© EL MATADOR DE GONZALO FISCHER
Publicado por fw el Julio 22 2008 17:13:00
Un anillo de oro, algunas fotos rescatadas de un cajón olvidado, un colchón despellejado por el ácido y un nombre garabateado en un registro de la morgue, son las únicas pruebas visibles que avalan la interrumpida existencia de Gonzalo Fischer.

Los que lo conocieron —y no han sido pocos—, siempre habían conjeturado para él una muerte de oropel y de éxtasis, no esa muerte atroz e incongruente con los encumbrados hábitos que habían regido su vida. Los que lo conocieron, jamás se atrevieron después a rastrear el misterio de su muerte: tal vez a causa de una frívola aversión; tal vez, para no tapar con el corrupto presente los encendidos pasados que lo habían elegido como principal hacedor.

Las fugaces mujeres que lo compartieron, empecinadas en tejer recuerdos, adoptaron desde entonces la costumbre de reconstruir, en sus sincronizadas reuniones, sus deliciosas predilecciones que lo inmortalizarían por un tiempo. Algunas añoraban su humor frenético y evasor; otras, las libertinas utopías con las que él las había adormecido, abriéndoles una momentánea puerta a un paraíso de humo; otras, las menos afortunadas, el amor despechado, la entrega inútil, los despiadados rechazos que transformaban sus pasiones en vergüenza. Todas, las interminables noches en su residencia de generosas fiestas a puertas abiertas, que jamás lograban superar a las de puertas cerradas.

Sus amigos de turno, cuando la envidia no les trababa la memoria, conseguían a veces recrear alguna onerosa aventura a la que él los había empujado. Una sola aventura quizá, pero que conjugaba todas las aventuras soñadas por los hombres. Los privilegiados que más tiempo permanecieron con él —puesto que Gonzalo Fischer medía sus relaciones a plazos fijos y no con perpetuidades sentimentales—, se jactaban de haber sobrevivido a una segunda aventura. Nunca, sin embargo, se atrevieron a enfrentar una tercera.

Todos ellos, hombres y mujeres, aventureros y resentidos, amadas y desdeñadas, pronto empezaron a inventar al asesino que había puesto fin a esa indomable existencia cuyas premisas se burlaban impunemente de los inculcados esquemas del mundo.

—Un emulador que no pudo ser como él —se revelaban los envidiosos.

—Un ladrón —proponían los amantes del sentido común.

—Un marido celoso —juraban los aventureros.

—Una mujer —deseaban las despreciadas.

—No quiero hablar de eso —protestaban las tejedoras de recuerdos.

Muchos asesinos desfilaron en esa galería mental; muchos, de infinitos rostros y propósitos, hasta que el tiempo, asesino también, los borró a todos con el olvido. Los años destiñeron la imagen de Gonzalo Fischer, convirtiéndola en una sombra lejana, erosionando su aspecto hasta hacerlo indescifrable. Los que lo veneraron no tardaron en sepultarlo en la resignación. Los que lo envidiaron, pronto lo reemplazaron con otras imperfecciones. Los que no murieron, simplemente lo olvidaron. Al final, ya nadie recordaba a Gonzalo Fischer.

Nadie, excepto Sandra Fouchard.

Se afirma que el tiempo no admite desvíos ni digresiones, que una repetición exacta de algún hecho pasado o un futuro conviviendo con el presente, terminarían por anularlo. Existen, sin embargo, dos espacios rebeldes e inmunes a los rectilíneos caprichos cronológicos: el recuerdo, que enjaula al tiempo en una recurrente sucesión de momentos, y la ilusión, que lo coloca siempre un paso más adelante. Para Sandra Fouchard, estos dos anacronismos opuestos respondían a un mismo principio: Gonzalo Fischer.

Arrellanada en el bar de siempre, sentada a la misma mesa junto a la misma ventana, contemplaba con sistemática nostalgia la casa donde él vivió, amó y murió. Actos reiterados en todos los hombres, divinizados en él.

Recordaba futuros inventados, fabricaba ilusiones con pasados corregidos, barajaba promesas truncas. Luego, sacaba el viejo diario de su bolso y leía las húmedas letras de la noticia sobre la muerte de Gonzalo Fischer.

Los que lo conocieron, nunca dudaron que Sandra Fouchard pertenecía al abultado ejército de sus despreciadas, y como tal se referían a ella. Los que lo conocieron, sólo entendían las verdades que él les mostraba.

Pero había otras verdades, otros secretos.

Al cerrar el diario, Sandra Fouchard sacaba un sobre de su cartera, y del sobre las gastadas fotos y el anillo virgen. A veces lloraba, a veces se enfurecía. A veces, simplemente, se entregaba a los mandatos del tiempo, y entonces se marchaba, siempre al anochecer.



