© Sunset Boulevard - ...y yo con este currículum.
Publicado por fw el Agosto 13 2008 06:23:08
Tardé cerca de media hora en elegir la corbata que debería ponerme. Ninguna acababa de convencerme del todo. La que parecía más apropiada para mi mejor y único traje era una de color amarillo, con unas figuritas de golfistas en diversas posturas, mostrando todos ellos un magnífico "swing" que yo nunca podría llegar a igualar. Aunque... ¿quién sabe? Quizá si consiguiera ese empleo lograría hacerme socio del club de golf local, y entonces saldría a relucir lo mejor de mi innata capacidad para todo tipo de deporte.

Me afeité cuidadosamente y me recorté las uñas con diligencia. El día anterior mi peluquero se había superado a sí mismo con un excelente corte de pelo a navaja y ahora, por fin, me había decidido por una sobria corbata de color burdeos con unos anodinos motivos grises que apenas llamaban la atención. La amarilla me pareció demasiado escandalosa y, como se indica en cualquier manual de entrevistas de trabajo, no eran el lugar ni el momento oportunos para destacar demasiado. Consulté con el espejo el resultado de tantos minutos de esfuerzo para acicalarme. La imagen que devolvía el azogue no parecía del todo mal. Podía salir tranquilo. La suerte estaba echada.

Pedí un taxi para no tener que conducir y evitar cualquier incómoda sudoración en las axilas. Los atascos de tráfico me alteran mucho y cuando me pongo nervioso suelo sudar demasiado. Poco tiempo después llegué a la dirección que se especificaba en el anuncio.

Piso 22, oficina 37. Una sala de espera amueblada con sillones de diseño y decorada con unos cuadros de flores que parecían regalados por una empresa de productos farmacéuticos. Una secretaria rubia teñida que mascaba chicle mientras escribía algo con desgana en un ordenador. Varios teléfonos sobre su mesa que no cesaban de sonar. La chica era tonta o se hacía la interesante. Sin duda el jefe se había fijado más en su escote que en su dominio del procesador de textos. "Gutiérrez limitada", respondió a una de las llamadas. "El contestador automático de la empresa está estropeado. Habla usted con una persona...". Si todo el personal de la casa era así, podía estar tranquilo. El empleo era mío.

Tras recibir otra llamada y responderla con idéntica desidia, se dirigió hacia mí sin levantar su espléndido trasero de la silla.

-Señor López, puede pasar. La señorita Ulibarri lo recibirá ahora mismo.

La señorita Ulibarri se sentaba detrás de una enorme mesa de ejecutivo repleta de papeles y teléfonos. Vestía un traje de chaqueta gris marengo y llevaba una corbata amarilla que acentuaba aún más el aspecto de pájaro de su rostro serio y afilado. Sólo unas escuetas gafas de présbita conferían un cierto aire humano a aquella cara. "Menos mal que me he puesto la de color burdeos", pensé aliviado. Sobre la mesa, un rótulo con letras doradas informaba claramente: "Jefe de personal".

-Adelante -dijo sin levantar la vista de un documento que estudiaba con atención y que parecía ser mi solicitud-. Siéntese, por favor. Es usted el señor López, ¿verdad?

-Sí; me llamo Ramón López -contesté procurando que mi tono de voz no dejara traslucir el nerviosismo que me embargaba.

-¿Está casado o soltero?

-Casado.

La jefe de personal no ocultó un evidente gesto de disgusto.

-Casado, claro -contestó con expresión resignada-. Siempre lo están. Bueno, ya sabe usted que en "Gutiérrez limitada" no solemos contratar a hombres casados. Tenemos ahora mismo media docena de empleados de baja paternal, y varios más se marchan antes de la hora porque disfrutan de permiso de lactancia. Comprenderá usted que así es muy difícil que funcione ninguna empresa.

-Lo comprendo -respondí anonadado-. Pero en mi caso no ocurrirá así, se lo aseguro. Y bajando la voz añadí no sin cierta vergüenza:

-En realidad, ya tenemos dos hijos y no queremos tener más. En Febrero me he hecho la vasectomía. Puedo traerle un certificado médico si es preciso.

-No, no es necesario -respondió aquella cara de pájaro tras mirarme de arriba abajo con una sonrisa inmisericorde-. Lo anotaré en su ficha de solicitud y así ya sabemos a qué atenernos en ese aspecto. Y dígame, ¿dónde ha trabajado hasta ahora?

