© Felipa
Publicado por fw el Julio 17 2008 14:16:32
Desmontó. Dejó la escoba en el porche y entró. -Ya sabes que no quiero té. Una copa de vino con sangre de gallo sería un honor para mí.

Ella llegaba y el cielo se ponía verde. Las nubes negras galopaban sobre la pradera y por detrás de ellas se formaban remolinos negros que opacaban la sensación de campo fértil y amarillo del color de fondo.

- ¿A qué debo el honor? -dijo la dueña de casa. -Mis sapos croaron mudos toda la noche. Supe que te estaba pasando algo dramático. Vine para ayudar. - No creo que puedas, nunca te vi trabajar para el bien. - Tú eres una excepción, hermana de sangre. Vamos, dime qué pasa.

- Si insistes... Pero primero debes prometerme que si no lo sientes en el alma, te vas.

- Prometido. - Bien. Mi princesa mayor quiere casarse con un plebeyo, analfabeto y feo. Yo creo que es solamente para contrariarme. - Eso es fácil. Felipa no sabía muy bien como plantearlo porque ella no conocía nada de diplomacia, así que fue derecho al grano. - Hay dos alternativas. O desaparezco al galán y como sapo me lo llevo. O, lo lleno de cualidades que ni él sueña. Pero, tú tienes que elegir. - ¡Qué encrucijada! y ¿cómo hago para elegir. Con la rabia que tengo ahora te diría que lo hagas un sapo, pero es muy delicado, tengo que pensarlo.

- Pon el oído en tu corazón. -Pero, ¡no puedo! ¡no llego! - ¡Ay! hermanita. ¡Qué simple eres! Hablo en sentido figurado -rió Felipa. -No te rías de mí. Ya decía nuestra madre que yo era boba, y ahora tú.... -Ser bobo es muy agradable en este mundo tuyo. Te libras de muchas responsabilidades. Y yo tengo que irme. Consúltalo con la almohada.

Abrió la puerta con la mirada, y la escoba entró, reptando como una serpiente. Se puso a caballito y salió volando, sorteando los objetos que le interrumpían el paso.



2


- ¿Con la almohada? Pero si las almohadas no hablan...¿cómo voy a hacer? -se quedó pensando la hermana.

Felipa emprendió su viaje jugando a subir muy alto y a perderse entre las nubes. Era traviesa y parecía una adolescente, aunque debía andar frisando los 60. La inmortalidad no se incluía entre sus poderes. Sí, un reposo eterno en el cielo de las brujas, que por lo que algunos fantasmas le habían contado, era muy divertido. También podía expresar un deseo en voz alta y éste se cumplía inmediatamente. Como no tenía nada específico que hacer, dijo: ¡Quiero bajar en Nepal! Al instante estaba haciendo cabriolas entre los barriletes que los monjes y los niños remontaban en ese cielo azul. Su hermana, Eusebia, creía que ella era mala, pero en realidad era juguetona. No pudo dejar de cortar algunos hilos de esas mariposas de papel y abajo se produjo un gran alboroto cuando la divisaron.

¡Qué problemas se hacía esa hermana de sangre! ¿Qué podía importarle con quién se iba a casar su hija? En todo caso, tendría que ser Eudalda, la hija, quien se preocupara por ello. Pero, bueno, era su hermana y era su deber ayudarla. Trató de sintonizar sus coordenadas con las de Eusebia, pero no sintió nada. Seguramente todavía no había decidido. Decidió jugar un poco con la desgracia ajena. Adolfo, el novio malquerido, estaba en la casa que acababa de dejar y sólo para Eusebia preparó el espectáculo: Adolfo se le aparecía a su suegra, de repente como un gran sapo, casi un escuerzo, y enseguida aparecía como un príncipe de verdad, atildado, fino, y con unas vestimentas que no le envidiaban nada a la corte del Rey Sol.



3


Eusebia no podía creer a sus ojos. ¿Qué estaba pasando? Seguro que era Felipa. Pero, el juego resultó. Eusebia pensó ¿quién soy yo para condenar a este pobre pejerto a ser un sapo? Si, en cambio, se convierte en un ser humano fino, distinguido y sabio, ganamos todos.

Felipa sintió las vibraciones y se dirigió a su cueva para efectuar el embrujo. Claro que era mejor príncipe que sapo. Llegó. Inmediatamente sus dos lechuzas se le encaramaron a los hombros. Eran sus ayudantes principales, pero no pudo encontrar a la largatija de colores que también le daba Fuerza.

¡Ooooh! ¡Ooooh! Manchi Punchi. ¡Eleazar! OBRA BUENA, SERIEDAD... Su caldero de bronce, con sus patas chuecas, empezó a humear. Felipa agregó algún menjunje y volvió a decir ¡ELEAZAR! ¡Te convoco AOBRABUENA! Una ráfaga amenazó con apagar el fuego y apareció Eleazar en forma de conejo. Era un gran conejo, casi de la altura de Felipa, albo, fruncía la nariz a cada instante.

-¿Qué estás oliendo? -le preguntó Felipa. Huelo que tu menjunje está falto de sangre. Te estoy diciendo que es para OBRA BUENA, para qué la sangre. No hay embrujo sin sangre, pero puede ser de la tuya. Felipa se pinchó el dedo con una aguja y tiró dos o tres gotitas de sangre, caliente, roja y negra. ¿Vas a ayudarme o no? -se impacientó la bruja. ¿Para qué, si no, estoy aquí? -contestó Eleazar también medio enojado.

Se sacó las dos orejas y las usó para apantallar el fuego. ¿Le has puesto algún tronco de ébano? Seguramente que sí, ¿te olvidas de con quién estás hablando? No. No me olvido. Solamente que recuerdo a una brujita caprichosa, que por innovar, suele hacer muchas trebvertías.



4


-¿Trebvertías, yo? - Si. Tú. Y no te hagas la inocente. O ¿ya te olvidaste de aquel pobre jovenzuelo al que dejaste muy hermoso y con boca de sapo? - Por favor, no te rías de mí, eso fue al principio, en la rebeldía de mi juventud. Ahora soy una gárgola decorativa comparada con aquel tiempo.

- ¡Ya! ¡Yaa! Tienes que decir tus palabras, Eleazar, si no el deseo no se cumple.

- No te apures que podemos arruinarlo todo. ¡Allá va! y gritó tan fuerte que se empezaron a sentir truenos a lo lejos. Su poderosa voz había revolucionado las nubes. ¡¡MESCATRE YUPUGA!! HETE QUIM INCANTáTOR!! Y con esas palabras desapareció el conejo elevado hacia el firmamento en un rayo de luz.

En la casa de Eusebia el tiempo se había confundido. Ella yacía, desmayada, en el sillón y los demás corrían como gallinas cuando entra un hurón. Uno a buscar un paño frío para la cabeza, otro al teléfono para llamar al médico, el padre, alelado, sentado como madeja desovillada en una silla incómoda, y Josefina, la hija menor, hablándole a su madre y tratando de despertarla. Se despertó. Buscó desesperadamente con sus ojos a Adolfo y por primera vez en la noche lo vio, es decir que realmente lo vio. Parecía el mismo de siempre, sin embargo, la mirada era distinta. Inquisitiva, curiosa, ¡bah!, inteligente.

Ya estoy bien -dijo quedo- no se preocupen, fue algo pasajero, tal vez el calor. Y se sentó. Se decía a sí misma: -Felipa cumplió.


5


Felipa estaba observando la escena desde su cueva, feliz.

Y aunque dicen que las brujas no duermen, ella se fue a dormir satisfecha.