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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© jorfasan - NavyTale 2012 - Navytales. Sólo es juntarse alrededor del fuego.
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Registro: 25.06.08
Publicado el 28-12-2012 23:03
Navytales.

Sólo es juntarse alrededor del fuego.

(Lo de quemar malos recuerdos, iluminar viejos sucesos, saborear el beso de las llamas viene en las instrucciones de todas las cajas de cerillas fabricadas en la UE.)
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Ahora que el consumismo avanzado está en un bache de liquidez, una rememoranza de los inicios. Primero las palabras clave: geyper, dunkin, cheiw, camychoco, pipas facundo, comansi, chicle cosmos, madelman, ddt, tío vivo, mortadelo, valentina, puños fuera, cinexin, lily, enid blyton, los siete secretos, tigreton, hule, relojes con pulsera de goma de pelo, lasmuñecasdefamosa, damel, telerin, sobres sorpresa, montaplex, béhache.

Si te suenan como cercanas, familiares, íntimas o, por lo menos, si ejercen de password y se abre tu memoria, cabe la posibilidad de que hayamos compartido algunas olas surfeando sobre el primer consumismo español. Sí, el pestazo a chicle con triple colorante de fresa capaz de atontar a veinte personas es normal. Más o menos son algunas de las marcas registradas que conformaban el villancico navideño según fuimos creciendo. Muchas no eran puramente del momento pero estaban el resto del año y afloraban en el carta de reyes. Otras eran simples cachivaches que comprar con efectivo, que también empezó a llegar desde las barbas de Melchor. Ese consumismo paleolítico era combatido por los mayores.

Escena: día de reyes, niño con pelota de cuero nueva de jugar a mano, ojos que se salían de las órbitas, no botaba sobre el parqué, en la cocina botaba bien, alguno de los tios la pedía, tres pelotazos contra el suelo.

- chaval, yo con tu edad me fabricaba las pelotas.

Y no, no se refería a que tuvo que construirse sus testículos en una arcana operación genética realizada con embudos de hojalata e ingredientes desconocidos, no. Se refería a algo más simple: con un potro, unos restos de cámaras de bicicleta, unas lanas viejas y esparadrapo, se hacían pelotas para jugar al frontón. Y bueno como había menos tele, esto es, más tiempo de charcos, pelos con clavos, caza de mosca voladora, se podía uno dedicar a hacerla. Y la hacíamos.

Mi hermano y yo recuerdo que habremos hecho unas cuatro o cinco pelotas de jugar a mano con la tecnología de los años del boniato, los cuarenta. No estaban mal pero no soportaban bien la raza, velocidad, estréss y las necesidades de la chavalería de los setenta. Eso, o que se guardaban algún ingrediente secreto, qué se yo, que las cosían con tripas secas de rata (nada raro) o el esparadrapo lo ensalivaban con baba de caracol y les quedaba como acementado... La cosa es que aquellas pelotas nuestras
(para jugar deliciosas: más blandas y manejables que las primeras manufacturadas en fábrica) pero en menos de una semana se les despegaba un poco de esparadrapo, la bandera de rendición; empezaban la deconstrucción.

Así, nuestra generación ha vivido el talibanismo bricolajero de la generación precedente con cierta desconfianza. Supongo que las goitiberas de los cincuenta aguantaban las carreteras patatudas de aquella época, échale cien metros seguidos. Pero en mis años más mozos las desintegrábamos en dos viajes camino de las vías sin guarda. O aquellas pelotas de cuero para jugar a fútbol, alias balones de reglamento. Fabricadas ya en serie eran regaladas por tíos y abuelos como si fueran las joyas de los estadios, como si estuviera hecho medio gol, con esa mirada de envidia joven porque ellos hubieran jugado con balones de granito gallego. Pero era un engaño. Aquellos pelotones eran una jodida maldición porque en cuanto llovía (entonces llovía mucho) cogían el peso de un melón de escaparate frutero y te dejaban tu melón, valga la redundancia, para coserlo o, lo más común, medio KO. Garantizado: en diez partidos sin casco acababas completamente sonao. No es broma. Nos agachábamos los partidos de patio mojado antes de rematar con el cráneo. He visto dejar de meter cien goles antes que arrimar la testuz a semejante bala de cañón de medio tonelaje. La de fracaso escolar que habrán causado los balones de reglamento impulsados por nuestros punterazos inmisericordes. Principio de termodinámica de patio: con el balón calado a partir de cierta velocidad todo es gol (o gafas rotas, o alguien K.O.)

Nuestra generación se hizo policonsumista mediante el uso de la paga en las diferentes marcas, baratijas de temporada y chuches que se disputaban nuestras exiguas pesetas. Y comenzó a haber juguetes, pelotas de plástico (que también picaban mojadas los balonazos), juguetes para montar, cromos, maquinas de fotos que sacaban un careto plateado feísimo, tebeos de siempre, helados, coleccionables en todo tipo de alimento, de jabón de casa, de chicles y de dulzainas... se inició entonces una fiebre de gasta gasta que no ha parado hasta hoy mismo.

Después de un partido recuerdo que el portero, un chico más grueso que la media, solía acercarse donde la Juanita y asaltar la máquina de chicles de Azkoyen. Yo aborrecía esos chicles: estaban cubiertos con una espesa capa de mármol q le decían caramelo (de boniato, seguro). Y mi dentadura no tenía la fuerza demencial para cascar aquella cobertura, ni la paciencia para ensalivar aquel producto de una cantera asturiana. La máquina me encantaba pq había que darle un buen meneo. Mi hermano solía hurgar en las salidas de abajo y más de una vez obtuvo recompensa de alguna moneda perdida o de un chicle abandonado, mercancía que daba rápidamente cuenta mientras una sonrisa bandida se apoderaba de su rostro.

Me dice mi primo D. que él también sufrió los balonazos castradores de aquellos preciosos balones de reglamento. De un blanco impecable el día del estreno (también los había de pentágonos y hexágonos azul/rojos), se cuarteaban en cuatro patadas y una vez mojados daba hasta asco llevarlos a casa de vuelta. Mi hermano y yo los metíamos en una red y dábamos balonazos al suelo y paredes para llevarlo a casa sin chorrear los zapatos. Lo dejábamos en la bañera y mi madre nos regañaba "qué hace esta asquerosidad aquí??". Una vez medio listo, al radiador, hasta conseguir una textura arenosa, autodestructiva.

La parentela mayor nos decía que había que darle grasa de caballo. Nosotros nos parecía que deliraban o que tanto balonazo en sus tiempos los había dejado taraos a todos. Dos conceptos que casaban como el culo: grasa y caballo. ¿perdón? ¿Hay que ir a un matadero a que te regalen ese malévolo betún? Nosotros necesitamos otro concepto, uno de la era eléctrica. Así, grasa especial para botas de cuero era mucho más razonable. Pero podías gastar un bote entero para proteger
(temporalmente) el balón, ya que absorbía grasa como un poseso. Y quedaba, sorpresa, grasientorro. Ibas a rematar y te resbalaba por la cabellera dejando una pátina de gomina industrial en el cráneo.

Como véis llegar hasta el primer equipo del Athletic estaba lleno de pruebas repugnantes.

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© jorfasan
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No olviden repetírselo cuando la tarjeta VISA asome su trasero por la cartera a la hora de apoquinar: Feliz Vanidad!!!!

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