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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© petronila - Arena en los zapatos.
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Localización: Madrid, España
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Publicado el 21-10-2012 12:38
“… no soy
no hay yo
siempre somos nosotros
muestra tu rostro al fin
para que vea mi cara verdadera
la del otro
mi cara de nosotros…”

Octavio Paz


Arena en los zapatos

La ciudad poseía un agradable olor a azahar y gozaba de una brisa suave, donde las banderas de sus habitantes ondeaban como espuma al viento. Todos los niños cabían en ella y todos los niños lo sabían. Del mismo modo que sabían que cada uno tenía su lugar, como los lápices en una caja de colores.

Elevados sobre promontorios, en la ciudad había cuatro parques, uno en cada esquina. Desde todos ellos los niños podían observar el bullicio de las calles del centro. Los columpios eran nuevos y brillantes y los niños se sentían orgullosos de la arena de su parque, que era la más fina de todos los parques.

La arena les permitía construir hermosos castillos con sus cubos, perforar túneles con sus palas y, lo más importante, les protegía cuando se caían. La arena era tan fina que, aunque continuamente se instalaba en las orejas, cubría sus pestañas y se colaba en sus zapatos, a medida que se hacían grandes, acababan por no percatarse de ella. Solo a los más pequeñitos se les veía, de vez en cuando, removiendo los píes buscando alivio.

Los días festivos los niños disfrutaban con sus familias de largos y suculentos almuerzos que finalizaban con divertidos juegos a la sombra de los naranjos. Los días de labor profundizaban en el conocimiento y la ciencia. Así, las cuatro esquinas se convertían en grandes centros de cultura y erudición donde cada grupo se fundía con su saber.

Los primeros, grandes conocedores del mundo de las flores, reconocían todas las variedades y sus características. Los segundos, que lo sabían todo sobre la vida de las nubes, podían predecir cómo y en qué momento iban a modificar su aspecto. Los terceros, maestros en el universo astral, conocían el lugar exacto de cada estrella en el firmamento. Por último, los niños del cuarto parque no había nada que no supieran sobre los árboles.

Todo era apacible y tranquilo. Hasta que aquel olor pestilente e insoportable se esparció por la ciudad.

Aquel olor era casi imperceptible, pero calaba los huesos con una lluvia fina y persistente. Nadie sabía de donde procedía y, por supuesto, mucho menos cómo eliminarlo. Los niños antes enérgicos y despiertos, empezaron a moverse con dificultad, a sentirse somnolientos, a perder el aliento y caer desvanecidos en los bancos, desmayados en los columpios, desorientados en los toboganes.

Algo iba mal, y cuando algo va mal alguien tiene la culpa.

El reloj marcaba la mitad de un día de primavera cuando los niños se reunieron bajo sus ondeantes banderas:

- Así no podemos continuar- dijo un niño, con tanto esfuerzo que parecía estar quitándose una camiseta que le quedaba pequeña.
- Es cierto -añadió otro- tenemos que hacer algo- tras lo que cayó desplomado sobre la arena.
- No sabemos lo que pasa -dijo un tercero con tanta dificultad que parecía haber subido corriendo una colina.
- Son los otros -apostilló un cuarto niño-, los otros, siempre envidiaron la arena fina de nuestro parque. Nosotros - sentenció entre jadeos- debemos preservar la arena fina de nuestro parque.

Los niños más grandes no comprendían como siendo tan sabios, no podían hacer nada para eliminar aquel olor. Los primeros buscaron en todas partes pero nada encontraron. Los segundos, lo intentaron todo pero no pasó nada. Los terceros escudriñaron el cielo pero nada se veía. Y en cuanto a los cuartos, se dieron por vencidos perdiendo toda esperanza. Fue entonces cuando los más pequeños, los que aún sentían de vez en cuando el leve roce de la arena en sus zapatos, fueron visitados durante la noche por los aromas de la flor de azahar y la brisa del mar que hasta entonces había acariciado sus mejillas con suavidad y ternura. Y en sus sueños, se vieron reflejados en un espejo gigante que, con la fuerza de un tímido rayo capturado en un cristal, más allá de la ciudad, les devolvió su imagen en los ojos de aquellos con los que nunca jugaron.

A la mañana siguiente cuatro niños muy chiquitos se encontraron en el centro de la ciudad, otrora bullicioso, ahora pestilente y vacío. El olor se hacía cada vez más y más insoportable por lo que se sintieron débiles y asustados. Con un gesto instintivo, de esos que parecen azarosos, en un momento se cogieron de la mano lo que les dio fuerzas para continuar su camino. No sabían lo qué buscaban, ni dónde, ni qué harían cuando lo encontraran, pero sin duda aquello era mejor que caer sin aliento por la tenue pendiente de un tobogán.

Y cuando se encontraban a punto de desfallecer, el niño experto en flores vio aquella flor inusitada que le resultó familiar:

- ¡Reconozco esa flor! Es la Raflesia, una vez leí sobre su olor nauseabundo.
- ¿Raflesia?- dijo experto en nubes- cuentan que para acabar con su putrefacto olor hay que podarle las hojas justo en el momento que las nubes se vuelven lenticulares.
- Vaya- dijo experto en estrellas- yo sé que además los astros deben estar alineados.
- Finalmente- añadió experto en árboles- su olor desaparecerá si se entierran las hojas bajo un naranjo cubriéndolo luego todo de arena.

Esperaron impacientes a que las nubes se hicieran lenticulares y por fin, cuando los astros se alinearon, podaron las hojas de la Raflesia, las enterraron bajo un naranjo y, el más chiquito, sin esperar un instante más, se quitó sus pequeños zapatos y dejó caer una fina lluvia de arena. Todos los demás le imitaron, y mientras derramaban la arena de sus zapatos, mirándose con ojos grandes y curiosos, exclamaron asombrados:

- ¡La arena de todos los parques es igual de fina!

Y fue en aquel instante cuando, a lo lejos, oyeron a los niños de las cuatro esquinas despertar y les vieron descender descalzos, fusionarse en la distancia como afluentes que mezclan sus aguas en el río, mientras iban cubriendo la ciudad con la arena fina de sus zapatos.

© petronila
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