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Vecind(i)ario, segunda etapa | Humanidades | es.humhum.latura
Publica© Juan Manuel Larumbe (Albaroth) - Nunca es tarde - 1999
Mar
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Mensajes: 169
Localización: Madrid
Registro: 02.07.08
Publicado el 28-07-2014 10:02
es.humanidades.literatura ›
Para Anahis
1 mensaje de 1 autor
JML
14/02/01
Nunca es tarde.

Nunca es tarde para decir te quiero, para decir perdona, o para decir... te
quise.

Nunca es tarde para enmendar y remendar errores, para aprender.

Aunque pienso que siempre es tarde para el lamento, creo que sólo el
desahogo y la catarsis, breves, en privado y sin concesiones, a solas,
merecen un lugar en el reloj de nuestras vidas.

Este es un cuento improvisado, y a la vez marinado y lento, sugerido por la
historia de chapi y recogido de otro que escribí hace tiempo y con el final
cambiado. Porque el final siempre es nuestro y siempre podemos elegir.

Para ti, como otra vez que, sin yo saberlo, te dedicaron una historia triste
o quizá esperanzadora. Y porque las Amandas del mundo siempre eligen. Y
porque siempre quedarán ballenas.

JML
--------
Todo comenzó, como comienzan siempre estas cosas, en un corto periodo de
amor adolescente y vital, durante los meses de Julio y Agosto de 1.974.
Cuando Ismael Lorente Luján, de profesión provisional soldado, conoció y amó
de manera breve en Cartagena, España, a la mujer y niña que soñó ballenas.

La revelación, íntima y avergonzada, una confesión pudenda, fue susurrada en
los oídos de Ismael al tercer día del amor angosto de una estrecha cama, en
el cuarto piso de una vieja casa del castizo barrio del Moliné.

Según la mujer, de nombre Lucía Beltrán Ginés, 17 años, dependienta de
pescadería y sin mayor relación con la mar que el largo del mármol de la
tienda de sus padres, ella no soñaba sueños con ballena dentro; ella soñaba
a las propias ballenas.

Una diferencia preposicional que encubría en sí un hecho fascinante: Lucía
recreaba a las ballenas en su inconsciente nocturno para darles real,
descomunal forma de ballena ya adulta y se hacía luego una con ellas. Comía,
dormía y amaba como ellas y como ellas - o como ella misma ansiaba -, paría
sin dolor ni cirujanos ballenatos en el agua. Surcaba los siete mares
cantando canciones de ballena y eludiendo a los grandes barcos como ellas,
nadando siempre rumbo al sur, al reducto de la Antártida, acompañada por
sonrisas de delfín y aplausos de las focas y batiendo alegre las olas con su
cola mientras pasaba el tiempo sobre la mar y sobre la noche en que soñaba.
Transcurría así una existencia de lustros en minutos de sueño resoplado
hasta que el final, ineludible, llegaba. Y moría Lucía agonizando como
ballena con pánico inmenso, ahogada en el agua que fuera su medio y llorando
lágrimas enormes de ballena hasta que luego, menuda de nuevo en su cama,
despertaba húmeda de sudor y llanto y contenta de saber - no me pregunten
cómo -, que un nuevo ser, una ballena nueva y azul tal vez, o gris, o quizá
barbada, navegaba inédita por el mar real, nacida de la nada.

Diez años más tarde, el cinco de marzo de 1.984, la resaca de un sueño
sumergido en mares borrascosos marcó para siempre a Ismael Lorente Luján y
cambió la travesía de su vida, su carácter y su misma esencia en algo
impensable hasta entonces y apenas presagiado tiempo atrás, cuando Lucía -
ahora ya "la olvidada" -, narraba su propia mezcla de realidad y deseo y le
explicaba con pudor la materia de la que estaban hechos los más grandes
sueños.

