© El pozo
Publicado por fw el Julio 22 2008 16:16:55
Ojalá se te acabe la mirada constante
(Silvio Rodríguez)

Yo tenía la costumbre cuando era chico de salir todas las dos de la tarde a caminar por el pueblo, casi siempre por los mismos caminos, pasando por el bulevar hasta las vías del tren, que era como un fantasma porque ya no pasaba hacía tiempo, pasando después para atrás de la vía, perdón, casi digo de la vida, o si no salía para el otro lado, para atrás de la ruta, llegando de a poco a donde ya no había casi nada y finalmente adonde ya no había literalmente nada. Me gustaba pasar los alambrados flojos, caminar por caminos sin ruedas e incluso por la ausencia de caminos, meterme en los campos perdidos cada vez más grandes y vacíos, incultos, entrar progresivamente en un mundo sin ruidos, sin pájaros incluso, sin árboles, sin animales, sin nadie, sin nada; un mundo perdido como quién dice. Llegaba a ese vacío, a esa ausencia, y poco a poco me iba olvidando las últimas caras, los últimos cuerpos, los últimos caballos o carros; me internaba allí, en esa soledad, y me iba gradualmente olvidando de todo; todo eso se iba perdiendo, como quién dice.

Por lo general cuando salía a caminar yo sabía adonde iba; vagamente quiero decir, sabía adonde quería llegar. Lo que a veces me permitía era encontrar el mejor camino durante el trayecto, aunque casi siempre terminaba yendo por los mismos lados, quizá para recuperar como quién dice un pasado perdido. Quiero decir, como para reencontrarme con las cosas (las casitas, los árboles, las calles, los perros incluso) que conocía y que ya eran como una parte de mí. En todo caso mis caminatas eran variaciones sobre lo mismo. Saliera yo para atrás de la vía, para atrás de la ruta, o para donde saliera, el itinerario en definitiva siempre hacía el mismo dibujo, el mismo esquema, digamos. Iba del pueblo a las afueras, de la gente a la soledad de los campos, de las cosas a la nada como quién dice, por exagerar, a la ausencia de cosas quiero decir, eso era así, casi siempre, de lo mucho a lo poco, de lo que hay a lo que no hay, a lo que falta quiero decir, así era siempre, aunque yo no lo dispusiera, eso se daba.

Un día, allá por el año 86, el famoso año de “la seca del 86”, encontré algo que aún hoy recuerdo no sin un vago dejo de misterio.

Me gustaba caminar para el Este, para el lado opuesto del sol, digamos, para el lado de los Chavero, de don Herminio y el fantasma siempre vivo de su difunta madre Doña María. Me gustaba caminar para ese lado, al principio porque me gustaba andar por ese paisaje desértico, perdido en las afueras del pueblo, entre los pastos amarillos y secos, la tierra dura e inútil, en esa ausencia de casi todo, excepto de la casa del “Solo” Chavero, como le decían allá en el pueblo. Al principio andaba por ahí porque me gustaba todo eso, pero después me fui encariñando con el viejo, que me silbaba desde lejos cuando me veía, sin levantarse del tronco en el que estaba sentado, y me invitaba con un amargo. Pobre Solo, estaba ya medio medio el hombre. Con el tiempo me fui acostumbrando a su silencio. Me fui dando cuenta con el pasar de las tardes de que no me silbaba para que yo le hiciera compañía, aunque sea por un rato, para que le contara novedades del pueblo, no, nada de eso. Él no parecía querer romper, como quién dice, su soledad; más vale lo que quería era compartirla. Y yo la compartía. Para él la única compañía, según largó como a la pasada un día, había sido su madre, pero ella ya estaba muerta y era en vano tratar de suplantarla. “Por eso no voy para el pueblo”, me dijo. “Para qué”. Herminio casi no hablaba, como ya dije, y permanecía sentado casi inmóvil, con la mirada perdida en alguno de los pocos objetos que había alrededor (las dos cruces dibujadas en el suelo con ladrillos que marcaban sin duda el lugar del entierro de sus padres, su símbolo, digamos, la representación sensible de la ausencia; o el árbol, el único; o el horizonte) o en el aire vacío. Yo fui comprendiendo de a poco su gusto por el silencio, por la ausencia de todo ruido, y entonces yo también me callé. Al comienzo ese vacío me resultaba incómodo y trataba de llenarlo o de al menos atenuarlo con algún sonido periódico que podía ser una tos, un carraspeo, o un desinteresado y estúpido “así es”. Herminio lo ignoraba. Después me sentí ridículo y me terminé callando del todo. Poco a poco me fui adaptando a esa ausencia de casi todo y ya hasta terminó molestándome cada vez que a él se le ocurría decir algo (no para mí, sin duda) o respirar incluso hondo y con ruido.



Él no lo quería decir (o no le interesaba decirlo) pero el viejo no tenía casi nada. Vivía en la más extrema miseria. Herminio era lo que se dice pobre pobre. Pero yo también me había ido acostumbrando a eso y por ejemplo yo sabía que cuando me invitaba con “un amargo” él me estaba invitando solamente a estar juntos unas horas, a compartir la soledad, como dije antes. Al principio se tomaba la molestia de ir hasta adentro de la casa (sin puerta) y volver con cara levemente decepcionada a decirme que se había quedado sin yerba, pero con el tiempo fue perdiendo esas burocracias. “Un amargo” pasó entonces a significar para mí otra cosa, perdido ya su sentido original, que relacionaba con la amistad o algo así. De modo que yo escuchaba el silbido, me sentaba en el tronco vacío y ahí nos quedábamos, horas y horas, las tardes.

