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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© gsmiga - Historias del viejo río IV.
fw
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Localización: Madrid, España
Registro: 25.06.08
Publicado el 28-12-2012 23:06
La estancia está en penumbra. Un escaso velón de sebo alumbra la tétrica escena: un cuerpo yerto de mujer yace encima de la alargada artesa; su sexo es una llaga sangrante coagulada. Inerte, la moza joven y agraciada , ha cumplido ya su destino, y una criatura húmeda y palpitante está en los brazos de la vieja cocinera. El médico rural, con el gesto contraido abandona la estancia y va a dar parte a la Guardia Civil. Al poco tiempo llegan un cabo y un número que se hacen cargo de la situación.

-¿Quién es la difunta?-inquiere el cabo.

-Es la moza de cocina que me ayudaba en mis tareas.

-¿Cuál es su filiación?

-¿...?

-¡Que cuál es su nombre!-inquiere el agente con impaciencia.

-¡Ay, sí señor! Es que no entendía-se disculpa la vieja-; se llamaba Deo
linda Carreiro Durán.

-¿De dónde procedía?

-No lo sé, señor...Llegó aquí...no explicó...

El cabo da orden de amortajarla y pregunta si hay en la casa bestia para transportar el cuerpo. Se habilita una mula, y tras un somero amortaja-- miento, dispone que el número lo lleve al depósito municipal del cemente rio. El cabo marcha a dar parte el Juzgado de Paz.

-Señor juez, vengo a comunicar el nacimiento de una criatura de sexo mas
culino, y el deceso de su madre, muerta en el parto. Su cadáver ha sido
trasladado el cementerio, a la espera de lo que disponga Su Señoría.

-Habrá que ver el parte del médico. Podría acercarse a su consulta y---
traérmelo.

-Lo que mande Su Señoría.

El médico está terminando de redactar el certificado de defunción, mien tras el guardia espera, respetuosamente, a su lado. En la faz del cabo se lee un signo de inquietud.

-Me dirá usted que me meto en lo que no me importa, doctor, pero...¿qué
va a ser de la criatura?

-Por lo pronto bautizarlo, porque ya sabe usted que hay una epidemia de
meningitis muy extendida. Y luego, si nadie se hace cargo...la Inclusa.

-¿Y qué requisitos se precisan para recibir a la criatura, doctor?

-Basta con ir al Juzgado y hacer una declaración voluntaria de acepta-
ción provisional. Y luego, el juez decidirá en vista de los anteceden-
tes del solicitante-el médico miró con curiosidad al guardia-; ¿por qué
quiere saber estas cosas?

-Ocurrencias mías, doctor. En todos mis años de servicio nunca me ocu-
rrió un caso semejante. ¿Dispone usted alguna otra cosa?

-Nada, hombre. Muchas gracias por acercarse a buscar el certificado de
defunción de la madre. Por mi parte, avisaré al cura, ya sabe...la me-
ningitis...-el médico despidió al cabo con un movimiento dubitativo de
la cabeza.

En la cocina, limpia ya de los restos fisiológicos del parto, y mejor alumbrada con un candil de queroseno, el cura está debatiendo el nombre del neonato. Su gesto está contrariado. Su palabras no dejan lugar a du da alguna:

-Le digo a usted, señora Herminia-la cocinera escucha atentamente, con
semblante inquieto, el dictamen eclesiástico-que no se le pueden poner
al neófito nombres paganos. ¿Lo entiende usted?

-¿Y luego, señor abade, qué mal hay en ponerle el nombre que quería su
difunta madre?

-Pues que no está incluido en el santoral de la Santa Católica Iglesia
de Roma. Y yo no me puedo salir del canon.

-¿Entonces es pecado llamarle Prometeo?

-No se trata de si es pecado o no-el presbítero meneó la cabeza impacien
te-, es que se trata de un nombre pagano que la Iglesia no acepta.

