© Cinco Primaveras
Publicado por fw el Julio 17 2008 14:17:57
Cinco años...

La ventana estaba entreabierta, y el viento se contorsionaba en el ínfimo espacio para llegar a mí, en forma de caricia tibia. Caricias... ya ni recuerdo cómo se dan.

En primavera, la brisa suele venir acompañada del perfume de las flores de detrás de la colina. No son gran cosa, sólo son..., un momento..., debería hablar en pasado, hace cinco años que no sé si continúan siendo margaritas y amapolas. En aquel momento, también había muchos álamos, algunos pinos y dos olivos que plantamos mi padre y yo, cuando era un crío. Mi padre amaba tanto aquello..., los olivos eran un regalo al lugar, supongo que porque además deseaba que aquella tierra le recordara siempre. Resulta paradójico, yo recuerdo a mi padre precisamente porque no puedo ver esos olivos, ni siquiera sé si aún existen, no tengo noticias del exterior.

Cuando llueve, me conformo con ver las gotas y percibir el tenue aroma a tierra mojada, porque no puedo correr bajo la lluvia para guarecerme cuanto antes, ni puedo irritarme y enfadarme con la meteorología por ser tan imprevisible y tampoco con la mala suerte que me acompaña.

Cinco primaveras que han pasado a pies juntillas por mi vera, unas veces sonriéndome, otras apenas una mirada soslayada, pero nada más. No he vuelto a cortar flores ni las he ido a contemplar, no he salido a bañarme con sus temperaturas suaves ni he vivido sus cambios repentinos.

Por esta zona no solía hacer demasiada calor en verano, rara es la vez que se sobrepasaban los treinta y cinco grados centígrados. Pero aunque hiciesen cuarenta y cinco grados durante todo un día, mi piel seguiría siendo del mismo pálido virginal de hace cinco años.

Fue un verano, en una playa de Alicante, cuando conocí a Mónica. Ocurrió de una forma bastante ridícula. Mis amigos y yo jugábamos al fútbol-playa y en algún momento, la pelota fue a parar a su espalda. Estaba preciosa, el pelo castaño le caía por los hombros y la piel empezaba a enrojecérsele por la exposición prolongada al sol. Cuando fui a recogerla, ella se incorporó sobre la toalla y me disculpé, pero no sirvió de mucho, porque acabamos molestándola varias veces de la misma manera. Con los reiterados incidentes, la última vez que me acerqué a ella ya sólo podía esbozar una sonrisa y decir...<>. Entonces, ella me devolvió la sonrisa, una preciosa sonrisa enmarcada por unos ojos grandes de color miel poblado de pestañas, y se fue al agua. Creo que fue en ese momento cuando ocurrió, cuando me enamoré hasta los tuétanos de toda ella. Y no pude más que devolver la pelota a mis amigos para que siguiesen jugando y seguirla hasta allí, preguntarle su nombre, a qué se dedicaba, dónde vivía... y con el discurso de la conversación, preguntarle si le apetecía tomar algo. Con el tiempo, tras mucho tiempo, preguntarle si quería una vida conmigo.



Nunca tuvimos ningún problema, ni siquiera la distancia fue un impedimento para que nuestra relación madurase. Ella vivía en Alicante, y yo, por aquel entonces, me había trasladado del pueblo de mi padre a Madrid. Ella era abogada y yo trabajaba en la redacción de un periódico autonómico.

Trabajaba...; me levantaba por las mañanas, me afeitaba, me duchaba, me vestía, desayunaba... Cuando Mónica aún no vivía conmigo, vivía yo solo, así que también hacía la compra, planchaba, hacía la comida..., limpiar no, eso nunca se me dio bien y tenía una asistenta que se encargaba de ello.

A veces era Mónica la que iba a Madrid, otras, era yo el que viajaba hasta Alicante, pero a los tres años ya nos habíamos planteado vivir juntos, y al año y medio ella encontró empleo en un buen bufete de abogados de Madrid.

