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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© gsmiga - Historias del viejo río V.
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Localización: Madrid, España
Registro: 25.06.08
Publicado el 07-04-2013 19:08
Aquella tarde de sábado se presentaba atractiva. Mientras esperaba a Estela sentado en nuestro banco cerca del río, repasaba los aconte- cimientos de la noche anterior. Nuestro jefe de ventas me había feli citado por haber conseguido la mayor tasa de productividad mensual del departamento comercial. Había traido el block de pedidos a rebosar, y en la cena que celebramos al rematar la reunión, el ambiente fue mag nífico.

Estuve sentado al lado de Regina, la atractiva jefa de contabilidad, que me señaló que había escuchado en la dirección comentarios harto elogiosos sobre mí. Luego rematamos la soirée en una sala de fiestas en donde bailamos y charlamos hasta las tantas.

Mientras aguardaba a mi novia pensé que si los negocios seguían el ritmo que llevaban, pronto tendríamos ahorrado lo suficiente para ca sarnos. El aire era blando y dulce para respirar, y al borde de la rumorosa corriente, a poca distancia de la imponente arquitectura del Puente Romano, pensé de que tenía motivos para ser feliz.

Creo que me quedé dormido mientras esperaba. Cuando volví en mí, la tarde abrileña desdibujaba sus dorados resplandores en los ocres de los árboles próximos a la corriente...y Estela no aparecía. Comencé a sentir inquietud, y levantándome fuí en dirección a su casa, que estaba a unos trescientos metros de distancia.

Cuando llegué a la entrada vi salir apresuradamente a Delmiro, el pri mo de Estela, que no respondió a mi saludo y siguió calle abajo sin mirar a derecha ni a izquierda. Subí, y llamé al timbre. Nadie respon dió. Insistí, obteniendo igual resultado. Entonces me dí cuenta de que la puerta estaba entreabierta. Entré...

-¡Estela!, soy yo. ¿Vienes?

Silencio absoluto. Me ví allí, sin saber que hacer. Decidí pasar al comedor. Allí encontré una escena horripilante. Los padres de mi no via estaban en el suelo, doblados en posturas forzadas y cubiertos de sangre. Me acerqué y ví que estaban muertos.

-¡¡¡Estela, dónde estás!!! ¡Contesta, por favor!

Silencio. Conocía la casa y la recorrí en busca de mi novia. Allí no estaba. Dentro del horror que me embargaba, tuve la esperanza de que ella estuviese a salvo. Pero ¿quién había cometido tal salvajada? Y ¿por qué motivo? De pronto me entró prisa por encontrarla. Necesita ba verla, abrazarla, aspirar el aroma de su pelo...¿Y su primo, por qué llevaba tanta prisa?

Bajé al portal y escuché una sirena; me asomé y ví un coche de la Po licía y una ambulancia acercándose a toda prisa. Tenía que irme de allí, porque no quería que me encontrasen dentro. Tendría que contes tar a preguntas para las que no tenía respuesta. Salí pegándome a la puerta y bajando la cabeza, para evitar dar sensación de apresuramien to injustificado...

-¡Eh, oiga, aguarde un momento!

Se dirigían a mí. Evité mirar al que me estaba voceando y apresuré el paso, sin llegar a correr. Cuando me encontré al comienzo del puente bajé a todo gas las escaleras de su contrafuerte, que me llevaron di rectamente a una explanada, cerca de la orilla del río. Allí hay una ermita dedicada a la Virgen de los Remedios. Solamente se abre al pú blico en septiembre, durante la festividad de Los Milagros. Pero jun to a sus muros, solitarios y sombreados ya por la anochecida, busqué refugio. Necesitaba pensar.

Tenía que encontrar a Estela. Su ausencia y el desastre que acababa de presenciar en su casa me hacían presentir que estaba en serio pe ligro. Pero ahora tenía a la policía detrás. ¿Y si el que la avisó fue Delmiro? ¿Acaso no llevaba excesiva prisa cuando nos cruzamos? Una idea iluminó mi sobreexcitado cerebro. Conocía los lugares que frecuentaba. Miré el reloj y marcaba las ocho y media. Me dirigí a un café del barrio del Polvorín, que tenía mesas de billar, y en el que solía pasar bastante tiempo jugando con su peña. Apostaban la ce na, y el ganador podía pedir lo que quisiese, al revés que los otros para los que había, solamente, menú unico.