La desorientada cocinera no sabe qué decir ni qué hacer. Le consta que a su difunta ayudante le gustaba el nombre elegido porque alguien le había dicho que se trataba de un antiguo dios que había traído sabiduría a los hombres, y por eso mismo había sido castigado. En su confuso magín, la idea de un ser superior que se ocupaba de los hombres era semejante a la de Jesucristo, que también había muerto por el bien de todos. Pero ahora el señor cura decía palabras extrañas, que no alcanzaba a comprender, y se negaba en redondo. ¿Quiénes eran los hombres paganos que no se acepta ban? Movió la cabeza desconsolada...

-¿Se puede pasar?-el cabo estaba a la puerta y saludaba respetuosamente
al sacerdote.

-Adelante, adelante...Aquí estamos deliberando qué patronímico le pone
mos al infante...

-Ella quería que se llamase Prometeo-Herminia declaraba la razón de su
insistencia.

-No hay forma de hacerle comprender a esta buena mujer que se trata de
un nombre que no es cristiano.

-¡AY, Jesús! ¿Y luego Prometeo é cousa do demo?-saltó la cocinera santi
guándose-ahora sabía que los paganos no eran cristianos; pero entonces
tenían que ser muy malos, malísimos.

-¡Que no, que no, que no! Non é cousa do demo, senon do santoral-no soy
capaz de hacerle entender algo tan sencillo, le dijo al guardia, indi-
cando con un movimiento de mentón a Herminia.

El cabo quedó pensativo unos instantes. Luego habló reduciendo el proble ma a sus justos términos:

-De lo que se trata es de que hay que poner al rapaz nombre cristiano.

-¡Desde luego!-resopló el cura, aliviado.

-Y...¿no se podría hacer una mixtura?

-¿A qué se refiere?-el sacerdote se disgustó otra vez.

-Digo yo que...¿no se podrían poner dos nombres al chiquillo?

-¡No será la primera vez! ¿Pero quién convence...aquí...a la cocinera?

-¿Y si le ponemos un nombre cristiano primero y el Prometeo después?
-el cabo disparó al azar, a ver qué caía...

-Hombre...si el patronímico es cristiano...

-Por ejemplo, ¿qué tal José Prometeo?-el guardia pisó el acelerador a
tope; había que terminar con aquello...

-Si es así...¿pero y el Juzgado para inscribir un nombre que no es es
pañol...?

-Déjeme a mí que lo intente, señor cura, por favor...

El sacerdote miró interrogadoramente a Herminia, que a su vez miró al cabo y este le hizo un gesto cómplice con la cabeza. Al final, el ro rro recibió el agua sagrada junto con los nombres de José Prometeo. Y el agente de la autoridad, se dirigió a inscribirlo en el Registro Ci vil, en donde no encontró ningún problema. Corría el mes de enero del año del Señor de 1897.

Estamos en junio de 1913. Prometeo acaba de superar con nota los exáme nes finales de su carrera de Magisterio. Es el momento de firmar el tí tulo, que el Tribunal examinador le entrega al final de los ejercicios a los nuevos maestros. Firma, claramente, Prometeo Carreiro Durán.

-Un nombre mitológico-exclama extrañado el catedrático enseñando el nue
vo título y la firma al Presidente del Tribunal, que a su vez estampa
su rúbrica con la fecha correspondiente-.Que tenga usted suerte en la
nueva etapa profesional que ahora comienza-le desea al novel enseñan
te.

En casa, su querido tutor le abraza. Han cambiado de residencia en va rias ocasiones, hasta que el antiguo cabo ascendió a sargento. Ahora vi ven en la capital de la provincia, en la casa-cuartel de la comandancia de la Guardia Civil. Es el momento de festejar el sacrificio de largos años de estudio y escaseces económicas. Prometeo es maestro, porque de sea hacer honor a su nombre, y cree que su deber es iluminar el enten- dimiento de las generaciones que le toquen en suerte. Y el sargento es tá completamente de acuerdo. Un nuevo panorama se abre ante los despier tos ojos del hijo de la asustada muchacha que eligió el nombre de un dios para la criatura que nunca llegó a conocer. A veces se cumplen las premoniciones, sobre todo las que parten del amor incondicional.