Era feliz..., como un niño con juguetes nuevos. Tenía esa sensación... sensación de plenitud; creo que es el mejor calificativo para definirla. Lo tenía todo. Me encantaba llegar de la redacción y dejar colgado al periodista en el perchero para ser yo, aquel que dejó de jugar al fútbol-playa para agarrarse a la mujer que en ese momento estaba sentada en su escritorio y cuyos encantos no dejaban de ser hermosos por muchos días que amanecieran. Verla desde el quicio de la puerta, muy concentrada y rodeada de libros de derecho; y tras unos segundos, acercarme a ella y masajearle los hombros para, seguidamente, besarle los labios, la mejilla, el cuello... y recibir el suave olor a leche tibia que desprendía su cuerpo. Recuerdo su olor como si fuese el más penetrante que haya percibido jamás. En otoño, cuando llovía, a Mónica le gustaba hacer bizcochos en el horno. Recuerdo que un día estaba preparando la masa y tomé un poco con el dedo para mancharle la cara. Enseguida, echó a correr tras de mí en un intento de venganza, y acabamos en el suelo; ella sobre mí, dándonos besos entrecortados por la risa; al principio, suaves, luego, más intensos, hasta acelerar el pulso y aumentar la temperatura corporal. Hasta que los besos pasaron de los labios a todo el resto del cuerpo, donde ya no había ropa. Hasta que hicimos el amor con la misma pasión que la vez primera. Pero no todo era así. Mónica también tenía sus manías, como la del orden; solía cambiar mis cosas de sitio y me irritaba muchísimo porque nunca conseguía encontrarlas. Tampoco le gustaba que le cambiaran sus costumbres; lo imprevisible la ponía nerviosa, le gustaba tener la sensación de que podía controlar los sucesos. Por eso, cuando estaba con un caso difícil, se ponía muy tensa y malhumorada; odiaba verse incapaz de solventar algo. Cuando compartes tu vida con alguien durante tanto tiempo, aprendes a predecir lo que nunca cambia, y eso te da mucha ventaja porque te permite, de alguna manera, saber lo que debes hacer. Yo, por ejemplo, sabía que cuando ella tenía un mal día necesitaba mi amor incondicional en todas las formas posibles: caricias, besos, abrazos, regalos, elogios. Y reír., reír a carcajada pura y clara, como la cascada que rompe en la superficie de un lago. Cuando amas a una persona de una manera tan intensa, de esa manera en que sabes, sin que nadie te diga nada, que es ella y no otra la que debe estar ahí y, de hecho, la que quieres que esté ahí; cuando no quieres nada más, y te sientes pleno porque has llegado a la cumbre de esta gran montaña de la vida y no tienes la necesidad de buscar nada más porque no crees que haya nadie mejor. Entonces, y sólo entonces, te das cuenta de que sus manías irritantes y sus malos momentos. te encantan. Sorprendentemente, es así, y si no estuvieran, los echarías de menos, porque no es del todo ese alguien que pensaste que era lo mejor. Entonces, y sólo entonces, descubres que no quieres a alguien perfecto a secas, sino a alguien perfecto con sus imperfecciones, pues, te guste o no, el tiempo también hizo que te enamoraras de ellas.



Mónica se convirtió en algo muy importante en mi vida, pero he de reconocer que la vida es increíblemente hermosa por ella misma, lo único que ocurre es que no nos paramos a contemplarla lo suficiente, y cuando lo hacemos, ya es tarde.

En realidad, podría comparar la vida por sí sola con Mónica. Las dos son perfectas con sus imperfecciones. El otoño, por ejemplo. Las temperaturas bajan y empieza a haber muchos días de lluvia y menos horas de sol con respecto al verano, y la gente empieza a quejarse del frío que hace y de lo desagradable y triste que es esta estación porque se han olvidado del calor que pasaron en verano y de lo mucho que desearon que llegase el otoño. El ser humano se centra en lo desagradable y resta importancia a alimentar el espíritu con actitud positiva. Por esa razón, las noticias son como son. Por esa misma razón, olvidamos que en otoño muchos aprovechamos los días de lluvia para ver una película en casa, con la calefacción puesta y una manta cubriéndonos el cuerpo mientras se hacen unas palomitas en el microondas; o para leer un buen libro, mientras oímos de fondo el sonido de la lluvia, que nos transporta a una atmósfera de paz. Olvidamos la leche caliente, las castañas asadas, las sábanas de franela, el tacto suave de los abrigos y de las botas de piel. Olvidamos que hasta el otoño, que se arrastra con alma de plomo e intoxica, a su paso, las hojas soñolientas de mohosos árboles, es turbadoramente hermoso.

