Portada · Noticias · Faq · Contacto · Colabora 28 Octubre 2021 15:11
Navegación
las Ediciones
VSnail beta 1.0
Iniciar Sesión
Nombre de Usuario

Contraseña



¿Aún no eres Miembro?
Pulsa aquí para registrarte.

¿Has Olvidado tu Contraseña?
Pulsa aquí para solicitar una nueva contraseña.
Pergaminos
Sindicación
Foros Noticias
Textos Enlaces

Comunidad
Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© gsmiga - Historias del viejo río II.
fw
Super Administrador

Avatar Usuario

Mensajes: 675
Localización: Madrid, España
Registro: 25.06.08
Publicado el 21-10-2012 12:34
Historias del viejo río II

Leovino Areal Muradás, tenía motivos para estar satisfecho. Procedente de una humilde familia campesina de Lovios (Orense), de muchos hijos y pocas tierras, se vio obligado a tomar una decisión muy joven. Como ca recía hacienda propia, decidió ingresar en la Guardia Civil. Al contra rio de muchos otros que tomaron el camino de la emigración, caviló hacer "carrera" en la Benemérita. Y al cabo de 20 años, llegó a guardia primero y fue destinado a prestar servicio de custodia y vigilancia en la Delegación Provincial del Banco de España.

En unión de otros tres compañeros bajo las órdenes de un cabo, cumplía sus funciones en las puertas y en el patio de operaciones de la Institución. Allí tuvo ocasión de observar el comportamiento de los emplea dos y de los clientes que realizaban sus tratos y sustanciaban ingresos, descuentos y abonos correspondientes. Sentía una viva admiración por el tratamiento y señorío de todos ellos. Y por otro lado, no podía negar que el servicio era muy descansado, en comparación con otros más desagradables que había tenido que desempeñar a lo largo de su ca rrera.

Un mal día, sin saber cómo, en pleno patio de operaciones, se le disparó el máuser. El trallazo resonó impresionante entre los mármoles de la majestuosa y amplia estancia. Con esa serenidad propia de los empleados antiguos del Estado, el Jefe de Caja arqueó una ceja al oir el tiro, dirigiendo la vista hacia el carcaj de la Diana Cazadora que decoraba el artesonado, lugar en que se alojó el proyectil. Por su parte, el Conserje Mayor, sin dejar de atender servicialmente a los que se acercaban a su pupitre, movió el bigotillo apuntando mohín de sorpresa. Y entre los señores que conversaban discretamente mientras aguardaban el despacho de sus asuntos y gestiones, apenas se oyó algún murmullo inmediatamente sofocado. Sin embargo, antes de unos po cos segundos, lapso de tiempo larguísimo para el abochornado Leovino, se encontró delante con el cabo y otro compañero que venía a relevar lo con carácter urgentísimo. Todo funcionaba en aquella Casa con el perfecto compás de un mecanismo bien engrasado.

-¿Tiene alguna explicación para su inaceptable comportamiento? -La pregunta salió de la severa boca, de labios finos y crueles, del capitán de la compañía de Leovino.

-No puedo explicarme cómo ha ocurrido, mi capitán... -No podía saber aún cómo había podido suceder; esa era la verdad.

-En su libreta de tiro no figura ninguna nota de advertencia. Así que no hay otra explicación que una inexcusable falta de atención al cuidado de su arma reglamentaria. ¿Tiene algo que alegar?

-Únicamente mis irreprochables años en el Cuerpo, mi capitán.

-Eso no basta. Cambiará usted de servicio. Debe presentarse en la sección de destinos para que se le asigne uno nuevo. Puede retirarse.

-¡A la orden, mi capitán!

A Leovino lo enviaron a custodiar las inmensas dársenas de la REN FE, con sus almacenes, talleres y depósitos. Su turno sería incómodo, desde las 10 de la noche hasta las 7 de la mañana. Estaría acompañado de un colega novicio, Celestino, procedente de la Aca demia de Guardias de Úbeda, que sería otra molestia añadida a las ya evidentes.

-Veréis cosas muy raras por aquí. Haced como que no os enteráis -les dijo el compañero que les dió entrada en las instalaciones ferroviarias-. Que tengáis buen servicio.

Rápidamente, Leovino tomó una decisión. Enseguida se la comunicó al compañero.

