio seguro.

Mas abajo del pecho, casi al final de las costillas.

El sabor a sangre llega hasta su boca.

Se ve por segundos levantado y dejado caer en tierra.

En un supremo esfuerzo enrolla su cuerpo y lo cubre con sus antebrazos.

Gritos histéricos, carreras de un lado a otro.

No solo los ayudantes sino también los otros matadores han corrido en su ayuda.

Fotógrafos corriendo de un lado a otro buscando retratar el absurdo momento.

La camilla lo saca a la carrera camino a la enfermería.

Siente un dolor inmenso en su pecho, con ojos casi cerrados va viendo los rostros de los concurrentes ahora.

Casi llorosos, angustiantes.

A su lado uno de sus hermanos con lágrimas en sus mejillas.

Su manejador le espera en la enfermería.

Por unos segundos su inconsciencia queda relegada.

Mira al médico y a quienes lo rodean.

-Ha sido una gran faena. ¿Verdad doctor?

-Sí. Una de las mejores.

Sus ojos se cierran camino a la muerte.

Aun escucha los aplausos en la última feria de Sevilla, las orejas de la feria madrileña, la apoteosis de las noches malagueñas, los olé salidos de las gargantas de los millones de personas que le vieron.

Puede palpar en su pecho las lágrimas dejadas en él por su esposa, que gracias a la magia de la televisión ha contemplado sus últimos momentos.

Afuera uno de los alternantes da muerte a Mandingo que es ahora arrastrado hacia el exterior del ruedo.

Una gran tarde para un gran torero y para un bravío animal que en el absurdo de la vida tuvieron que toparse con sus destinos para acabar cada uno con sus lauros.
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