Los amaneceres... desde hace cinco años veo parir al mundo un nuevo día y me siento, a pesar de todo, dentro de un gran milagro. Lo mismo ocurre con los paseos por la playa, ¿por qué a las personas nos resulta agradable la playa?, yo me he dado cuenta hace relativamente poco de que me encanta el olor a mar, el gorjeo de las gaviotas mezclado con las olas rompiendo en la orilla, el tacto de la arena bajo mis pies, la humedad del agua por todo mi cuerpo..., es como un pequeño eco de la gran naturaleza, que nos envuelve tanto y de tal forma, que hace que repudiemos la civilización que nosotros mismos hemos creado.



La nieve, las calles en Navidad, el olor a chimenea de las casas de zonas rurales, el sol que calienta levemente nuestra ropa en los días despejados y el chocolate caliente. Todo del invierno. Una estación triste para algunos, nostálgica y romántica para otros. Una estación, simplemente, para muchos. Para muy pocos, una oportunidad de disfrutar de una de las bellas caras de la vida que sólo aparece una vez al año.

Pero cualquier nimiedad se acaba echando de menos. Como dije antes, cuando hablaba de Mónica, hasta las manías más irritantes y los malos momentos se añoran cuando sabes que no los tendrás nunca más. Y darías lo que fuera hasta por cabrearte. Es cierto lo que dicen, no se sabe lo que se tiene hasta que se pierde. Lo minusvaloramos todo, hasta la vida, nuestra propia vida. Confíamos demasiado en que siempre estará ahí, por la inercia de los días, porque es poco probable que las cosas cambien, porque... ¿ por qué a ti?, ¿por qué a lo tuyo?, con la cantidad de personas que hay... Yo ni siquiera puedo llorar, creo que este es el peor castigo al que se puede condenar: la privación de la vida. Pero no de la vida como se percibe a la ligera, no de la situación opuesta a estar muerto, sino de sus pequeñas cosas, de una lista innumerable que circula, invisible, por el mundo, como carta de restaurante, ofreciendo un menú del que podemos disfrutar con cada amanecer y que es completamente gratis. Si todo se viese desde esta perspectiva, ciego sería el que no quiere ver, y no el que no puede.

Tras mucho reflexionar, y siguiendo con el concepto de vida que yo particularmente aplico, he llegado a la conclusión de que mi vida no acabó hace cinco años en una carretera, con la ropa apestando al whisky que había ingerido en grandes cantidades tras saber que Mónica había decidido dejarme. No en un accidente de tráfico donde unos padres jóvenes, un bebé y una niña de dos años perdieron la vida junto a mí. Mi vida ni siquiera había empezado. Y ahora... es tarde. ¿Hay castigo más duro que saber que has estado equivocado siempre, viendo las cosas de manera errónea cuando ya no se puede hacer nada? En esto, no hay segundas oportunidades, y lo peor no es no vivir, sino darse cuenta de que no has vivido. Yo me he dado cuenta cuando he tenido el tiempo suficiente para verlo todo desde la distancia, y lo único que puedo hacer es arrepentirme. Ojalá hubiese podido decirle a Mónica que la quería de la manera en que ahora soy consciente de que la amaba. Ojalá hubiese elegido el menú gratuito de todos los días de la interminable carta que ofrece el mundo. Habría saboreado tantas cosas... Lo mejor de todo habría sido que ahora podría decir que una vez estuve vivo, y quizá, ¿quién sabe?, habría podido escribir un artículo, o un libro, sobre mi particular forma de concebir la vida. Pero la realidad es que no soy un muerto, sólo soy un triste ciego que no quiso ver, alguien que no aplicó sus cinco sentidos más allá de sus tímidas funciones para hacer de un simple trayecto vital, un fascinante camino empedrado tanto de buenos como de malos momentos. De momentos…