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Vecind(i)ario, segunda etapa | Narrativa | el cuaderno
Publica© gsmiga - Historias del viejo río.
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Publicado el 13-09-2012 23:22
Historias del viejo río

Era una gozada, cuando te levantabas de mañanita y sentías su frescor perfumado en el cuerpo. Exprimías dos limones con un poco de agua y azú car y te los echabas al coleto, mientras preparabas el primer café del día que saboreabas con delectación. Luego, con el primer pitillo de la mañana colgando de la comisura, bajabas en bicicleta al viejo Miño, con su discurso rumoroso y pacífico, acogedor y familiar, y te situabas entre los dos puentes donde el cauce ensancha y las riberas suavizan su descenso a las orillas tapizadas de suave y fresca hierba.

Aquellas primeras horas eran las mejores. Enseguida sacábamos nuestra particular "crema bronceadora" de invención casera: un cuarto de barra de jabón de afeitar que echabas en la sartén hasta que se producía una pasta consistente a la que añadías aceite de soja-no estaban los tiempor para hacer alarde con el de oliva-, y removías unos segundos el me junje; retirabas del fuego seguías removiendo hasta que se enfriaba y le añadías un chorro de vinagre de manzana, y si no había también servía vino blanco. Después lo sacudías a modo. Juro ante los dioses inmortales que aquella untura nos protegía de tal forma que jamás nos quemanos, ni tuvimos pecas ni lunares; y su aroma no era desagradable, lo que nos servía de pretexto para ofrecerlo a las chicas, que con un mohín lo rechazaban... hasta que una valiente se atrevió, y desde la fe cha se acabaron los dengues, y ellas también lo usaban.

El tiempo discurría entre frecuentes chapuzones que aumentaban su cadencia conforme entraba el día y apretaba el calor orensano, que impul saba a buscar la caricia del agua fresquísima que tonificaba el cuerpo y vivificaba el espíritu. Luego era el regreso al julepe, o a la sies ta debajo de sauces y abedules, o al deliquio amoroso con el dulce tor mento o, simplemente, al chicoleo agudo e inofensivo con las divertidas bañistas, que nunca faltaban.

Había ciertos personajes habituales-en realidad en aquellos terribles estíos, lo éramos todos-que se destacaban por sus habilidades. Por ejem plo el que conocíamos como Toñito Patata. Nuca supimos porque se le otorgaba el diminutivo infantil a un mangallón de casi treinta años, con una estampa semejante a la de Espartaco; ni nadie explicó a qué ve nía aquello de Patata. Hubo alguno que discurrió que podría ser hijo de un churrero, pero nada cierto se supo.

Este fulano, que se pasaba horas dentro del agua, con evidente riesgo de su vida, y que tenía a gala tirarse desde lo alto del viaducto, a ca si 35 metros de altura sobre el cauce, fue protagonista de un hecho que todavía asalta mi imaginación cuando en mi soledad actual me entrego al recuerdo de lo que fue mi vida. No es que fuese una heroicidad, ni un rescate de alguno en peligro de ahogo-algo habitual en el Miño entre gente que se fiaba de su engañoso aspecto-, ni siquiera una de sus ha bituales cabriolas de salto mortal desde las cepas centrales del Puen te Romano. Ca. Se trató de que un día regresó de su estadía en el agua muy callado. Se secó rápidamente y, contra su costumbre, se abstuvo de participar en las conversaciones y chanzas habituales.

Le preguntamos si se encontraba a gusto, porque bien lo estaba tal y como denotaba su robusto aspecto. No contestó y siguió mirando la corriente, con expresión meditabunda. Dedujimos que si se encontrase a disgusto se iría, y seguimos a nuestros asuntos. Y un poco de tiempo después, Berto, que era vecino suyo nos dijo que a pesar de su aspecto hercúleo, estaba enfermo... de la cabeza, señalándola con el dedo y ha ciéndolo girar.

-¿Quieres decir que está loco?- inquirió Arturo, el barbero del Posío.
-No, no, que va... Tiene "repentes"...
-¿Qué es eso de "repentes"?-quiso saber Benito Bande.
-Pues que se queda como "expuesto", o paralítico... hasta que se le pa sa. Y no sé más-cortó nuestro informante.

Era natural que su diagnóstico estuviese fuera del alcance de la rapa zallada en una época ruda, en la que además en todo Orense solamente ha bía un médico electroencefalografista... y era de pago. Algo fuera del alcance del Patata y de su familia, si es que la tenía. Pero, en todo caso, el interesado jamás ofreció explicación alguna sobre su estado, y todo el mundo daba por sentado que algo raro pasaba, sobre todo cuan do no se le recordaba ningún tipo de trabajo en toda su existencia. En verano pasaba la vida en el río, y en invierno estaba haraganeando por calles, plazas y cuanta verbena o baile se ofrecía, lo que señalaba que tenía "pasta" suficiente, de ignorada procedencia, para sus diversiones.

