© Pacoz - Cuentuzco
Publicado por Pacoz el Marzo 30 2011 09:15:10
El espejo de Jacobo VI

El 6 de abril de ese año había visto el espejo en una casa de antigüedades cercana a la Iglesia de San Telmo -que no es ni santo ni Telmo sino apenas Pedro González Telmo y en el mejor de los casos no más que beato- y siendo falso el nombre de algo tan santo como una Iglesia, Alfio Araujo optó por no dar crédito a las aseveraciones del anticuario respecto de las cualidades del espejo, vertidas por quien acaso no fuera más que ropavejero vulgar e indocto, ascendido en la escala comercial por la fuerza ciega del azar. De todos modos compró el mueble.

El espejo era una lámina de vidrio cuadrangular moderada por aristas redondeadas, de un plateado algo desvaído, tirando a ocre, lo que le daba un aspecto entre basto y antiguo que de cierta manera tornaba creíble la pretensión del vendedor de que el espejo fuera realmente un artículo de vieja y noble data, presumiblemente cortado, azogado y enmarcado en tiempos de aquel Rey -contradictorio hijo de María Estuardo- quien encontrando insuficiente ser Jacobo VI de Escocia, no tuvo peor idea que convertirse en Jacobo VI de Inglaterra, pasando por alto su Católica religión y. lo que es peor, la de sus súbitos protestantes.

Araujo, que sólo tenía estudios primarios, se desenvolvía con decoro en la vida pese a ignorar tanto la historia universal cuanto otras disciplinas necesarias, si no para descollar, al menos para cumplir un decoroso papel en sociedad, razón por la que fijó su interés menos en las cualidades atribuidas al espejo que en dos felices circunstancias; que éste cupiera en la única pared disponible en su casa y que su tenencia le permitiera admirarse sin necesidad de ir hasta la vidriera de la casa de artículos de limpieza contigua a la suya.

Una de esas amigas remilgadas, instruida tanto en historia como en estilos de moblaje, elogió el mueble cuyo espejo pivoteaba sobre dos patas con ornamentos laboriosamente tallados que, según su decir, correspondían al estilo Jacobino, aserto pronunciado antes de que ella misma descubriera, tallada en la madera que apoyaba en el suelo, la constancia del origen y antigüedad del mueble -año 1606, Edimburgo, Escocia- detalle que impresionó vivamente el ánimo de Alfio.
Allí fue cuando nuestro personaje recordó los dichos del vendedor en el sentido de que el mueble había pertenecido a Jacobo VI, Rey de Inglaterra, quien lo recibiera el 31 de enero de 1606 por cuenta de un noble avieso que le era adverso quien, mediante ese presente, pretendía reprochar a futuro la ejecución de Guy Fawkes, efectuada ese día por orden del monarca, bajo imputación de haber pertenecido, como mercenario, al grupo que, en la que se llamó “conspiración de la pólvora”, había intentado volar el castillo donde residían el monarca y sus cortesanos.

Araujo quedó impresionado cuando el vendedor aseguró que el espejo tenía la particularidad de que, cada 31 de enero, a la misma hora en que ocurriera la ejecución del desafortunado Fawkes, la imagen de éste aparecía en reemplazo de la de aquél que atinara a mirarse en momento tan poco propicio. Por tal motivo desde la adquisición del mueble, es decir desde el 6 de abril, Alfio estuvo pendiente de lo que sucedería el 31 de enero del año próximo y, sobre todo, dispuesto a sentarse en tal fecha frente al espejo para constatar si ocurría la anunciada aparición, con ánimo menos dispuesto a la credibilidad que a constatar la falacia del conjuro.

Como la paciencia suele dar sus frutos el pasado 3l de enero Alfio Araujo faltó a sus tareas habituales, lo que da pábulo a pensar que ese día se haya parado resueltamente frente al espejo sin duda tenso aunque encaprichado en comprobar que, ante lo dicho por un anticuario ávido de aumentar su capital, la verdad sucumbe frente al interés.

Digamos por fin que si bien la posterior autopsia permitió comprobar que Alfio Araujo antes había sufrido un ataque cardíaco, su cadáver apareció con los ojos como salidos de sus órbitas, con la frente con cortaduras, con la yugular seccionada y la cabeza atravesando el astillado espejo. Mantenía el auricular del teléfono asido.

Se ignora si el motivo del infarto se debió a que hubiera recibido una llamada telefónica que lo derrumbara o, acaso, a la aparición de la imagen del mercenario que fuera ejecutado siglos atrás. De cualquier modo, de haber ocurrido, la visita no podría ser tenida como inesperada.

Francisco M. Herranz, Beccar, 12-5-2008.