Aquella mañana nublada y húmeda, Ismael despertó sorprendido a mitad de una
silenciosa galerna en blanco y negro. Estaba semiahogado por el sudor de
horas bajo la tormenta y se aferraba a la almohada como a un timón
ingobernable.

Sobre la mesilla, el reloj despertador sonaba estridentemente.
Lo paró con el desconcierto de los aun dormidos. Respiró despacio y con
estupor el primer aire del día y permaneció así, inmóvil, varado en la calma
atravesada de las sábanas revueltas, la mirada abierta a la ventana de la
alcoba, el cuerpo sudoroso y todavía encogido, el pecho sosegado por
momentos.

La luz de la calle entraba lenta en el piso y con ella los ruidos de la
Realidad diaria. Ruido de veloces persianas arriba abiertas con rabia, ruido
de rápido reparto y tráfico, de perros que ladran y críos que lloran, de
taladros y de obras. Ruido de ciudad por la mañana camino del sudor de la
frente en el trabajo y ruido en los patios. Algún grito. Desayunos y
Cacerolas. Cisternas y cañerías en golpes que rompían en paredes de papel y
edificios de naipes que nunca se derribarían.

Ismael suspiró, cansado, con las manos ocultando sus oídos, y logró
despejarse lo suficiente para recordar los arrecifes. Habían estado
cercándole en el sudeste de la noche, afilados y siniestros a la proa de la
cama y silueteados oscuros bajo una lluvia infame, detrás de las crestas
blancas de las olas.

La primera impresión fue... Que esperaban el naufragio.

Los sueños nunca habían influido en su forma de hacer o en su destino. Los
sueños, pensaba, eran buenos para la noche y para el poema, para la fantasía
y para los heroes, para las mujeres y los valientes. Los hombres corrientes
no soñaban y los sueños no servían más que de relleno en las almohadas de la
noche. Ni siquiera eran premonitorios. Nunca le habían evitado los pequeños
percances a los que era tan propenso: Accidentes mínimos de corte
superficial y poco profundo, herramientas mal dirigidas y dolorosamente
certeras, resbalones y tropiezos infinitos en los terrenos más seguros y
caídas de diversa índole; aparatosas y desgraciadas unas... ( Tres esguinces
en un año, todos en el mismo tobillo )...otras de escalera y de refilón,
caídas de pisar mal la vida y caídas en la desidia, la pereza y el abandono.
Creía, con una fé que llamaba estúpida, en la posible interpretación
simbólica de los sueños.

Los años de lectura intensa y caos en los que Freud y Jung compartían mesa
con el "Ejecutivo al minuto" y las noveluchas baratas de la Stelle lo habían
marcado levemente. Fue por eso, por lo que intentó reflexionar sobre las
imágenes ahora que todavía flotaban frescas en su memoria. Desayunó con
ellas sin resultado alguno, divagando libre en el raro océano sin colores de
la pesadilla mientras mojaba magdalenas en el tazón y miraba sin ver el
limitado horizonte de la cocina. Todavía pudo hojear un par de libros sobre
el tema antes de salir y de que le ocurriera el primero de los
extraordinarios sucesos que le perseguirían a lo largo de este día
turbulento.

Fue en el portal, después de abandonar el ascensor y apretado ya de tiempo.
El portero barría ensimismado el interior de su cabina y la mano de Ismael
estaba apoyada en la puerta, preparado para empujarla. Los complejos y el
inconsciente de Jung cayeron al suelo deshojados como un árbol en Otoño. No
sintió el silencio enorme que lo rodeaba hasta que abrió y confundió
asombrado la calle con una lejana playa cubierta de arena y algas, amarilla
y solitaria y bañada quizá por el mismo silente y furioso mar de su mórbido
sueño.

