© La Última Esperanza
Publicado por fw el Julio 17 2008 14:17:04
Mauricio corrió a través de los sembradíos, los mismos que con tanto esfuerzo y el tesón de su trabajo se habían transformado en sus últimas posibilidades de salir adelante.

Esos que el granizo echó a perder, no solo la futura cosecha, sino también su vida.-

Siguió corriendo sin importarle nada. Ni los gritos de su familia que desesperados lo llamaban a un costado de la casa. Ni la vos del martillero público que anunciaba por un alto parlante el comienzo del remate. Tampoco sus setenta años fueron obstáculo.-

Ya bien adentrado en el campo, cayó abatido, ahogado por la agitación. Se quedó quieto hasta recuperar el aliento. Se dio vuelta quedando de cara al cielo, el sol pasaba entre las hojas de un viejo ombú. Aquel donde, hacía ya muchos años, sentados en las corpulentas raíces que asomaban sobre la tierra su padre le dijo:

-Bueno, Mauricio, yo ya estoy viejo y cansado, ahora es tu turno. A partir del lunes té hacés cargo del campo.-

-¡Gracias, papá! ¡No voy a defraudarte! -contestó aquella vez.-

Se sentó, tomó un puñado de tierra, la observó, tan negra, tan fértil. Recordó aquellos domingos de sol, en primavera, cuando su madre y su tía tendían las mesas debajo de la parra en el patio trasero de la casa. A la derecha se veía una arboleda y el resto del paisaje era el campo florecido de girasoles, tantos y tan distantes que ocultaban el horizonte.-

-¡A comer! -gritaba Alicia, su madre.-

-¡A lavarse las manos!-agregaba la tía Julia.-

Alberto, su padre, y el tío Carlos estaban sentados y con un vaso de vino, ya empezado cada uno, por delante.-

¡Cómo reían y bromeaban en aquellos tiempos!

El recuerdo cesó al mismo tiempo que la tierra que Mauricio dejaba caer de la mano.-

Respiró profundamente y el aroma del pasto recién cortado y mojado por el rocío de la mañana, y él, que la última vez que recordaba haber llorado fue siendo niño, soltó las lágrimas más tristes: las del fracaso.-

Cayeron sobre la tierra húmeda y le vino a su mente aquel cuento que su abuela Alcira le contaba antes de dormir que hablaba de un príncipe empobrecido que al llorar sobre la tierra hizo crecer unos manzanos cuyas frutas eran de oro. Miró tontamente hacia el suelo pero nada, estaba en plena realidad, la que en su casa hacía bajar el martillo. Y esa vos indiferente que decía: - ¡Vendido al señor de traje gris!.-


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