De vez en cuando el viejo tenía como accesos de habla y entonces hablaba. Y no digo me hablaba porque yo tenía la sensación mientras él decía algo, de que Herminio largaba sus palabras al vacío, que se perdían en él, y que las hubiera dicho sin duda aunque yo no estuviera, y sin duda las decía cuando yo no estaba. Alguna vez tuve la horrible sensación de que el lugar donde yo estaba sentado seguía vacío. Además no me dirigía una sola mirada en toda la tarde, salvo cuando me iba (él decía al otro día que había mirado mientras yo me iba, que le gustaba ver las cosas cuando se alejaban), y sin embargo mientras hablaba miraba en dirección a las cruces de ladrillo dibujadas en el suelo de tierra, o al árbol, o al horizonte enrojecido, o a nada. Pero, como decía, a veces se ponía a decir algo. Y eran tan pocas las cosas que decía que las recuerdo casi a todas. Por ejemplo una vez dijo que esa “seca” que se decía que asolaba al pueblo entero desde hacía un año, era en realidad un modesto milagro, sí, modesto, pero un milagro al fin, un regalo de Dios, malintencionado quizás, pero de Dios, que quién sabe si existe, le gustaba decir. Si lo hubieran oído en el pueblo seguro seguro que lo linchan. “Mirá ese árbol”, una vez dijo, “ella (se refería a su madre) nunca lo regó, aunque tenía con qué, ni yo, y mirá como está, el más lindo y el más grande del pueblo”. Mencionó también que su padre, que lo había plantado, contaba a su vez que en “la seca del 80” el árbol estaba hermoso y que cuando terminó la seca, con la primera lluvia, estuvo a punto de secarse, de no dar más hojas, el pobre arbolito. A veces mentía el Herminio, o por lo menos exageraba; yo lo sabía y lo dejaba. Y lo dejaba porque en el fondo sentía que sus palabras, sus mentiras, sus exageraciones, me querían decir algo, no sé, algo, otra cosa; y yo lo dejaba. “Es la falta de agua lo que los hace crecer, es la falta”, repetía.



A veces el viejo se quejaba, más con piedad que con rencor, “me dicen el Solo... aha...”, y después de un rato que podía durar veinte o treinta minutos, “¿y ellos?”. A veces ni siquiera decía la primera parte de su frase y largaba, quizá como única frase de toda la tarde, “¿y ellos?”. Una vez pasé un momento bastante incómodo porque yo tenía más o menos calculado el tiempo entre parte y parte de la frase y entonces la esperaba. Pero esa vez había pasado más de media hora de la primera mitad y él permanecía impávido en su asiento, con la cara inmóvil de siempre, mirando las cruces de ladrillos en el suelo, y yo me tenía que ir. Había dicho, media hora antes, “me dicen el Solo... aha...”, y yo me fui, sin escuchar la frase completa.

Una vez contó algo que él decía que era un secreto. “Esto es un secreto”, dijo, y comenzó. Decía que en un lugar no muy alejado de su casa había un pozo del que emanaba agua “no aún”, se detuvo para enfatizar, “sino sobretodo”, esto casi lo silabeó, “cuando hay sequía”. “Una fuente inagotable de agua en plena seca”, sentenció. Y se calló por lo menos durante una hora; un poco agitado. Yo creí que ya había terminado pero no. Después continuó con calma. Él lo había descubierto unos años atrás (“más o menos cuando murió”, decía, refiriéndose a doña María, como si fuese el único sujeto posible en ese predicado y por lo tanto fuera una redundancia nombrarla). Era, según decía, “un pozo pequeño pero muy muy profundo, quizá incluso sin fondo, exageraba. Uno mete la mano, aunque de afuera no se vea nada, en esa negrura (le gustaba decir) y saca agua, agua y más agua. Es un pozo “infinito”, se agitaba de nuevo, “es un modesto milagro”, insistía, y calmándose, “un contrasentido”. Y al rato retomaba como si no hubiera pasado el tiempo, “un pozo cuyo caudal no disminuye con la extracción, que aumenta más bien, que aumenta más bien”, se saboreaba. Y sin mirarme un momento seguía “porque es el vacío mismo el que la crea”, se enojaba, “porque es un vacío creador” (yo creía que se enojaba porque sospechaba en mi silencio la desaprobación o el escepticismo, pero no creo que se acordara ya que yo también estaba allí) “y cuando todos sufren por el año de la seca yo me valgo de ella; yo vivo de ella. Mientras menos lluvia, más agua, ¿está claro?, mientras menos lluvia, más agua”, se exaltaba. Una vez hasta llegó a decir que tenía miedo de que la sequía terminara, miedo de que lloviera y “mi pozo”, lo había bautizado (no en sentido posesivo sino en el de pertenencia), y “mi pozo” ya no de más agua.

Era lindo escucharlo al Solo. Era como un padre para mí. En mi casa decían que el Solo además de solo estaba loco. Y era posible. Era mentiroso, a veces. Primero pensé que esa mentira sistemática, esa difamación de la realidad más evidente, ese deliberado estrabismo mental o verbal, era para llenar un vacío, pero ahora entiendo que no, que justamente no. “Caminé mucho para llegar hasta acá”, solía decir, “a esta soledad, a este vacío, a esta ausencia”.

Un día también él faltó. Esperé y esperé el silbido y nada. Debe estar durmiendo, me engañé, y seguí caminando. Nunca había llegado tan lejos. Caminé, no sin algo de angustia, por los campos secos y muertos, solitarios, perdidos, sobre, bajo o dentro de un silencio que jamás había experimentado. Me alejé, me perdí en esos campos de silencio y por fin vi una mancha negra en el suelo. Me acerqué y advertí que era un pozo. Tardé muchos muchos años en animarme a meter la mano. Y sacar agua.

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