Tampoco se le conoció novia, acompañante o asimilada, a pesar de no ser mal parecido ni tener inclinaciones homosexuales. Parecía atraerle el bello sexo, frecuentaba su compañía en toda ocasión que se presentaba, pero no pasaba de ahí. Y en honor a la verdad, muchas chicas tenían un punto de prevención hacia él; mas que nada por los rumores sobre su pre sunta enfermedad o anormalidad, fuera cual fuese.

Como siempre ocurre, el run-run surgió y se extendió sin que nadie fuese capaz de explicar su orígen y fundamento. Son esas consejas que se mur muran entre gentes desocupadas y que, trasncurrido el tiempo suficiente, llegan a tomar cuerpo de verdad inconmovíble, aunque nunca faltan espíritus líbres que se niegan a participar en la credulidad general. De cualquier manera, la novedad corría de boca a oreja..."El Patata se ve con una mujer de la parte de Muiños". Luego se añadió que la dama era bellísima, y "de posibles", lo que dio lugar a las consabidas inte rrogantes de cómo un zoquete semejante se había agenciado tan hermosa "perla", o el manido "ya lo decía yo, que este fulano tenía que tener a alguien que se ocupase de él"; sin olvidar al envidioso-resentido... "que callado se lo tenía, el muy cabrón".

A alguien, más despejado, se le ocurrió pensar cómo era posible que en la deprimida zona de Muiños pudiera vivir una dama de calidad, tal y como se retrataba a la acompañante del Patata. Allí solamente vivían trajinantes, carreteros, maleteros de la próxima estación del ferrocarril, y gente de similar pelaje. Y este sencillo análisis de situación, sirvió para se cayese en la cuenta de que el relato tenía una parte du dosa que exigía comprobación. Algo nada difícil porque Muiños estaba más abajo de nuestro lugar de reunión y se podría llegar a echar un vis tazo nadando cómodamente. Los que realizaronn tal inspección ocular ad mitieron que allí no era lugar de residencia apropiado para una señora principal.

Entonces llegó la otra noticia que nos sobrecogió. El Patata había sido visto hablando con una bellísima mujer, la cual después de indicar algo desconocido para el común de la gente, desapareció disolviéndose en el aire. ¡Un hada! ¡Tal vez una sílfide de los ríos! ¿Quizá el espíritu de una bella dómina romana ahogada en aquel paraje en siglos pretéritos? La gente se hacía cábalas y, sobre todo nuestras compañeras de baño eran partidarias de seguir al Patata para ver cómo era la gentil aparición que lo aguardaba para comunicarle sus secretos. Y las imaginaciones vo laban como cometas en día ventoso, y las ansias de conocer lo ignorado llegaron a imaginar que la aparición había dado al Patata las señas de un enorme tesoro de oro purísimo traído desde Monte Furado por los ro manos, que se había caído en el carromato que lo transportaba desde la cima del Puente Romano a las profundidades del río, sin que nadie lo hubiese hallado jamás.

A toda esta excitación se añadía el cambio de actitud del protagonista del "invento", que se había tornado displicente, apartadizo, reservado e, incluso grave en algunos momentos y situaciones, según aquellos que habían podido verlo-eso afirmaban-en tales actitudes intrigantes. Y todos los que lo conocíamos de antaño, sabíamos que su carácter era más bien garrulo y entrometido, amigo de alardes, desplantes y aspavientos. Lo cual contribuía a incrementar la curiosidad general para conocer los motivos de tan acusado cambio de personalidad.

Nunca pudimos saberlo. Una mañana al llegar al río nos sobrecogió la brutalidad de una noticia inesperada: el Patata había muerto mientras dormía. Supimos por Crescencio, el hijo del médico forense, que padeció una crisis cardíaca subsiguiente a un fuerte ataque epiléptico, que no pudo superar y causó su final. Tenía 29 años de edad. Nunca habíamos imaginado que padecía tal dolencia. Seguramente debido a que en aquél tiempo la gente humilde ocultaba este tipo de enfermedades, no bien co nocidos por el vulgo, y que daban lugar a comentarios malintencionados.

Fue nuestra bondadosa amiga Luz Marina, la que cerró el epitafio de la vida del Patata: "Un chico querido por el hada del río, tenía que ser bueno. Sin duda se lo llevó con ella para ser felices siempre". A ningu no de nosotros se nos ocurrió nada semejante. A decir verdad, cualquier persona de sentido común firmaría por tan clemente y espontáneo adiós.

Mucho tiempo después, se extendió la leyenda del enamorado muerto de do lor por el desprecio de la hermosa dama que le había prestado sus favores, para abandonarlo después. Su cadáver, hallado en un paraje próximo a "Muiños", llevaba aferrada en la mano una nota..."No puedo seguir vivo después de haber sido herido y abandonado por el Amor".

Y las aguas siguieron acariciando el viejo cauce, llevando noticias de prodigios, secretos, amores y ocultas leyendas que el paso de los años contribuyó a sedimentar y depurar. Porque un río, y más si es el Miño, siempre es mucho más de lo que aparenta. Y todas las tierras que abraza son testigos de sus oscuras confidencias, que solamente unas pocas almas escogidas pueden descifrar para los que nos seguirán, que serán a su vez futuros transmisores hasta que el tiempo se acabe.

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