Sí. Delmiro tenía que saber lo que habia pasado. Y me lo contaría. Y me diría dónde estaba mi novia. Si era preciso lo obligaría por la fuerza. Estaba ya cerca del café La Llave, casi me dieron ganas de echarme a correr para llegar antes. Me frenaron dos tipos trajeados que estaban a la puerta, mirando a los transeúntes que discurrían por la acera. Tuve un mal presentimiento y corté por una bocacalle próxima. Desde la esquina estuve observando a los fulanos y llegué a convencerme que eran de la bofia. ¿Estarían esperando a Delmiro? ¿O quizá se lo habían llevado ya y aguardaban por mí? Tal vez, al sentirse apretado por sus preguntas les contó que se había cruzado conmigo a la puerta de la casa de Estela. Pero si fue así, no po- dría decirles nada en mi contra, porque yo llegué cuando el esca paba. Sí, escapaba. Y el que escapa tiene algo que temer u ocultar. A lo mejor tuvo el cuajo de acusarme a mí de su delito. ¿Quién sa be lo que se es capaz de hacer cuando la situación es desesperada?

No podía seguir en la esquina, mirando a los dos tipos a la puerta del café. Subí por el callejón en el que estaba, y torcí a la dere cha, a una calle paralela. Había tomado la resolución de volver a mi casa. Desde allí llamaría a casa de mi novia. Seguro que ella no me respondería, pero quizá podría confirmar mi sospecha si contes- taba un polizonte. Entonces procuraría sonsacarlo unos instantes, evitando que localizasen la llamada. ¿Sonsacar a la policía? Tarea difícil, pero lo intentaría. Preguntaría si sabían algo sobre Es tela. No. Si preguntaba por ella sabrían que era yo. Mejor pregun taría por sus padres...¡No, no, no! Solamente recordar su trágica visión me estremecía. Mejor preguntar por Delmiro. Fingiría ser un amigo...

¡Maldición de Dios! A la puerta de mi casa están dos fulanos con pinta de policías. ¡Hablan con mi madre! ¡Canallas! ¿Por qué la me ten a ella en tan sucia y horrible situación? ¿Qué tiene que ver con el crímen de los padres de mi novia? Seguro que le preguntan por mí, y ella querrá conocer la razón de su interés, y entonces la pon drán al corriente de la bestialidad...Mi madre es una persona sensi ble y está sufriendo terriblemente. No alcanzo a verle la cara por la distancia, pero la noto nerviosa. Mueve las manos con agitación.

Me doy la vuelta porque no puedo aguantar más la visión de mi madre en medio de los dos esbirros. Ahora ya no sé qué hacer, ni a quien recurrir. ¡Ah, sí! queda Purita. Es amiga de Estela, y ella me ayu dará. No sé cómo, pero estoy seguro que podrá decirme algo que me lleve hasta el paradero de mi novia. Pero debo ser muy prudente. Y por eso es mejor que llame desde una cabina.

-Purita, soy Ernesto. ¿Puedes ayudarme? No sé nada de Estela...
-Pero, Ernesto...
-Acabo de presenciar algo horrible-la interrumpo-, insoportable. Necesito ver a Estela. ¿Puedes ponerte en contacto con ella?
-Ernesto, ¿dónde estás? ¿desde dónde llamas?
-Eso no importa. Estela corre gravísimo peligro. Es preciso que la vea. No puedo soportar la idea de que vuelva a su casa y...¡oooh!
-¡Cálmate, Ernesto! ¿Por qué no vienes hasta casa y tratamos de localizarla desde aquí? En la calle, tú solo no puedes hacer gran cosa...Ven, por favor.

