© Pacoz - UN CUENTO DE NAVIDAD
Publicado por fw el Julio 04 2008 21:54:48
Ese día, es decir aquella noche, paseaba yo por las inmediaciones de la Catedral de San Isidro tratando de ocultar mi soledad, no porque la soledad me moleste tras cuarenta años de vagar por el mundo sin compañía, sino buscando un lugar apartado. Es que, sin ser religioso, más aún tratando de seguir no siéndolo, quería estar abierto a cualquier signo extraordinario que pudiera darse en la fecha del pretendido nacimiento de Jesucristo. Un capricho, digamos; una ocurrencia absurda, una prueba de que en algún momento la mente necesita salir del rigor lógico.

Así, tras dejar atrás el empedrado de la avenida del Libertador, girando alrededor del templo, me dirigí hacia el balcón a cuya vera se abre la sinuosa escalera que desciende hacia la ribera. Cuando bordeaba la casa que fuera de Mariquita Sánchez de Thompson distinguí la espalda de un hombre, disimulada por la escasa luz. Por un momento pensé volver sobre mis pasos pensando que una presencia humana alteraría mi voluntad de diluirme en la naturaleza esperando acontecimientos fuera de lo común.

El último trecho lo caminé haciendo resonar mis pasos para advertir de mi presencia a aquel que se estaba quieto bajo un manto de sombras. Cuando el hombre giró su cabeza lo reconocí. Era uno de los sacerdotes de la Sede catedralicia, hijo de un matrimonio que me es vecino, a quien conozco desde su nacimiento. Niño travieso y molesto como pocos, por obra de no sé que capricho, a la edad de veintidós años tomó los hábitos, dejando detrás un breve pero intenso pasado colmado de rumores pueblerinos.

-Qué hacés por aquí, Esteban; no quiero pensar que en espera de alguna damisela en trance de confesar sus pecados...o de acrecentarlos- le dije, aprovechado nuestra mutua confianza.



Al reconocerme, Esteban sonrió; -No espero a ninguna damisela sino algún signo que fortalezca mi fe- respondió.

-Por parecidas razones estoy yo aquí; tú esperas algo que refuerce la fé, yo algo que confirme mi descreimiento.

En ese momento Esteban, o el padre Esteban, si lo prefieren, se levantó me sonrió y encaminó sus pasos hacia la Catedral.

Pasaron semanas hasta que ayer una amiga, a la que encuentro todos los años en la provincia de Córdoba, donde suelo pasar los veranos, me contó que habiendo venido a Buenos Aires para el bautismo de un nieto, conoció a un joven sacerdote quien, algo inopinadamente le narró que dudando de su fe reclamó algún signo que fortaleciera sus convicciones. Concretamente, que en esa Nochebuena alguna persona le dijera estar esperando convalidar su descreimiento. Su pedido había sido satisfecho, concluyó el sacerdote.

Mi amiga no recordaba el nombre del sacerdote, ni la sede de su Iglesia. Meditando sobre el caso y dando por cierto que se trataba de mi amigo, el padre Esteban, advertí lo insólito que resulta que mi descreída presencia sirviera para fortalecer su fe.

Lo que demostraría, o la conveniencia de la ausencia de fé para la existencia del Cristianismo, o los abstrusos medios de que se vale el Señor para encarrilar su majada.

por Pacoz.
NavyTales, v.2006