Portada · Noticias · Faq · Contacto · Colabora 21 Septiembre 2021 00:54
Navegación
las Ediciones
VSnail beta 1.0
Iniciar Sesión
Nombre de Usuario

Contraseña



¿Aún no eres Miembro?
Pulsa aquí para registrarte.

¿Has Olvidado tu Contraseña?
Pulsa aquí para solicitar una nueva contraseña.
Pergaminos
Sindicación
Foros Noticias
Textos Enlaces

Comunidad
Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© gsmiga - Historias del viejo río III.
fw
Super Administrador

Avatar Usuario

Mensajes: 675
Localización: Madrid, España
Registro: 25.06.08
Publicado el 21-12-2012 22:43
Al llegar estas umbrías fechas de humedad, castañas y evocaciones de los que fueron y ya no están, siempre acude a mi ánimo el rostro de mi ami- guito José Manuel. Un rostro afilado y despierto, con un pelo suavísimo que justificaba diciendo que su mamá se lo untaba con aceite para que medrase fuerte y sano. Fuimos amigos durante todo nuestro Bachillerato. Luego, la vida nos condujo por caminos diferentes. Pero fue con él, cuan do tuve una experiencia que marcó el resto de mi vida, y que aún hoy ca rece de explicación razonable.

La verdad es que nos costó amistar. Nuestros primeros encuentros fueron a sopapos. Es algo que se da con frecuencia entre los niños: sin causa aparente se caen mal y comienzan a disputar y a pegarse. Algo que a noso tros poco nos costaba, en unos tiempos en que hacíamos la vida en la ca lle y los sofisticados entretenimientos infantiles actuales, estaban fue ra de nuestra imaginación. Por eso, sacudirse a modo era harto frecuente , y no mal visto, en la inquieta cofradía infantil. Épocas rudas, ajadas por la constante e inmisericorde ventolina de la edad, que nos "airea" más aprisa de lo que quisiéramos.

Como decía, no solamente nos pegábamos en las bancadas del colegio, sino que proseguíamos en un paraje próximo conocido como el Campo de las Lagu nas. No sabemos el orígen de tal denominación, pues ni los más antiguos del lugar recuerdan allí ninguna laguna, y desde luego, en la época de referencia aquello no era más que un erial de tierra apisonada, muy am- plio, eso sí, y con un solitario y añoso castaño, vestigio sin duda de antañones tiempos mejores, pero que no justificaba la pretenciosa atribu ción de "campo" más o menos poblado de vegetación. Nada de nada.

Un día en que me tocaba "ganar" a mí, y estaba disfrutando a gusto de mi superioridad, una señorita interrumpió la serie de bofetones que le estaba administrando a José Manuel. Yo estaba encima, aprovechando una habilísima zancadilla que le puse, y "mallaba" en él a placer...

-¡Niño, deja inmediatamente de pegar a tu amiguito!-La voz era ordenan cista y perentoria. Intenté dar un último pescozón pero una mano sua ve y firme detuvo mi impulso final.

-No le estoy haciendo daño, señorita... A veces lo hace...él...

-Pues no se puede repetir. Además... a tu amiguito le pasarán cosas...

Ya estaba de pie, sacudiéndome la ropa al tiempo que la miraba. Era jo ven, de cara ovalada, con un hoyuelo en el mentón-que indica energía- y con unos ojos azul cobalto impresionantes, que miraban inquisitivos y firmes, pero bondadosos. Me hubiera gustado irme con ella, porque emanaba confianza y seguridad. Llevaba unos zapatos de goma de medio tacón, justificando el lluvioso día, y una trinchera con cinturón en tallado, de color claro, abierta en la pechera dejando al descubier to un elegante foulard azul con mariposas blancas, que realzaban a la perfeción la hermosura de su mirada. Todo en una fracción de segun do, o eso me pareció.

Me incliné y tendí la mano a José Manuel, que estaba ya medio incorpo rado y me largó un sopapo al mentón...

-¡Para ya! ¿No le haces caso a la chica?

-¿Qué chica?

-Esta que está al lado...-giré la cabeza y no encontré a nadie.

Miré hacia mi rival, y volví a dirigir la vista por todo el campo, de unos cuatrocientos metros en redondo, sin señal de la gentil damisela que había frenado mi brazo justiciero... Insistí...

-Pero ¿tú no has visto a una chica muy elegante que "nos" llamó la atención...?

-Yo lo que sé es que eres un "rajao"...

¿Cömo había desaparecido mi interlocutora? Era imposible que en los escasos momentos en que dejé de mirarla, hubiese podido alejarse aún- que fuese a la carrera. Además, no iba apropiadamente vestida para correr...; demasiado elegante y presentable...¿Cómo era posible que José Manuel no la hubiera visto, a pesar de estar pegado a mí...?

Pasó el tiempo, y mi amigo y yo hicimos las paces y fuimos buenos compañeros. A los dos nos gustaba el fútbol y formábamos parte del equipo del colegio que se batía-con bastante acierto, todo hay que decirlo-con otros centros de enseñanza de la localidad. Además de lo cual, justo es dejar constancia de que José Manuel era un "as" en los estudios, sobre todo en las Matemáticas, y que gracias a su inestimable ayuda, pude aprobar tan incómoda asignatura, que para mí equivalía al chino mandarín.