La visión lo trastornó durante un instante que pareció eterno. Reconoció en
sí un puñetero engaño del cerebro y apretó fuerte el pomo del portón.
Improvisaba una vieja técnica de los setenta, de cuando probaba el ácido
descalzo en la Ibiza de los collares y resolvió que la vida era un fluir sin
opción ni libre albedrío. Contó hasta diez mentalmente, con los ojos
cerrados, visualizando números enormes detrás de las cejas, con formas de
animal. Al llegar a un nueve tumbado de aletas, con la voluntad firme en el
vacío, comenzó a escuchar los ruidos. La realidad volvía molesta en la urbe
de horas punta. Un claxon enojado resonó a pocos metros. Abrió al fin la
puerta y miró al portero tras él, que seguía barriendo inconsciente. Recogió
el libro deshojado haciendo un montón bajo el brazo y salió. Luego lo
ordenaría. Llegaba tarde. Arrancó el motor de su automóvil y se incorporó al
torrente de metal con el sabor del sol y los corales aun bajo la lengua.

La segunda visión comenzó a las nueve y cuarto, a dos manzanas de la
oficina. Llegó de improviso y lo cogió por detrás, parado de pie junto al
semáforo que lo separaba del edificio. En esta ocasión el sueño se mezcló
con la realidad que lo circundaba. El muñequito rojo se puso verde. La ola
salpicó su ropa, y se encontró de nuevo en la imposible playa, con palmeras
como rascacielos de Castellana y el traje convertido en algas. Se encontró
desnudo, con los pies enterrados en la arena gris de un asfalto suave y el
rumor de la gente y del mar en su oído interno. Aferró el poste del semáforo
con su brazo izquierdo y notó el metal en su piel morena. Un hombre lo
empujó gruñendo, impaciente, y tuvo que apartarse. El hombre se internó
entre las olas y el poste se trocó en mástil y su tacto fue madera. Ismael
cerró los ojos irritados por la sal del agua.

Cuando los abrió la playa seguía allí y la gente y las calles habían
desaparecido. Había un extraño silencio que ocultaba el rumor del mar bravío
y los cantos de las gaviotas. El calor era sofocante. No sufrió cuando en
esa playa de amarilla arena su maletín le pellizcó la mano con una pinza de
langosta. Atontado, incapaz aun de afrontar el brusco cambio de situación,
se encontró mirando el mar con los ojos heridos por el sol del mediodía, con
los pies descalzos enterrados en el albero y la rara certeza de estar en el
mismo furioso mar de su agitado sueño.
Allí, alejados de la costa, estaban los arrecifes de formas quebradas,
extrañamente apacibles y sin atisbo de amenaza, bañados por el mar ahora en
calma, tan distinto del soñado. Permaneció Ismael de pie sobre la playa y
sintió la atracción de los escollos. Quiso nadar hasta ellos. Saber si
guardaban el secreto de su sueño, el final de su naufragio. Caminó hasta la
orilla lentamente y siguió hasta que el agua le llegó al pecho. Sobre las
rocas, la mujer, sirena acostada y Lucía, la misma de los años antiguos y
los sueños de mar, le saludaba y animaba, esperando.

Nadó sin saber hacerlo durante varios metros con enérgicas brazadas de
consumado atleta. Sin perder de vista los islotes. Siempre hacia delante.
Hacia Lucía. Sin mirar detrás. Nadó sin saber nadar y sin guardar la ropa
hasta que tocó con la punta de sus dedos la roca brillante del bajío. La
meta útil de una vida inútil que descubrió al fin cuando murió ahogado para
los hombres y un coche atropelló su maltrecho cuerpo en mitad del cruce,
dejándolo desmadejado como al muñeco rojo que nunca vio y que pareció
sonreírle desde el semáforo al otro lado de la calle.

Ismael vivió en su propio sueño ya para siempre junto a Lucía y dicen,
aquellos que saben soñar y navegar los sueños y los que sueñan sólo a veces
y visitan estas playas, que fueron y son felices y que las olas ya no
golpean si no arrullan... Y que las ballenas sonrien.

© JML, 1999

Mar
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