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Publica© José Puentes - El viejo patio encantado...
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Localización: Madrid, España
Registro: 25.06.08
Publicado el 02-05-2014 16:36
Dudaba en entrar. El portón desvencijado, telarañas en las cornisas y algún correteo juguetón por debajo de unas tablas, no animaban demasiado a dar el paso, pero se escuchaba al fondo como el murmullo de un televisor, ecos de patio vacío y el viejo aroma a puchero puesto al fuego. No sabría identificar el guiso, que mi apéndice nasal ha perdido ya mucha capacidad después de tanta pipa de antaño y hogaño, pero atraía como en mis tiempos de infancia cuando se acercaba la hora del almuerzo.

Podría ser de un vagabundo sin techo cobijado en estos duros tiempos tras los muros de la vecindad ruinosa, pero la curiosidad y los recuerdos pudieron más, atravesé la arcada y con paso lento llegué hasta el otro extremo del portal. Desde allí se veía el patio casi desierto, lleno de rastrojos y papeles viejos, todos escritos. Y, sí, había una tele con un busto parlante en un monólogo interminable, pero no fue eso lo que atrajo mi atención. En una esquina, limpia y reluciente, una mesa y varias sillas ocupadas por personas que hablaban por turnos con expresiones a veces tristes y otras alegres. Poemas, adivinanzas, pequeñas historias, recuerdos de los antiguos vecinos ya fallecidos… Reconocí las caras de algunos, de otros no sabría decir si los conocí o no por aquí, pero no fui capaz de pasar adelante. Los recuerdos se agolparon de repente mientras les escuchaba y no podría definir la sensación, pero era como si aquel edificio se mantuviera sólo con sus voces; como si los pilares, las vigas y las paredes estuviesen atentas a cada palabra, a cada risa, lamento o discusión. Desde allí la resonancia era menor que desde la entrada y se escuchaba con claridad. Pasó un gato sigiloso, hasta que se asustó al verme, y unos gorriones se posaron curiosos en la cornisa que estaba sobre la mesa, pero nada parecía alterar a los presentes. No sé el tiempo que estuve embelesado ni sería capaz de relatar la nostalgia que sentí, pero como no pude hablar con ellos tomé un papel de los del suelo, escribí unas líneas por la cara que estaba más limpia, lo sujeté en una esquirla del portón, con la esperanza de que lo viesen al marchar, y deje aquel lugar encantado para entrar de nuevo en el rumor ruidoso de la calle. Con suerte, al menos sabrían que por allí pasó uno que les apreciaba y que todavía les aprecia.

© José Puentes. Abril de 2014.
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