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Vecind(i)ario, segunda etapa | Humanidades | es.humhum.latura
Publica© Sap - HORMIGAS
Mar
Administrador

Mensajes: 169
Localización: Madrid
Registro: 02.07.08
Publicado el 05-10-2011 09:25
El niño observaba con atención la procesión de hormigas que discurría bajo
sus zapatos. El banco era alto y él lo suficientemente pequeño como para no
tocar el suelo con los pies. El sol había empezado a fabricar sombras
alargadas.

Las hormigas transportaban el cuerpo de un saltamontes o una mantis.
Formaban dos filas que caminaban en direcciones opuestas, dos rectas
paralelas que se engrosaban como un tumor negro y bullente en el tumulto que
rodeaba al cadáver.

El niño apoyaba la cara entre las manos, fija la mirada en el desfile.
Imposible adivinar si su gesto era de fastidio o admiración ante lo que
veía. Pasaba un chicle de un lado a otro de la boca y de tanto en tanto
hacía globos que aparecían y desaparecían de súbito tras una mínima
explosión rosa.

A su lado, también en el banco pero recostado, el hombre encendió un
cigarrillo. Agitó el fósforo y lo arrojó al suelo. Fatalidad. Cayó entre las
filas de hormigas y allí la diminuta llama recobró la viveza necesaria para
dispersar el cortejo. Las hormigas abandonaron por un momento el saltamontes
o la mantis y rodearon la cerilla como espectadoras hieráticas y sabias.
Cuando finalmente el fuego consumió la madera y se extinguió, volvieron a su
trabajo.

El niño dijo entonces:

-Nos contó la señorita Albers que la queratina las protege del fuego.

Por toda respuesta, el hombre gruñó un poco y se tapó los ojos con el ala
del sombrero. La atmósfera estaba tan caliente que el humo del cigarrillo
apenas subía al aire y rodeaba al hombre como la aureola de una aparición
fantasmal. A su lado había dos botellas vacías de Budweisser y otra de
Pepsi.

El niño separó la cara de las manos y giró la cabeza con un gesto brusco
hacia el hombre:

-¿Entonces no volveré a la escuela de la señorita Albers?

El hombre permaneció quieto y mudo. Tal vez trataba de dormir. Su aspecto,
desde luego, era el de un hombre que llevara sin dormir muchas horas. El
traje de rayas arrugado y la corbata aflojada no indicaban lo contrario.
Tampoco la barba de un par de días que se confundía con las sombras.

El niño retomó su posición anterior y la observación de las hormigas
diligentes, imperturbables. Dos ritmos se acoplaron: el discurrir de las
filas y el leve ronquido que emitía el hombre. Luego, aburrido tal vez o
furioso o ambas cosas al mismo tiempo, el niño se levantó del banco y
comenzó a pisotear la caravana y su preciosa carga. Fue el colapso. A
conciencia, fue arrastrando las pequeñas suelas de goma sobre decenas de
hormigas que trataban de proteger su tesoro del caos y la destrucción
ofreciendo sus propias e insignificantes vidas.

Todavía de pie, agitó una pierna del hombre para despertarlo:

-¿Y mamá? ¿qué pasa entonces con mamá?

El hombre se revolvió y cambió de postura con lentitud. Escondió aún más los
ojos dando un fuerte tirón del sombrero y se apoyó de lado contra la gran,
la enorme, la hinchada maleta forrada de piel de vaca que olía tan mal.


© Sap. 06/07/06

Mar
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