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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© MAR - POR UNA SIMPLE LLAMADA…
Mar
Administrador

Mensajes: 169
Localización: Madrid
Registro: 02.07.08
Publicado el 22-11-2013 11:44
POR UNA SIMPLE LLAMADA…

Necesitaba encontrar una cabina telefónica urgentemente. Había agotado la batería de mi móvil intentando localizar a Juan pero siempre ocurría lo inevitable, no estaba operativo. Nunca lo estaba cuando lo llamaba.

Llegué a la plazoleta totalmente acelerada, casi rozaba la histeria cuando comprobé desazonada que todas las cabinas estaban ocupadas. Me acerqué a una de ellas; dentro se encontraba un hombre que no hablaba por teléfono en aquel momento, al parecer estaba buscando algo en sus bolsillos. Decidí empujar la puerta y entrar mientras le decía, con un morro fuera de normal, que era una urgencia y que tardaría sólo un minuto. Sin esperar su respuesta descolgué el auricular y, con rapidez, marqué el número al que estaba deseando llamar. El hombre protestó sin ningún éxito y no tuvo otro remedio que quedarse dentro de la cabina porque, cuando entré, lo primero que hice fue soltar mi pesada, grande y abultada cartera justamente delante de la puerta. Para salir tenía que agacharse a recogerla o apartarla y debido a las reducidas dimensiones del habitáculo ciertos movimientos podían resultar muy comprometidos. No se atrevió

- ¡Juan! Ya era hora, -dije enfadada- Habíamos quedado a las dos ¿lo recuerdas? Tengo que volver al despacho y ni siquiera has sido capaz de llamar para decirme que no vendrías.
- No, no he comido ¿dónde demonios estás?
- No quiero más disculpas, ya estoy harta ¿sabes?

El hombre me tocó el hombro con un dedo, giré sobre mis pies y vi que me hacía señas mostrándome su reloj, estaba, por sus gestos, más enfadado que yo misma; mientras seguía discutiendo con Juan, le di a entender que terminaría enseguida.

-Mira, Juan, el problema no es tu trabajo, siempre me dejas plantada y ya no estoy dispuesta a soportar tus caprichos.

El calor era insoportable y la temperatura empezaba a subir en aquella cabina. Perlitas de sudor cubrían mi piel. Solté también mi bolso, me quité como pude la chaqueta y desabroché dos botones de mi blusa sin darme cuenta de que el hombre estaba ahí, a mi lado, observándome atentamente.

-¡No, no me cuentes más historias, por favor!, que si sólo sois compañeros de trabajo, que si se le ha estropeado el coche...

Entonces vi que él tenía clavados sus ojos en mi escote. Recompuse mi blusa, oculté el encaje de mi sujetador y me fijé en que él también sudaba.

- Lo que me fastidia, Juan, es que siempre quieres tener razón, hemos quedado para comer y tengo que volver a trabajar ¿tan complicado es avisar que tú no puedes?

-¡Sé que estás con Sonia!

Con toda naturalidad le aflojé el nudo de la corbata y, al igual que había hecho momentos antes con los de mi blusa, desabroché también un par de botones de su camisa que empezaba a oscurecerse por el sudor.- Me miró sorprendido pero no hizo nada para impedirlo.

-Sí, claro que lo sé, y desde hace tiempo.

Estaba tan absorta en la conversación y tan indignada con la actitud de Juan que, de forma automática y con total naturalidad, seguí con mi tarea de desabrocharle mientras sujetaba el auricular entre mi hombro y mi mejilla.

-Que sí, has oído bien, sé lo tuyo con Sonia. Mejor dicho, no lo sabía con certeza pero acabas de traicionarte a ti mismo y tú solito me lo has confesado.

Le ayudé también a quitarse la chaqueta; era muy alto y tuve que ponerme de puntillas para echársela hacia atrás, perdí el equilibrio y me encontré tan pegada a él que me sonrojé y retrocedí un minúsculo medio paso, no había espacio para más.- Instintivamente el hombre de la cabina me sujetó por los hombros, el auricular resbaló y los dos, intentando evitar que cayera nos encontramos con las manos juntas. Fue en ese momento cuando, al notar el contacto de su cuerpo y de sus manos, me di cuenta de lo que había estado haciendo.

Juan seguía hablando y contándome no sé qué historias, pero a esas alturas ya no le escuchaba.

-Olga, ¿Olga? ¿Sigues ahí? ¿Qué pasa?

-No pasa nada, y sí, sigo aquí -contesté nerviosa-

-Te estaba explicando que…

-¡Eres un cabrón! Mira Juan, ya no hace falta que me expliques nada, hemos terminado -le dije reaccionando- Cuando llegue a casa quiero que hayas desaparecido de mi vida, recoge todas tus cosas y deja la llave en el tiesto de la entrada. Si no lo recoges todo lo tiraré por la ventana así que te aconsejo que vayas.

-¡HAZLO AHORA!

La mirada de mi compañero de cabina era ahora diferente, había dejado de hacer piruetas con su reloj delante de mi cara y escuchaba atentamente mi discusión con Juan.

Colgué con fuerza el teléfono y permanecí en silencio No podía moverme. Había sido capaz, por fin, de tomar la decisión que debí tomar muchos meses antes.

Con la espalda contra al cristal de la cabina me agaché, recogí mi bolso y mi cartera y él pudo abrir la puerta. Salió delante de mí manteniendo la puerta abierta para que yo saliese. Me pareció un caballero. Entonces me preguntó con interés si me encontraba bien.

-¿Cómo dice? ¡Ah! Sí, sí, ¡estoy de maravilla, no se puede hacer una idea de lo bien que estoy! -

No hizo su llamada. Quiso acompañarme hasta el aparcamiento donde yo había dejado el coche.

-¿De verdad está bien? -me dijo mientras caminaba a mi lado- ¿no quiere tomar un café, o algo frío? Hace tanto calor...

De pronto me di cuenta de todo lo que había sucedido en la cabina. Me sentí tan avergonzada, que no sabía qué decirle.

-Lo siento -dije mirándole a los ojos- Lo siento mucho, he sido muy impulsiva, perdone si le he molestado, por favor. No me daba cuenta...

-No pasa nada, no se preocupe. Entiendo que en ese momento, en fin... Tampoco puedo decirle que siento que lo haya dejado.

-¡Ah! ¿No? pues vaya, llevábamos juntos dos años -

-Bueno, pero yo no les conocía, y, ahora, la he conocido a usted, justo en el momento en que ha dejado a Juan. Me pregunto... si puedo llamarla algún día para dar un paseo o tomar una copa mientras charlamos.

Yo le miraba y pensaba que tal vez era un oportunista, que el destino le había puesto en el sitio perfecto y en el momento exacto para aprovechar la ocasión, pero, me gustaban sus dulces ojos...

Pensé que no perdía nada por tomar una copa con él, si me llamaba, y con más tranquilidad le podría dar alguna explicación sobre mi actitud en la cabina. Eso si yo conseguía entenderla, claro. Le di mi tarjeta con la seguridad de que no volveríamos a vernos.

Ahora, llevamos casados 7 años. Tenemos 5 niños y 2 perros.
La plazoleta sigue igual y ocurre que, de vez en cuando, necesitamos con cierta con urgencia hacer "alguna simple llamada".

Los dos. Juntos. Desde nuestra cabina.

©Mar

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"Lo que embellece al desierto es que en alguna parte esconde un pozo de agua".
Antoine de Saint-Exupery (1900-1944); escritor francés.

Mar
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