Cuelgo. Necesito rumiar el ofrecimiento de Purita. Es verdad que en mi estado y con mi escasez de medios poco puedo hacer. Preciso un lugar que me sirva de centro de pesquisas, con un teléfono "lim pio" y con una voz que no sea la mía para investigar en hospitales, centros de acogida, Policía...De momento el ofrecimiento de mi ami ga no parece problemático. Ni para ella ni para mí. Si es preciso pasaremos la noche intentando hallar a mi novia, y si alguien tie ne que salir hacia algún organismo oficial, sin levantar sospechas, Purita es la persona indicada. Y mañana ya pensaré algo distinto, porque... preciso descansar y tomar un sorbo de agua para mi boca completamente reseca.

La casa de mi amiga está al otro lado de la ciudad. Camino abstrai do en la ausencia de mi novia. Daría lo que me resta de vida por hablar...¡qué digo hablar!; simplemente por saber que está a salvo, me daría por satisfecho. Tengo conciencia de que hasta que encuen tre a Estela no tendré reposo. Tengo que ir con cuidado, observando a la gente y la circulación. No veo nada sospechoso en todo el tra yecto. Vuelvo a afilar mi atención en la cercanía de la vivienda de Purita. No se ve peligro a la vista. Ni tipos sospechosos, ni ambulancias, ni coches de Policía. Llamo al timbre del portal y oigo la voz de mi amiga...

-¿Ernesto? Sube, por favor.

Pulso la luz de las escaleras y comienzo a subir hasta el segundo piso. En el rellano próximo oigo abrise la puerta de la vivienda de Purita. Al subir el tramo final, la veo de frente...y detrás a dos fulanos encorbatados y muy serios. Doy la espalda y me lanzo en tromba escaleras abajo. Unos tipos forzudos me esperan en el re llano del primero.

-Pare, amigo. Terminó ya su recorrido.
-Suéltenme, cabrones, tengo que encontrar a mi novia...
-Nosotros lo vamos a ayudar.
-¿Ayudar? Déjenme, hijos de puta, suéltenme de una vez...

Enmudezco de asombro. En el portal está mi madre, y ¡los padres de Estela! ¡Pero si están muertos! ¡Asesinados! ¡Hablan calmadamente con mi madre! Dos indivíduos vestidos de blanco me meten algo raro por el pecho y los brazos inmovilizándome. Me introducen en una am bulancia.

-No temas, Ernesto, que lo hacen por tu bien-la voz de mi madre suena mezclando inquietud y alivio.

-Sí, Ernesto, ya verás que pronto te repones-corea la madre de Estela, mientras su marido me sonríe animándome. ¿Desde cuando hablan los muertos?

-Esperemos que su hijo mejorará pronto de este nuevo "brote" -le dice un señor de bata blanca a mi madre-Llegará a olvidar la desgracia que le ocurrió, siempre que observe las pautas que le marcaremos.

-Tiene estas "recaídas" desde que nuestra hija se ahogó en el río -comenta el padre de Estela.

No entiendo nada. Todos mienten. Y no alcanzo a comprender el motivo de su actitud. ¿Qué tienen contra mí? ¿Y contra Estela?

Hace un mes que estoy de vuelta en casa. La estancia en el sanatorio me sentó bien. Tengo muy buen apetido y duermo como un lirón. Pronto comen zaré a salir a la calle. Mientras espero el permiso, me animan muchísimo las visitas que cada tarde me hace mi novia, que tanto se preocupa por mí. No sé que sería de mí si faltase. No soportaría vivir sin Estela.

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Pacoz
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Registro: 31.07.08
Publicado el 12-04-2013 21:41
No es mal cuento. Técnicamente inobjetable y con final sorpresivo, como quería Poe. De trodos modos no me atrapó. Para mi gusto debiera ser menos descriptivo y el perosnaje en vez de correr tanto debiera agregar sospechas o meditaciones distractivas que infundieran un ambiente ominoso. Es una opinatrio



¿Cómo mierda se hace para enviar una foto?. Acabo de enviar una a http://www.vecindiario.es/news.php pero me diecen que no es una dirección apta. Gracias.
PacoZ.
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