-Bueno, han sido cosas temporales, pues necesitaba tiempo para cuidar a los niños.

-¿Trabaja su esposa?

-Sí, claro. Es jefa de negociado en Correos.

-Eso está muy bien; un puesto de responsabilidad. No todo el mundo está capacitado para un puesto de responsabilidad.

Tras unos segundos de pausa, en los que pareció pulsar mi capacidad de respuesta emocional ante tal provocación, prosiguió con voz impersonal.

-Y en cuanto al salario, ¿cuánto aspira a ganar usted?

Ese era un punto delicado. Intenté responder con ingenuidad, aparentando confianza y aplomo pero sin dejar traslucir la importancia que aquel empleo tenía para mí. Me pareció que la señorita Ulibarri me miraba ya con algo de simpatía.

-La verdad es que mi esposa tiene un buen sueldo. Yo necesito trabajar para conseguir unos ingresos extras, es cierto, pero sobre todo busco un empleo para realizarme. Los niños ya van siendo mayores y cada vez me necesitan menos. A veces me siento un inútil, todo el día en casa, ya sabe. Lo cierto es que ahora necesito trabajar en algo que llene mi vida. El salario no será un problema irresoluble, se lo aseguro.

-¿Qué edades tienen sus hijos?

-La mayor ha cumplido ocho años y el pequeño seis. Ya van los dos al colegio -expliqué con orgullo paterno- y yo podría ir a recogerlos al salir del trabajo, antes de hacer la compra. No interferirán en nada con el horario de trabajo.

-Muy bien. ¿Sabe usted idiomas?

Vaya, ya me había pillado. Los dichosos idiomas. Parece que hoy día no eres nadie si no chapurreas al menos un par de lenguas extranjeras. Me imaginé el nivel de inglés que podía tener la rubia secretaria de la entrada. No mayor que el mío, desde luego. Y si aquella chica dominaba el inglés tanto como parecía descollar en el castellano, seguro que en Coventry no tendría nada que hacer, a pesar de la melena platino y la minifalda.



-Ayudo todos los días a mis hijos con los deberes. El inglés se nos da bastante bien. Además, tengo pensado matricularme con ellos en una academia de idiomas en cuanto termine el curso escolar.

-Magnífico -respondió la señorita Ulibarri con un gesto que denotaba que la entrevista había terminado-. Muchas gracias, señor López. Estudiaremos su solicitud con el máximo interés y en pocos días le haremos saber nuestra decisión.

Salí a la calle notando un incómodo reguero de sudor por mis axilas. Estaba más nervioso de lo que imaginaba. La maldita señorita Ulibarri, su traje gris marengo y su cara de pájaro habían sido demasiado para mí. Entré en la primera cafetería que encontré en mi camino y pedí una cerveza.

-¡Hombre, Ramón! -sonó una voz potente a mis espaldas-. ¡Pero, ¿dónde te metes, chico?! ¡Hacía mil años que no te echaba la vista encima! ¡Tienes un aspecto magnífico!

Volví la cabeza sorprendido y me encontré con mi amigo Jorge, cargado con varias bolsas de un hipermercado cercano.

-¡Hola, Jorge! Pues ya ves; acabo de asistir a una entrevista de trabajo.

Mi amigo se quedó quieto, inmóvil, como petrificado.

-¿Entrevista de trabajo? ¡No me digas que ahora quieres trabajar! Pero, ¿a qué viene esa locura repentina? ¿Acaso no estás bien así? ¡Si vives como un marqués! Y mira que buen aspecto tienes, chico. Hasta andas de corbata.

-No te creas. Me siento un inútil. No soporto seguir dependiendo del sueldo de mi mujer. No sé... Necesito hacer algo, trabajar en algo fuera de casa.

-¡Tú estás loco! Depresión, eso es. Seguro que tienes una depresión como un piano. Pero no te preocupes. Tengo un amigo que conoce a un psiquiatra magnífico. Si quieres, ya podría...

-Déjate de depresiones y de rollos. ¿A ti no te ocurre algo así? ¿Nunca has sentido que tu vida es algo vacío y sin sentido?

-¿Sin sentido? Estás muy mal, Ramón, de verdad. Mira; ya he llevado los niños al colegio, tengo las camas hechas y ya he solucionado la compra. ¡Vaya tías que había hoy en el super, amigo, vaya tías! Y una me preguntó dónde estaban las compresas.