Una tarde de distraída tristeza, una voz la detuvo antes de abandonar el bar.

—¡Señorita! Se le ha caído el diario.

Era la voz de un hombre, hasta entonces oculto en su silla detrás de una columna. Ella se acercó a él. El hombre levantó el diario y se lo entregó.

—Gracias —dijo ella.

—¿Usted también lee noticias viejas? Es comprensible. Hoy ya no las hacen como antes.

Ella le dio una sonrisa como respuesta y le regaló una fugaz mirada.

Era un hombre de rostro pulcro y adusto, un rostro que hacía juego con la seriedad de su ropa. Su cabello adornaba su cabeza con finos surcos, su nariz aguileña proyectaba una sombra delicada sobre el arco elástico de su boca, y sus ojos negros e inmóviles parecían transmitir alguna conocida sensación. Algo inquietantemente familiar.

—Es de la época en que murió Gonzalo Fischer, ¿no es así? —prosiguió el hombre—. Muy conmovedor, pero se lo merecía ese arrogante.

Sandra Fouchard cambió repentinamente su mirada, y le arrojó todo su furor con sus ojos ofendidos, heridos sus recuerdos y sus ilusiones.

—¿Acaso lo conocía? —lo enfrentó con altivo reproche.

—Demasiado, tal vez.

—Debe de haberlo envidiado mucho como para seguir insultándolo aun tanto tiempo después de su muerte.

—Nada de eso —rió el hombre—. El que lo mató le hizo un favor.

—Nadie sabe quién lo mató —arguyó ella.

—Yo sí —manifestó el hombre.

—¿Cómo dice? —preguntó ella con pálidas palabras.

—Si le interesa, puede quedarse un rato más —la invitó él.

—No tengo tiempo para oír mentiras —respondió ella, y se dirigió hacia la puerta.

—Usted es Sandra Fouchard, ¿verdad? De todos sus conocidos, sólo usted puede defenderlo con tanto entusiasmo.

Ella se dio vuelta y caminó hacia él.

—¿Cómo sabe mi nombre? —inquirió.

—Si le interesa… —repitió el hombre, señalando una silla.

Sandra Fouchard tuvo un breve momento de duda. Muy breve.

Se acercó a la silla y ambos se sentaron a la mesa.

—¿Quiere tomar algo? —sugirió él—. ¿Un café, una gaseosa?

—¿Qué tiene que ver usted con Gonzalo? —arremetió ella.

—Yo era su amigo más íntimo.

Ella lo observaba, incrédula, tratando de adivinar el engaño. El hombre, atenuando sus gestos, continuó.

—Un amigo oculto, podríamos decir.

—No habla de él como si fuera un amigo.



—No se confunda, señorita Fouchard. Los verdaderos amigos tienen la virtud de desmistificar los insultos. Lo que usted toma como agravio, es simplemente la pura realidad. Él era un vanidoso, un soberbio con todas las letras.

—Eso no es cierto —lo reprendió ella.

—¡Ah, la magia del amor, que tiene la habilidad de borrar los errores! Pero no se engañe. Usted no lo habría aceptado si él antes no corregía su vida. Él sabía que, indefectiblemente, debía renunciar a alguna de las dos.

—Y terminó renunciando a las dos —susurró ella.

—No completamente —dijo el hombre.

—¿A qué se refiere?

—Déjeme contarle.

El mozo se aproximó a la mesa. El hombre hizo un pedido y luego prosiguió.

—Conozco todos los secretos de Gonzalo Fischer, los de su vida y los de su muerte. Nunca hubo alguien que ejerciera la vanidad con tanta eficacia y, por qué negarlo, con tanta justificación como él. Rompía las relaciones con las personas cuya admiración hacia él se hacía insuficiente, y no le era difícil reclutar a otras para que continuaran esa tarea. Amaba y rechazaba mujeres cada noche, desafiaba y humillaba a los hombres. Agarraba la navaja de la vida por el filo, no por el mango. Corría siempre, sin detenerse jamás para auxiliar a los que dejaba en el camino. Tarde o temprano, alguien aparecería para poner fin a esa vida. E inevitablemente, esa persona llegó.

El hombre hizo una pausa. El mozo regresó, dejó el pedido sobre la mesa y se retiró. Sandra Fouchard permanecía en silencio, poniéndose en guardia contra el golpe de la verdad.

—Esa persona es usted —concluyó el hombre.

Ella lo miró con su semblante transmutado y rió como si hubiera escuchado una broma.

—Usted está loco —titubeó con su risa desconcertada.

—No, señorita Fouchard. Él la amaba también. Pero usted lo acorraló al pedirle que abandonara sus hábitos si quería tenerla, que renunciara a la única vida que sabía vivir, que dejara de ser él mismo.