-Vete tú hacia el interior del recinto, y recórrelo; yo te espero aquí, al lado de la caseta del sereno. Después iré yo. Así lo controlamos todo.

Allá se fue Celestino, mientras Leovino se acercó a la caseta para saludar a su ocupante.

-Buenas noches, somos la nueva pareja encargada de echar un vistazo por aquí.

-Ya me doy cuenta. Pues por si le interesa, hacia las doce vendrá mi hija con café, y tendré sumo gusto en convidarlos.

-Muchas gracias. Voy a acercarme al interior...

-Psé...para lo que hay que ver...

-¿Lleva muchos años aquí? -quiso saber Leovino.

-Doce años; desde que me quedé ciego del ojo -señaló el derecho- y hubieron de apartarme de Consigna...A todo se acostumbra uno...

-Pues...nos acaban de decir que por aquí hay bastante movimiento...

-¡Puah! los que se mueven...tienen bula...

-¿Y eso?

-A las doce habrá café caliente. Vuelva con su compañero...si quiere.

Tras este brusco giro, el sereno cerró la ventanilla y se sentó an te su mesilla en donde voceaba una radio encendida. De modo que Leo vino decidió recorrer del lugar que acababa de conocer y se dirigió hacia el interior del inmenso andén, en busca de Celestino.

A medida que las noches transcurrían sin otra ocupación que pasear y tomar café con el sereno, y con su hija que se lo traía, a Leovi no se le ocurrió que aquello era igual de pacífico que un cementerio. Hasta que una noche, sin esperarlo, comenzó a desarrollarse un intenso trajín. Entraban camiones vacíos y salían cargados de traviesas y raíles. Entonces, le preguntó al sereno de qué se trataba, y no recibió respuesta. Le pidió el teléfono para informar sobre lo que estaba ocurriendo, y el otro le enseñó una autorización del Ingeniero Jefe de Vías y Obras, que validaba aquellas operaciones extemporáneas.

-No es cosa de la Guardia Civil -le dijo el sereno-, porque todo lo que sucede está autorizado por "los de arriba"...

En aquél momento se paró un camión ante la casilla, y de su interior salió un vozarrón:

-¡A ver, Severino, ¿vienes o no vienes?!

-¡Voy ahora mismo, don Arturo! -dijo el sereno, que se acercó al vehículo y recogió un sobre que le dio su interlocutor-; ¡que Dios le ayude, don Arturo! -repitió la zalema.

-¡Si me ayudara Dios, no quedaba una traviesa de aquí a Vigo! -una risotada acompañó la ocurrencia, al tiempo que el camión arrancaba.

A Leovino le pareció que todo aquello era bastante raro, pero, pruden temente, decidió esperar y tratar de averiguar por su cuenta algo más de lo que estaba sabiendo. Que era muy poco. Por lo pronto, le pregun tó a Celestino de qué lugar de las dársenas salían los camiones. Ob tuvo inmediata respuesta: salían de los almacenes.

-Allí hay cantidades ingentes de material. Llegan los camiones y los cargan a tope, Y luego se van. Una vez a la semana, regresan y descargan parte del material que se llevaron. Todo lo hacen bajo la dirección de un tal don Arturo que, según he oído, es el capataz de Vías y Obras, la mano derecha del Ingeniero.

¡Carallo con el Celestino! Había obtenido más información de la que pudo soñar el propio Leovino, creyendo que la caseta de Severino era el mejor lugar para enterarse de lo que se cocía en aquellas tournées nocturnas, camiones para arriba y para abajo. ¿Y qué sería lo que le dio el don Arturo al sereno?

Con el paso del tiempo, Leovino había trenzado una especie de amistad con Sabina, la hija del sereno, y de vez en cuando la acompañaba hasta el sendero del Tinteiro, que discurría paralelo al Miño, a menos de diez metros de los límites de los terrenos de RENFE. La mujer había tenido un matrimonio desastroso, y harta de soportar hedores alcohólicos, desplantes e insultos, decidió poner término a su particular infierno y regresar a junto su padre, viudo e inválido, en procura de socorro y apoyo mutuos. Por su parentesco con ferroviario había con seguido el puesto de limpiadora de las oficinas de la Estación de Fe rrocarril, y junto con los haberes paternos, no lo pasaban del todo mal. De eso le fue dando cuenta a Leovino durante las gélidas noches invernales en que la acompañaba en su trayecto hacia las afueras de las dársenas, con el termo del café de regreso a su domicilio. Poco a poco, ambos se fueron conociendo y llegaron a formar sus propias conclusiones. Y como el trato frecuente engendra confianza, y además el guardia era atento y considerado con ella, Sabina le tomó queren cia, y cada vez se prolongaban más sus conversaciones nocturnas que, cuando la primavera sucedió al invierno, remataban en un recogido so to poblado de salgueiros y vidueiras al lado del río. También él le refirió su "disgusto" en el Banco de España y el trato, a su juicio desconsiderado, que había tenido que sufrir.