Yo creo que quería guerra. Ramonín, majo, que tú no te enteras de nada. Que eres un soso, Ramón, que te lo digo yo. Y fíjate; aún tengo tiempo para tomarme unas cervezas y leer el "Marca" antes de que mi mujer vuelva de la oficina. ¿Sin sentido, dices? Estás muy mal, amigo, de verdad.

Lo miré dubitativo. La verdad es que a Jorge no le iban del todo mal las cosas. Chalet adosado, dos coches, un mes de vacaciones en Torremolinos... hacía footing por las mañanas con su perro labrador y siempre estaba de buen humor. Sí; a lo mejor tenía razón el bueno de Jorge.

-Y dime, viejo -continuó en tono de burla-. ¿A qué empresa estás dispuesto a ceder ocho horas diarias de tu precioso tiempo? Sin contar las extras, claro.

-Pues he venido por un anuncio de "Gutiérrez limitada", aquí cerca. Necesitan un auxiliar de almacén y he pensado que eso me vendría bien. No creo que paguen demasiado, pero es sólo por las mañanas y me dejaría tiempo para los niños y para la casa.

-¿"Gutiérrez limitada"? ¿Has dicho "Gutiérrez limitada"? -respondió mi amigo con una expresión de horror en el rostro-. Pero... ¿tú sabes quién es la dueña de esa empresa? -Pues no -contesté con cautela.

-¡Marta Gutiérrez, tío! Ella es la jefa de todo ese negocio. ¡Menuda loba la tal Marta! La conocí en Torremolinos hace un par de años, por el verano. Una fiera en la cama, te lo aseguro. Tuvimos una aventurilla el año pasado, cuando mi mujer tuvo que volver a Madrid unos días para arreglar no sé qué desaguisado en la oficina. Eso es lo malo cuando trabajas. Te conviertes en imprescindible, y eso es muy peligroso. Les das la mano y, en cuanto te descuidas, te cogen el brazo entero.

Y siguió tras mirarme de arriba abajo.

-Pues lo tienes crudo, Ramonín. Doña Marta se pirra por los empleados jóvenes, rubios y atléticos. ¿Adónde pretendes llegar tú, con esa barriga y esa calva, que cada día te pareces más a un fraile dominico? Anda, déjate de rollos y hazme caso, que yo entiendo de ese asunto de los trabajos. ¡Trabajé una vez! Tres meses me duró, hasta que la jefa empezó a acosarme a todas horas. Tenía un par de tetas que en lugar de sujetador necesitaban un andamio. Me despedí al día siguiente de quedar con ella por primera vez. ¡Imagínate cómo sería la jefa! No, amigo, desengáñate. El trabajo no está hecho para nosotros. Lo que tendrías que hacer es salir a correr conmigo por las mañanas para ponerte en forma, y luego tomarnos unas cervezas. Conozco algunos sitios por aquí con unas camareras capaces de levantársela a un muerto. Bueno, te dejo, Ramonín, que aún tengo que pasarme por la tintorería para recoger un traje de mi mujer que llevé ayer para limpiar. Que tengas suerte con eso del trabajo. Y ya sabes; si cambias de opinión, te daré la dirección de mi amigo el psiquiatra.

Apuré mi cerveza. Este Jorge... Siempre seguirá siendo el mismo vivalavirgen. Nunca sentará la cabeza. Y eso de que la jefa lo acosaba... bueno, eso era de boquilla, seguro. ¿Quién va a acosar a un vago como Jorge, que jamás ha dado un palo al agua?

Unos días después encontré entre el correo una carta con remite de "Gutiérrez limitada". El corazón me dio un vuelco. Por fin podría dar un giro positivo a mi vida. Las puertas del club de golf local se abrían de par en par ante mí. Lo abrí, nervioso e ilusionado a la vez. Allí estaba mi futuro.

"Lamentamos comunicarle que su amable solicitud..."

Es curioso, pero no me sentí mal. Tan sólo me costó un ataque de risa nerviosa. Pensé en la señorita cara de pájaro y me alegré de no tener que contemplar aquel rostro todos los días del año, excepto festivos, puentes y tres semanas de vacaciones.

Cogí el teléfono y marqué el número de Jorge.

-¿Jorge? Soy Ramón. Oye, ¿a qué hora sales a correr mañana?