—Era un pedido justo —alegó ella.

—Él así lo entendió, y trató de complacerla. Pero sus costumbres lo tenían encarcelado. Cien veces intentó cambiar, y cien veces fracasó. Se sabía incapaz de ser otro. Y esa impotencia emocional le produjo un odio incontenible hacia sí mismo, un odio que le hizo desear su propia destrucción.

—¿Acaso está diciendo que él deseaba morir?

—Así es. De todas las personas que lo odiaron, él fue la más cruel. Ser él mismo significaba no poder tenerla a usted. Y escogió, para olvidar, la peor forma de trascendencia que un hombre puede elegir: intensificó sus vicios, les abrió la jaula a todas sus pasiones, pretendió saciar sus caprichos con otros caprichos insaciables, se entregó al ruido y a la lujuria hasta hartarse. Pero al quedarse solo, al encontrarse a sí mismo en su habitación vacía, el único pensamiento que él tenía era usted. Y entonces me llamaba, me pedía que lo ayudara, que lo rescatara. Pero yo no podía hacer nada desde la prisión en donde estaba encerrado.



—¿Usted estuvo preso? —indagó ella.

—Durante mucho tiempo —respondió él.

Sandra Fouchard movió su cabeza confundida, dentro de la cual sus pensamientos se fusionaban en torno a una nebulosa oscura y lejana. Una nebulosa de una galaxia sombría que transformaba la masa de la tristeza en moléculas de temor.

—Pero un día, imprevistamente, conseguí mi libertad, y recordé todo lo que él me había confiado —siguió diciendo el hombre—. Él dormía cuando yo quedé libre. Él no sabía que yo ya estaba allí. Sentí una perversa repulsión al verlo dormir tan indefenso, porque la veía también a usted, sufriendo por un amor equivocado, tratando de arrebatarle a la vida a su hijo predilecto. La furia y la pasión me hicieron comprender, y entonces supe lo que debía hacer.

Ella tembló, barruntando la confesión.

—No hay cosa que no pueda hallarse en la casa de un hombre rico, incluso las que nunca usará, ya que ésa es la manera más eficiente de exhibir su riqueza. Nunca supe por qué guardaba todos esos frascos en el sótano. Tomé el que necesitaba y regresé a la habitación. Lo desperté antes de proceder. Él me miró, extrañado, como si nunca me hubiera esperado. Tardó un rato en reconocerme. Hablamos algunas palabras. Le conté lo que planeaba hacer; él no se resistió. Creo que gimió un poco antes de desaparecer debajo del ácido. Luego quemé todas sus cosas, borré todos sus rastros, había acabado con lo que quedaba de él.

Ella se echó hacia atrás como si hubiera recibido un disparo.

—Entonces usted…

Quiso proseguir, pero el asombro le escamoteaba las palabras. Quiso gritar, pero la angustia la estrangulaba. Quiso huir, pero el miedo atenazaba su cuerpo.

—Era preciso deshacerme de él para llegar hasta usted. Ha pasado mucho tiempo, pero ahora estoy listo. Lo que él ha sido ya no me atormenta. Esto es lo que todos queríamos. Él, yo, y usted también.

—¡Cállese! —lo reprobó ella—. ¿Qué sabe usted de mí?

—Sé muchas cosas, señorita Fouchard. Sé que le gustan los besos con sabor a menta. Sé que se duerme si le acarician el cabello, sé que tiene una mancha en forma de medialuna en su espalda, y que nunca pudo perdonar a su padre por el suicidio de su hermana. Sé que escribe cartas apasionadas con tinta roja y que prefiere los cuartos con luz azul para hacer el amor. Y también sé que lloró aquella noche en el parque cuando recibió el anillo, mordiéndose los labios como está haciéndolo ahora.

Ella se estremeció con una vibración proveniente de un pasado que aún sangraba.

—¿Quién es usted? —preguntó ella, azorada.

—¿Acaso no te has dado cuenta? Te lo he dicho de esta manera para que me escucharas, para que pudieras entenderme sin riesgo de perder la razón. Yo soy el que esperaba el momento de salir, soy el que él no podía ser. Él era mi prisión, y él mismo me abrió la puerta. Yo soy la espada que rompió la vaina.

Se inclinó hacia ella y le tomó las manos.

—Yo soy Gonzalo Fischer. Ahora puedo merecerte.

Ya era de noche cuando salieron. Nadie volvió a ver a Sandra Fouchard en aquel bar.

Se dice que el tiempo no admite desvíos ni digresiones. Pero a veces, sólo a veces, puede permitir alguna reparación.

Mientras tanto, los que lo conocieron, hace rato que han dejado de dibujar los muchos rostros del matador de Gonzalo Fischer.