Y fue así como Leovino tuvo ocasión de enterarse de que el Ingeniero Jefe tenía una "oficina paralela de explotación" de los recursos de RENFE. El negocio era sencillo: se adquirían traviesas y raíles que se almacenaban para cubrir los kilómetros de construcción del tramo Madrid-Zamora-Orense-Vigo. Luego, de acuerdo con el capataz, se enviaban camiones a recoger parte de la mercancía almacenada que con los correspodientes albaranes falsos de venta, se volvían a "recomprar" de nuevo por la RENFE. Volvían a los almacenes, de los cuales saldrían otra vez para proseguir tan suculento negocio. Y los bolsi llos de tan ingeniosos funcionarios, se llenaban a rebosar.

-Y tu padre lo sabe y calla. Por eso le dan un sobrecito de cuando en vez.

-¿Y qué puede hacer? ¿Perder su puesto por honradez? Al fín y al cabo, él no decide...ni corta ni pincha...A pesar de que si quisiera...humm...

-¿Qué quieres decir?

-Pues que sé dónde guardan, a veces durante días, el imnporte de sus ganancias los..., vamos los que se benefician del "negocio"... Sé dónde está la llave de la caja en que guardan sus caudales los viernes por la noche. Hoy es martes...

-Pero...¿tienes idea de lo que me dices?

-Y tú...¿me quieres o no?

El siguiente sábado, a las 7 de la madrugada, Leovino dió plantón al relevo. Su compañero Celestino no supo dar razón de su paradero. Según su informe, el servicio había discurrido como de costumbre, vigi lando por turnos accesos y entrada, y los muelles y dársenas del in terior de los terrenos de RENFE.

Al mediodía se comunicó que había aparecido un uniforme con su arma reglamentaria al borde del cauce del río. Según se contó, las piezas reglamentarias estaban perfectamente dobladas con el tricornio enci ma. Recogidas y examinadas por la autoridad conpetente, se las iden tificó pertenecientes al desaparecido. Se ordenó su búsqueda a lo largo del cauce sospechando cualquier percance de mayor cuantía. Na da se pudo averiguar al paso de los días.

En las oficinas de la Estación se comenzó a echar de menos a la lim piadora. Su padre no supo dar razón de su paradero, comunicando que había desaparecido de casa inopinadamente, sin destino conocido. Se temió que hubiera sido objeto de cualquier mal suceso. Tampoco en es te caso se pudo sacar nada en limpio al paso de los días. Y, sorprendentemente, se decidió no dar a luz pública la desaparición de 450.000 pesetas del depósito de fondos de Vías y Obras. A la chita callando se inició un expediente que concluyó sin explicación obje tiva sobre el destino y paradero de semejante capital. Cerrado y ar chivado.

Como suele ocurrir, se tejió una especie de leyenda acerca de lo su cedido a los desaparecidos. Alguien desveló que el guardia amaba a Sabina, y que ambos, ocultando su amor, se reunían a orillas del Mi ño, donde ella, tras haberle dado esperanzas, cambió de parecer y rechazó definitivamente sus pretensiones. Presa de despecho, él la abrazó fuertemente y la sepultó consigo en la corriente, desapareciendo para siempre en alguna de las grandes pozas de aluvión. Por eso, al paraje donde apareció el uniforme le llamaron entonces "Sal to del guardia".

También se dijo que un retornado de la emigración, volvió de Brasil, contando que a la pareja de "ahogados" les iba muy bien como propietarios de una acreditada sala de fiestas, con lujoso prostíbulo adjunto, en la hermosa ciudad de Bello Horizonte. ¿Quién pue de saberlo con certeza?

© gsmiga
http://www.vecindiario.es
Saltar al Foro: