© La Vida de Hinkle Twinkle Burns
Publicado por fw el Julio 17 2008 14:11:48
Hinkle Twinkle Burns nació una fría mañana de noviembre bajo la niebla de la elitista y casi británica ciudad de Oviedo. Su madre, tan bella y exuberante como pérfida y ladina, aliviada al fin sus dolores, cuitas y preocupaciones después de una noche entera de blasfemias, whisky y sudores, envolvió a su neonato en una suave manta y lo depositó, en movimiento paradójico de delicadeza y crueldad, en el bordillo de la fuente de La Escandalera, fijando entre dos piedras el fruto de su vientre, un remordimiento preventivo y absurdo, puesto que el pobre Hinkle Twinkle Burns fallecería horas después, víctima de un paro cardíaco, no se sabe si provocado por el frío, el hambre o la pena.

El doctor Mistic Burns, un estrafalario galeno, amén de astrónomo, parapsicólogo, estudioso de raíces alucinógenas y porquerías similares y perseverante borrachuzo, parapetado siempre bajo una chistera exageradamente alta, exageradamente brillante e impoluta, y acompañando su lento caminar con el traqueteo de un bastón demasiado largo, demasiado intimidatorio, resucitó, más por su afán de investigación que por heroicidad y caridad, al ya cadáver Hinkle Twinkle Burns, quien, después de recibir aquel brutal soplido en la nariz, un vendaval de alcohol, copos de avena y habanos Montecristo, lanzó, en un acto que sería orgullo de su futuro padrastro y mentor, un espeso escupitajo que fue a cerrar el ojo cristalino del doctor Mistic Burns, quien dividió su semblante entre la ternura y la repugnancia.

En seguida, ya antes de que diera sus primeros zambones pasos, encargó nuestro polifacético Mistic Burns una lustrosa chistera y un bastón diminuto pero aún así más grande que su enjuto cuerpo para Hinkle Twinkle Burns, quien amén de ser el hazmerreír de la banda de cotorras petulantes que recorrían con miradas juiciosas la Calle Uría, desfile de pavos reales y otra fauna, le provocaba grandes sofocos, pues su cabeza, aunque desproporcionalmente colosal y no cabe duda que ocupada por no demasiada masa gris sino más bien por abismos insondables, veíase atrapada por aquel ridículo sombrero, fruto de las medidas mal tomadas por el miope, chocho y cascarrabias Sastre Ojales.



Pasaban los años y Hinkle Twinkle Burns afeaba con ellos. Su adolescencia la pasó entre probetas, probando aquí y allá, junto a su cada vez más enloquecido padrastro, quien, convencido de su ciencia, pretendía insuflar en aquella cocorota lo que la naturaleza no había tenido a bien hacer. Pero ya sabemos que para llegar a la verdad hay que errar incontables veces, y tantas veces fue las que se equivocó el sabio pero osado doctor, que Hinkle Twinkle Burns, amén de un adefesio, acabó convertido en justo lo contrario de lo que el doctor había soñado: un harapo baboso que balbuceaba impertinencias soeces a los que se cruzaban en su esperpéntico caminar, provocando desde el terror a la ira, de la compasión a las palizas inservibles, de beneficencia a una acuciante necesidad de encierro.

Una vez más la sinrazón venció a la comprensión y Hinkle Twinkle Burns, a los 16 años, que parecían menos si nos ateníamos a sus despampanantes razonamientos y muchos más si nos fijábamos en su pelada cabeza, su obesidad mórbida y las arrugas que surcaban su horripilante rostro, fue encerrado en el Sanatorio Mental Homeopático y Naturista Las Malvas. Pobre desgraciado, pensarán ustedes. Craso error su pensamiento, quizá contagiados por la estupidez perenne de Hinkle Twinkle Burns. La enfermera Teresa Borbotones, alias Bisagra, hizo feliz a nuestro desgraciado protagonista, aliviando su fiebre hormonal, no tanto por la edad sino por una naturaleza gorrina de por sí, noche sí noche también. Así pasaba los días Hinkle Twinkle Burns, esperando con fervor sin quitar la vista de la bombilla que colgaba del techo, único artilugio que adornaba el acolchado cuarto, junto a una fría cama y un indescriptible -por consideración al lector- water. Era tal su deseo de que se apagara que hubieron de acortar el cable, pues no daba el presupuesto para tanta lámpara, ya que, a costa de graves quemaduras y alguna electrocución, la rompía nada más encenderse el ardiente Hinkle Twinkle Burns. Pero no frenó aquella inteligente decisión su ímpetu desmedido: pasaba las horas saltando en vano como un sapo, tratando de destruir aquella luz que al apagarse daría paso a su fogosidad.