Y durante todos esos años, de cuando en vez, surgía en mi mente el rostro de la delicada señorita que me había interpelado tan firme mente hacía ya... la intemerata. Incluso llegué a rebuscar en mi me moria para ver si aquella muchacha era conocida de mis hermanas. Resultado negativo. Tampoco recordaba haberla visto-en una ciudad de 60.000 habitantes, tarde o temprano se ven "todos"-nunca antes. No me explicaba cómo había sucedido, pero me negaba firmemente a reputar aquel caso como "visión" o "aparición". Sencillamente, tra té de dejar de cavilar en el asunto, como algo sin solución. Tam- poco había que darle importancia.

Pero, cuando más firme estaba en mi resolución, acudía a mi mente la agradable voz de mi interlocutora-¿lo había sido de verdad?-, explicando que..."a tu amiguito le pasarán cosas"...¿Qué cosas? Yo no veía que a José Manuel le pasara nada fuera de lo común. Pe ro lo cierto es que no podía olvidar...¿"cosas"?

Mi profesión me llevó por apartados lugares de España. Pasaron años antes de que volviese a Orense. Y cuando regresé y pregunté a mis amigos y conocidos, nadie supo darme noticia de José Manuel. Sola mente David me dijo que "había tenido un accidente", sin especifi car su causa ni resultado final. Por más que insistí, no supo o no quiso dar más información.

El verdadero destino de mi amigo, me lo dio su padre. Que era taxis ta. Confieso que no me hubiese preocupado si David no citase un "accidente" de causa desconocida. Pero, a partir de ese instante, a mi mente regresó el soniquete..."le pasarán cosas... cosas... cosas"; y ya no pude resistir el impulso de enterarme, de verdad, de lo su cedido. ¿Y quién mejor que su padre? Aún a riesgo de remover amar gos momentos, recordé a aquel hombrecillo menudo y calvo, de sonri sa perpétua bajo un bigotillo recortado, que venía al colegio a ha blar con los profesores, o a recoger a José Manuel. Me atreví...

-Buenos días, señor... X. Soy fulano, y antiguo amigo de su hijo Jo sé Manuel...¿Me recuerda?

-¡Ah, sí! Tú eras su pareja en el medio del campo. La mejor pareja de medios que ví jugar de todos los colegios...¿Y qué milagro...?

-Bueno-respondí más tranquilo-es que llevo unos días aquí, y no me dan noticias de José Manuel. Lo más que me dijeron es que tuvo un "accidente"...

-¿No te explicaron cómo fue?- Su voz adquirió un tono serio y can sino. Como el de quien le da mil vueltas a un asunto terrible sin encontrar explicación posible.

-Pues... nnooo...

-José Manuel murió al tirarse desde el viaducto al río... Cayó mal. Eso fue el final, pero antes...

-Antes...¿que fue lo que pasó?

-Mira, mi hijo se casó con una buena chica. Tuvieron una niña que ahora tiene tres años. Y por razones que desconcozco, José Manuel tomó la resolución de irse a trabajar a Canarias, a la empresa de un amigo que le ofreció trabajo y buen sueldo, superior a lo que venía cobrando aquí como ingeniero. A mi no me pareció justifi cado que dejase detrás a su familia. Pero lo cierto es que así fue. Y por las noticias dispersas que me ha transmitido mi nuera, pude saber que allí ingresó en una especie de secta que le llenó la mente de cosas extraordinarias y terribles, acerca de la segunda venida de Cristo y de la urgencia de la salvación de las almas ante el inminente cataclismo que se avecinaba...

-Bueno, pero eso poco tiene que ver con la muerte al lanzarse del viaducto, porque no es la primera vez que lo hacía, y además, na daba como un pez. Yo soy testigo...

-Ya sé todo eso que me dices-me cortó-, y todavía hoy estoy dudoso de que lo que pasó fue, simplemente, un accidente... Es que no de seo decir lo que pienso... Me asusta.

-Disculpe, no lo molestaré más...

-Regresó completamente cambiado-su mirada se perdió en la lejanía, absorta en su propio pesar, mientras hablaba-; dejó de preocupar se por su profesión, por sus aficiones, por sus amigos... Estaba completamente desconocido. Y el día de Corpus, como tenía por cos tumbre todos los años, se tiró al río... y murió.

-Comparto su pesar. No insistiré más. Cúidese, señor... X

Aquel hombre estaba rechazando la posibilidad de que su hijo se hu biese suicidado. Y puesto en su lugar, a mí me hubiese ocurrido lo mismo. Bastante había abusado ya de su bondad. Inicié la retirada, bajo su mirada opaca y su actitud mustia. Daba toda la impresión de haber perdido la esperanza. Hoy lo comprendo mejor; ¿que le res ta a un hombre si pierde su descendencia? Un camino amargo y soli tario hasta su propio final, en la certeza de que todos su afanes han sido en vano. Terrible, porque a ese sujeto se le ha arrebata do hasta la más mínima esperanza en el futuro. Ese tiempo que no se conocerá, pero que se desea próvido para los que quedan atrás.

A veces, en mis ratos de soledad, acude a mi mente la visión del simpático rostro de José Manuel, y lo veo joven, lleno de energía y agilidad. Me recreo en sus regates, y admiro su potencia natato ria. Y me duele saber que todo ese vigor juvenil fue el único te- soro que alcanzó a saborear, hasta que le pasaron..."cosas".

© gsmiga
http://www.vecindiario.es
Saltar al Foro: