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Vecind(i)ario, segunda etapa | Humanidades | es.humhum.latura
Publica© Sap - Casi todos queríamos a L. A.
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Localización: Madrid, España
Registro: 25.06.08
Publicado el 15-10-2009 22:55
Al poco de conocer la luctuosa noticia, un opinador dijo en la radio que "Luis Aguilé ya podía cantar durante dos horas seguidas que todos los que cumplimos cincuenta años tararearíamos cuanto cantara", para apresurarse a añadir, "Todos excepto Leopoldo Perdomo, claro".

Es cierto. Luis Aguilé, más que famoso (famoso en la execrable acepción moderna), fue popular y familiar, hasta alcanzar para muchos el grado de entrañable. Un fijo de la tele, y por lo tanto, de nuestras vidas. Aguilé era como uno de esos primos segundos o terceros con los que no tenemos relación pero con los que mantenemos un vínculo de pertenencia. En su caso, esta pertenencia ha sido a la memoria común de al menos dos generaciones. Tenía una inmediata capacidad de alegrar y en muchos momentos, hasta de divertir, pues pertenecía a esa clase de cantantes que ya han desaparecido de la escena por extinción de la especie, los que ejercían su oficio para simple y llanamente, ya digo, divertir. Era un caso similar, por familiaridad y actitud, al de Peret.

Personalmente había dos cosas que me hacían mucha gracia de Luis Aguilé. La primera, el acento que adoptó para interpretar sus canciones, que no era el suyo argentino natal, sino un español inflexionado hasta hacerlo parecer el de un turista entre inglés y francés. Imagino que esta acusada característica podría deberse a la exitosa estela que habían dejado algunos crooners yanquis que cantaron en castellano, a la cabeza de ellos aquel cantante negro con nombre de restaurante chino, Nat King Cole. La otra cosa graciosa es que en sus actuaciones y programas televisivos (todos familiares y de un humor tan blanco como el abdomen de Iniesta) le gustaba aparecer como un seductor en la onda de Sinatra, algo decididamente chocante en cuanto se observaban sus ojos de lechón que a medida que fue cumpliendo años se fueron haciendo más porcinos, y a su pelambrera, que en cuanto escaseó debió emplear una complicada ingeniería capilar para disponerlo de tal forma que no se notara su falta, dándole finalmente el aspecto, con su tupecillo abovedado y el tintazo en tono whisky, de una vieja gloria del rockabilly. Por otro lado, Aguilé tenía un cuerpo de hechuras eunucoides que trataba de disimular con anchísimas corbatas de colores y que en casa, a mi tía Anita, la hacía exclamar cada vez que aparecía en la pantalla grisácea, "Huy, mira éste, estrecho de espalda y ancho de culo, maricón seguro", burla que llegaba a mortificarme pues a mí me gustaba el muchacho tal como era.

Como entrevistado, Aguilé hablaba mucho, era un punto engreído y sabía absolutamente de todo. En dos palabras, era argentino. Hasta se dice que llegó a ser finalista del Planeta, pues en sus últimos años le dio por escribir novelas (¿Alguien conoce alguna, por favor?). Siempre presentó cierta amargura de no haber sido reconocido suficientemente por la crítica "seria" que no dejó nunca de verlo como un chisgarabís que no iba más allá del Tío Calambre y Juanita Banana, algo desde luego profundamente injusto por parte de la crítica, pero exagerado también por parte de Aguilé. Creo que se hubiera emocionado muchísimo cuando en los telediarios todos los entrevistados en la calle se mostraban consternados ante la noticia de su fallecimiento, teniendo para él las palabras más cariñosas y admirativas. Es lo que importa. A ese coro, y desde luego agradecido, me uno con todo pesar, pues su muerte, con todas sus referencias, toda su tele, sus gafas redondas de pasta, sus sombreritos pata de gallo, su bastoncito y su chispeante geticulación a cuestas me acerca, inexorable, implacable, a la mía propia.

Joder, cuánto lo he sentido.

:'''-(
fw adjunta la siguiente imagen:

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