Teresa Borbotones fue atacada por un hombre que se creía lobo, o por un lobo con apariencia de hombre. En la celda 123 fue tal el estropicio que los servicios de limpieza contribuían con sus propios fluidos expelidos a presión por sus incontenibles bocas a hacer más barroca la escena. Después de varios turnos y arduos esfuerzos, varias botellas de lejía y algún desmayo, pudo recopilarse lo que quedaba de ella y enviarlo al cementerio municipal, restos que hubieran cabido en un féretro del tamaño de una caja de cerillas.

¡Que la Bisagra la ha palmado! ¡Que la Bisagra la ha palmado! Hinkle Twinkle Burns oía aquello en el comedor y, pese a que era lo más cercano a una ameba que se pueda a imaginar -una ameba lasciva, eso sí- intuía que la desgracia se cernía sobre él, y se tapó con urgencia sus partes pudendas, su tesoro más preciado ante la perspectiva de la debacle.



Pasaron noches y más noches, aullidos y más aullidos y no hubo lobotomización posible que frenara aquello, pues no quedaba más que lobotomizar. El doctor Mistic Burns no solo aprobó, si no que, como buen humanista, aplaudió entusiasta la lobotomización inferior, esto es: la castración. Fue bajar los pantalones para proceder a la trepanación cuando el flácido miembro de Hinkle Twinkle Burns, dormido como un ceporro pero siempre dispuesto a dar rienda suelta a sus lujuriosos efluvios, se convirtió en una estaca arrogante y explotó como un volcán polinesio, un geiser que torció el gesto de los presentes, intuido bajo unas mascarillas que protegieron a aquellos carniceros de una fecundación indeseada. Fue la última respuesta de la esencia de Hinkle Twinkle Burns: se procedió sin piedad, se arrojó a un cubo que acabó, como acababan todos los despojos clínicos de aquella metódica y a la par surrealista clínica en el cuenco de Thor, el can que vigilaba las puertas de aquel paraíso de tranquilizantes y somníferos. El pobre perro acabaría enterrando aquel correoso pedazo de carne, rendido ante la evidencia de la debilidad de sus afilados colmillos frente a aquel poderoso engendro. Así que podemos decir que allí, en el jardín del Sanatorio Mental Homeopático y Naturista Las Malvas yace Hinkle Twinkle Burns, pues lo que quedaba de él, un saco enorme de carne y huesos no quedó convertido más que en una caja blanda de sonidos ininteligibles, agudos y molestos en extremo que, tumbado en la cama, inmóvil y nostálgico, no apartaba la vista con añoranza de aquella bombilla y palpaba, en búsqueda desesperada, la cavidad donde antes se encontraba la razón de su existencia.

El doctor Mistic Burns recibió la noticia con la misma afectación que el segundo alumbramiento de Hinkle Twinkle Burns, tomó unas notas en el abultado expediente de nuestro protagonista, como un experimento más y continuó cociendo los tubérculos de unas exóticas hierbas que seguro estaba -incansable, indestructible- que prolongarían la vida hasta los cuatrocientos años sin enfermedades ni padecimientos.

Hinkle Twinkle Burns tenía 19 años, apenas sobrevivió un año a su muerte cerebral particular. Su madre, que entonces había progresado mucho en la vida y regentaba un club de alta alcurnia a las afueras de la ciudad, llevando el neón por primera vez a aquella ciudad, puritana de día, viciosa impertinente al ponerse el sol, sintió una punzada en el corazón, pero la achacó sin duda a la ingesta exagerada de whisky y no a la muerte de su vástago, que fue encontrado otra fría mañana de noviembre, entre dos ladrillos que eran sus manos y rodeado de humedades que bien podían recordar a La Escandalera; y es que Hinkle Twinkle Burns había llorado un mar de lágrimas, por primera y última vez en su vida, rozando una niebla imaginaria que ocupaba el lugar de su difunto pene.