El depósito municipal del cementerio de Las Caldas, en la noble ciudad de Orense, está situado cabe al Miño. Allí están esperando una serie de personas con gesto grave. No es para menos, pues su situación puede de finirse como crítica. Corre el mes de diciembre de 1936. Y han sucedido muchas cosas en España. En el corto lapso histórico de 5 años, ha caído la monarquía, y ahora mismo, la Segunda República vive momentos graví- simos. Una parte de los españoles no desea convivir con la otra parte del cuerpo nacional. Y Prometeo, que ha vivido todos los acontecimientos anteriores, que ha dedicado su vida a la enseñanza de alumnos imberbes, haciendo honor al nombre que un lejano día le puso su madre, aguarda el destino que le ha sido señalado en una sentencia de muerte.

Despaciosamente, saca petaca y papel del bolsillo y lía con calma un cigarrillo. Se acerca a la ventana del depósito y fuma pensativo. Está observando la corriente del río, que discurre plácida a pocos metros de distancia. Solamente el muro del camposanto le separa del agua. Y recuerda las clases de ciencias naturales que impartía a sus muchachos en sus salidas al campo. Un día los llevó a pescar y les mostró la me jor forma de atraer a las truchas. Y cuando las tuvo en su poder, las aprovechó para explicarles todo lo referente a su organismo. Sonríe al recordar el asombrado gesto de los más pequeños, a los que regaló su pesca para que sus mamás se la dieran a la hora de la cena. Ahora pien sa que le agradaría remojar su plateado cabello en las frías aguas, a modo de despedida. No se arrepiente de nada. No ha renegado de sus fir mes ideales republicanos. No ha traicionado la confianza de sus alum nos. Y, acertado o errado, ha dado siempre la mejor información que pudo encontrar para ilustrar a sus chicos. Por fín, se negó a recono cer la necesidad de la sublevación militar. Por eso, y por la natura leza laica de sus enseñanzas, está condenado a muerte. Por un momento, gira su cabeza alrededor y observa gestos compungidos, severos, apaga dos, derrotados y airados, que de todo hay, entre los que aguardan el mismo final urgente, impuesto por un tribunal militar que aceleró sus deliberaciones porque la situación lo exigía, o al menos, eso se dijo.

El otoño ha sido frígido, y la escarcha empapa la hojarasca que envuel ve el patio del cementerio cuando los colocan de espaldas al muro pé- treo. Prometeo se sube el cuello del abrigo con un gesto mecánico. Mira hacia delante y ve las dos líneas de soldados que los ojean situados al frente. Acude a su mente el lejano recuerdo de su tutor cuando pasaba revista, en ocasiones señaladas, a los guardias en el patio de la Co mandancia. Todos de guante blanco y charol reluciente en la cabeza. Estos de ahora llevan el gorrillo cuartelero, con borla que baila lige rísima ante sus ojos. Dan la sensación de estar inquietos. Alguno de ellos está pálido, completamente amedrentado ante la función que le toca cumplir. Le sacan de su abstracción los gemidos de su compañero a la derecha, que se encoge ante la perspectiva del balazo próximo. Mira una vez más las silentes aguas del Padre Miño, y agradece al des tino poder despedirlas de pie, como el hombre libre que siempre fue.

-¡Preparen!-la bronca voz de mando resuena en el gélido aire matuti
no. Al maestro le surge la idea de que cuanto más asustados están
los hombres, más berrean...para espantar sus fantasmas.

-¡Apunten!-¡Viva la República!, resuena la última voz del mundo que
alcanza a oir Prometeo.

-¡Fuego!

La tierra semeja congelada. Un punto igual que el ánimo de los enterra- dores que la apalean sobre la masa de cadáveres que ocupa la fosa común. Allí ya no hay más que materia fungible, y atrás quedan los anhelos, de seos, ilusiones, proyectos, triunfos, fracasos, amores y rechazos. Tra- yectorias existenciales segadas por el rencor de los hombres. Una tupi da red de afectos e intereses que ha sido borrada de la faz de la tie- rra. Un desperdicio histórico, en suma. Y un estrepitoso fracaso moral que el viejo río contempla silente, mientras sus aguas ciñen caudalosas la vieja orilla de la curva del cementerio en un afectuoso gesto de paz y olvido definitivos. vos.

© gsmiga
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